Los Fusilamientos Borbónicos de 1815

Los Fusilamientos Borbónicos de 1815

Durante la Revolución Francesa de 1789 – 1804, inspirada por los ideales liberales e iluministas, se derrocó al Rey de Francia Luís XVI (1754 – 1793) y se estableció a una República Moderna, basada en doctrinas modernas y lejana a lo que se entendía como «República» en términos clásicos.

Es bien sabido que la «Revolución Francesa» tuvo tres etapas, la primera fue «liberal» propiamente dicha, encabezada por Gilberto du Motier el Marqués de Lafayette (1757 – 1834) quien combatió durante la «Revolución Estadounidense» en 1775 – 1783 y durante toda su vida estuvo en estrecha comunicación con el prócer estadounidense Thomas Jefferson (1743 – 1826) con quien redactó la famosa «Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano», que generó enorme influencia a nivel internacional y fue aprobada por el Rey de Francia, entonces bajo control de los revolucionarios, en 1789 con sus modificaciones constitucionales en 1791.

La segunda etapa fue el «Reinado del Terror» de los radicales y jacobinos, quienes pusieron a la práctica lo que recibieron de los liberales y convirtieron a la «guillotina» en la «navaja nacional». Se destacó como líder de esta fase Maximiliano Robespierre (1758 – 1794), quien fue el portavoz y principal referente del sector liberal-radical de la revolución. Este período, podríamos decir, se inicia tras el «Manifiesto de Brunswick» del 25 de julio de 1792, con el que Austria y sus aliados demandaron que el Rey de Francia sea liberado o de lo contrario, arrasarían París con sus Ejércitos. El Marqués de Lafayette, quien deseaba mantener a la Corona Francesa y establecer una «Monarquía Constitucional» al estilo británico, fue derrocado y los Reyes Luís XVI y María Antonieta son apresados y enviados al «Jardín del Templo» el 13 de agosto de 1792. «El Terror» había mostrado su rostro con Robespierre a la cabeza. Poco tiempo después se darían las «Masacres de Septiembre» y la «navaja nacional» más conocida como «Madame Guillotina» se encargaría de cegar entre 25 mil a 50 mil vidas en 1792 – 1794.

Los reyes Luís y María Antonieta fueron guillotinados, al igual que muchos revolucionarios como el mismo Maximiliano Robespierre, quien conoció a la «navaja nacional» el 28 de julio de 1794. Este segundo período termina con lo que se conoce como «La Náusea», cuando la Guerra en La Vendée cobró enorme fuerza y los Ejércitos Revolucionarios, habiendo vencido la resistencia de los Realistas, lanzaron terribles represalias en regiones leales a los monarcas como Loira, Bretaña y otras. Lo ocurrido en la segunda ciudad más importante de Francia, Lyon, y especialmente en el región de La Vendée, donde focos de reaccionarios operaron con mucha intensidad, pasó a la historia como un verdadero genocidio. Se habla de alrededor de 200 mil civiles muertos en las manos de las fuerzas revolucionarias, sin contar a los militares y combatientes caídos.

El tercer período de la revolución llega con el golpe del 18 Brumario, es decir, el 9 de noviembre de 1799 cuando el joven y victorioso General Napoleón Bonaparte (1769 – 1821) llega al poder y establece el Consulado, con él mismo como Primer Cónsul y de facto Dictador de Francia. En esta etapa, las matanzas internas aminoran y el país se apresta para combatir a sus enemigos externos con el liderazgo y genialidad del «Gran Corso» quien se auto-proclamará «Emperador de los Franceses» el 18 de mayo de 1804, dando fin con este acto a la llamada «Revolución Francesa».

Así, como resultado natural, la «Revolución» que buscó eliminar al gobierno absoluto de un «Rey», concluyó con la instalación de un nuevo y más poderoso «Emperador», quien rigió los destinos de Francia por casi 16 años, si incluimos su era como Primer Cónsul. ¡Las lecciones que nos da la historia! Pero para el vulgo, que poco o nada la ha estudiado, con la «Revolución Francesa» terminaron las monarquías en Francia. Nada más lejano de la realidad, pues con sus respectivos vaivenes y matices, esta se restauró y siguió existiendo hasta 1870.

