José María Gómez Sanjurjo, un auténtico poeta

José María Gómez Sanjurjo, un auténtico poeta

Hoy en día en Paraguay en el ámbito poético intentamos congeniar con los que se consideran a sí mismos, herederos del canon literario paraguayo, en específico lo que respecta a la poesía. Estuve leyendo la grandiosa poesía de Sanjurjo “Tenía una manera de pedir las cosas dulcemente” del libro Poemas (1978) y luego me decanté por «perder mi tiempo» leyendo todo lo que pudo llegar a mis manos de él.

De aquí abordaremos algunas breves señales que se me vienen a la mente tan sólo ojear unas páginas y luego de terminar el libro con algunas cervecitas de por medio y un rico y jugoso asadito comprado de la esquina de mi casa.

José María Gómez Sanjurjo, poeta paraguayo.

Antes que nada quisiera referirme a la nueva poesía paraguaya y sus representantes millenials/centenialls, o a lo que se denomina como tal, que salvo honrosas excepciones puede tener el mote de poesía.

Hablamos de los inefables poetas de la alegría, una casta empotrada desde las alturas de la intelectualidad, que genera espacios culturales sólo para una camarilla de rampantes comemierda que pululan por Asunción y alrededores, no permitiendo e impidiendo que otras voces que no “conecten” con su hippiesmo a la paraguaya, puedan ser siquiera leídos, por no decir «tenidos en cuenta», en fin.

Escuchan lo que quieren escuchar (a ellos mismos), leen lo que ellos consideran lo mejor (sus propias obras y escritos) y se manejan con una indiferencia tal para los demás (que no son ellos), para los oscuros, los vagabundos culturales que no asumen una postura de petimetres, lambisqueando a sus “líderes religiosos”, que  de esta forma forman no sólo una secta cultural, sino una estirpe clara de personajes de farandulilla, auscultados en sus propias palabras, grandeza y cultura muy por encima del común artista. Se autodenominan nuevas voces de la poesía paraguaya, algo un poco chocante. Este escenario patético no es solo del arte y la cultura, es el reflejo, lastimosamente, de todos los ámbitos tanto públicos como privados, así que no es nada extraño este escribiente.

Después de todo, están en su derecho, pueden hacerlo, pueden pensar como quieran, pero catapultarse como los únicos que pueden decidir qué es bueno o malo, o emitir algún juicio que tenga que ver con el gusto de los compatriotas, ya es otra cosa totalmente diferente.

Pero desde la visión neutral se puede hablar de una «duplicación artística, y en este caso, poética. Reivindican la nulidad, la insignificancia, el sinsentido[1]» poético copiando viejas reglas y antiguas voces pero con la consabida soberbia de paliar entre lo novedoso y lo que está por encima de lo anterior ante oídos y vistas no preparadas.

POEMAS. Poemario de JOSÉ MARÍA GÓMEZ SANJURJO. Editorial LOSADA S.A.
Dibujo en la tapa: SOLEDAD. Buenos Aires – Argentina. Noviembre 1978 (135 páginas)

Para ello, copian, funden y refunden, o fermentan, me gusta esta palabra, acciones y hechos de otros movimientos ya perimidos en partes del mundo donde esos movimientos artísticos, calaron hondo en la sociedad, pero que ya fueron sobrepasados como anécdotas de la historia del siglo veinte.

Pues bien, ellos reivindican como si fuera algo novedoso inventado por ellos, volviendo a realizar actividades tipo happening, en donde se reúnen en círculos a cantar como si fueran los años sesenta del siglo pasado.

Por tradición, la esperanza social siempre ha sido que el crecimiento de la imaginación individual, estimule el cuidado por los otros. Pero cuando hablamos de tradición cultural, ojo, ésta se ha visto en tres ocasiones intrascendida y completamente petrificada; me hago entender, desde el novecentismo hasta la generación del 40 y del 50, a partir de allí, solo tuvo una ocasión de redimirse desde la parte final de la dictadura de Stroessner.

Luego vienen los hijos de la transición, por lo que podría bien llamarse esta etapa poética paraguaya como la tradición transitoria: un grupo de ratas vestidas de rapsodas que se alimentan de la transición intrascendida. A nivel político son muy buenas estas ratas, pero ello debe ser motivo para otro «Stand Up and Telepromter Show», que ya tiene otros aditamentos como bien sabido es para el lector de este pulpeji-bundo que escribe estas líneas.

Vayamos a lo serio…

Una tradición filosófica se prende de la poesía, es decir, la imaginación subjetiva ante cualquier advenimiento ulterior; es el cuidado de la esperanza poética que es la barrera entre el distanciamiento interior de la voz del poeta con el consigo mismo exterior del lector.

