El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

In Memoriam Roma Eterna

La muerte del Rey Filósofo

Un 17 de marzo del año 180 d. C., muere el último bastión, el elemento más excelso y fulgurante del intelecto que dio esa famosa y quizás la más grande dinastía romana que gobernó el Imperio, la Ulpio-Aelia o la Antonina, como mejor se la conoce.

Al momento de morir, Marco Aurelio había preparado a su hijo Lucio Cómodo como el sucesor en el trono de la ciudad eterna, contraviniendo una costumbre que por demás, dio los mejores resultados en esos años, la de adoptar al hombre más preparado de todo el Imperio para ocupar el sillón dejado por su predecesor.

El ejército era principalmente el órgano más poderoso que ejercía una presión en el emperador al proponer una continuidad en la administración, de esa forma, el vil Cómodo ocuparía el lugar dejado por su padre, el filósofo rey.De esta forma, también comenzaba el fin de una época dorada para Roma donde se accedió a la mayor extensión territorial de toda su historia merced a las grandes conquistas del gran Trajano.

Marco Aurelio murió por la peste, en este caso, últimamente investigaciones de especialistas sobre historia de Roma suponen que se trataba de la Viruela. Dejamos una de las reflexiones del gran Rey Filósofo para los lectores:

Estatua original de Marco Aurelio, en el interior del Museo Capitolino.

“La muerte es el fin y descanso de las impresiones de los sentidos, de la agitación del apetito, del discurso de la mente, de la servidumbre y cuidado cerca del cuerpo. Muy mal parecido es que el alma afloje y desmaye en el deber de la vida antes que en el cuerpo se pierda y disminuya el vigor para las funciones humanas”.

“Mira bien, no te transformes en César de pies a cabeza, ni te revistas de este carácter de soberanía y majestad, como suele suceder; consérvate, pues, en un aire de simplicidad, de bondad, de entereza, de gravedad, de seriedad; prosigue siendo amante de lo justo, religioso, benévolo, sincero en tu afecto, constante y esforzado en el cumplimiento de tus obligaciones. Pretende con empeño que te mantengas tal cual quiso hacerte la filosofía; venera a los dioses, protege a los hombres. La vida es breve, uno «el consuelo» y fruto de vivir sobre la Tierra, que todo consiste en una disposición de ánimo piadoso, junto con el ejercicio de acciones benéficas”.

“«Procura» en todo «portarte» como discípulo de Antonino: «imita» su tenor constante en obrar según razón; su conducta en todo uniforme; la piedad y apacibilidad del semblante; la afabilidad y desprecio de la vanagloria; el estudio y empeño en hacerse bien cargo de los negocios; y en tal conformidad, que nada dejaba absolutamente por hacer, mirándolo antes con atención y madurez y reflexionando con prudencia y sabiduría; «observa» cómo también sufría a los que sin razón le vituperaban, no quejándose contra ellos; cómo en ningún negocio se apresuraba; cómo no admitía fácilmente las delaciones; cómo era exacto y mirado en sus costumbres y hechos: no injuriador, no medroso, no suspicaz, no sofista”.

«Nota su parsimonia», contentándose con poco, por lo que mira a la habitación, cama, vestido, comida, familia; siendo amante del trabajo y sufrido; pudiendo perseverar en un mismo sitio desde la mañana hasta la noche, efecto de su vida frugal y parca; no teniendo precisión de hacer sus necesidades corporales fuera de su hora acostumbrada; permaneciendo constante y siempre el mismo en las amistades; «admira» también que llevase con paciencia a los que con libertad se oponían a su dictamen, y que se alegraba si alguno sugería mejor pensamiento, y cómo era pío y religioso, sin escrúpulo ni superstición.

«Imítale, pues, en todo esto», para que la última hora de la muerte te coja con tan buena conciencia como a él le cogió”.

Marco Aurelio/”Soliloquios o Reflexiones Morales”. (pp. 94-95) Colección Austral

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