El Parlante

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Filología Historia Universal Traducciones

El Caballero Launfal (Sir Launfal)

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Introducción y traducción en prosa de José Antonio Alonso Navarro*.

Las caballeros de la Mesa Redonda, ilustración anónima para el manuscrito Lanzarote-Grial, escrito por Michel Gantelet en 1470. Hay que tener en cuenta de dónde nace toda esta batalla personal de Sir Launfal. En la leyenda si nos damos cuenta todos los caballeros más fuertes y valerosos intentan emular las hazañas del Rey Arturo y se repiten las acciones y hechos en varias de estos cuentos medievales.

Enlace al texto original en inglés medieval o “Middle English”:

http://d.lib.rochester.edu/teams/text/laskaya-and-salisbury-middle-english-breton-lays-sir-launfal

Editores del texto: Anne Laskaya y Eve Salisbury.

                                    INTRODUCCIÓN

El caballero Launfal (Sir Launfal) es un romance o lay bretón escrito en inglés medio (Middle English) por Thomas Chestre a finales del siglo XIV que contiene 1045 versos. Su fuente sería un poema escrito en inglés medio de unos 538 versos titulado El caballero Landevale (Sir Landevale) de principios del siglo XIV que, a su vez, sería una adaptación del lai/lay bretón escrito en anglo-normando por Marie de France en el siglo XII titulado Lanval.

El Lanval de Marie de France, que influirá más adelante en dos lais bretones compuestos en el siglo XIII en francés antiguo, Graelent y Guingamor, cuenta en pareados de ocho sílabas la historia de uno de los caballeros del rey Arturo llamado Lanval, el cual es seducido por un hada y en quien la esposa del rey Arturo, Ginebra, ha puesto sus los ojos con propósitos manifiestamente carnales. Lanval rechaza las proposiciones indecorosas de la reina y esta, despechada, acusa al caballero de homosexualidad y de haberla afrentado gravemente.

La trama es compleja porque previamente a estos hechos, Lanval ha prometido a su amada sobrenatural (para no perder los favores de ella) no revelar a nadie que posee un amor secreto, promesa que rompe cuando este es acusado por la reina de no mostrar ningún deseo o interés por las mujeres. El rey Arturo convoca un juicio con sus caballeros más renombrados con el objeto de vengar la afrenta hecha contra su esposa y exigir a Lanval que revele, si es verdad ello, quién es su amada secreta, de lo contrario este será condenado a muerte.

El Rey Arturo según una pintura de Charles Ernest Butler (1903). El héroe inmortal que transmite su fuerza a los suyos y mediante su ejemplo construye el futuro destino de su patria y sus caballeros más fieles.

Durante el juicio, aparece el hada para evitar la condena a muerte de Lanval y llevárselo con ella a Avalon. Lanval constituye uno de los 12 lais escritos por Marie de France, una mujer culta y refinada, nacida, quizá, en Normandía, que vivió en Inglaterra, en la corte del rey Enrique II y Leonor de Aquitania. Lanval se compuso entre 1170-1215 y cerca del Tercer Concilio Lateranense celebrado en Roma, en la Basílica de San Juan de Letrán en marzo de 1179 y convocado por el papa Alejandro III. Este dato es importante porque entre los temas que se trataron durante sus tres sesiones se incluyen la regulación de la forma de vida de los prelados, la prohibición de exigir un pago por dar la bendición o administrar los sacramentos, la prohibición de facilitar armas a los sarracenos bajo pena de excomunión, y la excomunión de quienes fueran acusados de sodomía.

Téngase en cuenta que en el poema la reina Ginebra acusa gravemente a un caballero del rey Arturo de homosexualidad. En países como Francia, en el año 1214 la homosexualidad se castigaba con la pena de horca. Los lais constituyen poemas que tratan sobre el amor y cuentan las historias singulares de algunos caballeros de la corte del rey Arturo. Asimismo en ellas se ponen de relieve motivos celtas relacionados con el mundo sobrenatural de las hadas. El Lanval de Marie de France lleva a cabo importantes alusiones a la historia antigua y a personajes dentro de ella como la reina asiria Semíramis, esposa del rey Nimrod, y al emperador romano Octavio. Este lais de Marie de France nos recuerda también a una historia que puede leerse en el Génesis 39:7, que tiene como protagonistas a Putifar (o Potifar), a su esposa y a José.

Arturo contra el gigante. Libro I Canto VIII. Walter Crane. Como vemos no hay batallas imposibles para el héroe ni tampoco para sus seguidores que se pelean entre ellos para saber quién merece el favor de su rey y a su vez, la buena mirada de una dama que podría darle descendencia. Es el mito de los caballeros que emerge de las tinieblas del Medioevo y llega hasta las gentes de aquella época y se asientan como habíamos visto anteriormente, en sus vidas y la Fe, no sin antes pasar por pruebas que limpiarán su espíritu. En Launfal o Isumbras vemos lo mismo: la búsqueda incansable del ser.

Putifar era un oficial de la corte del faraón que compró a José a unos mercaderes cuando este fue vendido como esclavo por sus propios hermanos. Como José demostró ser un buen fámulo, Putifar depositó en él toda su confianza y le dejó a cargo de todos sus bienes y posesiones. Cuando, tras repetidos intentos, la mujer de Putifar trató de seducir de nuevo a José en ausencia de su marido, este salió huyendo. Despechada y tras el regreso de su marido, la mujer de Putifar acusó falsamente a José de haberla intentado violar. Como castigo, Putifar mandó encerrar a José en prisión.

Esta misma historia se relaciona con la venganza que quiere ejercer la reina Ginebra contra Lanval tras haber rechazado este las propuestas deshonestas por parte de ella. Los lais bretones más antiguos que se han conservado son los de Marie de France, compuestos hacia 1170. En el siglo XIII se escriben una serie de lais bretones anónimos en francés antiguo o en dialectos en francés antiguo como Graelent y Guingamor, y en los siglos XIII y XIV diferentes autores ingleses escriben lais bretones en inglés medio (Middle English). Sin embargo, se sabe de la existencia de lais de origen celta más antiguos cantados por ministriles bretones que lamentablemente no se han conservado.

Estos lais cantados irían precedidos por el resumen de una historia, resumen que después se convertiría en la base de los lais como historias versificadas. En El caballero Launfal, de Thomas Chestre, hallamos prácticamente el mismo argumento que en el Lanval de Marie de Francia. El protagonista es el caballero Launfal (Sir Launfal), caballero del rey Arturo y oriundo de Caerleon, en el sur de Gales, que de poseer un estatus de riqueza y opulencia pasa a convertirse en un marginado o excluido social cuando pierde sus riquezas. Un hada, la dama Tryamour, hija del rey de las hadas, le ofrece su amor y devuelve a Launfal su estatus social y riqueza con la condición de que no diga nunca que posee un amor secreto ni revele su identidad. Ginebra trata de seducir al apuesto caballero Launfal, pero este se niega a caer en sus lascivas redes y traicionar al rey. Enojada, la reina planea vengarse de Launfal diciendo al rey Arturo que ha sido afrentada gravemente por aquel al haberle propuesto ser su amante y de haberse jactado ante ella diciendo que cualquiera de las doncellas de su amada secreta es más hermosa y sería mejor reina que ella. La reina, además, acusa a Launfal de ser homosexual. El rey convoca un juicio para vengar la afrenta hecha contra su mujer.

Detalle de El último sueño de Arturo, pintura de Edward Burne-Jones, en la que se representa cómo Morgana y otras hadas velan por el sueño del Rey. Arturo el Héroe, como sus caballeros forjados en el sacrificio constante de sus consciencias y espíritus amplían el horizonte de sus acciones valerosas para obtener finalmente el descanso eterno en ese Elíseo de los guerreros inmortales.

En el juicio, Launfal rompe su promesa diciendo que, en efecto, tiene una mujer secreta a la que ama. El rey Arturo exige a Launfal que haga presentarse a su amada con el fin de que se revele su identidad. De no hacerlo así, Launfal será condenado a muerte. La reina, a su vez, se compromete en el juicio a que si se demuestra que es verdad todo lo que ha dicho Launfal aceptará que le arranquen los ojos y, por lo tanto, pone sus ojos como prenda. Finalmente, llegan las doncellas de Tryamour al castillo de Arturo, haciendo gala de ostentación, belleza, elegancia, y exquisitez para anunciar la llegada de su señora, la dama Tryamour. Esta llega al castillo de Arturo, exculpa a Launfal de todas las acusaciones, ciega a Ginebra, y se lleva a Launfal a la isla de Oleron, que en el Lanval de Marie de Francia, aparece con el nombre de la isla de Avalon.

El caballero Launfal de Thomas Chestre se conserva en un solo manuscrito de mediados del siglo XV al que puede accederse en el Museo británico: MS Cotton Caligula A.ii. Thomas Chestre extrae muchos versos del Lanval de Marie de Francia a través del poema en inglés medio El caballero Landevale (Sir Landevale). Sin embargo, Chestre aporta elementos propios en su poema, bien a través de añadidos personales en forma de escenas o personajes nuevos bien trastocando escenas. Hay dos aportes que lleva a cabo Chestre que merece la pena destacar.

