San Valentón: hijo deforme del consumo

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Si bien es cierto, que el día de los enamorados no tiene nada de «amor» en el fondo, se trata de un efluvio fermentado de las antiguas fiestas paganas del 15 de febrero donde cada quién, tenía derecho a conseguir «una cita a ciegas», que duraba por lo menos doce meses. Pero vayamos por partes.

La historia de Valentón es antes que «color de rosas» una historia de violencia y brutalidad como a las que nos tenían acostumbrados nuestros antepasados. Se trataba de tiempos desastrosos para la antigua Roma y su imperio, que iba en declive pronunciado, hasta desencadenar en Constantino y su «celo» singular por la nueva fe que vencía con la cruz y ya no con la espada, al menos, eso es lo que la propaganda cristiana nos quiere dar a entender, pero la realidad siempre fue la misma. Cambiamos la vocal «i» por la «o» adrede, ya que nadie se pone de acuerdo sobre su verdadero origen o siquiera, sobre su propia existencia.

En materia de guerras y traiciones, los romanos siempre fueron geniales y profesionales, a la hora de provocar muertes a diestra y siniestra, con crueldad extrema, que a la sazón sólo servía para promover los días de juerga y festines a tutiplén, como correspondía. Todo ello según nuestra visión judeocristiana que impregna nuestros sesgos menos ominosos.

Fauno, en cuyo nombre las festividades de febrero se llevaban adelante durante el mes. Depositphotos

Valentón, obispo de Terni en Italia fue ganándose adeptos mientras declinaba la persecución o la prohibición al libre culto de los cristianos, que pululaban por todas partes del imperio como langostas, rapiñando todo lo bueno que alguna vez pudo existir, en las instituciones romanas, y es que con el paso del tiempo, aparentemente tanto la conducta humana y las instituciones, que son obra de los humanos, tienden a “debilitarse” y en consecuencia, ser más leves en sus causas y sus prescripciones y a medida que trascurre el tiempo, a corromperse de manera atroz, entendemos de buena gana la capacidad visionaria de Constantino el Grande, pero más allá de eso, y la posterior destrucción total de la tradición ritual de los antiguos habitantes del lacio a cargo del «bueno» de Teodosio El Grande.

A pocas décadas del famoso edicto de Diocleciano y la posterior persecución siniestra y virulenta hacia los seguidores del Nazareno y sus mártires, las acciones que proscribían el libre culto más se debían a una cuestión confiscatoria, antes que a una relación eminentemente, de paganos contra cristianos, como bien nos quisieron hacer saber cuando las lanzas flamígeras de los ángeles enviados por Dios, mataban de una vez la última gota de paganismo imperial con el trágico final de Juliano, al que mal llamaron “Apóstata”, y que es bien retratado en la novela de Gore Vidal, que habría de representar en un solo individuo a los efluvios finales de emancipación o reintegración al cúmulo sincrético pagano a lo más alto del Estado romano.

Así vemos, que desde un comienzo, el nombre de nuestro querido héroe, Valentón, estuvo asociado a la economía, antes que al amor, y es que cuando Valeriano exhalaba su último respiro, la poderosa como violenta y brutal persecución originada por sus ansias de lucro, quedaba en el olvido, al menos por un tiempo. Ya no veríamos más en los púlpitos de las ciudades al Papa Sixto II o al querido e inefable Cipriano, contando las verdades de las pecaminosas acciones de los demonios del imperio, pues sus grandes fortunas serían confiscadas junto con las de no menos importantes ciudadanos millonarios que sufrieron el secuestro irrestricto de todos sus bienes, Valentón, sería a estas alturas, un mártir, pero no por sufrir atropellos a su libertad sino por cómo pudo escapar de estas terribles cazas.

San Valentón.

Pero para los cristianos, siempre hay socios donde menos se piensa y es que los famosos adoradores del Sol Naciente de Mitra, cual aliado ferocísimo de los persas, emergía de las tinieblas en la que caía el Imperio para destrozar “valeriana”, derrotándolo y haciéndolo prisionero, una ignominiosa forma de morir para Valeriano.

Desde allí, los cristianos, volvieron a sus andanzas pero dejando de lado, la ayuda proporcionada por el hermano de Jesús, Mitra, encontraron mejores opciones en el lavado de cerebros a personajes ilustres y principales, con mucho dinero en sus alforjas. Así, el cristianismo se hizo lentamente con altos funcionarios con toma de decisiones importantes en las altas esferas estatales, siempre manteniendo, antes que el coraje para gritar a los cuatro vientos, su creencia, más que la honestidad en sus funciones, algo que hay que destacar.

