El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Efemérides Historia Universal

La gran victoria de Saladino en los Cuernos de Hattin

Un día como hoy se daba un suceso que marcaría la historia de una generación en la era medieval corría el año 1187. La caída del ejército que custodiaba Tierra Santa por las tropas del Sultán Saladino, el implacable señor de la Guerra musulmán en la batalla de los Cuernos de Hattin.

Esta contienda se podría haber evitado de no ser por la avaricia y ambición desmesurada de Reinaldo, (al menos, hasta que las fuerzas de los cristianos fuesen más numerosas y tuviesen más suministros) un bárbaro si consideramos todos los tratados que pisoteó y las treguas que había violado, dedicado al vandalismo, la piratería, el saqueo y el bandidaje contra los aliados de Saladino y los pueblos musulmanes, que atacaba caravanas, capturado peregrinos que se dirigían a La Meca, profanado lugares santos del Islam y desde luego, jefe de las intrigas en Jerusalén.

Saladino y Guy de Lusignan después de la batalla de Hattin

Habíanse sucedido casi cien años de la primera cruzada que puso a los cristianos en la Palestina del Próximo Oriente, a resguardar, según ellos, los tesoros de la cristiandad, la misma, que ya no tenía razón de ser, si es que no emprendía este tipo de campañas para sustentar el poder de los reyes y la incapacidad de los Papas romanos, ocultos entre el lujo y el ostento inservible, ambicionando siempre la gloria de sus reinos, no así, la mejora de las condiciones de vida de sus súbditos.

Echarle la culpa al Islam, era evidentemente, una buena forma de salir de ese atolladero, por unos siglos más, al menos. Fue así que la primera y segunda cruzada, llevó a muchas personas de alta alcurnia o baja estopa a tierras orientales, algunos iban para salvar el alma, otros para ganar dinero, el resto, solo por contagio, porque de armas no sabía absolutamente nada y mucho menos de religión, la real politik del Medioevo.

Gérard de Ridefort

Entonces, así las cosas, a fines del siglo XII, desde que los primeros cruzados habían entablado las batallas famosas que hicieron de su historia el marco de la creación de gestas legendarias, Antioquía, Trípoli y Jerusalén, estaban en su poder por la gracia divina y de sus armas, hasta el momento, eficaces.

La espada de Mahoma había emprendido la conquista de los grandes bastiones, los sasánidas primero, aquellos descendientes de los persas, los egipcios luego con todo el norte de África había sido expuesta a la fuerza demoledora de un virus infiel que amenazaba con llegar a otras partes de Europa, pues, ya había conquistado gran parte del reino visigodo de la península hispánica y quedarían por más de 800 años, prácticamente dominando a todos los españoles; además, el Imperio Bizantino por ese entonces estaba en franca decadencia, no una espiritual sin dudas, más que la herencia de un antiguo poder que se hallaba rodeado por todos los flancos, prácticamente desde la dos cruzadas, muy debilitado.

Raimundo III en Jerusalén. Histoire d’Outremer (1280).

El Islam se consagraba a estabilizarse, un proceso necesario y proclive a unificar los varios reinos árabes bajo la política diplomática de los zenguíes, que a partir de allí fueron creciendo en poder y dominio, gracias a su fundador, Zengi, que conquistó para su gloria, Edesa y posteriormente el hijo, Damasco.

Desde ese momento quedaba propietaria de las máximas hazañas todo el territorio conquistado, listo para la expansión final bajo la potencia, sagacidad, inteligencia y heroísmo de su más alto jefe, mito entre los cristianos, semidiós entre los musulmanes: Saladino, que conformaría la dinastía ayubí.

Sello de Reinaldo de Châtillon como príncipe de Antioquía.

Tal y como ocurriría 300 años más tarde o más temprano, con la caída de Constantinopla, Jerusalén se veía imposibilitada de respiro por todos las ciudades colindantes. Era cuestión de tiempo para que fuese tomada por los musulmanes, como de hecho, sucedió. Sin embargo, a pesar de todos estos problemas, Balduino IV, el rey leproso que vemos en la película “El Reino de los Cielos” de Ridley Scott bajo la actuación de Edward Norton, contuvo los intentos de Saladino a pesar de su condición enferma, hasta su muerte en el año 1185; el sucesor, Balduino V, evidentemente débil, no podía desenvolverse como lo hizo su antecesor, el reino estaría bajo el protectorado del regente oficial Raimundo III de Trípoli.

Saladino, obra de Cristofano dell’Altissimo, antes de 1568.

Así llegamos hasta esta fecha aciaga para la historia de los cruzados, donde se desarrollan los eventos que tuvieron como desenlace la Batalla de los Cuernos de Hattin, donde Saladino demostró su temple y vigorizó a sus sarracenos que intrépidos y determinados a llevar la media luna en lo alto de la Ciudad de Dios, se hicieron a las armas.