Primero, la inclusión de dos escenas en la que se describen dos torneos que no aparecen en el Lanval de Marie de France. El objetivo de Chestre es mostrar toda su capacidad poética para recrearlas con todos los motivos característicos de tales episodios propios de los relatos de caballeros. Chestre hace un despliegue de su conocimiento del mundo de los torneos o las justas, sus armas, la manera en la que estos se desarrollan, el papel de los caballeros, el papel de los caballos, el resultado de los combates y la reacción de los espectadores.

En segundo lugar, el poeta introduce la figura del caballero Valentín, un gigante prácticamente en altura y corpulencia, que solicita justar con Launfal al conocer sus afamadas hazañas como guerrero. Esto, en cierto modo, ha hecho que Chestre cambie el enfoque o sentido de la historia en función de las circunstancias que rodean a un personaje común y compartido en varias historias y de los elementos incorporados en ella y ha llevado a algunos especialistas a considerar el poema de Lanval como una historia de amor y al poema de El caballero Launfal (Sir Launfal) como un poema épico con un importante componente amoroso y sobrenatural, rasgos estos, como dijimos anteriormente, típicos de los lais bretones.

Sir Launfal regresando sano y salvo de alguna batalla o quizás, saliendo del Palacio para acometerla. Por Sol Eytinge Jr.  The Vision of Sir Launfal (P. 14) –  1867

Quiero detenerme ahora brevemente en algunos de los motivos que comparten Lanval, El caballero Launfal (Sir Launfal) y otros lais bretones franceses o ingleses. Por ejemplo, en todo ellos es común hallar un elemento sobrenatural asociado al mundo de las hadas designado con el término Fayerye. Existe un lai muy interesante de Marie de France titulado Yonec, que describe mundos sobrenaturales propios de seres sobrenaturales que tienen la capacidad de cambiar de forma, esto es, de metamorfosearse. En Yonec, un rico anciano, señor de Caerwent (Gales), contrae matrimonio con una bella joven. El anciano teme una posible infidelidad por parte de la esposa y la encierra en una torre. La joven, desesperada por tal situación, comienza a descuidarse y, como consecuencia, su belleza se marchita. Un día, la joven grita al cielo y pide vivir una aventura romántica tal como ha escuchado en las historias de hadas.

Es entonces cuando un ave oscura que se parece a un azor o halcón se aparece en su ventana. Se trata de un caballero llamado Muldumarec. Con él la joven vivirá una historia de amor. Al descubrirse este amor prohibido, el anciano manda poner clavos de hierro en la ventana. Cuando llega el caballero a la ventana en forma de ave, este es herido mortalmente. Antes de marcharse de allí, sin embargo, el caballero profetiza que ella tendrá un hijo al que su amada tendrá que ponerle de nombre Yonec y que cuando crezca, este vengará la muerte de sus padres. La mujer se arroja por la ventana y sigue un rastro de sangre que la conducirá a una singular ciudad hecha de plata. En dicha ciudad, hallará al caballero en su lecho de muerte.

Antes de morir, el caballero le dará un anillo mágico que hará olvidar a su esposo su infidelidad y una espada. Cuando Yonec, el hijo de la mujer, crezca, su madre le contará la historia de su padre y de ella y le dará la espada de su padre antes de morir. Yonec matará entonces a su padrastro para vengar el sufrimiento y la muerte de sus padres y se convertirá en el nuevo señor de Caerwent. En esta historia nos enfrentamos a varios motivos recurrentes propios del Otro Mundo, del Mundo de las Hadas, o de mundos sobrenaturales habitados por seres que tienen la capacidad de cambiar de formar, tal como lo hacían los dioses de la Antigüedad Clásica, y sobre los que escribió Ovidio en sus Metamorfosis.

La Metamorfosis de Ovidio en una edición de 1643

En el caso de Yonec, se produce esa interacción entre una mortal humana y un ser sobrenatural como Muldumarec, que mantiene con ella una relación carnal que lleva al nacimiento de Yonec. Asimismo hay referencias a una ciudad sobrenatural hecha de plata, a un anillo mágico que puede influir en los recuerdos de los mortales y a una extraordinaria espada que es difícil no asocial con Excalibur, la espada del rey Arturo. En el romance El caballero Cleges (Sir Cleges)se menciona como un componente sobrenatural o divino extraordinario la aparición de unas cerezas divinas en pleno invierno que están destinadas a ayudar al caballero Cleges a restituir su antigua fortuna.

En El caballero Gowther (Sir Gowther), una mujer mantiene contacto carnal con un “demonio” que derivará en el nacimiento de Gowther, un “hombre” con poderes inusuales y fuera de lo común desde su nacimiento en adelante, que causará la admiración y el espanto de cuantos lo vean por cuanto conservará en él rasgos no-humanos propios de entidades invisibles y sobrenaturales. En El caballero Owain (Sir Owain) se describen tres mundos propios del Otro Mundo o “Más Allá”: Infierno, Purgatorio y Paraíso Terrenal. En este poema del siglo XIV, adaptación-versión-traducción de la obra del monje cisterciense inglés de Huntingdonshire H. of Saltrey (Sawtry) escrita en prosa y en latín en el siglo XII, se hará una descripción detallada de estos tres estadios sobrenaturales que conforman el “Más Allá” según la tradición judeo-cristiana y apocalíptica.

En El caballero Degaré (Sir Degaré) una joven hija de un rey será seducida por un caballero del mundo de las hadas y dará a luz a otro caballero de una fuerza y un valor extraordinarios llamado Degaré, que incursionará en el mundo de la caballería cuando decida emprender la búsqueda fructuosa de sus progenitores. En El caballero Isumbras (Sir Isumbras), Isumbras recibe la visita de un ángel que le anuncia que, debido a sus pecados en este mundo, habrá de sufrir en la juventud o en la vejez y a partir de ahí, la intervención divina o sobrenatural en su vida será bien patente. Isumbras decide sufrir en la juventud y no en la vejez y durante su etapa de sufrimiento y aflicción, perderá a sus tres hijos a manos de un león, un guepardo y un unicornio y a su esposa a manos de los sarracenos, pero todo ello con el visto bueno de Dios y sus mensajeros, los ángeles, que serán los intermediarios sobrenaturales entre Dios e Isumbras.

Es de notar en la obra, por otra parte, la recurrencia a elementos mitológicos propios del imaginario medieval como el unicornio. En El caballero Orfeo (Sir Orfeo) se hacen referencias al Otro Mundo, al que se accede a través de una roca, y al intento de su protagonista por rescatar a su esposa de un mundo que no está destinado a los vivos sino a los muertos.

Merlín aconsejando al Rey Arturo, ilustración de Gustave Doré para los Idilios del rey, de Lord Tennyson.

En el poema en inglés medio (Middle English) La isla de las mujeres se describe una isla hecha de cristal. Todo este componente sobrenatural, repetimos, procede de las leyendas celtas antiguas, sobre todo, las irlandesas y escocesas. En ellas se hace referencia a los sídhe o guaridas de las hadas (y por extensión, las mismas hadas). Las tradiciones celtas refieren que las hadas descienden de un antiguo pueblo irlandés (los Tuatha Dé Danann) que fue arrojado al inframundo por sus habitantes actuales, los gaélicos. Estos sídhe designarían a una serie de montículos o túmulos en cuyo interior vivirían las hadas. Dos de los sídhes más populares de Irlanda son los de Knockma y Newgrange. La dama Tryamour y su relación con el caballero Launfal nos recuerda enormemente a la clásica leannán sí (sídhe/shee) del folklore celta que tanto ha influido en los lais bretones.

El término leannán sí puede traducirse como “hada amante” y hace referencia a una hermosa mujer de los Aos Sí (o Pueblo de los Túmulos) de la mitología irlandesa y escocesa que busca amantes humanos, los cuales poseen una vida corta, pero intensa en términos de inspiración literaria y creatividad. Esta criatura, que pertenece a una raza sobrenatural que vive en un mundo subterráneo (pero que interactúa con humanos) y al que se accede a través de montículos o túmulos, aparece como una hermosa musa que ofrece al artista inspiración a cambio de amor. Esta relación resulta negativa para el mortal que suele enloquecer o morir prematuramente.

En el caso de El caballero Launfal (Sir Launfal), la relación entre la dama Tryamour, hija del Rey de las Hadas que vive en una isla llamada Oryloun y el caballero es una relación que aparentemente está destinada a hacer feliz al caballero. No obstante, el destino final y último del caballero Launfal en la isla de Oryloun es tan incierto como desconocido, pero ir más allá en la historia de El caballero Launfal no es el objetivo de Chestre. El caballero Launfal (Sir Launfal) se escribió en el mismo periodo en el que se produjo la Revuelta de los Campesinos (The Peasants Revolt). Esta revuelta se produjo en varias zonas de Inglaterra en 1381 motivada por varios factores que incluían algunos problemas graves de tipo socioeconómico y político provocados por la Peste hacia 1340 en adelante pero, sobre todo, ante la imposición de elevados impuestos resultado del conflicto sostenido con Francia durante la Guerra de los Cien Años.

