El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Efemérides Historia Universal

El final de Gettysburg: la mayor derrota de Lee

Un día como hoy, 3 de julio de 1863, los errores del General Robert E. Lee se consumaban y daban con el traste a las ambiciones de ganar la guerra a los yankees de la Unión, por parte de los sureños. La Unión había elegido un lugar elevado para defender la posición en la pequeña localidad de Gettysburg, en el estado de Pennsylvania; Herr Ridge, McPherson Ridge y Seminary Ridge, Cemetery Ridge, Cemetery Hill, y Culp’s Hill quedaban en quietud al tercer día de combates; la carga del general Pickett, la mayor acción de la guerra que hasta el día de hoy nos enternece el alma, logró su cometido, mostrando la fiereza de los soldados del sur, pero éste gran sacrificio terminó siendo inútil; la peor decisión de los confederados a la que se unió la caballería del invencible general J. E. B. Stuart[1], muy tarde.

Meade y Lee, comandantes enfrentados.

Las grandes victorias de los primeros dos años de la contienda quedaron en la posteridad como anécdotas de la efusiva gallardía de los clásicos vaqueros sin miedo alguno a la muerte, que con honor dejaban su alma en los ataques. Desde el aspecto estratégico, Lee, entendía que la guerra de desgaste podía llevar adelante el plan pero hasta ahí, ya que pensar en ganarle directamente a toda esa maquinaria de guerra liderada por Lincoln y los suyos, era prácticamente improbable y está demás decirlo, pensar en ello sería desquiciado.

El ejército del Potomac liderado por el gran general George Gordon Meade, oriundo de Pennsylvania, tenía todo a su favor, ventaja en el terreno y conocimiento del mismo[2], superioridad militar, tecnología a su favor, y líneas seguras de aprovisionamiento, por el otro lado, los confederados extendieron demasiado sus líneas y ése fue el resultado al final, y aún buscaban calzarse con botas para el futuro.

L. Prang & Co. print of the painting «Hancock at Gettysburg» by Thure de Thulstrup, showing Pickett’s Charge. Restoration by Adam Cuerden. Restaurada por Adam Cuerden. En la pintura se muestra parte de la famosa Carga de Pickett.

Los frenéticos cañones de los sureños no dejaban oír ni siquiera la respiración del que se hallaba al lado, las miradas de terror se posicionaron a lo largo del campo de batalla, tronaron esas piezas de artillería hasta que el sol escondió su rostro abrazador a través de una cortina de niebla provocada por la mezcla de pólvora, tierra, sudor, y sangre que dejaba tras de sí, un tufo a muerte.

Las banderas sureñas ondeaban por delante del ejército de doce mil hombres que marchaban felices y alegres al son de la banda de músicos que en la retaguardia, como era costumbre animases la marcha, los cañones defensivos empezaron a retozar y las balas iban alcanzando a los confederados… ¿qué podía hacer Pickett más que durante la marcha hacia el Seol, rezar y cantar de alegría? Tantos hombres desperdiciados por una mala estrategia. ¿qué podía lograr Stuart, ya perdido entre los clamores de su orgullosa caballería, con ansias de ganar otra batalla más? No ganaría ni soportaría una derrota, el desenlace se había convertido en realidad desde el momento mismo en que el Héroe Lee, atinó en Gettysburg, a suspirar por los suyos, a llevarlos a la extinción brutal.

Soldados de la Unión muertos en el campo de batalla de Gettysburg, fotografiados el 5 de julio de 1863

Tres días de intensa refriega enfrentaron a los gallardos pero desquiciados soldados de la confederación que fueron directo a la muerte, los cuerpos desmembrados, la sangre a borbotones y los rastros de entrañas licuadas por las balas, inundaron todo el valle, retirándose el resto del ejército que sobrevivió a esta carnicería a Virginia, por el Río Potomac. Pickett había logrado un glorioso movimiento con su infantería, conquistando por unos instantes los cañones enemigos pero que sin el apoyo de la artillería, resultó en un intento fallido, a la postre.

Fue la primera derrota de Robert E. Lee, el general invencible como se lo conocía durante la guerra civil estadounidense. Luego de ésta, los confederados fueron poco a poco perdiendo la valentía y la capacidad operativa, muy reducida comparada con las fuerzas de la Unión, que iban ganando en armas, soldados y una gran cantidad de provisiones; eterno punto de inflexión de los conflictos bélicos, los suministros. La agresividad sureña a partir de aquí, se detuvo y solo se esperaba lo que los lúgubres presagios destinaban a los comandados por el general Robert E. Lee, el héroe de la bandera confederada.

Los números fueron los siguientes:

  • 7000 muertos de los confederados
  • 1500 bajas de los unionistas
  • 27.000 heridos.
  • 11.000 desaparecidos.

Esta batalla que parecía ser solo “una más” en el avance heroico de los aliados del Sur, se convirtió en la cruenta manifestación de esa locura idealista con la cual se alzaron estos hombres que creían en la esclavitud y en la guerra, independientemente a sus creencias, de ambos bandos entendían que cuando la diplomacia falla, se debe proseguir en su extensión, a través de la guerra. Jóvenes en el álgido momento de sus vidas yacían mutilados, caballos por doquier destrozados, el campo de batalla mostraba su rostro más aterrador e infernal: los que aún no morían observaban a su alrededor por si algún amigo salvaba la vida pero nada.

Bandera de los confederados

Una guerra brutal que enfrentó a hermanos contra hermanos, padres contra hijos, hijos contra padres, compañeros y camaradas de la guerra, separados por el fanatismo, o por los ideales que son capaces de llevar a los hombres a cometer los mayores delitos, o las grandes gestas que ennoblecen su memoria en los tiempos actuales, el sacrificio inaudito como vemos, una vez más se lleva adelante por el imperio de la voluntad de líderes ambiciosos que suponen son llevados de la mano de la verdad y cuando el disenso no puede resolverse con tolerancia o acuerdos pacíficos, se deja las manos libres a la apisonadora del dios de la Guerra Marte, que a partir de aquí, gobierna los corazones de las milicias que chocan hasta desintegrar lo único que sobra al género humano: la esperanza.

Bandera de la Unión.

Al final el silencio se hizo con el momento.

El nudo en la garganta de los líderes sureños solo podía dejar escapar una frase no pensada hasta ese día, “retirada”, entre la humareda que se iba disipando. Un escenario histórico de la guerra de secesión que cambió el rumbo de América.

Ante esta catástrofe del ejército confederado y observando a sus muertos, con gran dolor Robert E. Lee dijo mirando a los sobrevivientes: “ES TODO MI CULPA”. “ES TODO MI CULPA”.

La guerra se había perdido, pero Lee ya mostrando los primeros rastros de su enfermedad coronaria, desmoralizado por el destino, continuó dos años más, luchando, a su manera, porque los héroes siguen siendo desentendidos, de ellos solo las grandes victorias y las peores derrotas, tras de sí, miles de muertos y sobrevivientes, que bien o mal, lo recordarán como un gran caballero, de los últimos que han pisado esta agridulce Tierra.


[1]Pues él, recordemos, quería desquitarse del desastre del 9 de junio de 1863, cuando su caballería invencible perdía una batalla en Brandy Station, el preludio de Gettysburg, ante la nueva caballería recién formada por los del norte.

[2]Meade conocía todos los probables campos de batalla y en consecuencia trabajó desde el ataque de la confederación, en poner sus tropas a punto y en buen lugar, obligando a Lee a luchar en un espacio no conocido por él y sus hombres, de esa forma lo colocaba en desventaja.

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