El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Historia Universal

La caída de Constantinopla y la extinción del Imperio Bizantino

Como bien señalaba Bury[1] «Al promediar el siglo catorce, estrechaban a Constantinopla, por occidente y por oriente, dos potencias que recientemente habían llegado a una altura inesperada. Cayó empero, en la empeñada carrera cuyo término parecía ser la posesión de la fortaleza del Bósforo, el campeón que contaba con mayores probabilidades de resultar vencedor».

Por un lado el imperio serbio de Esteban Duchán y por el otro, los Otomanos, “bajo el poder del sultán Orkhán recibieron en legado un estado perfectamente disciplinado y emplazado sobre robustos fundamentos a una dinastía de príncipes eminentes”[2].

Bajo el gobierno del sultán Orkhán se logró un estado consolidado y listo para enfrentar las mayores hazañas. Amurates I, el hijo de Orkhán invadió los Balcanes conquistando la mitad oriental de la península lo que había quedado en pie del gobierno de Duchán. Esta fue la última barrera para separar finalmente a Constantinopla del mundo cristiano[3].

Tracia, así, sería parte de un imperio asiático desde la época de Darío I y su hijo, Jerjes; si bien es cierto podemos asegurar que el poderío de los sasánidas y del califato árabe era realmente importante, jamás supusieron una preocupación real para el reino cristiano.

Mehmed II 

Constantinopla, había quedado prácticamente aislada, luego de la muerte del jefe del imperio serbio, Esteban Duchán y la acción diplomática y bélica, siempre agresiva, por parte de los turcos hacia el año 1356. Al menos, un estado que podría llegar en su auxilio si se presentaban problemas venideros. Por ello, hacia 1452, el ritmo con que la ciudad se acercaba al colapso final cada vez era más vertiginoso.

De esta forma, desde las oleadas mongolas, los nómadas turcos se afianzaron territorialmente, tomando posesión desde Tamerlán, el tercer azote de Dios, según los cristianos y sus propios colegas musulmanes, la instauración se realizó con mucha sangre derramada y con brutalidad casi únicas, en la historia; los otomanos, que erigieron una organización de su estado de manera impresionante, fueron tornándose más sedentarios y menos nómadas, haciendo del imperio turco, el más poderoso enemigo de Occidente; los turcos formaban una rama de la tribu Oghuz[4].

La ambición quedó cada vez más entroncada de la necesidad no solo de mostrar su calidad de gobierno y fundamentar su poderío, sino también, de paso, llevar su religión de Estado, a todos los confines de la Tierra, como lo quiso el profeta Mahoma. Mientras tanto, genoveses, venecianos, catalanes y portugueses abrían las puertas con el comercio por todo el orbe, a los descubrimientos de fines del siglo 15 y comienzos del 16.

Pintura moderna de Mehmed y el ejército otomano que se aproxima a Constantinopla con un bombardeo gigante, por Fausto Zonaro.

Hay tantos pormenores que no necesitamos saber más que por una cuestión intrínseca de curiosidad histórica. Pero el hecho en sí, real es que con estos movimientos se iba cerrando el cerco cada vez más sobre la antigua ciudad heredera del poder imperial romano, fundada por Constantino El Grande, todo esto, ante la atenta y negligente mirada de los estados pontificios que no tenían intereses reales en el Bósforo fuera de Génova y Venecia.

Paremos un rato en este lugar para dar una breve observación sobre el estado de cosas que derivaba de esta inminente invasión a suelo bizantino.

En esta situación los estados italianos que más intereses tenían sobre Asia en general eran Génova y Venecia, ya que ellas comerciaban con los turcos desde tiempo atrás y tenían acuerdos comerciales con la ciudad gobernada por la dinastía Paleóloga, además Génova tenía colonias como la de Galata; fueron los genoveses quienes por primera vez firmaron un acuerdo con los turcos hasta pactar un convenio bipartito para atacar a sus hermanos cristianos saliendo a favor de los “infieles”[5].