Camelot, ilustración de Gustave Doré para los Idilios del rey, de Lord Tennyson.

Sin embargo, el principal detonante para la revuelta fue la intervención directa de un funcionario real llamado John Bampton el 30 de mayo de 1381 al tratar de recolectar impuestos de capitación en Brentwood. Esto generó una violenta confrontación que en poco tiempo se extendió por toda la parte suroriental del país. Es importante resaltar este hecho histórico porque todo lo que este conlleva de rebelión contra la autoridad real podría de alguna manera comulgar con la personalidad o bagaje ideológico del autor. Aunque a lo largo del poema de Chestre se da por sentada la validez de un orden o establishment aristocrático, noble y jerárquico mantenido  por nobles (reyes, condes, barones, señores) bajo el amparo de Dios y de la Iglesia, en cierto momento el autor parece perder el “decoro” y las formas convencionales a la hora de dirigirse al estamento de los nobles y parece burlarse de los convencionalismos que rigen la estructura jerárquica típicamente medieval haciendo caso omiso de ellas. Por ejemplo, la promiscuidad de la reina se menciona muy explícitamente y no de un modo discreto.Esto ocurre cuando los barones hablan entre ellos de la manifiesta infidelidad y sexualidad de la reina perdiendo, en cierto modo, el respeto hacia el rey Arturo al hablar de la misma reina a espaldas del rey.

El rey Arturo se muestra en el poema como un rey injusto y poco sabio pues, como rey, tenía que estar al tanto del historial sexual de la reina y no haber dudado en ningún momento de la fidelidad de Launfal, un caballero que le sirvió durante mayordomo durante unos diez años. El rey Arturo tenía que haber sostenido una conversación privada con Launfal y preguntarle en un ambiente de cordialidad, respeto y amistad su versión de los hechos. Por lo otro, en algunas partes del poema, los barones pierden las formas en los debates al mostrar opiniones diversas, lo que parece romper el mito de unidad y coherencia asentado en la tradición en torno a los caballeros de la Tabla Redonda.

Asimismo a veces el poeta se dirige a los caballeros (o incluso al propio rey) directamente por su nombre y no por su título nobiliario, sin salvaguardarse las formas debidas ante miembros de la nobleza y aristocracia, y no precisamente como una forma de acercamiento social, de romper distancias y barreras, sino, quizá,  como un manifiesto signo de oposición o de castigo a las clases sociales y a la estructura jerárquica.

En el caso del alcalde, en cuya casa se aloja Launfal, este se muestra en un principio ruin y mezuino y parece no guardar el debido respeto a un caballero como Launfal, caballero del rey Arturo y de la Tabla Redonda, dejándose llevar por las apariencias sociales y el estatus del poder y del dinero y por la falta de poder y estatus de este al haber gastado su fortuna por su excesiva largesse. Hablamos de una autoridad que debía haberse mostrado en todo momento gentil, cortés y hospitalario.Visto esto último, el poema parece plantear una crítica ácida manifiesta contra el sistema judicial inglés en el siglo XIV y contra la sociedad inglesa de ese mismo siglo que juzga a las personas no por los valores que manifiestan, sino por su riqueza, opulencia y estatus social, y promover una sátira contra el amor cortés.  La aparición del amor es indudable, pero no se trata de un amor excesivamente idealizado, sino carnal y apasionado, como el que profesan Ginebra y Tryamour a Launfal. 

Bibliografía

Anderson, Earl R. «The Structure of Sir LaunfalPapers on Language and Literature, 13 (1977), 115-24.

Bliss, A. J. «The Hero’s Name in the Middle English Versions of Lanval.» Medium Aevum 27 (1958), 80-85.

Martin, B. K. «Sir Launfal and the Folktale.» Medium Aevum 35 (1966), 199-210.

Spearing, A. C. «The Lanval Story.» In The Medieval Poet as Voyeur: Looking and Listening in Medieval Love-Narratives. Cambridge: Cambridge University Press, 1993), pp. 97-119.

Enlace al texto original en inglés medieval o “Middle English”:

http://d.lib.rochester.edu/teams/text/laskaya-and-salisbury-middle-english-breton-lays-sir-launfal

Editores del texto: Anne Laskaya y Eve Salisbury.

Introducción al texto a cargo de Anne Laskaya y Eve Salisbury:

http://d.lib.rochester.edu/teams/text/laskaya-and-salisbury-middle-english-breton-lays-sir-launfal-introduction

TRADUCCIÓN DEL CABALLERO LAUNFAL (SIR LAUNFAL) EN ESPAÑOL

Pero en el fondo de su alma, lo que llevaba era el signo del sufrimiento y de los pobres. Lámina artística de la publicación de 1867 Por Sol Eytinge Jr.  The Vision of Sir Launfal (P. 13) – El Proyecto Camelot

Traducción en prosa:

En los tiempos del esforzado rey Arturo, que gobernó Inglaterra bajo el palio de la justicia y la equidad, tuvo lugar un acontecimiento extraordinario acerca del cual se escribió una historia llamada “Launfal” que hoy en día aún se llama así. Ahora, prestad atención y escuchadla atentamente. En el pasado, el esforzado Arturo vivió en Carlisle con gran regocijo y placer en compañía de sus valientes caballeros de la Tabla Redonda, los mejores del mundo. Entre tales caballeros se hallaban Perceval, Gawain, Gaheris, Agravain, Lanzarote del Lago, Kay y Ewain.

Todos ellos sabían perfectamente cómo batallar en campo abierto con el fin de obtener grandes victorias. También se hallaban allí dos reyes de gran fama que no tenían igual: el rey Ban y el rey Bors además de los caballeros Galafer y Launfal. De este último caballero versa esta renombrada historia. Y comienzo contando que viviendo en la corte del rey Arturo había un joven caballero llamado Launfal que había estado a su servicio muchos años. Este, que se caracterizaba por ser espléndido y generoso, solía ser dadivoso con escuderos y caballeros por igual, repartiendo entre ellos presentes en forma de oro, plata y ricos atuendos. Por su generosidad y esplendidez, os lo aseguro, fue nombrado mayordomo del rey durante diez años.

De entre todos los caballeros de la Tabla Redonda, él era, pues, el más generoso. Sucedió entonces que al cumplirse los diez años de servicio de Launfal como mayordomo, Merlín, el consejero de Arturo, aconsejó a este último que fuese a ver cuanto antes al rey Rience de Irlanda y se trajera de su corte a una hermosa dama de nombre Ginebra, su gentil hija. Así lo hizo Arturo y a casa se la trajo, pero la verdad es que ni al caballero Launfal ni a ninguno de los nobles caballeros de la Tabla Redonda le gustó Ginebra en absoluto dado que esta gozaba de mala reputación al creerse que había tenido muchos amantes ya, tantos que no podían ni contarse con los dedos de la mano. Arturo y Ginebra se casaron en Pentecostés ante grandes príncipes, aunque es imposible decir con palabras quien fueron exactamente los que, procedentes de diferentes países a lo largo y ancho de todo el orbe, asistieron al banquete de bodas.

Nadie había sentado en el salón principal que no fuera prelado o baronet, no hay ninguna razón para ocultar esto último. Y aunque ninguno de ellos tuviera el mismo asiento, es de justicia decir que a todos se sirvió en la mesa ricamente. Y cuando los caballeros terminaron de comer en el salón principal y los manteles fueron retirados de las mesas, los sirvientes escanciaron vino con el mejor de los ánimos a todos los señores allí reunidos. Y creedme cuando os digo que la reina dio a los presentes toda clase de regalos para mostrar su cortesía: oro, plata y piedras preciosas.

Las puertas del Castillo ahora están abiertas. Lámina artística de la publicación de 1867 Por Sol Eytinge Jr.  The Vision of Sir Launfal (P. 29) – El Proyecto Camelot

A todos los caballeros regaló una fíbula o un anillo, excepto a Launfal, que no recibió ningún presente, lo que le entristeció sobremanera. Y cuando el banquete de bodas llegó a su final, Launfal pidió permiso para marcharse de la corte del rey Arturo, pues había recibido una carta en la que se le comunicaba la muerte de su padre y debía asistir a su entierro. Entonces, dijo así el gentil Arturo:

-Launfal, si habéis de marcharos, llevaos cuanto de valor necesitéis, y también a los dos hijos de mi hermana para que puedan acompañaros a casa.

