El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Filología Literatura Traducciones

El Caballero Degaré

Traducción de José Antonio Alonso Navarro. Doctor en Filología Inglesa por la Universidad de La Coruña (España). (Segunda versión).

A Fray Leopoldo de Alpandeire, El mejor de los amigos y hermanos.

Prólogo para el caballero Degaré

La traducción y notas de la obra El caballero Degaré, constituye una importante aportación dentro de la investigación filológica tanto de la anglística y los estudios ingleses de los siglos XIII y XIV, como de como de la traductología histórica. En el marco de la anglística, por el interesantísimo estudio histórico-lingüístico que aporta el Prof. José Antonio Alonso Navarro sobre la época, los manuscritos originarios y la transmisión que ha llegado hasta nosotros; y en el marco de la traductología, por la calidad traductora de que él mismo la dota.

El estilo traductor que presenta la obra muestra una alta calidad estilística, pues, en la actividad traductora, el autor combina magistralmente la preservación de los elementos culturales inherentes a la época y al inglés medio originario de la obra, con su adaptación a un español moderno, inteligible para el lector medio. Ello permite una lectura fluida y amena de su contenido, sin por ello desaparecer en ningún momento la esencia cultural del texto.

Muestra un alto interés el hecho de poder disponer, dentro del mismo trabajo, de versión tanto inglesa como española, pues ello permite al lector acceso a ambos códigos y, con ello, llevar a cabo análisis de contenidos con carácter lingüístico y filológico en general. La versión inglesa, además, muestra la grafía originaria sin que por tanto haya mediado intervención traductora adicional, lo cual, al tiempo, facilita el conocimiento de los culturemas originarios sin mayor propuesta de interpretación que la facilitada en su día por el propio autor de la obra.

Así mismo, la obra presenta un interesantísimo estudio filológico introductorio mediante el que se da cuenta del contexto político-social en que surge la obra, interpretación histórica pormenorizada del hilo argumental y consideraciones lingüísticas de índole lexicológica sobre los recursos empleados en la labor redactora. En relación con esto último, llama especialmente la atención el inventariado onomástico de entornos cognitivos especialmente interesantes para la época, por ejemplo profesiones, referencias religiosas, toponimia, etc., inventariado que bien puede reflejar la realidad histórica y cultural no solo de la obra objeto de estudio sino también del alto y medio medievo inglés.

También cabe destacar, dentro del estudio historiográfico de la obra, la exposición clara que es llevada a cabo acerca de los manuscritos mediante los que la obra ha llegado hasta nosotros, es decir, la tradición escrita en lengua inglesa referente a la obra objeto de estudio, con especial atención al contenido y contexto de los manuscritos Auchinleck, Egerton, Manuscrito de la Biblioteca de Cambridge y Manuscrito Rawlison; así como, muy especialmente, las aclaraciones argumentales referidas a los distintos fragmentos de la obra con indicación del los hechos narrados en las distintas agrupaciones de versos.

La aportación del Prof. Alonso Navarro constituye, en definitiva, un estudio de alto interés filológico mediante el que nos descubre una obra literaria imprescindible para conocer el medievo inglés y, en el plano lingüístico, el inglés medio de aquella época.

Rafael López-Campos Bodineau, Universidad de Sevilla

El texto original del Caballero Degaré (Sir Degaré) ha sido tomado de TEAMS MIDDLE ENGLISH TEXT SERIES (A Robbins Library Digital Project) University of Rochester


Dirección de la página:

http://d.lib.rochester.edu/teams

Dirección del texto:

http://d.lib.rochester.edu/teams/text/laskaya-and-salisbury-middle-english-breton-lays-sir-degare

Editado por Anne Laskaya e Eve Salisbury

Duelo de Caballeros, pintura de historia de época romántica (Delacroix, 1824).

Texto en prosa en español de El caballero Degaré:

“Escuchad, gentiles señores,

pues hablaros he del caballero Degaré,

en una época en la que caballeros como él,

sin temer la búsqueda de aventuras,

recorrieron de aquí para allá tierras extrañas,

con el fin de tentar su valía sin parangón.

Y comienzo mi historia así:

Había una vez un rey en la pequeña Bretaña,

que era en extremo poderoso,

aguerrido en el combate,

y muy temido en el campo de batalla.