Es el lector que fluctúa entre lectura y relectura como receptor que integra dentro de su interpretación una función emergente que neutraliza la energía con la que se escribió el poema, la época y las creencias propias del autor, allí, en esta nueva etapa de su relectura se halla confinado a una sola mirada distanciada del poema, del propio poeta y de sí mismo, contrariamente a lo que creamos, ésta es la etapa verdadera de re-conocimiento de las propias fuerzas intelectuales como para decir: «Quiero entender».

Entrando en la batalla, hablemos de José María Gómez Sanjurjo, un verdadero poeta alejado de este vyroreí del centro periferia que es Asunción, que es prácticamente el Paraguay en materia cultural. Más allá de las fronteras de Madame Lynch, no existe cultura.

La historia del hombre, de ese ser que se aflige por los demás, el poeta, aquel que sufre y fracasa por los demás tantas veces, recrea su historia en los versos, a veces estas muestras de poética se nos presentan inaccesibles, profundamente arraigadas en una bella época del poeta, son la razón de ser de las calificaciones de los lectores.

No intentamos realizar una crítica alejada de la propia mirada que pueda tener cada lector que se para frente a la obra como descubridor de misterios y fenómenos asombrosos.

«Desde los ojos le nacía una palabra gris como el invierno

cuando su voz iba volviéndose azul, y sin querer,

hacia el recuerdo»[2].

Fijemos la mirada crítica sobre esta parte del poema de Sanjurjo. ¿No es acaso la mujer, lugar común de vida y muerte, a la vez, esa parca no es acaso el nacimiento y la tragedia del hombre? La mujer es el recuerdo, el destino, el final, la Sofía de nuestros impromptus y voluntad; todo para el hombre y a la vez nada. ¿Qué nos quiere contar el poeta a través de esta encrucijada filosófica? Tal y como sostenía Jauss, la frontera entre la triada estética, poética y catarsis a veces puede confundir la interpretación.

En el final del hombre, cuando la voluntad sucumbe al destino, en esa encrucijada agorera, ¿no es acaso a la amada quien viene a la mente? El recuerdo es el reflejo del dolor, la ocultación del poeta en la nube negra de las consabidas frustraciones. Pero me dirán, todos los poetas escriben sobre lo mismo a lo largo de las épocas en que se circunscriben sus cotas experienciales. Ciertamente, pero ello no podría en todo caso, proponer una nueva visión del tema, que en el final, ¿no tenga caso?

Definitivamente aquí, no se habla solamente de esto, no se vuelven a recrear espacios pasados, experiencias que nublaron la mente con el objeto del deseo, con el otro amado que se confunde con los propios sentimientos del autor, no, aquí se trasciende, cuando un poema sobrepasa la barrera del propio autor y se posa sobre lo bello y lo sublime, entonces allí, la interpretación ya no sirve, sino tan solo el disfrute y el goce estético.

Ahondemos un poco más. La mismidad para Heidegger es aquella vocación inherente del poeta por posicionarse frente al problema de la vida, como un sueño, nosotros, aquella alteridad que frunce el ceño ante la esencia de esta referencia llamada lector, ser que se infecta de la mismidad preexistente del poeta ya lejano, en la historia; de esta forma, la afectación de los sentidos prevalece ante el diálogo binomial entre autor/lector en un ambiente sin tiempo, en esta autenticidad de lo intemporal frente a lo residual del tiempo es que confluyen todos los miramientos ulteriores; la interpretación, la criticidad del lenguaje, el acercamiento a los deseos del autor, el alejamiento de una realidad ya, imposible.

El autor fracasa cada vez que el lector comprende su referencia, en esta contrarreferencia, se retrotraen las contestaciones en una previa donde nadie se oculta aún. Estamos hablando del proceso de asombro y posterior entrañamiento que experimentaría cualquier persona con gustos hacia la poesía.

Aquí, en este pergamino irrealizable en el que se convierte la voz interior y la visión temporalizada por la mismidad del lector, se logra el atestiguamiento de la poesía.

Último logro del artista en cualquiera de los sentidos que podamos darle. Sanjurjo, es el caballero medieval que afligido ante las injusticias propias de la existencia, se convierte en testimonio del lector convertido en historiador, en pensar en lo que atestigua la relación entre la pregunta por la mismidad y la pregunta por el hombre[3].