Launfal partió de allí, no os miento, acompañado de los caballeros de la Tabla Redonda y emprendió su viaje hasta llegar finalmente a Caerleon y, una vez allí, a la casa del alcalde de la ciudad, que había sido su criado. El alcalde ya lo estaba esperando y vio a Launfal llegar a caballo sin prisa con dos caballeros y parte del séquito. El alcalde fue entonces a su encuentro y le dijo así:

-Señor, ¡sed bienvenido! ¿Cómo se halla nuestro rey? ¡Decidme!.

A lo que Launfal respondió:

-Se halla espléndidamente. Lo contrario sería motivo de gran tristeza y os digo, señor alcalde, sin engaño, que el hecho de estar alejado del rey me causa un gran pesar. Ya no es necesario que nadie, ni grande ni chico, me rinda pleitesía en nombre del rey Arturo (1). Y ahora os ruego, señor alcalde, que en virtud de nuestra amistad y debido a que ya nos conocemos desde hace tiempo, me deis alojamiento en vuestra casa.

El alcalde se quedó pensando un rato qué responder y después dijo:

-Señor, siete caballeros procedentes de la pequeña Bretaña se han hospedado aquí y estamos esperándolos.

Launfal se dio la vuelta y riéndose todo lo burlonamente que pudo, le dijo a sus dos caballeros:

-Ahora podéis comprobar lo que es estar al servicio de un señor de poca monta, y cuán agradecido se mostrará el señor por el servicio recibido.

Y cuando Launfal se dispuso a cabalgar de nuevo, el alcalde le rogó que no se fuera, y le dijo de esta manera:

-Señor, si así lo quisierais, podríais hospedaros para vuestro solaz en una pieza situada junto al huerto.

Barrió el frío desde el pico de la montaña. Lámina artística de la publicación de 1867 Por Sol Eytinge Jr.  The Vision of Sir Launfal (P. 18) – El Proyecto Camelot

1. O por el amor del rey Arturo.

Sin demora, Launfal y sus dos caballeros fueron a alojarse allí. Al cabo de un año, Launfal gastó su fortuna tan rápidamente que sin remedio se vio presa de las deudas. Y sucedió que el día de la festividad de Pentecostés, cuando se celebra el descenso del Espíritu Santo sobre la Humanidad, los caballeros Hugh y John, sobrinos del rey Arturo, fueron a ver al caballero Launfal con el fin de pedirle permiso para partir y decirle así:

-Señor, nuestras vestiduras están rasgadas, vedlo vos mismo, estamos mal vestidos y encima habéis dilapidado vuestra fortuna”. Entonces el caballero Launfal respondió así a los nobles caballeros:

-Por el amor de Dios Todopoderoso, no le digáis a nadie en qué estado de pobreza me hallo.

Los caballeros le respondieron que por nada del mundo lo traicionarían. Acto seguido partieron hacia Glastonbury, allí donde residía Arturo. El rey vio llegar a los nobles caballeros y hacia ellos corrió por tratarse de sus mismos sobrinos. Ellos no traían otras vestiduras que aquellas con las que habían partido un año antes, las cuales estaban rasgadas y hechas jirones. Entonces, preguntó la reina Ginebra, que era cruel:

-¿Cómo se encuentra el orgulloso caballero Launfal? ¿Todavía puede portar armas?

-Sí, señora -respondieron los caballeros-, se encuentra muy bien a menos que la voluntad de Dios sea otra.

Después, estos le contaron a la reina Ginebra y al rey Arturo muchas cosas loables del caballero Launfal añadiendo:

-Nos quiere tanto que hubiera deseado siempre que nos quedásemos con él todo el tiempo que quisiéramos. En cuanto a nuestras vestiduras, dejad que os digamos que un día de lluvia, el caballero Launfal se fue a cazar a unos bosques sombríos. Aquel día llevábamos puesta esta misma ropa usada con la que hemos venido y llevamos puesta ahora. El rey Arturo se alegró de que Launfal se hallara bien. En cambio, la reina lamentó amargamente escuchar todo aquello, pues con todo su corazón deseó que al caballero Launfal le hubiera ocurrido el peor de los males. El domingo de Trinidad se celebró un gran banquete en Caerleon al que asistieron condes y barones de todo el país así como señoras de alta alcurnia y ciudadanos de aquella ciudad. Entre todos ellos los hubo viejos y jóvenes. Sin embargo, Launfal, por su pobreza, no fue invitado a dicho banquete y nadie pensó en hacerlo. El alcalde de la ciudad también estuvo invitado. Su hija se fue a ver a Launfal para preguntarle si le gustaría cenar con ella aquel día.

Aprisa dormiré. Lámina artística de la publicación de 1867 Por Sol Eytinge Jr.  The Vision of Sir Launfal (P. 12) – El Proyecto Camelot

-Damisela -dijo-, no, no tengo ánimo para cenar a pesar de que ya llevo sin comer ni beber tres días y todo ello debido a mi pobreza. Hoy me hubiera gustado ir a la iglesia, pero no tenía ni calzas ni zapatos, ni calzones limpios ni una camisa en condiciones. Por falta de vestiduras apropiadas no he podido andar entre la gente. No es de extrañar que me sienta dolido. No obstante, me gustaría pediros algo, damisela: que me prestéis una silla y una brida para poder dirigirme a caballo en esta mañana a un claro que hay cerca de esta ciudad, y de este modo poder hallar algo de consuelo.

Launfal preparó su caballo sin la ayuda de ningún criado ni escudero. Después, comenzó a cabalgar sin demasiada prestancia de tal suerte que su caballo resbaló y ambos se cayeron en el barro provocando la sorna de quienes se hallaban a su alrededor. Como pudo, el desafortunado caballero volvió a montarse encima del caballo a fin de evitar ser la atención de todos y se dirigió cabalgando hacia el oeste. Pasado un tiempo, debido al calor de la mañana, el caballero desmontó para descansar cerca de un hermoso bosque. Y como el calor no remitía, dobló su manto y se dispuso a hacerlo con sencillez bajo la sombra del árbol que más le agradó. Y mientras permanecía sentado, embargado por el dolor y la tristeza, vio salir del bosque sombrío dos gentiles doncellas. Sus vestidos estaban hechos con seda india y estaban bien ajustados. Doncellas como aquellas vestidas con atuendos tan vistosos no se habían visto jamás. Sus mantos eran de terciopelo verde y estaban bordados con oro. Además, estaban ornados con suma elegancia y forrados de gris y blanco.

Encima de la cabeza las dos damiselas llevaban ceñida una corona pequeña que tenía más de sesenta gemas. Sus rostros eran tan blancos como la nieve de la montaña, su aspecto rojizo y sus ojos marrones. Yo nunca había visto nada parecido. Una llevaba una jofaina de oro y la otra una tolla de seda, blanca y de la mejor calidad. En cuanto a sus tocados, estos eran muy brillantes y estaban adornados con hilillos del mejor oro. Launfal comenzó entonces a suspirar (2) al verlas acercarse hacia él por el brezal y, como manda la buena cortesía, este se dirigió a su encuentro para saludarlas cortésmente.

Reflexionando mientras el órgano se deja escuchar…Lámina artística de la publicación de 1867 Por Sol Eytinge Jr.  The Vision of Sir Launfal (P. 6) – El Proyecto Camelot

-Damiselas –dijo-, ¡Qué Dios os proteja!

 Y ellas le respondieron:

-Señor caballero, ¿cómo estáis? Nuestra señora, la dama Tryamour, os ruega, si os place, señor, que vayáis a hablar con ella sin dilación.

Launfal aceptó de buen grado y con ellas, que eran tan blancas como un lirio blanco, se fue cortésmente. Y cuando llegaron a lo más profundo del bosque, Launfal vio montado un enorme y suntuoso pabellón, obra, sin duda alguna, de los mismos sarracenos. Situada en los pomos de cristal había un águila de oro bruñido de elevado valor decorada con un rico esmalte. Sus ojos eran carbunclos resplandecientes que, como la luna, brillaban por la noche extendiendo su luz por doquier.

2. Quizá un tanto avergonzado por su mal aspecto.

Ni Alejandro el conquistador ni el rey Arturo en sus mejores tiempos tuvieron una joya así. Dentro del pabellón halló a la dama Tryamour, que así se llamaba la hija del rey de Oleron, el poderoso rey de la Tierra de las Hadas, situada a lo largo y a lo ancho de un gran océano. En el pabellón encontró también una suntuosa cama cubierta con sábanas de color púrpura que resultaba agradable a la vista. En su interior se encontraba, como digo, esa gentil dama que había mandado buscar al caballero Launfal. ¡Ved con cuánto brillo resplandecía aquella encantadora señora! Y debido al calor, ella desabrochó sus vestiduras hasta la cintura dejando su piel al descubierto, la cual era tan blanca como el lirio en mayo o como la nieve que cae en invierno. Jamás había visto el caballero una mujer tan hermosa como aquella. Y bien me atrevo a decir, con toda certeza, que el color de la rosa roja, cuando florece por primera vez, no puede compararse con el color de su piel. Su cabello fulguraba como filigranas de oro y en cuanto a sus vestiduras, os diré que eran tan difíciles de describir como de imaginar. Entonces, dijo la dama Tryamour:

-Launfal, mi dulce amado, por vos renuncio a toda dicha. No hay hombre en la cristiandad, ni rey ni emperador, a quien pueda amar tanto como a vos.