Los turcos otomanos transportan su flota por tierra al Cuerno de Oro. Fausto Zonaro

De acuerdo a esto los venecianos, más avezados que los genoveses en estos menesteres llegaron a firmar un tratado con el sultán en donde salían favorecidos mediante el respeto por parte de Mehmet II (o Mahomet) de sus intereses comerciales. Venecia era indiferente a que Constantinopla pasáse a manos turcas o permaneciese bajo la cristiandad. Entre el 1453 y el 1454 la colonia genovesa de la Galata había entregado las llaves de la ciudad al Sultán, por ejemplo, para que continuaran con sus derechos comerciales y dejando a salvo sus libertades individuales[6].

Desde el gobierno de Murad I, aproximadamente hacia el año 1359, los turcos tuvieron a Bizancio como Estado vasallo; con lo cual, Juan V Paleólogo, el primero en tener que hacerlo por obligación, nutría con soldados de su mando a los otomanos para sus múltiples campañas de conquista. Ésta era una acción desventurada y vergonzosa para la otrora poderosa ciudad, muy venida a menos. Se pagaba un tributo anual para que los el Sultán, no quisiera de la noche a la mañana decidirse por desviar sus proyectos de guerra y atacar Constantinopla.

Los paleólogos eran una dinastía que accedió al poder en el momento más deficiente del estado bizantino. Durante el reinado del primer emperador de los Paleólogos,  Miguel, según Vasiliev, la extensión territorial del imperio era muy inferior a la de los Comnenos y Ángeles y más aún, desde lo terminó restando desde la primera cruzada. Al principio del reinado de Miguel había recibido tres fortalezas francas en el Peloponeso que se convertirían en bases estratégicas con las cuales pudieron luchar con mucho éxito contra los príncipes francos. Pero aquellos restos del antiguo Imperio majestuoso y vigoroso se hallaban amenazados desde todas partes por pueblos poderosos en lo económico y lo político, como eran, al este del Asia Menor, los turcos, los serbios y los búlgaros al norte, en los Balcanes; los venecianos ocupaban parte del Archipiélago; los genoveses dueños de algunos puntos del mar Negro y los caballeros latinos, señores del Peloponeso y de parte del centro de Grecia[7].

Constantino XI tenía cualidades señeras que eran la nobleza de carácter, la energía, el valor y un patriotismo fervoroso, como lo acreditan la unanimidad de las fuentes griegas de contemporáneas y el comportamiento del emperador durante el asedio de Constantinopla. El humanista italiano Francesco Filelfo, que conoció en persona al emperador antes de ser éste coronado, durante una estancia en Constantinopla, le califica en una de sus cartas de “pio et excelso animo”.[8]

¿Qué le restaba a Constantino XI?

¿Aceptar con la cabeza baja y obediente las humillantes exigencias del Sultán, que en nada podían compararse con el respeto y la condescendencia del Padre que siempre veló por la paz, antes que la guerra?[9]

Constantino XI Paleólogo, el último emperador bizantino.

Recordemos que Bizancio y los turcos como cristianos convivían de manera civilizada en sus territorios gracias a los tributos y pactos de no agresión entre sus pueblos, la paz, aunque ilusoria, era mejor a la guerra, pero tarde o temprano, la realidad superaría las expectativas del status quo.

Las implicancias de la decisión valerosa de Constantino y un grupo de ciudadanos, que sobrellevaron el terror al desenlace cruel que les esperaba, simplemente significó que se olvidaran de ello y viviesen su tiempo de tribulación, con la esperanza de que su inmolación, pueda representar para las generaciones posteriores el ejemplo de que es más valioso morir por la libertad y la patria que encadenarse a las promesas de los vencedores que jamás se cumplen. Esta muestra del mayor de los sacrificios posibles, resplandece aún en nuestros tiempos, y cómo nos toca a los paraguayos de cerca dicha conducta, al recordar a nuestros gallardos soldados y al gran Mariscal López, ejemplo de intrepidez y heroicidad.

Pero el emperador no aceptó la paz, aunque sabía que tenía inferioridad como un héroe pasado y pensando en sus grandes predecesores entre los que se pueden nombrar al mismo hacedor de la Ciudad que con el mismo nombre llevó el imperio romano al Bósforo, Juliano el Apóstata, Teodosio el Grande, Justiniano, Alejo Conmeno, Basilio y otros, más grandes o menos eminentes, conformaron a lo largo de mil años el efluvio romano que con orgullo se alzó tercamente ante las ambiciones persas o turcas.