Tras cuarenta años de “pax christi”, aparentemente, las cosas iban viento en popa, produciéndose cambios muy positivos en el seno de la primera Iglesia Universal, por estos años empiezan ya los movimientos internos a descartar la actuación de la mujer, como su igual, en tanto que creyente y participante de la eucaristía, pero de repente y como si fuera el propio Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo llegando con potencia y gran gloria, en el medio del sueño profundo, se le ocurre al Emperador Marco Aurelio Valerio Claudio Gótico, prohibir el casamiento de los soldados.

En esta circunstancia, y ante el pedido expreso de muchos, Valentón, maduro y bien entendido en temas políticos y religiosos de manera temeraria, capaz, llevado por la lógica, la plata o la locura, comienza a casar a los soldados de manera ilegal, haciendo caso omiso al edicto imperial. Se armó gran alboroto en las ciudades, lo conocemos hoy como rumores o chismes infundados o no, lo cierto y lo concreto es que esta historia llega a oídos del emperador que con los secuaces que tenía a su alrededor, poco o nada podía hacer para no desintegrar la «pax christi» y resurgir las antiguas prácticas. Estaba en su derecho, por cierto.

Valentón es lapìdado por el pueblo enardecido.

Claudio II, ni corto ni perezoso lo manda llamar para “conocerlo a fondo”, es decir, para saber de propia declaración del acusado, sus excusas o su petitoria de clemencia con la cual, podría darse el lujo de ser misericordioso con una persona querida y muy conocida en el ambiente de aquella época.

Como siempre pasa, no se desaprovecha la oportunidad y en vez de salvar la vida propia, se ejerce presión sobre la espada que pende de un hilo sobre la cabeza y Valentón, pretendiendo demasiado, hace propaganda de las bondades de la nueva religión y quiere convencer al emperador de que él no está equivocado, sino al contrario. Claudio, no siendo aparentemente de gran capacidad intelectual, aprehende las palabras altisonantes de un letrado como lo era el obispo y decide que por el momento, era interesante la nueva propuesta y lo deja vivir por un tiempo.

Pero la presión popular era superior a las fuerzas por ser misericordioso y cualquier romano que se precie de ser autóctono y original, además de “true”, no dejaría que más tiempo se pisoteasen las instituciones y la conducta propiamente pagana, encorvada hacia las imágenes comunes del Imperio de la Ley, que por más de 450 años gobernaba el mundo conocido.

Entonces, el Gobernador de Roma, la Guardia Pretoriana y las alas más radicales del ejército, que deseaban volviesen los días heroicos de las grandes conquistas con soldados bien preparados, pertrechados e incondicionales de las instituciones romanas y su apego al emperador, idearon una gran campaña de desprestigio y acoso político y social a Valentón, que no pudo ante tal circunstancia y terminó por caer en la trampa.

Fiestas lupercales, óleo sobre lienzo de Andrea Camassei.

De esta forma, el princeps, ordenó sin arrepentimiento alguno el apresamiento del sacerdote.

Se cuenta una anécdota antes de su martirio que dice que Asterius, oficial que para burlarse de nuestro Valentón, le solicita que ejerza, sobre su hija Julia, ciega de nacimiento, el poder de la sanación, mediante su intercesión, a lo que sin problemas proclama luego el obispo, realizar gracias al poder divino, obrándose un milagro pocas veces visto, o muchas, quién sabe a estas alturas qué significaba un milagro para las personas de aquellas épocas tan salvajes.

Lo que importa de todo esto es que Asterius y su familia quedaron obnubilados por tamaña concesión milagrosa de Jesús de Nazareth.

La familia y el propio Asterius se convirtieron al cristianismo, quizás el mayor milagro para Valentón, pues ganaba, por decirlo así, un aliado en medio de tan precaria situación.

El Obispo de Terni finalmente se enamoraría de Julia, pues simplemente, porque en aquella época no existían restricciones para que un hombre se enamorase de una mujer, y menos que menos, un sacerdote.