Launfal contempló a aquella dulce criatura y puso en ella todo su amor. Besó a aquella dulce flor y se sentó a su lado para decirle:

-Amada mía, pase lo que pase, siempre estaré a vuestro servicio.

Y ella le respondió:

-Gentil y cortés caballero, conozco vuestra situación, desde el principio hasta el final, no os avergoncéis por ello en mi presencia. Si os comprometéis conmigo de verdad, renunciando a las demás mujeres, os haré rico. Os daré una bolsa hecha con seda y fino oro con tres imágenes resplandecientes. Cada vez que metáis la mano dentro de la bolsa sin importar el lugar donde os halléis, sacaréis ocho onzas de oro. Además, Sir Launfal, os daré a Blanchard, mi leal corcel y a Gyfre, mi propio criado, y de mi escudo de armas dispondréis de un estandarte con tres armiños pintados en él que os salvará de recibir cualquier herida en la guerra o en las justas.

Soy Yo. No tengas miedo. Lámina artística de la publicación de 1867 Por Sol Eytinge Jr.  The Vision of Sir Launfal (P. 26) – El Proyecto Camelot

Después, respondió así el gentil caballero:

-Os doy las gracias, dulce criatura, pues no podría haber recibido nada mejor.

La damisela se incorporó y ordenó a sus doncellas que trajeran agua fresca para sus perros, lo que hicieron sin demora. Y una vez puesto el mantel y la mesa, la dama Tryamour y Launfal se fueron a cenar. Nada faltó, hubo comida y bebida en abundancia, en especial, toda clase de vinos, entre ellos, vino del Rin. En verdad, la cena fue digna de ver. Terminada esta y después de oscurecer, ambos se fueron juntos a la cama en seguida. Y de tanto retozar de aquí para allá, poco durmieron aquella noche hasta llegado el amanecer.

Fue entonces cuando la dama Tryamour le pidió al caballero que se levantase a toda prisa y le dijo en estos términos:

-Gentil caballero, si alguna vez deseáis hablar conmigo, dirigiros a algún lugar secreto. Hasta allí acudiré veladamente sin ser vista ni oída por ningún mortal.

Al escuchar tales palabras, el caballero Launfal se alegró mucho al saber que nadie descubriría el secreto de su felicidad y se puso a besarla muchas veces.

-Pero de algo, señor caballero, os quiero advertir -dijo la dama Tryamour-, que por nada del mundo hagáis gala de nuestro amor, porque si lo hacéis, lo perderéis por completo.

Launfal pidió entonces permiso para marcharse y Gyfre, mostrándose servicial, le trajo al caballero su corcel. Este se montó en él y hasta Caerleon cabalgó vestido pobremente. Qué tranquilo estaba el caballero de espíritu. Por la tarde descansó bien en su alcoba. Entonces, llegaron cerca de donde se encontraba este, tras haber atravesado la ciudad, diez hombres bien pertrechados montados en diez caballos de carga que traían oro y plata. Todos ellos habían ido en su busca y con el fin de presentarse ante él majestuosamente con ricos ropajes y armaduras resplandecientes, preguntaron a las gentes acerca de su paradero. Aquellos hombres jóvenes estaban vestidos de color índigo. Gyfre cabalgaba detrás de todos ellos montado sobre Blanchard, que era tan blanco como la harina. Un muchacho que estaba en el mercado preguntó así:

El rubor de la vida bien se puede ver. Lámina artística de la publicación de 1867 Por Sol Eytinge Jr.  The Vision of Sir Launfal (P. 8) – El Proyecto Camelot

-¿A dónde vais con todos esos tesoros? Decídnoslo, amigo mío.

A lo que Gyfre respondió:

-Son presentes para el caballero Launfal, que se ha marchado con mucha tristeza.

Entonces, dijo el muchacho:

-Pero si no es más que un pobre diablo. ¿Quién puede querer ocuparse de él? Se aloja en la casa del alcalde.

Y en seguida aquellos caballeros se fueron a la casa del alcalde y allí hicieron entrega al noble caballero de los presentes que le habían sido enviados. Cuando el alcalde vio todas esas riquezas y la nobleza y poderío del caballero Launfal, se sintió profundamente agraviado y avergonzado. Entonces, le dijo al caballero Launfal:

-Señor, os lo ruego, comed hoy conmigo en el comedor de mi casa. Ayer quise que estuviéramos juntos en la mesa para poder divertirnos a nuestras anchas, pero antes de que pudiera invitaros, ya os habíais ido.

-Señor alcalde, qué Dios os lo pague! *Cuando era pobre, nunca me invitasteis a cenar con vos, pero ahora que tengo más oro y riquezas que vos y todos los vuestros, estas que mis amigos me han enviado, lo hacéis (3).

Arturo como uno de los Nueve de la Fama, tapiz, c. 1385.

Entonces, el alcalde, de la vergüenza, se retiró. Launfal se vistió con vestiduras púrpuras adornadas con piel de armiño blanco. Y todas las deudas que tenía Launfal contraídas fueron saldadas más que cumplidamente por Gyfre. Después, Launfal celebró grandes banquetes; dio de comer a cincuenta huéspedes pobres que lo estaban pasando mal; compró cincuenta hermosos corceles y regaló cincuenta juegos de ricas vestiduras entre caballeros y escuderos; dio limosnas a cincuenta clérigos; liberó de prisión a cincuenta prisioneros pobres; y vistió a cincuenta trovadores. En definitiva, el caballero Launfal ayudó a muchos hombres de diferentes países a lo largo y a lo ancho de este mundo. Los señores de Caerleon proclamaron por todas partes que por amor a él y a su buen corcel Blanchard se celebraría un torneo en la ciudad con el fin de poner a prueba la destreza de alguien con tan buen plante como él.

Y cuando llegó el día de las justas, los caballeros montaron en sus caballos con rapidez. Después, los músicos hicieron sonar sus cuernos y aquellos comenzaron a cabalgar en fila. Comenzado el torneo, cada caballero infligió en su contrario golpes terribles tanto con mazas como con espadas. Allí pudo verse, así pues, como algunos ganaron corceles y como otros, para cólera suya, los perdieron en la justa. Y me atrevo  decir sin miedo a mentir que desde los tiempos de la Tabla Redonda no se había visto nunca un torneo mejor. Ese mismo día, os lo aseguro sin duda alguna, muchos señores de Caerleon fueron derrribados de sus caballos. Y no os miento tampoco si os digo que el rico condestable de Caerleon, que ya no pudo seguir soportando los triunfos del caballero Launfal por más tiempo, espoleó su caballo y hacia él se dirigió. Ambos se lanzaron terribles y feroces golpes el uno al otro por ambos lados. Launfal no lo perdió de vista ni un instante y en cuanto pudo lo tiró al suelo en seguida. Gyfre, el escudero, echó mano del caballo del condestable y de allí se lo llevó en menos que canta un gallo. Cuando el conde de Chester vio todo aquello, casi se volvió loco de la furia y cabalgó con premura hacia el caballero Launfal, y le golpeó de tal forma en lo alto del yelmo que hizo que se desplomase la cimera, según reza la versión francesa de esta historia. Pero Launfal, que tenía una fuerza enorme, le golpeó y le hizo caer al suelo. Entonces, muchos caballeros procedentes de Gales, no sé decir cuántos exactamente, le rodearon. Entonces se vieron partirse escudos y romperse y hacerse pedazos numerosas lanzas por todos los lados. Launfal y su corcel supieron defenderse muy bien y los golpes que ambos propinaron dieron, y esto es un hecho, con los huesos de muchos caballeros en el suelo. De modo que aquel día, no hay duda de ello, el premio del torneo se lo llevó Launfal.

Sir Gawain y el Caballero Verde (artista desconocido – manuscrito original).
Como vemos, muchas leyendas se escribieron y se contaron por espacio de casi mil años teniendo como base fundamental a los héroes mitológicos de la época medieval.

3. Lit.: Cuando era pobre, nunca me invitasteis a cenar con vos. Ahora tengo más oro y riquezas, estas que mis amigos me han enviado, que vos y todos los vuestros.