Y como que existe un Dios,

os digo que jamás pudo caballero alguno,

ni en la guerra ni en ningún torneo,

ni en justa alguna que se precie,

de un mandoble hacerlo desplomar

de su caballo o cabalgadura,

tal era su fiereza de cuerpo y alma.

Tenía este rey como única heredera,

famosa por su dulzura y hermosura,

y a la que amaba más que a su vida,

una noble y gentil hija,

por cuya causa murió la reina

al traerla a este mundo infausto.

Y alcanzada su mayoría de edad,

se acercaron a este rey sin dudarlo,

príncipes, duques y emperadores

con el fin de pedirla en matrimonio

en pos de su rica herencia,

mas el rey, firme en su respuesta,

les contestó siempre y sin demora,

que nadie se casaría con ella

a menos que en un torneo

lo derribasen de su cabalgadura

privándolo de sus dos estribos.

Muchos ya lo intentaron en el pasado,

y en el suelo dieron, pobres almas,

con sus maltrechos huesos.

Pues bien, este rey tan aventajado,

como cada año entrante,

organizó un banquete de alto postín,

en memoria de su esposa fallecida,

que había sido enterrada, tiempo atrás,

en una abadía próxima a un bosque.

Y como siempre había hecho hasta ahora,

mandó que se cantara un réquiem,

y se hiciera una misa en su nombre,

dando sustento y vestido a los pobres,

repartiendo entre ellos grandes limosnas,

y proveyendo al monasterio, sagrado recinto,

con gran abundancia de bienes.

La muerte de Harold. Detalle del tapiz de Bayeux.

Vedle ahora cabalgando hacia la abadía,

en medio del bosque soterrado,

en compañía de muchos otros caballeros,

y también de su amada hija.

Y entonces, escuchad bien la historia,

la hija de este rey de quien os hablo,

que cabalgaba junto a dos doncellas,

llamó a su chambelán custodio,

y le dijo que ella y sus acompañantes

debían desmontar de inmediato

para hacer aquello que dicta la naturaleza.

Entonces,la hija del rey y las dos doncellas

desmontaron de sus caballos,

y largo tiempo estuvieron éstas

en sus menesteres naturales,

hasta que el resto de la compañía

ya se había alejado bastante de allí.

Al emprender el camino,

las tres se vieron, ya sin remedio,

perdidas y errantes, qué calamidad,

en medio de un intrincado y denso bosque.

Y en su yerro, en lugar de ir hacia el sur,

al oeste se dirigieron sin saberlo,

hasta llegar a una tierra nunca vista,

y a sabiendas que perdidas se hallaban.

Al desmontar de sus cabalgaduras,

a grandes voces clamaron por ayuda,

mas nadie las escuchó en su infortunio.

Vedlas allí, sin saber qué hacer,

y como apretaba el sol del mediodía,

las tres doncellas buscaron refugio

bajo la sombra de un castaño.

Dos de ellas decidieron dormir,

pero la hija del rey se fue a pasear,

y en su paseo recogió flores,

y escuchó a las aves silvestres,

y en breve se adentró demasiado,

cuidado con los peligros que acechan,

en aquella tierra desconocida

sin saber dónde se hallaba.

Y al querer regresar junto a sus doncellas,

no supo qué camino tomar,

y sabiéndose perdida exclamó:

“¡Ay, Dios mío!, ahora me devorarán,

¿Adónde he ido a parar?

Las bestias salvajes del entorno

antes de que nadie de conmigo.”

Tapiz de Bayeux (hacia 1070). Detalle

De repente, escuchad, la hija del rey,

la misma hija del rey tuvo una visión:

En ella contempló a un caballero,

gentil, joven y hermoso sobremanera,

y hacia ella se dirigió, ¡Ay Señor!,

vestido todo él con rojo escarlata.

Y tanto su rostro como su cuerpo,

no cabe duda de ello,

eran hermosos a todas luces,

y su semblante afable,

y bien proporcionadas como ningún otro,

sus piernas, pies y manos.

No había nadie en el Reino, nadie, nadie,

más hermoso que él.

“Gentil doncella, ¡bienvenida!”, dijo.