El Emperador Napoleón ennobleció a muchos de sus más leales allegados. Ellos fueron los «Mariscales del Imperio», también llamados «Mariscales Napoleónicos», quienes a su vez ostentaron títulos de nobleza. Por ejemplo, el Mariscal Joaquín Murat (1767 – 1815) recibió el título de «Rey de Nápoles» mientras que el Mariscal Juan Bautista Bernadotte (1763 – 1844) se convertiría en Rey de Suecia y Noruega, nada más y nada menos. Para acceder a este cargo, Bernadotte debió abjurar de la Iglesia Católica y convertirse a la herejía luterana. Hasta hoy, la «Casa de Bernadotte» reina en Suecia, quizás el más perdurable legado de Napoleón en lo referente a dinastías. A éstos podríamos sumar al Príncipe de Polonia, Mariscal Józef Poniatowski (1763 – 1813), quien era heredero al trono polaco que acababa de ser restablecido por el «Gran Corso» con el llamado «Ducado de Varsovia».

Los Mariscales de Napoleón al igual que sus símiles en Inglaterra, Alemania, Rusia o incluso España, pertenecieron a la nobleza de sus respectivos países. De hecho que el «Mariscal» como rango militar se remonta al «magister equituum» del Imperio Romano, alto rango que representaba al Mariscal (o Jefe) de la Caballería que en tiempos de la Monarquía Romana, era el Segundo Oficial del Rey y posteriormente, aunque Roma pasó de República a Imperio, el cargo permaneció como un rango honorífico de gran prestigio aunque sin funciones específicas.

Luego, los Reyes Francos revivieron al rango con funciones similares a las originales que tuvo en Roma, pero fue ganando prominencia al punto de que los «Mariscales de Francia» eran los oficiales de más alta graduación, solo por debajo del Rey. Incluso, por su condición, eran una especie de «nobleza militar» si cabe el término, con sus propios escudos de armas, escolta personal, emolumentos similares a los de un Marqués del Reino y por supuesto, el «Bastón» y la «Capa» del Mariscal. Una ley no escrita, es decir, una tradición indicaba que un Mariscal no podía jamás ser juzgado por un Tribunal Militar, solo por su propio monarca; así también, un Mariscal tenía prohibido rendirse o capitular ante el enemigo, teniendo las únicas opciones de resistir hasta la muerte o quitarse la propia vida para evitar ser capturado.

Los Generales de Ejército no tienen tantas prerrogativas y atributos, salvo en algunos países en donde la «ley no escrita» de la no-capitulación está vigente. En el Paraguay, por ejemplo, esto incluso alcanza a los Coroneles del Ejército, refrendado por el mismísimo Coronel Juan Francisco «Panchito» López Lynch (1855 – 1870) quien proclamó que «Un Coronel Paraguayo Jamás se Rinde». Por lo demás, a diferencia de la tradición que protege a los Mariscales, los Generales y Coroneles no son inmunes a los Tribunales Militares.

En fin, que cuando se dio la definitiva Restauración Borbónica en Francia en 1815, el Rey Luís XVIII (1755 – 1824) al regresar al trono, los Gobiernos Legitimistas iniciaron una serie de «purgas» especialmente contra los militares que sirvieron al Emperador Napoleón y fueron declarados «Bonapartistas» o que se unieron a la Revolución Francesa y votaron, directa o indirectamente, por el Regicidio de Luís XVI y María Antonieta. Así, se dio la gran «purga borbónica» de 1815, que se cobró las vidas de unas 300 a 1.000 personas dependiendo de las fuentes, casi todas ellas aristócratas o notables que apoyaron la Revolución o el Bonapartismo.

Con la Ordenanza del 24 de Julio de 1815, fue ordenada la captura de varios de los más importantes líderes militares del Ejército Napoleónico que se hallaban en Francia en ese instante. Entre ellos se encontraban los Mariscales Michel Ney (1769 – 1815) y Emmanuel de Grouchy (1766 – 1847). El primero era conocido como «Valiente entre los Valientes» sobre todo por sus actuaciones encomiables en la Campaña de Rusia. El segundo fue el «Último Mariscal» nombrado por Napoleón y es célebre por su pésima actuación durante la Batalla de Waterloo. Posteriormente sería añadido a la lista un tercer Mariscal, Guillermo Brune (1763 – 1815), especialista en artillería.

Ejecución del Mariscal Ney
El Mariscal Michel Ney, «Valiente entre los Valientes» según el Emperador Napoleón, dirige a su propio Pelotón de Fusilamiento durante las Purgas Borbónicas de 1815. [Pintura atribuida a Jean Leon Gerome / Getty Images].

Se pasaron varias sentencias a muerte, pero muchos jefes militares, como el Mariscal Grouchy, lograron huir y exiliarse a diversos países de Europa o en los Estados Unidos gracias a la ayuda que recibieron de otros camaradas. Sin embargo, muchos líderes napoleónicos (de rango Mariscal y General) no lograron escapar y terminaron siendo capturados por los verdugos borbónicos. Terminaron muertos en prisión o ejecutados el Mariscal Ney, el Mariscal Brune y los Generales de la Bédoyére, Bonnaire, Chartrand, César Faucher, Constantine Faucher, Ramel y Mouton-Duvernet. Relatemos los casos más notables.

