Metternich, el príncipe que reconoció al Paraguay

Metternich, el príncipe que reconoció al Paraguay

Eran tiempos turbulentos en la Europa Continental. Las ideas del llamado «liberalismo clásico» en Inglaterra influyeron enormemente a inicios del Siglo XVIII y empezó a escribirse la famosa «Historia Whig» que hacía a la libertad como motor de la historia.

150 años antes que la Revolución Francesa, los ingleses tuvieron su propia experiencia con Oliver Cromwell, el primer dictador moderno, a la cabeza. Absolutismo y parlamentarismo se combinaban con astucia para decapitar al Rey Carlos y crear en Gran Bretaña una democracia, a sangre y fuego. Más de un millón de personas muertas, la mayoría civiles católicos en Irlanda y Escocia, costó esa aventura. Pero fue Oliver Cromwell el precursor de la Revolución Francesa, que además se alimentó de la Independencia de los EEUU para estallar en toda Europa con fuerza que parecía invencible.

Clemente Wenceslao Lotario de Metternich, I conde y luego príncipe de Metternich-Winneburg. Wiki.

Pero existió el otro lado de la historia, que se encarnó en un hombre singular y providencial. Nació en Coblenza el 15 de Mayo de 1773 y fallecería en su amada Viena el 11 de Junio de 1859. Fue bautizado como Klemens Wenzel Nepomuk Lothar de Metternich Winneburg. Pero se lo conoce universalmente como el Príncipe Klemens von Metternich.

De familia altamente aristocrática, sus padres eran el Conde Franz von Metternich y la Condesa Beatriz von Kageneck, ambos linajudos que se remontaban al antiguo electorado de Trier, al servicio del Arzobispado Católico de la zona.

Escudo de armas de Metternich

La Casa Habsburgo no era entonces lo que fue en el Siglo XVII, cuando los «Austria» también gobernaban en España y eran dueños de medio mundo. Sus dominios se limitaban a inicios del Siglo XIX a un extenso, eso sí, conglomerado de naciones que abarcaban prácticamente a todas las naciones limítrofes de las actuales Austria y Hungría, además de varios enclaves que eran «protectorados» dentro de la Península Itálica. En la Europa Continental, ciertamente, era el Reino más extenso después de Rusia, con aproximadamente 750.000 kilómetros cuadrados de superficie. Un imperio multilingüe y polifacético que tenía en común la persona del Emperador como Soberano y la Religión Católica como mayoritaria.

Este es el contexto en que la Revolución Francesa y su famoso General de Brumario, Napoleón Bonaparte, alcanzan a toda Europa. Y es allí cuándo el joven Klemens von Metternich empieza su carrera que lo encumbraría como uno de los más rutilantes diplomáticos de la historia moderna.

Napoleón vencía en todas las batallas y su dominio parecía imposible de vencer. Pero siempre tenía tres piedras en el zapato que nunca dejaban de molestarle: Inglaterra con su flota, Rusia con sus tropas y Austria con sus interminables intrigas.

Se podría decir que lo que el Gran Corso ganaba en sus batallas, en gran medida Metternich se lo desarticulaba en las negociaciones. Hay que decirlo, en eso también está la mano de otro aristócrata, francés en este caso, al que Napoleón detestaba pero prefería tenerlo a su lado y controlado siguiendo el famoso refrán «mejor tenerlo en mi equipo que en el equipo contrario». Nos referimos al Duque de Talleyrand, Canciller del Emperador Francés pero que nunca dejaba de traicionarlo cuando convenía a sus propios principios borbónicos.

Napoleón cruzando los Alpes, obra de Jacques-Louis David. Wiki.

Cuando Napoleón se hartó y estaba listo para arrasar Austria, Metternich se le adelantó y le hizo un famoso «presente griego». Le ofreció la mano de una princesa heredera de Habsburgo, María Luisa de Austria. El Emperador Francés creyó que conseguiría la alianza con los Habsburgo y que quizás su primogénito con la austríaca (quien sería Napoleón II, que gobernó brevemente tras el derrocamiento definitivo de su padre) entraría en la línea sucesoria del trono Habsburgo.