Después, este regresó a Caerleon, a la casa del alcalde, con muchos otros señores que delante de él cabalgaron. Y entonces, el noble caballero Launfal celebró todo un majestuoso banquete que duró catorce días. Muchos condes y barones fueron convenientemente acomodados en el salón principal y ataviados con adornos reales. Y todos los días, al llegar la noche, la dama Tryamour visitaba la alcoba del caballero Launfal. Mientras estuvo en aquel lugar, solo Gyfre y el caballero launfal pudieron verla. Nadie más. En Lombardía había un caballero, el caballero Valentín, que sentía una enorme envidia del caballero Launfal. Había oído hablar de este, de lo bien que peleaba en las justas, y de la gran fuerza que tenía. El caballero Valentín poseía también una prodigiosa fuerza y medía más de cuatro metros. Este pensaba que se moriría por dentro de la envidia a menos que pudiera justar o pelear con Launfal en el campo de torneo. El caballero Valentín estaba sentado en su salón y mandó llamar a un emisario suyo para ordenarle que se fuera a Gran Bretaña, a ver al caballero Launfal, el noble caballero que era tenido como un hombre de gran fuerza, con el propósito de darle un mensaje.

-Decidle -profirió el caballero Valentín-, que por el amor de su gentil, cortés, noble o graciosa amada, si es que hubiera una, juste conmigo y desempolve su arnés a no ser que quiera ver su hombría en entredicho.

Sin demora el emisario se marchó para cumplir la orden de su señor. Vientos favorables acompañaron su viaje por el mar. Al encontrarse con Launfal, el emisario lo saludó sin muchas palabras y le dijo:

-Señor, el caballero Valentín, mi señor, noble gUerrero además de persona diestra e ingeniosa en muchas artes, me ha enviado hasta vos para que os ruegue, de su parte, que por el amor de vuestra amada, aceptéis justar con él.

Galahad, Perceval y Bors encuentran el Santo Grial; pintura de Edward Burns.
Cada caballero iba en búsqueda de su propio Grial, es decir, en busca de su propio autoconocimiento. Nótese cómo dentro de las leyendas cristianas siempre estaba presente la famosa reflexión del Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo».

Entonces, Launfal comenzó a reírse en silencio, y como se trataba de un gentil caballero, le dijo al emisario que en el plazo de catorce días justaría con su señor. Luego, para tal ocasión, le hizo entrega a aquel de un corcel, un anillo y una túnica listada. Llegado el momento, el caballero Launfal se despidió con besos de Tryamour, que era la dama más radiante de la alcoba. Después esta dulce criatura le dijo así:

-No temáis nada, gentil caballero, el mismo día de la justa acabaréis con vuestro rival.

De todo el séquito de que disponía Launfal, este no hizo uso más que de su corcel Blanchard y su criado Gyfre. Se embarcó y, acompañado de vientos muy favorables, se dirigió por mar hasta Lombardía. Atravesado el mar, llegó a la ciudad de Atille, lugar donde tendrían lugar las justas. Allí se topó de frente con el caballero Valentín, que venía acompañado por un numeroso grupo de caballeros altivos, pero el caballero Launfal no hizo sino aplacar su altanería con los pocos compañeros que llevaba. Y cuando este se montó encima de Blanchard, su ágil corcel, llevando consigo su yelmo, lanza y rodela, aquellos que lo vieron con sus resplandecientes armas dijeron que no habían visto hasta entonces caballero igual.

Ambos contendientes espolearon sus caballos y se dirigieron el uno hacia el otro. Tras la brutal embestida, sus lanzas se rompieron y sus pedazos se esparcieron por todo el campo. En la segunda embestida, el caballero Launfal perdió el yelmo tras un golpe, tal como cuenta el relato original. Esto hizo reír de lo lindo al caballero Valentín, que se lo pasó muy bien viendo cómo el caballero Launfal perdía su yelmo. Jamás Launfal había sido tan afrentado en ninguna otra justa. Gyfre demostró ser capaz de prestar gran ayuda en momentos de necesidad y, haciéndose invisible, montó sobre el corcel de su señor, y antes de que ambos contendientes justasen de nuevo, este le puso con gran esmero el yelmo a su señor. Cuánto se alegró Launfal por ello y cuánto le agradeció a Gyfre su extraordinaria proeza. Pero justo en ese momento, el caballero Valentín dio a Launfal un golpe tan terrible que le hizo desprenderse de su escudo. Sin embargo, Gyfre lo cogió y se lo dio a su señor antes de que pudiera caerse al suelo.

Isumbras, Launfal, Parzival; ¿Alguna diferencia esencial entre los grandes caballeros? El mismo destino, la misma Fe, el resultado de encontrarse consigo mismo, Página de un manuscrito iluminado de Parzival.

Muy contento Launfal tras el gesto de su criado, se dispuso a justar por tercera vez demostrando ser un caballero de gran valor. Y fue tan feroz el golpe que le dio el caballero Launfal al caballero Valentín en esta ocasión, que tanto este como su caballo murieron entre quejidos lastimeros por causa de las horribles heridas recibidas. Y tanto envidiaron los señores de Atille al caballero Launfal por haber dado muerte a Valentín, que estos juraron que aquel moriría colgado y destripado por dos caballos antes de que partiese de Lombardía. El caballero Launfal desenvainó entonces su espada y en menos que canta un callo a todos pasó a cuchillo. Hecho esto, regresó de nuevo a Gran Bretaña con un enorme gozo en su corazón.

Pronto llegaron a oídos del rey Arturo las noticias de las nobles hazañas del caballero Launfal, en verdad os digo, y pronto aquel le mandó llamar para que fuera a verlo el día de la misa en conmemoración de San Juan el Bautista, pues para tal ocasión el rey Arturo iba a celebrar un banquete al que asistirían valientes condes, barones y señores. Debido a su conocidísima generosidad, el caballero Launfal sería el mayordomo real encargado de atender a todos los huéspedes. Launfal se despidió de Tryamour para acudir hasta el rey Arturo con el fin de ocuparse de su banquete. Al llegar se encontró con una atmósfera de júbilo y alegría y no faltó quien lo honrase merecidamente. Además, vio a su alrededor a resplandecientes damas y a un gran número de caballeros. Cuarenta días duró el banquete, que fue tan espléndido como majestuoso. ¿Qué gano yo con mentiros?

Al cabo de estos cuarenta días, los señores pidieron licencia para marcharse, cada uno a su país. Y después de la cena, los caballeros Gawain, Gaheris y Agravain y también el caballero Launfal, se fueron a bailar al prado bajo la torre donde estaba la reina en compañía de más de sesenta damas. Launfal fue el encargado de dirigir el baile. De todos estos caballeros al que más se quería, sin duda alguna, era al caballero Launfal debido a su generosidad. La reina se asomó y los oteó desde lo alto.

«Sir Kay breaketh his sword at ye Tournament«, una de las ilustraciones artúricas de Howard Pyle. La misma imagen que se repite en todas las leyendas y en todas las ilustraciones, el ideal de caballero era el de acometer grandes hazañas para ser recordados por su gente o acercarse más a a deidad. Notable coincidencia con el ideal caballeresco de los griegos y de Confucio: Todos estos ideales tienen en común el Sacrificio.

 -Allí veo –dijo- al dadivoso Launfal. Me iré junto a él. De todos los caballeros él es el más apuesto. Que yo sepa, jamás estuvo casado y me perjudique o no, trataré de averiguar más cosas sobre él, pues lo amo más que a mi vida”.

Entonces, se llevó consigo a un numeroso grupo de damas, unas sesenta y cinco, las más hermosas que pudo hallar, y descendieron de la torre para bailar con los caballeros sin causar demasiado alboroto. La reina se dirigió hasta el extremo más delantero y se situó entre Launfal y el noble Gawain, y después de sus resplandecientes damas. Todos ellos, damas y caballeros, se dispusieron a bailar juntos. ¡Qué entretenido resultó verlos bailar! Cada dama estuvo acompañada de un caballero. No faltaron los grandes ministriles ni los músicos de vihuelas, cítolas y trompetas. Si hubieran estado ausentes, no hubiera sido lo mismo. Allí tocaron todos esos músicos, en verdad os digo, después de la cena, un día de verano, y casi hasta el anochecer. Y cuando el baile estuvo a punto de terminar, la reina habló con Launfal en privado y le dijo así:

-Señor caballero, os aseguro que os he amado con todo mi corazón durante más de siete años. Si vos me amáseis, no dudéis ni por un segundo que yo moriría por vos, ¡Launfal, amor mío!

 Entonces, respondió el gentil caballero de esta manera:

-¡Juro por Dios Todopoderoso que jamás seré un traidor!

Después de oír tales palabras la reina respondió:

¡Iros al diablo, cobarde! Merecéis que os cuelguen lo más alto y fuerte posible. ¡Ojalá no hubiéseis nacido! ¡Ojalá estuviéseis muerto! No sois lo suficiente hombre como para amar a ninguna mujer ni hay mujer en el mundo que pueda amaros a vos. Merecéis que os maten.

Al caballero le dolieron mucho tales palabras y sin poder hablar apenas dijo ante la reina como pudo lo siguiente:

-Durante más de siete años he amado a la mujer más hermosa que podáis haber visto jamás y no hay duda de que su doncella menos agraciada sería mejor reina que vos.