En Paraguay tenemos historias modernas de enamoramientos como éstas, que incluso llevaron a cierto sacerdote, al más alto cargo del Estado. El caso de Fernando Lugo es sin par, amigo de la Teología de la Liberación, probablemente aplicó esta nueva teoría religioso-política a su vida, para no tener remordimientos de enamorar a varias mujeres jóvenes a lo largo de su vida como Obispo, algo por todos conocidos, pero que no viene al caso recordar, pues Lugo, no es un héroe y menos que menos un Valentón, pues si el de Terni era inconsciente de sus acciones, el de San Pedro, era muy consciente, sufriendo de mitomanía galopante.

Sigamos con la historia…

El juicio siguió su curso imponderable y el amor entre Julia y Valentón aumentaba día a día, a medida que se acercaba el irremediable final.

Condenado a muerte, lapidado y decapitado el 14 de febrero del año 269, pudo como última voluntad besar los labios de quien fuera su más sagrado milagro y al que cualquier hombre aspira tanto de manera animal como intelectual (al menos, desde su imaginación).

Febrero era el mes en que las festividades más antiguas de Roma eran llevadas adelante. Las mismas, permanecieron sin alteración alguna durante toda la historia de Roma.

Actualmente el cuerpo de nuestro héroe se conserva en la basílica de su mismo nombre en Terni. Dos siglos después la fecha fue oficial para los festejos y si bien es cierto, pasaron muchos años luego de esta lapidación, a un Papa en especial, llamó mucho la atención dicha anécdota. Gelasio, decidió honrar su muerte. Gracias a esta fecha, se logró eliminar de una vez aquella primera fecha que festejaban los hijos de Júpiter, hermanos de armas de Marte, que se desarrollaba cada año como mencionamos más arriba en honor al dios de la fertilidad Lupercus (de lobo/lupus), lobo sagrado del dios de la guerra o como el Fauno Luperco que más adelante fue incluido dentro de la genealogía de Pan.

En las lupercalia, los romanos ofrecían sacrificios al dios con cabras y perros. Acto seguido, dos jóvenes lupercos desnudos se iniciaban en los ritos sagrados con la sangre de los inmolados, vestidos con sus pieles daban latigazos a quienes se encontraban por la Roma Central a lo largo de la via sacra y tras lo cual, enfrentaban su vida inmediata con una compañera fecunda como pareja sexual, que los acompañarían por el espacio de un año (quizás menos o quizás más, dependiendo de las personalidades de ambos «ratones de laboratorio»). Ignoramos como los mismos romanos de aquellos tiempos, por qué se ritualizó este tipo de prácticas, pero lo único cierto era que «pegaba» es decir, era divertido pues aparte de serlo, «purificaba el espíritu».

Tamaño ritual debía ser extirpado del seno de la puritana nueva Roma, hecha a imagen y semejanza de los christians boys. De esta forma, al canonizar a San Valentón, mataban dos pájaros de un tiro, por un lado la desintegración de un rito muy difícil de extinguir, (¡por obvias razones!), y además, se hacía apología del “amor cristiano”.

Ya no eran los mismos tiempos en que los judíos acudían a las catacumbas, iguales en todo con las mujeres; ahora, las féminas ya no pertenecían al clero, eran obligadas a callar frente al hombre, fuerte e intelectual, la Iglesia Universal tenía un gran poder gracias a su pioneer hijo prodigio Constantino El Grande, atroz manipulador y cruel asesino, tanto de cristianos como paganos, que no por ello, debe nublar, su gran contribución a la historia de Roma.

1500 años después, el Vaticano, por falta de pruebas que existían con respecto a la personalidad de San Valentón o por si las dudas en cuanto a la veracidad de sus historias hercúleas, decidieron defenestrarlo de su condición de manera oficial en el año 1969 por el gran Pablo VI.

Después de esto, Valentón se vengó como era de esperarse, resurgiendo de las cenizas como el ave Fénix, en los bolsillos de la gente que gasta lo que no tiene, en los grandes shoppings del consumismo contemporáneo.

Es que la farra, por cualquier excusa no puede ser suprimida de la psique del hombre, son muchos años festejando que no se pueden tirar por la borda así nomás y mucho menos por presión de unos cuantos amargados ultras religiosos que pretenden que todo tiene que ver con la culpabilidad de los paganos romanos, pero olvidan a cuántos santos de ese origen, que vieron apagadas sus vidas tras la furia de la turba cristiana, podríamos preguntarle a la célebre Hipatia qué pensaba de esa nueva religión que propinó el coup de grâce a la tradición romana. Pero ésa es otra historia.

¿O vos, qué pensás?

Fuentes:

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Gabriel Ojeda

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