Pero el General Brumario, genio militar, poco entendía de la diplomacia palaciega. La trampa de Metternich estaba tendida, pues ningún trono europeo reconocería a Napoleón II y el caudillo francés tenía al enemigo adentro, en su propia alcoba.

Harto de las argucias austríacas, Napoleón lanzó su última y más ambiciosa ofensiva que sería llamada «Guerra de la Sexta Coalición» en 1814. Pero las cosas empezaron con el pie izquierdo para el General Brumario: de España solamente llegaban malas noticias, el Grand Armée se desangraba enormemente en la Península Ibérica. Napoleón ignoró esto y planeó su más ambiciosa ofensiva: 500 mil soldados partirían inmediatamente a Rusia para aplastar al Zar Alejandro…

La «furia española» y el «invierno ruso» fueron su tumba.

Metternich, enterado de los fracasos napoleónicos en ambas naciones, organizó el mayor ejército jamás visto en Europa. 350 mil soldados de la Coalición se reunieron en Leipzig. Napoleón, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró mandar al frente a 200 mil de los suyos. Pero como habíamos dicho, España y Rusia desangraron y desmoralizaron enormemente a Francia.

Incluso el Gran Corso, agotado y consumido por tamaño sacrificio que parecía interminable, cometió errores impropios en la «Batalla de las Naciones», como se denominó al enfrentamiento del 16 al 19 de Octubre de 1813 en Leipzig. Fue una catástrofe… Francia perdió 75.000 hombres y seis meses después, las tropas del Imperio Austrohúngaro tomarían París y exiliarían a Napoleón hasta Elba.

Metternich junto a Wellington, Talleyrand y otros diplomáticos europeos en el Congreso de Viena, 1815.

Aunque el Gran Corso regresaría en los «100 Días», ya nada sería lo mismo. Metternich había vencido la partida y se convirtió en el «Árbitro de Europa». El Congreso de Viena se reunió entre Noviembre de 1814 y Junio de 1815. Metternich lo presidió y las grandes potencias se sentaron a la mesa. Entre ellos, Francia (con su representante, el imbatible Talleyrand) que no debía aparecer como derrotada sino como «restaurada».

De hecho, se produjo la Restauración Borbónica que, con sus altibajos y revuelos, duraría hasta 1848. Metternich fue un profundo enemigo de toda revolución y cualquier tipo de liberalismo. Veía a Cromwell, Robespierre y Napoleón como una misma plaga, creía firmemente en que debía sostenerse una aristocracia tradicional para la paz y el sustento de los valores verdaderos de Europa, que estaban en constante subversión política a causa de los revolucionarios liberales y posteriormente, socialistas.

Impulsó la llamada Santa Alianza entre el Imperio Ruso, el Imperio Austrohúngaro y el Reino de Prusia, que se mantuvo hasta 1853 cuándo se dio la Guerra de Crimea. Esta Alianza tenía como objetivo hacer de los tres Estados que citamos, baluartes en común contra cualquier tipo de liberalismo, secularismo y revolución en Europa. Y aunque la Santa Alianza se disolvió, la idea se preservó hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. El «Congreso de Viena» y la «Santa Alianza» fueron los dos legados más importantes de Metternich tras la derrota final de Napoleón.

En tercer lugar se podría mencionar su lucha sin cuartel contra los «Carbonarios», una secta masónica de ritual italiano que fue su dolor de cabeza constante. Metternich fue iniciado en la masonería a finales del siglo XVIII pero como muchos políticos, diplomáticos, artistas y escritores de la época, no conocía los fines últimos dicha organización, que según él mismo declaró, era promover la insurrección, la revolución y la decadencia en el mundo. De allí que renunció a ella (como muchos otros en ese tiempo) y mientras fue Canciller y Primer Ministro del Imperio Austrohúngaro, tras la derrota napoleónica, persiguió ferozmente a «carbonarios» y otras organizaciones masónicas en su país.