Al escuchar esto, la reina se encolerizó como nunca y sin decir nada más, tanto ella como sus doncellas regresaron rápidamente a la torre. Y después de echarse en su lecho, de la cólera que sentía se puso enferma y juró con todas sus fuerzas que se vengaría de Launfal de tal forma que durante días se hablaría de él. Sucedió entonces que después de venir alegre y contento de una cacería, el rey Arturo se marchó a su alcoba. En seguida la reina se puso a gritar:

-Venganza, venganza o moriré y mi corazón se hará pedazos. En el baile Launfal me afrentó gravemente al pedirme que le aceptase como mi amante y jactándose de tener una mujer amada me insultó diciendo que la doncella menos agraciada de aquella sería mejor reina que yo.

El rey Arturo se enfadó muchísimo y juró por Dios que Launfal moriría. Fue en busca de valientes caballeros para que lo trajeran de inmediato para ser ahorcado y destripado por caballos. Los caballeros fueron en su busca sin dilación, pero aquel se había retirado a su alcoba con el fin de hallar solaz y placer con su amada, la cual había desaparecido, como ella ya le había advertido en su momento. ¡Qué triste se quedó Launfal entonces! Después se le ocurrió mirar dentro de su bolsa, allí donde solía haber mucho dinero para gastar cuando tenía necesidad de ello pero, en honor a la verdad, no encontró nada. En cuanto a Gyfre, esté se había montado en Blanchard, el corcel del caballero, y había desaparecido sin dejar rastro. En definitiva, todo lo que Launfal había conseguido había desaparecido de la misma manera que se funde y desparece la nieve al contacto con el sol, tal como puede leerse en el relato francés. Su armadura, que era tan blanca como la harina, se volvió negra. De modo que Launfal dijo de esta manera:

-Ay, amada mía! ¿Qué voy a hacer ahora sin vos, Tryamour, amor mío? He perdido la alegría de vivir al perderos a vos, lo que significa la peor de las pruebas. ¡Oh, dichosa señora!

 Después, comenzó a darse golpes tanto en el cuerpo como en la cabeza y maldijo con sumo dolor las palabras que salieron de su boca. Y sabed que de tanta aflicción que sentía en ese preciso instante cayó al suelo desmayado. Entonces, aparecieron cuatro caballeros, los cuales le ataron y condujeron ante el rey Arturo. Ahora sí que estaba el caballero en un doble aprieto. Entonces le dijo así el rey:

-Vil e infame traidor, ¿Por qué os jactásteis de esa manera anunciando a los cuatro vientos que la doncella menos agraciada de vuestra amada era más bella que mi propia esposa? ¡Qué vil calumnia! Pero encima, antes de eso le pedísteis que fuese vuestra amante. ¡Qué deseo tan insolente!

Sir Galahad ocupa el «Asiento peligroso».

 Ved al caballero Launfal respondiendo malhumorado ante el rey y también a la reina, que no dejaba de arrojar calumnias contra aquel.

-En lo que llevo de vida, jamás solicité de la reina nada indecoroso, mas ella afirmó de mí que no era un hombre de verdad, que no había ninguna mujer que me amase, y que jamás busqué la compañía de mujeres. Yo le respondí diciendo que la doncella menos agraciada de mi amada era más merecedora que ella de ser reina. Cierto es lo que digo, señores, y estoy dispuesto a acatar lo que decida esta corte.

A decir verdad, no hay mentira en ello, lo que sucedió realmente es que doce caballeros fueron convocados y compelidos a jurar sobre la Biblia que juzgarían el caso en cuestión acorde con la verdad de los hechos. Lo que dijeron entre ellos es que conocían el carácter y la manera de proceder de la reina, de modo que se comprometieron a indagar el asunto. También dijeron que la reina tenía fama de ser infiel y que, además de su marido, tenía unos cuantos amantes más. Ninguno de ellos negó nada de esto.

Así pues, de común acuerdo los caballeros resolvieron a favor de Launfal y no de la reina, y absolvieron al caballero de la primera acusación. Asimismo establecieron de común acuerdo que si Laufal traía a su amada a la corte, amada sobre la que este hizo ostentación de tener y de la que declaró que una de sus doncellas era más resplandeciente que la reina, este sería declarado inocente de la segunda acusación; de lo contrario, sería colgado como un ladrón. Finalmente, como os digo, los caballeros decidieron que Launfal trajera a su amada a la corte. Este, por cierto, ofreció su cabeza como garantía. Entonces, y no os miento, dijo la reina de este modo:

-Si Launfal trae aquí a alguien más hermosa que yo, sacadme mis bellos ojos.

Encuentro de León Magno con Atila, fresco de Rafael Sanzio en las estancias del Vaticano (1514). Atila, el caballero bárbaro, sucumbe ante el poder de la Fe y del representante de Dios en la Tierra. Múltiples veces se repetirá esta batalla entre el bien y el mal. Pero luego será el propio mal que habita en nuestro interior a ser vencido por la fuerza de la Fe en la batalla de nuestro destino.

Una vez aceptada por la corte dicha garantía, Launfal buscó a dos nobles caballeros como garantes hasta el día señalado. Os hablo del caballero Perceval y del caballero Gawain. Tal día señalado, os doy mi palabra, tendría lugar pasados doce meses y dos semanas. Tras este tiempo, Launfal tendría que traer a su amada. Cuánta tristeza y pesar sintió entonces el caballero Launfal, nuestro noble caballero. ¡Cómo se retorció las manos! Debido a la profunda tristeza que sentía, hubiera renunciado de buena gana a su propia vida llena de sufrimiento; de buena gana hubiera renunciado a su cabeza. Y sabed que quienes supieron de la noticia acerca de la suerte incierta del caballero, se afligieron en sus corazones. El día señalado se aproximó. Los garantes llevaron al caballero hasta el rey, el cual hizo que se leyeran en voz alta las acusaciones vertidas contra aquel y le ordenó que trajera a la corte a su amada para que todos pudieran verla. El caballero Launfal, muy afligido por ello, dijo que no pudo hacerlo. El rey ordenó a todos los barones que pronunciaran sentencia y condenasen a Launfal a muerte. Entonces, dijo el Conde de Cornwall, que se hallaba con ellos en aquel concejo:

-No ha sido esa nuestra voluntad, pues si condenasemos a ese caballero, que se ha mostrado siempre cortés y generoso, caería la deshonra sobre todos nosotros; así pues, señores, seguid mi consejo. Lo que hemos decidido, mi rey, es que Launfal sea desterrado.

Y mientras discurrían todos ellos así, los barones vieron aproximarse a un grupo de diez hermosas doncellas. Daba la sensación de que todas ellas brillaban y resplandecían de tal manera que la menos agraciada entre ellas podría ser digna de convertirse, sin duda alguna, en su misma reina. Entonces, habló Gawain, ese gentil caballero, y dijo así:

-Launfal, hermano, ¡no temáis a ningún hombre! Aquí llega vuestra graciosa amada.

Batalla de Vouillé (507), entre francos y visigodos, representada en un manuscrito del siglo XIV. Es evidente que los caballeros andantes medievales son fruto del imaginario colectivo y de la necesidad de recordar gestas heroicas e históricas como la de esta batalla. Solo que la diferencia es que se batallan contra gigantes o demonios, no contra los mismos hombres, he allí el secreto de la búsqueda, la batalla más difícil es la que emprendemos contra nosotros mismos para que luego de todo ese dolor nos iluminemos.

Launfal respondió:

-Gawain, mi querido amigo, tened por cierto que ninguna de ellas es mi amada.

Las doncellas se dirigieron en seguida hacia el castillo, y al llegar a la puerta del mismo desmontaron. Habían venido a ver al rey Arturo y pedirle que dispusiera lo antes posible de una hermosa alcoba para su señora, que descendía de reyes.

-¿Cómo se encuentra vuestra señora? -Inquirió Arturo-. Pronto lo sabréis -respondió la doncella-, pues aquí llega cabalgando.

El rey ordenó, en atención a aquella señora, que se dispusiera para tal ocasión de la mejor alcoba de su castillo. Y acto seguido conminó a sus barones a que dictasen la sentencia de aquel traidor jactancioso. Los barones no tardaron en responder:

-Ya no nos demoraremos más por causa de las resplandecientes doncellas.

Y con el fin de complacer a su señor el rey, estos volvieron a enzarzarse en un nuevo debate que tuvo sus más y sus menos. Algunos condenaron a Launfal y otros lo absolvieron de todas las acusaciones. ¡Ved como discuten todos ellos acaloradamente! Entonces, vieron llegar a otras diez resplandecientes doncellas que, a su juicio, eran más hermosas en aspecto que las anteriores. Iban montadas encima de cómodas mulas de España que tenían sillas de montar y bridas de Champaña y arneses que resplandecían con gran intensidad. Todas estaban ataviadas de la misma manera. No hubo hombre allí que no tuviera grandes deseos de contemplar sus vestiduras. Entonces, dijo el gentil Gawain:

Orator, bellator et laborator (clérigo, guerrero y labrador); o sea, los tres órdenes medievales. Letra capitular de un manuscrito. Buen corolario para esta entrega del Dr. Alonso Navarro.