¿Por qué hablamos de esto? Pues sencillamente porque estamos en una etapa en la que leeremos a los poetas más consagrados del Paraguay, que han seguido un camino ya impuesto desde el pasado reciente, habíamos leído a Hérib Campos Cervera y a Elvio Romero, quienes nos proponen ahondar como paraguayos, en la necesidad de una afinidad identificada con la creatividad de los poetas aquí estudiados, pero desde sus propias posiciones ideológicas que impregnan (como debe serlo), sus trabajos; Sanjurjo a mi humilde modo de ver, va más allá que Romero, inclusive.

En esta etapa, el lector, debe consagrar su mirada hacia la manera de leer la poesía, a la manera de leer a nuestros poetas pasados. Pero si seguimos con este tren de ideas, podemos saber que en el fondo, no depende del crítico ni del autor el camino a seguir, sino del lector, que en última instancia crea su propio canon. Sanjurjo profundiza desde el exilio una parte inexplorada por los intelectuales paraguayos dentro del complejo campo de la poesía.

Uno no debe leer porque le dicen qué debe leer o porque entiende que los intelectuales prefieren tal o cual libro de tal o cual autor, simplemente para acercarse a una fugaz pero (capaz alegre o deprimentemente) sensación de superación personal por escarbar en la historia literaria universal y en consecuencia, aprehender de la tradición qué obras deben ser descartadas y cuáles no. Esto suena mucho a la formación de elitismos, ciertamente, pero no profundizaremos sobre esto, ya que ha sido bien puesto al dedillo más arriba.

Si me he posado cual taguató sobre esta contemporaneidad del Departamento Asunción y aprobar algún tipo de aseveración ulterior desde el ojo crítico subjetivo, no puedo más que acertar a decir que lo objetivo subyace dentro de esta visión que no ve «con buenos ojos» a la actualidad literaria en Paraguay.

Promises of the Parting Summer. Michael Cherval.

Finalmente diremos que Sanjurjo esgrime su pesadumbre ante las ojivas de la desesperanza, de esta forma, de un choque entre negaciones, se apropia del substrato que fija su mirada en algún campo hipotético de renovación, tras su trabajo, desde el de sus compañeros de generación.

Se siente en peligro latente, como cualquiera que pueda pensar. La amenaza de la pronta inexistencia, este peligro continuo que nos impone las peores categorías de pecados que podamos sobrellevar a lo largo de nuestra existencia: la indecisión y la perplejidad ante lo patente.

Los versos se hacen patentes, se exteriorizan y se convierten en lo más puro y lo más oculto a la vez, allí, se realiza como perteneciente a todos nuestros testimonios de la tradición cultural paraguaya pero a su vez, también se posesiona de un canon que viaja a través de las épocas de la historia y de los movimientos culturales que prevalecen o desaparecen con el viento de invierno; como dice Heidegger:

Sólo a momentos soporta el hombre la plenitud divina” «La claridad excesiva ha precipitado al poeta en las tinieblas«[4].

Sanjurjo entiende este paliativo para el lector. Debe hacerse uno y todos a la vez, vistiéndose con los ropajes aparentes de repetición y redundancia, apariencia creada para asimilar lo más profundamente posible, lo auténtico del poema.

Para finalizar transcribimos lo expresado en ocasión de la publicación de su Antología Poética por la editorial El Lector por un grande de las letras paraguayas, José Luís Appleyard, un poeta como él que ya no se replican en estos tiempos de simulación irrelevante:


José María Gómez Sanjurjo es para quien estas líneas escribe el mayor poeta lírico de la segunda mitad del siglo que está declinando. Un poeta que reúne en sí todas las condiciones como para poder considerarlo de esta manera. La amistad que nos uniera no habrá de pesar con ninguna parcialidad en lo que escribo. Si poesía no necesita de halagos surgidos de motivos ajenos a su propio valor, si es que esta palabra puede ser empleada en un campo tan alejado de todo concepto que no sea el de la belleza intrínseca y extrínseca de cada uno de los versos que sustentan cada poema”.

Verdaderamente, un poeta que hay que leer.


[1]Baudrillard, Jean. El complot del Arte. Ilusión y desilusión estéticas. Amorrurtu/editores. (p 61)

[2]”Tenía una manera…” José María Gómez Sanjurjo del libro Poemas (1978)

[3]Eustaquio Barjao. Heidegger: Holderlin y la esencia de la poesía. (p 54)  Pdf. https://www.raco.cat/index.php/Convivium/article/viewFile/76281/98533

[4]Heidegger, Martin. Hölderlin y la esencia de la poesía. Pdf. pp. 61-62
https://www.raco.cat/index.php/Convivium/article/viewFile/76281/98533

Gabriel Ojeda

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