Pero en 1848, cansado y viejo, ya no pudo resistir las presiones internas y las nuevas revoluciones que brotaban en el Continente. Renunció ese año y se dedicó a viajar por el mundo hasta su fallecimiento en Viena. El Príncipe Metternich también es conocido por ser uno de los «dandys» de Europa. Tuvo tres esposas y varias amantes… Nada mal para un ultra-conservador reaccionario.

Finalmente, nos queda mencionar el caso del Canciller Metternich y el Paraguay. En los 1840s, nuestro país aún estaba consolidando su Independencia y pocas naciones le habían reconocido oficialmente. Paraguay y Brasil fueron aliados en la larga guerra que ambos sostuvieron de manera victoriosa contra el líder porteño Gral. Juan Manuel de Rosas. Brasil, a cambio de la participación paraguaya, hizo su esfuerzo diplomático para el reconocimiento de la Independencia del Paraguay en otras naciones.

El Embajador Brasileño ante Austria, Chevalier de Macedo, sin muchas esperanzas por su parte, acercó las cartas de solicitud de reconocimiento por parte del Paraguay al Emperador Fernando I de Austria y a su Canciller Metternich.

Según el Embajador Brasileño, Don Carlos Antonio López expresaba sincera admiración hacia los principios e ideas del Gobierno de Austria y daba enorme importancia al reconocimiento que pudiera obtener de ella.

«Colocado por lo tanto el Paraguay en la grande familia de naciones, va en esta ocasión a solicitar de la Augusta Magnanimidad de Su Majestad y Real Alteza el Emperador de Austria, el reconocimiento de su nacionalidad por parte de tan esclarecido y poderoso gobierno», decía Don Carlos al Gobierno Austrohúngaro.

Don Carlos Antonio López, primer Presidente constitucional de la República del Paraguay.

El 22 de Julio de 1847, el Imperio Austrohúngaro se convierte en el Primer Estado de Europa en reconocer oficialmente la Independencia del Paraguay. El Príncipe Klemens von Metternich, archienemigo del liberalismo, el republicanismo y la revolución, padre del Congreso de Viena y la Santa Alianza, respondía al Gobierno Paraguayo: «Declaramos solemnemente a todas las personas y al mundo, que reconocemos a la República del Paraguay como Estado Jurídico libre.

Creemos que entre nuestras dos naciones se establecerán relaciones amistosas y que también la República del Paraguay otorgará a los súbditos del Imperio Austriaco que lleguen (a su país) plenas seguridades a sus bienes y comercio y que gozarán de la misma atención y protección que los ciudadanos paraguayos. Expresamos nuestra esperanza de poder estrechar los vínculos económicos y culturales y establecer gradualmente convenios recíprocos de comercio y diplomacia con el nombramiento de representantes consulares».

La importancia de este reconocimiento fue tanta que Juan Manuel de Rosas, a través de su Ministro de Relaciones Exteriores  Felipe Arana, exigió al Imperio Austrohúngaro que se retire inmediatamente dicho reconocimiento y hasta amenazó con declarar la guerra al Gobierno de Austria. Metternich ni se dignó en contestarle y la cosa quedó allí.

Aunque se suele decir que el primer Cónsul del Imperio Austrohúngaro en Paraguay fue Don Christian Heisecke en 1871, no es imposible pensar que el famoso Coronel Franz Wisner von Morgenstern, Ingeniero Militar que sirvió desde 1848 en el Ejército Paraguayo, haya tenido como función el Consulado del Imperio Austrohúngaro en tiempos de los López, al menos de manera honoraria. Coincide su llegada al país con el reconocimiento del Emperador Fernando I de Austria y Hungría.

Coronel Franz Wisner von Morgenstern, Ingeniero Militar que sirvió desde 1848 en el Ejército Paraguayo

Y así fue como el archi enemigo del liberalismo y las revoluciones, el Príncipe Metternich, admirado por Don Carlos Antonio López, dio al Paraguay su «bendición» y abrió las puertas de nuestro país al reconocimiento en Europa.

Por supuesto que los paraguayos le agradecemos a nuestro estilo: ninguna sola calle del país siquiera recuerda al Príncipe Metternich… Somos tan especiales.

_

Emilio Urdapilleta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.