El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Literatura Traducciones

El Caballero Cornudo

Traducción en prosa de José Antonio Alonso Navarro

Doctor en Filología Inglesa por la Universidad de A Coruña(España)

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El caballero Cornudo (Sir Corneus) puede consultarse en la Biblioteca Bodleiana (Bodleian Library) de Oxford y está incluido en el Manuscrito (Codex) Ashmole 61, folios 59 v-62 r. Es posible que el copista o escriba del caballero Cornudo sea un tal Rate, dado que la mayoría de los poemas de dicho manuscrito (de corte religioso y didáctico) están firmados por este Rate. El poema corresponde al siglo XV (más concretamente podría decirse que es de finales del siglo XV), al menos el papel en el que fue escrito, expone la editora del romance, Melissa M. Furrow, data de los años 1479 -1488. Este escriba y compilador de los poemas del manuscrito podría haber sido un quincallero o mercader de Leicester. Se desconoce el verdadero autor-poeta del poema aunque Furrow afirma que podría tratarse de un contemporáneo de John Lydgate y añade que en origen el poema podría proceder de Lincolnshire, West Riding (o Riding occidental) o noroeste de Yorkshire. El poema está estructurado en estrofas de seis versos con rima aabccb.

«La historia del Caballero Cornudo ocurrió «de verdad» una vez en Inglaterra en los tiempos del Rey Arturo, dice el texto». En lo alto de los acantilados de Tintagel se alza una estatua de bronce del rey Arturo agarrando su espada y mirando hacia las ruinas del castillo de Tintagel en Cornualles, Inglaterra.

Traducción en prosa del caballero Cornudo:

Escuchad atentamente todos aquellos que queráis pasarlo bien y habré de contaros una divertida y provechosa historia que ocurrió de verdad una vez en Inglaterra, en tiempos del rey Arturo, cuando éste era poderoso, dueño de infinidad de castillos y fortalezas y muchas otras posesiones y por todos de sobra conocido. Escuchad lo que le pasó un día y aprenderéis algo que jamás olvidaréis. Sabed primero, y os doy mi palabra, que el rey Arturo tenía a los cornudos en muy buena estima. Siempre que podía, los agasajaba de noche y de día. Y tal como dice la leyenda, y no hay mentira en ello, él mismo tenía bien puestos los cuernos. Prestad atención a mi historia, caballeros, y os reiréis un montón. El rey Arturo tenía un cuerno de buey salvaje que llevaba consigo a todas partes. Al sentarse en la mesa se lo traían en seguida para que pudiera beber de él y, si se presentaba la ocasión, para mostrar ante todos qué por medio de él podía revelarse la verdad, esto es, el cuerno hacía que todo cornudo que de él bebiese derramase su contenido una y otra vez, rompiendo la alegría del momento e indignando, avergonzando o entristeciendo al susodicho portador de cuernos.

Cuando el rey se lo quería pasar bien hacía que le trajeran el cuerno para poder reírse a sus anchas y ver cómo le cambiaba la cara al cornudo probado. Era entonces cuando el rey ordenaba que se llamase por su nombre, por todo lo largo y ancho de su reino, caballeros, a cuantos cornudos allí habitasen. Ser testigo de cómo éstos se reían los unos de los otros mientras aguantaban la vergüenza constituía una enorme diversión. Por lo tanto, no había cornudo en el reino, ya fuera de alta o baja estofa, que no fuera traído en presencia del rey Arturo. Un día, por orden del mismo rey, se dispuso sin demora una mesa fija en la que habrían de sentarse los cornudos para el disfrute y entretenimiento de aquél. En ella y solamente en ella se sentaron los cornudos convocados con un compañero asignado, y después se les puso una guirnalda de sauce en la cabeza. Seguidamente, el rey mandó que se sirviese en seguida de su propia mesa a sus cornudos invitados la mejor comida y les pidió que disfrutaran cuanto pudieran de la velada, algo que éstos comenzaron a hacer con sumo agrado mientras el rey les decía:

-Caballeros, os lo pido por vuestras propias vidas, nunca os enfadéis por nada con vuestras esposas, pues de la mujer nacen los duques y los reyes y, a decir verdad, la humanidad entera.