Era evidente que morir como un héroe a huir como un cobarde, no entraba en las opciones de Constantino XI, pero los grandes hombres son grandes no por tercos sino por patriotas. Lastimosamente, sus infructuosas búsquedas de alianzas y apoyo de los grandes estados y principados de Occidente para la defensa fueron inútiles y si bien es cierto, sus hermanos cristianos enviaron soldados y recursos, fueron muy tímidos, irrisorios, insultantemente exiguos.

Constantino es visible en un caballo blanco, pintura del pintor griego Theophilos Hatzimihail que muestra la batalla dentro de la ciudad.

Pero su muerte como el saqueo y el paso por la espada de la población podrían haberse evitado si Constantino XI se rendía con las estipulaciones de Mehmed II que se mostró misericordioso pero a la vez, solemne: Sus fuerzas eran superiores, su ingeniería bélica era superior, sus hombres eran de los mejores ejércitos de esa época, por el lado de Bizancio, no tenían mucho que pedir al mundo occidental que dejó al arbitrio de la ambición personal del Sultán magnífico, todo lo que le pudo resultar interesante mover, para lograr sus objetivos.

¿Pero quién era este sanguinario Sultán? Siguiendo con el relato de Vasiliev que conviene tener en cuenta a la hora de abordar la historia de esta tragedia bizantina y la gloria turca:

El terrible y poderoso enemigo de Constantino fue el Sultán Mehmed II. Mozo de 21 años, reunía a sus bárbaros arranques de implacable crueldad y a su sed de sangre y de los vicios más viles, un gusto muy desarrollado por las artes y las letras, una gran energía y elevadas cualidades de general, estadista y organizador.

Una fuente bizantina dice que Mehmed II se ocupaba con pasión en las ciencias, sobre todo astrología; leía relatos de las hazañas de Alejandro de Macedonia, de Julio César y de los emperadores de Constantinopla, y hablaba, además del turco, cinco idiomas. Las fuentes orientales alaban su piedad, su justicia, su misericordia y la protección que daba a sabios y poetas.

El deseo de conquistar Constantinopla preocupaba al joven Sultán a tal punto que, noche y día, al acostarse, al levantarse, en su palacio, fuera, tenía por único cuidado las acciones y medios militares que le permitirían apoderarse de Constantinopla. En sus noches de insomnio dibujaba un plano de la ciudad y de sus fortificaciones, señalando los lugares por donde sería más fácil atacar.[10]

Caída de las murallas de Constantinopla. Imagen: Historia bélica.

Concilio, Giuseppe, comenta que antes del día final…

«El 22 de abril, los turcos, para enfrentarse a los genoveses de Galata, transportaron unas pocas docenas de barcos turcos por tierra desde el lado opuesto del Cuerno de Oro. Los defensores, ahora atacados por tierra y mar, no podían durar mucho con un perímetro defensivo tan amplio y tan pocos hombres. El 3 de mayo, un barco veneciano partió en busca de la ayuda prometida, pero regresó veinte días después, mientras la comida era escasa, después de haber tamizado el Egeo, sin éxito. El emperador Constantino XI Paleólogo agradeció personalmente a cada veneciano con lágrimas. Mientras tanto, también hubo numerosos episodios y maravillas: un eclipse de luna, el icono de la Virgen, llevado en procesión, cayó al suelo y poco después estalló una violenta tormenta. Al día siguiente, una espesa niebla, inusual en mayo, cubrió Constantinopla. La cúpula de Santa Sofía estaba envuelta en un resplandor rojizo y poco después se disolvió: para los bizantinos y los turcos era un signo inequívoco de la desgracia de los primeros y de la fortuna de los últimos»[11].