“No tengáis miedo de ningún hombre.

Soy un caballero del mundo de las hadas

destinado a portar armas de combate

y montar a caballo con lanza y escudo,

y aunque solo he traído mi espada,

nada temáis, pues.

Sabed que os he amado durante mucho tiempo,

y ahora henos aquí, vos y yo, solos,

para ser mi amante antes de que partáis,

tanto si os place como si no.”

Ante ello nada pudo hacer esta doncella,

excepto llorar y tratar de huir,

mas el caballero la tomó cual presa,

nadie puedo evitarlo,

e hizo con ella cuanto quiso,

y al despojarla de su doncellez,

la hizo saber sin demora lo siguiente:

“Noble y gentil amante,

yo sé que pronto habréis de tener un hijo

que con toda certeza será un niño,

por ello tomad mi espada,

y cuando él sea mayor y esté preparado

y sea capaz de protegerse,

entregádsela y pedidle, os lo ruego,

que trate de hallar a su padre por doquier.

Ved bien esta espada maravillosa,

con ella me enfrenté a un gigante

rompiendo la punta en su cabeza,

y después, una vez muerto el gigante,

tras el arduo y ardiente combate,

saqué la punta de su cabeza y

la guardé sin dudarlo, por si es menester,

cerca de mí, en mi faltriquera.

Puede que algún día, no muy lejano,

me tope en el camino con mi hijo,

al que habré de reconocer por mi espada.

Bien, y ahora he de irme,

id, pues, con Dios.”

Y al terminar de hablar,

el caballero desapareció tal como vino.

Entre sollozos, la doncella tomó la espada,

y se marchó de vuelta, sin parar de llorar,

hacia donde se hallaban sus doncellas,

que continuaban dormidas ajenas a todo.

Y ocultando la espada como pudo,

las despertó con gran apuro,

y las hizo montar a caballo sin demora,

y en seguida se pusieron en marcha.

Poco tiempo después, prestad atención,

vieron cabalgar, en verdad, a toda prisa,

a dos escuderos enviados por el rey:

buscar a su hija pretenden.

En breve los escuderos la mostraron,

con gran diligencia, el camino a tomar,

y hacia la abadía partió ella alegremente.

Allí pudo cumplir sus deberes religiosos,

asistiendo a misa y haciendo sus ofrendas,

qué gran generosidad la suya,

y al término de la misa,

pasadas las nueve de la noche,

el rey partió hacia su castillo,

con su hija cabalgando a su lado.

De él nadie ha de decir, escuchad bien,

que no es un buen rey,

pues su reino gobierna con firmeza.

Y mientras todos expresaban su alegría,

la hija del rey sollozaba lastimeramente.

Y ahora, prestad atención de nuevo:

cuánto más comenzó a crecer,

¡Ay destino!, su barriga con el tiempo,

mas trató ésta de ocultarse, como pudo,

de la vista de todos y todas.

Y un día, mientra lloraba sin consuelo,

una de sus sirvientas le preguntó:

“Señora, ¡por el amor de Dios!

¿Qué os ocurre, que así lloráis?”

Detalle del tapiz de Bayeux (c. 1070).

Y en respuesta, ésta le dijo así:

“¡Ay, noble doncella!, ¡ayudadme!,

os lo ruego, o será mi ruina.

Aunque en el pasado fui inmaculada,

ahora me hallo esperando un niño,

y si alguien de ello se diera cuenta,

pensará que fue mi padre,

sin duda alguna, quien lo engendró.

Y en verdad os digo,

que con varón alguno jamás yací.

Y si él mismo se percatara de ello,

tan grande será la congoja que lo abata,

que la luz de sus días se hará noche,

pues tal es la dicha que halla en mí.

Y sin demora refirió a su sirvienta,

esto que os digo es verdad,

todo cuanto le había sucedido atrás.

“Señora”, dijo la criada, “perded cuidado,

daréis a luz sin que nadie lo sepa,

exceptuando vos y yo misma”.

Y llegado el momento, por fin,

esta dio a luz un niño sano,

la vida prosigue,

que la colmó de gran alegría.

Y sin descuidar los cuidados de la madre,

la sirvienta envolvió al niño en pañales,

y lo puso de inmediato en una cuna,

mas antes de partir de donde estaban.