Dicho esto, sucedió entonces que inesperadamente se presentó ante todos el gran duque de Gloucester a toda prisa. En el castillo del rey fue recibido por caballeros muy bien ataviados con grandes honores y regocijo. Este mismo duque, sabedlo, viviría con el rey un tiempo, aunque no sé decir a ciencia cierta cuánto. Bien, ahora escuchad, amigos, lo que sucedió de extraordinario en el castillo del rey Arturo a partir de entonces porque es en este momento cuando comienza la diversión. En ese mismo día en el que estaban sentados aquellos hombres con guirnaldas de sauce, estaba sentado también en la mesa junto al rey el duque con gran pompa. Éste miraba todo detenidamente, en especial, a aquellos que se sentaban a su lado. En seguida, el rey Arturo se puso a observar la actitud del duque y comenzó a reírse por ello, pidiéndole a éste que cambiara el semblante. Al fin y al cabo, a pesar de toda su majestad, el rey Arturo era también un cornudo demasiado blando para poner reparos al engaño de su esposa y tomarse el asunto de los cuernos en serio. No pasó mucho tiempo antes de que el duque rompiera su silencio (ya no podía contenerse más) y dijera lo siguiente:

Las justas entre caballeros son tema común de la literatura medieval.

-Señor, ¿Qué han hecho esos hombres para que se les haya puesto en la cabeza guirnaldas? Me gustaría saber la razón.

El rey le respondió así:

-Señor, nada malo han hecho estos hombres, pues todos ellos son hombres generosos. Llevan puestas guirnaldas como penitencia por ser demasiado blandos a la hora de consentir los engaños de sus esposas. Todas ellas se han vendido como mercancías con gran facilidad. Cualquier hombre que quisiera refocilarse con ellas, lo haría sin problema. La verdad es que todas sus esposas, en ausencia de ellos, se lo pasaron muy bien recurriendo a un buen amante que, como buena medicina y por prescripción médica, las montase arriba y abajo. Ahora comamos y divirtámonos. ¡Que todo el mundo ahogue las penas en vino!

Después preguntó el duque al rey sin demora:

 -Entonces, ¿son cornudos todos esos hombres?

 Y el rey le respondió:

-¡Callad, no digáis nada!

Y seguidamente envió a la mesa de los cornudos, con el fin de distraerlos y alegrarlos, a diferentes trovadores que hasta allí fueron con sus arpas, violines y canciones. Y a continuación, les pidió que dejaran las penas de lado y se comportasen entre ellos con cariño y amistad, pues tras la comida cada uno de ellos bailaría con su compañero en buena armonía. Ved que diversión tan espléndida se puso en marcha sin pérdida de tiempo.

Todos los cornudos se juntaron, ataviados como estaban con túnicas de color escarlata, y se colocaron frente al duque y el rey listos para bailar. Entonces, dijo el rey:

-Traedme mi cuerno, pronto. Voy a probar que los caballeros que se hallan ante mí son todos unos cornudos.

A lo que el duque contestó:

-¡Por Dios Santo! ¿Cómo se puede saber quién es cornudo o no?

-Señor, ¡Por mis barbas!, lo sabréis en un periquete-, fue la respuesta del rey.

Cuando se trajo el cuerno al rey, dijo éste:

-¿Veis el cuerno que tengo aquí? Pues os diré algo, nadie que sea cornudo en todo el mundo cristiano podrá beber de él. No importa lo que haga, siempre derramará su contenido.

El mismo Arturo, a pesar de toda su majestad, todavía no había podido beber de él.

-Señor duque -dijo el rey-, tomad y bebed de él.

-Oh, no, ¡Por San Agustín! Eso sería mi ruina. Ni por todo el oro del mundo haría una cosa así.

Entonces, el rey Arturo, como solía hacer en el pasado, tomó el cuerno para darle un buen trago y sucedió que en seguida se derramó todo su contenido en el pecho. Los cornudos se miraron los unos a los otros y contentos consideraron ya al rey Arturo como uno de los suyos. Uno de ellos dijo:

-Durante mucho tiempo el rey estuvo burlándose de nosotros, y mira por dónde ahora es un cornudo digno de llevar la guirnalda del cornudo.

Después de ello, a la reina, de la vergüenza que estaba pasando, se le mudó el semblante por completo y bien querría no haber estado presente en ese momento. El rey se la quedó mirando, y dijo que jamás debería negarse la verdad.

-Nunca más volveré a burlarme de los cornudos, va en ello mis posesiones y tierras, pues yo mismo soy un cornudo y no necesito permiso para ser uno de ellos. Caballeros, ahora ya sabéis que puedo bailar con los cornudos y tomar a cualquiera de vosotros de la mano.