Como bien ejemplificó esta fase final Runciman:

Frente al foso el sultán notó el pánico y, gritando: «¡Constantinopla es nuestra!», ordenó a los jenízaros que cargaran de nuevo e hizo señas a una compañía mandada por un gigante llamado Hasán. Éste se abrió camino a machetazos por encima de la ruinosa barricada y creyó que ya había conseguido la recompensa prometida. Unos treinta jenízaros le siguieron. Los griegos se batían en retirada. El mismo Hasán tuvo que arrodillarse herido por una piedra y murió; 101 diecisiete entre sus compañeros perecieron con él. Pero los restantes mantuvieron sus posiciones en la barricada y muchos más jenízaros engrosaron sus filas. Los griegos resistían encarnizadamente. Pero la fuerza del número los obligó a retroceder a la muralla interior. Frente a ésta había otro foso, excavado en varias partes para sacar tierra para reforzar la barricada. Muchos griegos fueron rechazados hacia esos agujeros y difícilmente pudieron trepar a la superficie ante la gran muralla interna que se alzaba tras ellos. Los turcos, que ahora se hallaban en lo alto de la barricada, dispararon contra ellos e hicieron una carnicería. Pronto varios jenízaros alcanzaron la muralla interior y se encaramaron por ella sin resistencia. De repente alguien miró y vio las banderas turcas que ondeaban en la torre que domina la Kylókerkos. Inmediatamente se oyó un grito: «¡Han tomado Constantinopla!»[12]

Pintura de la caída de Constantinopla, por Theophilos Hatzimihail

Mehmed II triunfante entró a lomos de su caballo en la Iglesia, observó a sus huéspedes aterrorizados, uno de ellos, el más importante que fungía de ministro de Constantino XI imploró piedad, el Sultán fiel a su costumbre, mandó ejecutar allí mismo a todos. La Santa Sofía que terminaría por convertirse en una Mezquita, símbolo del final de una era.

La muerte del emperador, el asesinato masivo de los sobrevivientes, el saqueo y las brutalidades, excentricidades de la toma final no son nada frente al reflejo de las espadas musulmanas y el resoplido de los corceles otomanos que el día del juicio final de la gran ciudad de la antigüedad por fin recorrían las calles ensangrentadas hacia la gran Catedral de Santa Sofía donde se refugiaron los ciudadanos más importantes que no quisieron escapar, quizás por la fe que guiaba sus espíritus, esperando tal vez, un milagro que jamás se volcaría hacia sus intereses. Constantino XI, el último emperador del otrora gran Imperio Bizantino, murió combatiendo hasta el final, hecho que a la sazón provocaría encendidos discursos y leyendas no menos impresionantes en sus últimos momentos de vida.

El pillaje empezaría tarde o temprano, era la promesa del Sultán a sus valerosos soldados.

La caída de Constantinopla. Tintoretto.

De nuevo Runciman nos cuenta el escenario: «El sultán mantenía el control de algunos de sus regimientos que actuaban como escolta personal y policía militar. Empero, la mayoría de sus tropas ya estaban impacientes por comenzar el pillaje. Los marineros sentían una especial impaciencia por temor a que les cogiesen la delantera. Confiando en que la cadena impediría a los barcos cristianos huir del puerto y de que los podrían capturar a voluntad, abandonaron los navíos para trepar a tierra firme. Su codicia salvó muchas vidas cristianas. Mientras muchos marineros griegos e italianos, incluido Trevisano, fueron cogidos antes de que pudiesen evadirse de las murallas, otros pudieron reunirse con los restos de tripulaciones que quedaron en los barcos sin ser estorbados por ninguna acción turca y disponerse para la lucha, si era necesario».[13]