Reinaldo de Châtillon, había comenzado con las escaramuzas un año antes, dedicándose a hostigar a las ciudades bajo el mando de Saladino, esto provocó que muchos musulmanes viesen una cierta debilidad en Saladino que había concertado alianzas, treguas y pactos de no agresión para favorecer a los peregrinos de ambos bandos. Este extremismo según lo que se puede entrever, resultó negativo para todos los esfuerzos de los francos y cristianos que llegaron luego de las dos primeras cruzadas. Esta fiereza de Reinaldo provocó no menos problemas al Sultán, el primero y quizás el último en oponérsele directamente.

La batalla de Hattin

Hay que sacarse el sombrero ante la locura de Reinaldo, o su lógica a la hora de contener el avance musulmán, sabía como estratega, que difícilmente en una batalla campal abierta podrían los cristianos hacerle frente al poderío militar de los sarracenos, amén de grandes recursos, y tropas auxiliares que se iban sumando a los movimientos tácticos.

Tropas de Saladino, manuscrito franco, 1337

A pesar de todos los pensamientos más alentadores de los defensores de Jerusalén, tuvo lugar el encuentro con el destino, donde la fortuna les fue esquiva, durante la batalla, la caballería debería haber forzado las líneas enemigas de tal forma a llegar hasta el lago Tiberíades, como única posibilidad cierta de poder tener cierta ventaja en el campo de Marte. Todos los esfuerzos fueron inútiles ya que la caballería ligera de los sarracenos sumada a una eficiente carga de los arqueros, que en todo momento no dejaron la libre marcha al disminuido ejército cruzado; de esta forma llevaron a pique las esperanzas de triunfo; la cristiandad así, se rendía ante el poder magnánimo y la mejor estrategia del gran y enorme Saladino.

Gustavo Doré. Batalla de Hattin

Esta guerra total que resultó fructífera para el líder de los ayyubíes, quién capturó a los cristianos, entre los que podemos mencionar al propio rey Guido de Lusignan, al bárbaro Reinaldo, el gran maestre Gérard de Ridefort, de la Orden del Temple, y principalmente, la gran afrenta a todos los cristianos, la Vera Cruz, que la misma Santa Helena, madre de Constantino el Grande había encontrado, que jamás volvió a encontrarse, la reliquia más famosa de Tierra Santa y algo por lo que los cristianos morían en esos tiempos, resultaba en un botín más que formidable para los intereses de Saladino. Ese símbolo ahora bajo el poder del infiel, fue una de las máximas inspiraciones para los primeros cruzados que con su compañía en el frente ganaban todas las batallas.

Muerte de Reinaldo de Châtillon

De los prisioneros, nadie pudo quejarse del trato del Sultán hacia sus cautivos cristianos, a excepción del bárbaro Reinaldo a quien el mismo Saladino cortó la cabeza y al decir del propio héroe musulmán: Reinaldo se había ganado su enemistad porque el mismo había transgredido todos los límites propios del trato entre reyes.

El hallazgo de la santa Cruz, por Agnolo Gaddi, Italia, siglo XIV.

La toma de Jerusalén por parte del Sultán Saladino, fue una de las mayores derrotas del cristianismo europeo, la dura consecuencia fue la tercera cruzada; en la primera oleada de cruzados hacia Tierra Santa el desastre fue la constante, Federico Barbarroja, quizás el último de los héroes europeos moría ahogado mientras se bañaba  en un río, disgregándose toda esta marcha que cruzó los Balcanes y Anatolia, para dejar después paso a un segundo intento, que se encaminó a la futilidad por las ambiciones y los egos de los tres príncipes que se erigieron en líderes de la reconquista de Tierra Santa, Felipe de Francia, Ricardo Corazón de León de Inglaterra y Leopoldo de Austria, de los cuales solo el gran León pondría en dudas el poderío de Saladino; lastimosamente para los intereses cristianos, Ricardo tuvo que regresar a Inglaterra, donde habían sospechas de traiciones, por lo que concertó la paz con el Sultán, quedando así, las ciudades de Tiro y Jaffa, a favor de los cruzados pero sin que Jerusalén, pudiese izar la bandera de los cristianos en lo alto de las torres de la Ciudad Santa, pero ésa, ya es otra historia.

Ricardo Corazón de León y Saladino

Entre tantas batallas, marchas, contramarchas, traiciones, actos de heroísmo y derrotas humillantes como victorias espectaculares, personajes ilustres, bárbaros y salvajes de ambos bandos, idas y vueltas de la historia; queda este día, para el recuerdo de ese momento culminante del 4 de julio de 1187, en el que bajo el ardiente sol del desierto, se batieron noblemente, las fuerzas cristianas y sarracenas, con la ciudad de Jerusalén, en la mente de todos, vencedores y vencidos, como el mayor de los botines.

Representación del siglo XIX de un victorioso Saladino, obra de Gustave Doré

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