A continuación, dijeron todos los cornudos a la vez que ellos deberían sentarse en el mejor lugar de la mesa. Y después se escuchó a uno de ellos decir:

 -Bailemos todos juntos, caballeros, para divertirnos y pasarlo bien, puesto que nosotros, cornudos todos, somos demasiado blandos para contrariarnos ante el engaño de nuestras esposas.

Y sin más palabras, el rey hizo que los cornudos se lavasen, no os miento, y se sentasen a su lado en el lugar de más importancia. El mismo rey se había puesto una guirnalda.

Camelot, ilustración de Gustave Doré para los Idilios del rey, de Lord Tennyson.

-Caballeros, en verdad os digo que yo soy vuestro hermano al pertenecer a vuestra misma fraternidad. Por nuestro Señor Jesucristo que está en el cielo, aquel que yació con mi reina, me hizo un gran bien como amigo, por lo cual estoy obligado a honrarlo en mi castillo y fortaleza ataviándolo con ricas vestiduras de color verde y escarlata. El me ayudó entreteniendo a mi esposa cuando estuve de viaje, y ya sabéis lo que les gusta a las mujeres la diversión. Así pues, señores, no os quepa la menor duda de que muchos de vosotros acabaréis también bailando con los cornudos de noche y de día. Así pues, caballeros, olvidad toda pena. Alegrémonos, vamos, todos los hermanos pónganse en un solo grupo.

 Acto seguido, todos los cornudos se alegraron mucho y, la verdad sea dicha, dieron gracias a Dios infinitamente diciéndose los unos a los otros:

Las justas entre hombres importantes también son comunes durante la época medieval. Información en la imagen.

-El rey Arturo es nuestro propio hermano: regocijémonos por ello.

El duque de Gloucester, en verdad, agradeció muchas veces al rey por todo y con permiso de éste se marchó a casa. En cuanto al rey Arturo, este partió con todos sus cornudos hacia Caerleon entre risas y jolgorio. Uno de los que servían al rey Arturo era el caballero Cornudo. Este hizo de este episodio una historia divertida al son de un arpa y de otros instrumentos y le puso como título su mismo nombre. Después de ello, el noble rey Arturo vivió y murió con grandes honores como muchos otros, tanto si fueron cornudos como si no. Que Dios nos conceda la gracia de ir al cielo. Amén, amén.

El texto en inglés medio (Middle English) puede encontrarse en el siguiente enlace:

http://d.lib.rochester.edu/teams/text/furrow-ten-bourdes-sir-corneus

FRAGMENTO EN INGLÉS MEDIO (MIDDLE ENGLISH) DEL CABALLERO CORNUDO.

(…) Of the best mete, withoute lesyng,
That stode on bord befor the kyng,
Both ferr and nere,
To the cokwoldes he sente anon,
And bad them be glad everychon,
For his sake make gode chere,
And seyd, “Lordynges, for your lyves,
Be never the wrother with your wyves,
For no maner of nede.
Of woman com duke and kyng;
I yow tell without lesyng,
Of them com owre manhed.”
So it befell, serteynly,
The Duke of Gloseter com in hyghe
To the courte with full gret myght.
He was reseyved at the kynges palys
With mych honour and grete solas,
With lordes that were wele dyght.
With the kyng ther dyde he duell,
Bot how long I cannot tell:
Thereof knaw I non name.
Of Kyng Arthour a wonder case,
Frendes, herkyns how it was,
For now begynnes game.
Uppon a dey, withouten lette,
The duke with the kyng was sette
At mete with mykell pride.
He lukyd abowte wonder faste:
Hys syght on every syde he caste
To them that sate besyde.
The kyng aspyed the erle anon
And fast he lowghe the erle upon
And bad he schuld be glad.
And yit for all hys grete honour,
Cokwold was Kyng Arthour,
Ne galle non he hade.
So at the last, the duke he brayd,
And to the kyng these wordes sayd
(He myght no lenger forbere):
“Syr, what hath these men don
That syche garlondes thei were upon?
That skyll wold I lere.”
The kyng seyd the erle to,
“Syr, non hurte thei have do,
For this was thrught a chans.
Sertes, thei be fre men all.
For non of them hath no gall,
Therfor this is ther penans.
“Ther wyves hath be merchandabull
And of ther ware compenabull:

Methinke it is non herme.
A man of lufe that wold them crave,
Hastely he schuld it have,
For thei couth not hym wern.
“All ther wyves, sykerlyke,
Hath usyd the baskefysyke
Whyll these men wer oute,
And oft thei have draw that draught,
To use wele the lecheres craft

With rubyng of ther toute.

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