«El sultán Mahomet ya sabía, hacía varias horas, que la gran ciudad de Constantinopla era suya. Fue al alba cuando sus hombres se abrieron camino a través de la barricada e inmediatamente después a la luz pálida de Luna, que todavía brillaba en el cielo, fue a ver la brecha por la que habían entrado. Sin embargo, esperó hasta la tarde para hacer su entrada triunfal a la ciudad, cuando terminasen los excesos de las matanzas y saqueos y se hubiese restablecido un cierto orden. Entretanto, tornóse a su tienda, en la que recibió delegaciones de atemorizados ciudadanos y al podestá de Pera. Asimismo deseaba saber el paradero del emperador. Nunca pudo esclarecerse. Por las colonias italianas de Oriente circuló después la especie de que dos soldados turcos, que pretendían haber matado a Constantino, trajeron una cabeza al sultán, que cortesanos capturados, allí presentes, reconocieron ser de su amo. Mahomet la expuso por algún tiempo en lo alto de una columna en el Foro de Augusto o Augustiteum, luego la disecó y la mandó para que fuera exhibida en las principales cortes del mundo islámico. Los escritores que asistieron a la caída de Constantinopla dieron versiones diferentes. Bárbaro refiere que algunos pretendieron haber visto el cuerpo del emperador entre un montón de muertos; otros sostuvieron que nunca más se le encontró. El florentino Tetaldi escribió igualmente que algunos dijeron que la cabeza del emperador fue descuartizada y otros que murieron en la puerta tras haberse desplomado en el suelo. Cualquiera de estas historias pudo ser cierta, pues desde luego el emperador murió entre la confusión y los turcos decapitaron a la mayoría de los cadáveres. Su abnegado amigo Frantzés intentó averiguar más pormenores, pero sólo supo que, al enviar el sultán a buscar el cuerpo del emperador, se lavaron muchos cadáveres y cabezas con la esperanza de identificarle. Por último, se descubrió un cuerpo con un águila bordada en las medias y espinilleras. Se supuso que era el del emperador y el sultán lo entregó a los griegos para que le sepultaran. El mismo Frantzés no lo vio, y dudó un tanto si era realmente de su amo; tampoco descubrió donde lo habían enterrado. En los siglos posteriores se mostraba a los devotos un sepulcro sin nombre en el barrio de Vefa como supuesta sepultura del emperador. Su autenticidad nunca pudo demostrarse y ya se ha abandonado y olvidado».[14]

Mehmet II entrando victorioso en la ciudad de Constantinopla, cuadro de Jean-Joseph Benjamin-Constant. Museo de los Agustinos. Toulouse

¿Qué más podría haber ocurrido? Pues si los vejámenes propios de un saqueo que duraría tres días con sus noches no destruyesen todos los edificios que realmente podían representar un motivo de orgullo para el Sultán, luego de su conquista, debía apresurarse a pisotear su propia palabra y con la amenaza de la muerte, parar el descontrol, y cuántas veces el descontrol a causa del pillaje no ha llevado a los niveles más lamentables de la humanidad, endemoniadamente borracha por la sed de venganza o pillaje, solo recordar al famoso palacio de Darío I en Persépolis que fue destruido en una orgía de violencia, descontrol y salvajismo inolvidable de los soldados de Alejandro Magno, una vez llegados a la capital del extenso imperio persa y sus riquezas, que era el botín del infortunado Darío III.

Después de todo, Bizancio era parte de los turcos por derecho divino, según el pensamiento de Mehmed II que había tenido una visión de su destino como la espada del profeta y el hombre de Alá que esperaba que los infieles cristianos por fin entendiese el poder de su Dios y su religión, pero ante todo, era la última frontera a ser conquistada para abalanzarse posteriormente sobre el dominio de Occidente, para ello, una constante diplomacia agresiva y acuerdos con pueblos colindantes más el apoyo del mundo musulmán, definitivamente podrían alzar a la palestra de la historia una victoria tanto bélica como religiosa, sobre los infieles, como la mejor forma de honrar a los antepasados y su profeta Mahoma. No tenía lógica que el Sultán destruya lo que por derecho divino y propio, le pertenecía. El asedio y la posterior conquista no significó otra cosa que la expulsión de los infieles que “ocupaban de manera altanera el territorio del imperio turco”. No más.

Los jenízaros vieron al último romano defender con bravura y heroísmo las murallas de Constantinopla, murió allí, fue decapitado y su cabeza capturada por los turcos. Sin embargo, estos grandes guerreros le rindieron el último y más enconado honor para un rey que ofrece su vida por los suyos y su historia: la sepultura con los mayores honores.

Mehmed II designó a Gennadio II nuevo Patriarca de Constantinopla. A pesar de la brutalidad con la que conquistó el imperio bizantino, Mehmed II fue recordado como un gran monarca.

Los hijos de las estepas podrían por fin asegurar una victoria decisiva sobre Occidente que dividiría al mundo en dos. El Islam sería la religión de toda Asia. Mehmed II no quería tener estados vasallos que pagaran un tributo al imperio turco, él quería controlar absolutamente todo. Su estrategia política y militar afirmaba la acción completa ofensiva, desde su mesiánico gobierno, creó las bases para que su ejército llevara las palabras del profeta como destino final de su existencia para difundirlo a todo el mundo.