-Launfal, por ahí llega vuestra dulce amada para traeros el remedio que necesitáis.

Launfal respondió con el ánimo abatido:

-¡Ay, no, no conozco a ninguna de tales doncellas ni tampoco a ninguna de las más jóvenes.

Las damas se dirigieron hacia el castillo y desmontaron de sus recuas allí donde se hallaba la tarima más elevada delante del rey Arturo. Entonces, saludaron tanto al rey como a la reina y una de ellas se dirigió a él en estos términos:

-Preparad el salón de vuestro castillo y cubrid los muros con telas y suntuosos tapices a fin de recibir como se debe a mi señora Tryamour.

El rey respondió en seguida:

-Sed bienvenidas, hermosas doncellas, ¡por Nuestro Señor Jesucristo!

Después, ordenó a Lanzarote del Lago que las acompañase hasta la alcoba donde se encontraban sus compañeras con alegría y solemnidad. En seguida la reina sospechó que todo ello no era sino una estratagema para absolver pronto de toda culpa a Launfal por medio de su amada, que ya estaba a punto de llegar. De manera que sin dilación le dijo al rey Arturo:

-Señor, si sois tan gentil o si en algo apreciáis vuestro honor, vengadme de este traidor que tanto me ha encolerizado. No absolváis a Launfal y humillad a vuestros barones que tanto lo quieren y estiman.

Y mientras la reina hablaba con el rey de esta manera, los barones vieron llegar montada en un bello palafrén blanco y sin compañía a una damisela. Nunca hasta ahora habían visto a alguien con tan vistosos colores que, además, se mostraba delicada y jovial como una avecilla posada en una rama; demasiado hermosa para morar en este mundo terrenal. La señora brillaba como la flor de una rosa silvestre, poseía ojos grises y un bello semblante, y además, su tez deslumbraba por su enorme brillo, tez que era roja como la rosa de una ramita. Su cabello resplandecía como una filigrana de oro y su cabeza tenía una corona forjada con ricas piedras preciosas y oro, que relucía primorosamente. La señora vestía con ropajes púrpuras a la par que lucía un cuerpo delicado y esbelto que resultaba agradable a la vista. Su manto estaba adornado con un armiño blanco y estaba ricamente forrado. Un manto más majestuoso que aquel sería difícil de hallar. Su silla de montar estaba bellamente adornada y sus mantas, en las que había imágenes pintadas, eran de terciopelo verde. Los bordes estaban hechos en forma de campanas de valioso oro y no de otro material que pudiera apreciarse. En los arcos de puente de las sillas de montar, tanto delante como detrás, había dos joyas de la India extremadamente brillantes. El peto de su palafrén era majestuoso y magnífico, digno de un condado, el mejor de Lombardía. Aquella señora llevaba en la mano un halcón y el paso de su palafrén era lento para que todos pudieran contemplarla. Cabalgó por todo Caerleon con dos galgos blancos que tenían collares de oro y corrían junto a ella. Y cuando Launfal vio a aquella señora comenzó a gritar en alto a la muchedumbre, tanto a viejos como a jóvenes:

-¡Aquí viene mi dulce amada! -dijo-. Solo ella podría librarme de mis desgracias si quisiera.

La señora entró en el salón del castillo allí donde se encontraba la reina y todas las demás señoras y también el rey Arturo. Sus doncellas se dirigieron hacia ella con decoro para ocuparse del estribo de su señora, la dama Tryamour, cuando desmontara. En el suelo se quitó su manto para que todos pudieran verla mejor sin más espera. El rey Arturo la saludó cortésmente y ella a él, con dulces palabras de gran valor. La reina y sus majestuosas doncellas se levantaron para contemplarla detenidamente. La dama Tryamour se erguió de tal manera, con tanta majestad, que a todos los que se encontraban con ella opacó del mismo modo que lo hace el sol con la luna durante el día cuando hay luz.

Entonces, le dijo al rey Arturo:

-Señor, he venido aquí para liberar al caballero Launfal y asegurar que dicho caballero no tuvo el desatino de solicitar jamás de la reina ninguna clase de amor ilícito. Así pues, su majestad, prestad mucha atención a lo que voy a deciros. No fue él quien le rogó a ella ser su amante, sino ella a él. Y el caballero, en respuesta, le dijo que la doncella menos agraciada de su amada era más hermosa que ella.

Sin dudarlo el rey Arturo dijo:

-Está claro cuál es la verdad. Vos sois más hermosa (que la reina).

Nada más decir esto el rey, la dama Tryamour caminó hacia la reina, y al soplar en ella no volvió a ver jamás. Y sin desear permanecer allí por más tiempo, la señora saltó sobre su palafrén y de todos se despidió deseándoles un buen día. Entonces, salió Gyfre en seguida del bosque trayendo el corcel de Launfal, el cual se situó al lado de aquel. El caballero se montó también en su caballo sin pérdida de tiempo para marcharse de allí con su amada. La señora se llevó consigo a cada una de sus doncellas y regresó por donde había venido, con solaz y prestancia. Después, atravesó Caerleon de nuevo para marcharse lejos, a una placentera isla llamada Oleron. Todos los años, en un día señalado, puede escucharse al caballo de Launfal relinchar y al caballero verse con los propios ojos. Aquel que desee justar para desempolvar las armas, bien sea en torneo o combate, no necesitará ir muy lejos. En el día señalado podrá justar sin demora con el caballero Sir Launfal. Así que Launfal, ese noble caballero de la Tabla Redonda, fue conducido, sin duda alguna, al mundo de las Hadas. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver en este mundo ni yo puedo contaros nada más de él, os lo aseguro. Thomas Chestre escribió este relato acerca del noble caballero Sir Launfal, caballero versado en el oficio de la caballería. ¡Qué Jesús, Rey Celestial, y su madre María nos den a todos su bendición!

AMÉN

Explicit Launfal

Extracto del caballero Launfal (Sir Launfal) en inglés medio-medieval (Middle english)

And as the Quene spak to the Kyng,
The barouns seygh come rydynge
   A damesele alone
Upoon a whyt comely palfrey.
They saw never non so gay
   Upon the grounde gone:
Gentyll, jolyf as bryd on bowe,
In all manere fayr ynowe
   To wonye yn wordly wone.
The lady was bryght as blosme on brere;
Wyth eyen gray, wyth lovelych chere,
 Her leyre lyght schoone.

As rose on rys her rode was red;
The her schon upon her hed
   As gold wyre that schynyth bryght;
Sche hadde a crounne upon her molde
Of ryche stones, and of golde,
   That lofsom lemede lyght.
The lady was clad yn purpere palle,
Wyth gentyll body and myddyll small,
   That semely was of syght;
Her matyll was furryd wyth whyt ermyn,
Yreversyd jolyf and fyn –
 No rychere be ne myght.

Her sadell was semyly set:
The sambus wer grene felvet
   Ypaynted wyth ymagerye.
The bordure was of belles
Of ryche gold, and nothyng elles
   That any man myghte aspye.
In the arsouns, before and behynde,
Were twey stones of Ynde,
   Gay for the maystrye.
The paytrelle of her palfraye
Was worth an erldome, stoute and gay,
 The best yn Lumbardye.

A gerfawcon sche bar on her hond;
A softe pas her palfray fond,
   That men her schuld beholde.
Thorugh Karlyon rood that lady;
Twey whyte grehoundys ronne hyr by –
   Har colers were of golde.
And whan Launfal sawe that lady,
To alle the folk he gon crye an hy,
   Bothe to yonge and olde:
«Her,» he seyde, «comyth my lemman swete!
Sche myghte me of my balys bete,
 Yef that lady wolde.»

Forth sche wente ynto the halle
Ther was the Quene and the ladyes alle,
   And also Kyng Artour.
Her maydenes come ayens her, right,
To take her styrop whan sche lyght,
   Of the lady Dame Tryamour.
Sche dede of her mantyll on the flet,
That men schuld her beholde the bet,
   Wythoute a more sojour.
Kyng Artour gan her fayre grete,
And sche hym agayn, wyth wordes swete
 That were of greet valour.

*José Antonio Alonso Navarro (Madrid, España, 1965) es profesor universitario de lengua y literatura inglesa (especialista en Literatura Medieval Inglesa e Irlandesa), filólogo, traductor y escritor. El profesor Alonso Navarro es doctor con la distinción Cum Laude en Filología Inglesa por la Universidad de A Coruña (España) y licenciado en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid (España). Hizo su didáctica general (CAP) en la Universidad de Málaga (España) con sobresaliente y su didáctica universitaria en la Universidad Autónoma de Asunción (Paraguay).Actualmente, se desempeña como profesor universitario de humanidades en la Universidad del Norte (Asunción, Paraguay).

Imágenes y descripciones por Gabriel Ojeda

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