En un horrible acto de mala fe, el General y Conde Carlos Huchet de la Bédoyére (1786 – 1815) fue uno de los primeros ajusticiados. Él había accedido a la «amnistía borbónica» que ofreció el Rey Luís XVIII y como pertenecía a la nobleza antigua, pensó que sería en verdad respetada su vida. Mientras estaba visitando a su esposa que recién había dado a luz en París, fue capturado y enviado a un Tribunal Militar. Su juicio, que fue una burla, causó sensación en todo el país pero la sentencia ya estaba pre-escrita. Fue fusilado el 19 de agosto de 1815.

El Mariscal y Conde del Imperio Guillermo Brune, a quien difícilmente se podría definir como «Bonapartista», intentaba escapar a los Estados Unidos siguiendo la huella de su afortunado colega el Mariscal Grouchy, según se dice. Pero él no tuvo tanta suerte y fue capturado por un escuadrón borbónico mientras cambiaba de caballos en la famosa Ciudad de Avignon. Lo acusaron, sin prueba alguna, de haber sido uno de los instigadores del «Terror Revolucionario» que se desató en dicha ciudad y que incluso habría sido uno de los asesinos de la Princesa de Lamballes, una absoluta mentira. Fue entregado a una turba realista que lo linchó y asesinó a puñaladas el 2 de agosto de 1815, arrojando su cadáver al río Ródano, que luego fue recuperado por su esposa quien habría presenciado el horrible acto. Dicen que las últimas palabras del Mariscal Brune fueron no otras sino «¡Vive la France!», mientras era acuchillado por sus verdugos.

Finalmente, tenemos el famoso caso del Mariscal Michel Ney, Príncipe de Moscovia y Duque de Elchingen. Fue capturado por las tropas borbónicas el 3 de agosto de 1815. Pasó por un largo proceso de encarcelamiento y posterior juicio de burla. El abogado de Ney intentó salvarlo utilizando una táctica poco honrosa pero bastante potente: dijo a la corte que Ney era en realidad prusiano y no francés (por el Tratado de París de 1815, en el que la ciudad natal de Ney quedó en manos de Prusia) y por ende, debía ser juzgado en Prusia y no en Francia. Este argumento era muy persuasivo y quizás hubiera funcionado, pero a la vez, habría sido una afrenta a la historia del «Valiente entre los Valientes» quien en medio del juicio, cuando este argumento estaba a punto de triunfar, se levantó y exclamó: «Yo soy francés, nací francés y moriré francés».

El pueblo se hallaba muy dividido, pero el Tribunal Militar decidió su ejecución por amplia mayoría. Así, el más famoso de los Mariscales de Napoleón fue enviado al paredón el 7 de diciembre de 1815. Se le concedió el honor de dirigir a su propio pelotón de fusilamiento. Cuando todo estuvo dispuesto, exclamó: «Soldados, cuando les de la orden de disparar, apunten directo al corazón. Esperen mi orden, que será la última que voy a darles. Protesto contra mi condena. He peleado cien batallas por Francia y ninguna contra ella. Soldados… ¡Fuego!».

Muchos cuestionan al llamado «Terror Borbónico» o «Terror Blanco» de 1815. La ejecución o asesinato de Mariscales y Generales que lucharon por su Patria y nunca contra ella, sin duda, era un argumento que se esgrimía en favor de los ajusticiados. Por otra parte, la traición a sus Reyes, el regicidio del que muchos participaron, directa o indirectamente, durante la Revolución Francesa y el intento de derrocar al Legítimo Monarca para instalar de nuevo a Napoleón durante los «Cien Días» eran ofensas que se pagaban con la vida, incluso hasta entrado el siglo XX en varios países.

Si nos guiamos por lo estrictamente legal, legítimo y jurídico, las ejecuciones se ajustaban al derecho vigente. Más aun dado el contexto de la Revolución Francesa, las Guerras Napoleónicas y la Restauración. Se aplicó la Ley, dura y quizás cruel, pero la Ley y nada más. Regicidio, sedición, usurpación, revolución… Todo ello merecía la sentencia de muerte y así se hizo. Pero sin duda alguna, las emociones del corazón nos hacen sentir que quizás los Mariscales Ney y Brune merecían mejor destino. De todas maneras, para ellos quedará como consuelo que pelearon cien batallas por su Patria y ninguna en contra de ella.

Emilio Urdapilleta