Bajo el asedio y el ataque final de los  turcos otomanos también se desintegraba la época de las tinieblas, la edad media. Con ello se dio paso al Renacimiento Occidental, gracias a los científicos y filósofos que antes, pudieron escapar con salvoconductos a diversas ciudades de Italia como Venecia, Florencia o Milán, llevando los vestigios escritos de los sabios antiguos. Pero ésa es otra historia.

Representación del asedio a Constantinopla.

La caída de Constantinopla llegó por fin un 29 de mayo de 1453. Aquella ciudad de los mil años, en que se forjó todo lo que revolucionó posteriormente el conocimiento de las artes y las ciencias durante el primer Renacimiento en la península itálica, habría de representar un poco tiempo después, ante el asombro y el terror de la cristiandad un peligro latente, pues Mehmet II pondría luego de su heroica conquista, los ojos en partes de Occidente con su ferocidad acostumbrada. Pero la ayuda o auxilio no llegó a tiempo, si bien es cierto Venecia, Génova ayudaron desde un comienzo, sus tropas eran apenas una señal de alivio que esperaría la venida de las famosas tropas de recambio, que jamás llegarían; si bien es cierto, todo lo que se propuso hacer después ya fue tarde, no tardaron en salir al paso, en medio del murmullo aterrorizado por la suerte de Bizancio, heredera de la sabiduría y el conocimiento grecolatino, las voces a favor de una nueva cruzada, esta vez contra los turcos otomanos, en venganza y a la vez, en defensa ante el futuro ataque de estos “bárbaros salvajes”. Pero ésa es otra historia.

Ironías de la historia: La escaramuza final se llevaba su parte de sangre un Martes, el día en honor al dios de la Guerra.

Caída de Constantinopla, fragmento del Museo Panorama 1453, Estambul. © Javier Gómez Valero. Desperta Ferro.

Fuentes:

[1]Bury, J.B. La Conquista Otomana. Historia del Mundo en la Edad Moderna. Tomo I. El Renacimiento. Capítulo I. La Nación. Buenos Aires. 1913. (p. 69)

[2]Íbid. (p. 69)

[3]Íbid. (p. 69)

[4]Íbid. (p. 70)

[5]Íbid. (pp. 71-72)

[6]Íbid. (p. 72)

[7]Vasiliev, A. A. Historia del Imperio Bizantino. Tomo II. De las cruzadas a la caída de Constantinopla. Iberia – Joaquín Gil, Editores, S. A. 1946. (pp. 229-230)

[8]Vasiliev, A. A. Historia del Imperio Bizantino. Tomo II. De las cruzadas a la caída de Constantinopla. Iberia – Joaquín Gil, Editores, S. A. 1946. (p. 299)

[9]Vasiliev, A. A. Historia del Imperio Bizantino. Tomo II. De las cruzadas a la caída de Constantinopla. Iberia – Joaquín Gil, Editores, S. A. 1946. Vasiliev expresa que “Constantino hizo cuanto fue posible para sostener la desigual lucha que se preparaba. Mandó concentrar en la capital todas las existencias de grano que cupo encontrar en los contornos y ordenó reparar las murallas. La guarnición griega no pasaba de unos cuantos miles de hombres. Constantino pidió socorro a Occidente. En vez de socorro militar llegó a Constantinopla un cardenal romano de origen griego, Isidoro, antes metropolitano de Moscú y miembro del concilio de Florencia. Para solemnizar el restablecimiento de la paz entre las Iglesias, celebró un oficio «de unión» en Santa Sofía, lo que produjo gran agitación en la capital. Uno de los más altos dignatarios bizantinos, Lucas Notaras, pronunció entonces sus famosas palabras: Más vale ver reinar en Constantinopla el turbante de los turcos que la mitra de los latinos”. (pp. 301-302)

[10]Vasiliev, A. A. Historia del Imperio Bizantino. Tomo II. De las cruzadas a la caída de Constantinopla. Iberia – Joaquín Gil, Editores, S. A. 1946. (pp. 299-300)

[11] Concilio, Giuseppe. “La caduta di Costantinopoli” Traducción realizada por el autor. Link:

[12]Runciman, Steven. La caída de Constantinopla. Colección Austral Nº 1525. Espasa Calpe. 1973. (pp. 101-102)

[13]Íbid. (p. 103)

[14]Íbid. (pp. 104-105)

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