Y después, por si servía de ayuda,

la madre puso oro y plata, no os miento,

bajo los pies del niño, tierno infante.

Y luego, atended, tomó un par de guantes,

pero no de este mundo terrenal,

sino de la mismísima tierra de las hadas,

regalo sobrenatural de su caballero,

guantes que a nadie quedarían bien,

excepto a ella, a ella solamente.

Y tras poner los guantes bajo su cabeza,

escribió una carta, y con hilo de seda,

no podría ser de otro modo,

la cosió alrededor del cuello sin dilación,

para quien encontrara al niño sin más,

ved qué puede deparar el destino,

conociera su historia y procedencia.

Y ¿Qué decía la carta? ¿Qué decía?

Escuchad bien, ésta decía así:

“Por el amor de Dios, sabed que,

quien con buen corazón halle a este niño,

indefenso, como está, en el camino,

que lo haga bautizar por un sacerdote,

y lo críe como es debido,

pues de noble alcurnia es.

Que se le dé para su bien,

Y por derecho, así debe ser,

el tesoro que guarda bajo sus pies,

y cuando cumpla diez años,

que se le entregue estos dos guantes,

y se le pida, allí donde vaya,

que no ame a mujer alguna en el mundo,

sin antes probar en ella tales guantes,

sólo a una, y no será de otra manera,

le quedarán bien tales guantes,

que será, sin duda alguna, a su madre,

aquella que le dio la vida.”

Y en esa larga y despejada noche invernal,

adornada por la luz de la luna,

la doncella tomó al niño consigo,

y se acordó entonces de una ermita,

vedla situada en una peña,

en la que moraba un santo varón.

Hasta allí se fue a toda prisa,

y al llegar a ella resoplando,

el aliento le faltaba,

dejó la canastilla con el niño en la puerta,

y sin querer permanecer allí largo tiempo,

se marchó del lugar en cuanto pudo,

y a su llegada al castillo la segunda noche,

halló toda abatida a su señora,

que lloraba y sollozaba que daba pena,

y a ella refirió todo cuanto había sucedido.

Ahora vamos con el ermitaño,

ved cómo ha madrugado éste con su criado

para asistir juntos a maitines,

así es cómo se sirve a Dios y a sus santos.

Al escuchar ambos al recién nacido,

sin pensarlo dos veces con urgencia,

el niño espera, el niño espera,

clamaron por ayuda,

y tras abrir la puerta el santo varón,

halló a su entrada la canastilla.

Detalle del tapiz de Bayeux (c. 1070).

Entonces levantó la manta que lo cubría,

contempló de buena gana al niño,

y leyó el escrito que este tan bien guardaba.

Y con el niño y la carta en ambas manos,

el ermitaño dio gracias a Dios por todo,

llevó al niño a la capilla

e hizo sonar la campana de alegría.

Después ocultó los guantes y el tesoro,

y con gran solemnidad bautizó al niño

en nombre dela Sagrada Trinidad,

y le puso de nombre de Degaré,

que significa “casi perdido”.

Este santo ermitaño tenía una hermana,

y esta estaba casada, qué buen augurio,

con un rico mercader de aquel país,

y a ella le envió, con su criado, el niño,

sin olvidar el tesoro que éste portaba,

rogándole que cuidara de él,

y pidiéndole a Dios diez años de vida,

así era la fe del santo varón,

para enseñarle algún día, escuchad bien,

las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia.

Y así es como el pequeño Degaré,

¡Qué gran milagro!

Fue conducido a la ciudad,

y aquella mujer y su esposo, por igual,

lo criaron como a un hijo suyo.

Y para cuando cumplió los diez años,

este ya se había convertido, vedlo ya,

en un niño hermoso y valiente,

bien criado y cortés,

y sin par en todo el país.

Y en todo ese tiempo, como había de ser,

siempre creyó que, en verdad,

aquellos dos eran sus padres verdaderos,

y que el ermitaño era su tío,

y al cabo de los diez años,

fue enviado de vuelta con el ermitaño,

que al ver al muchacho,

se alegró sobremanera,

de tan hermoso y noble que era.

Y como estaba previsto,

aquel le enseñó las enseñanzas de Dios

durante diez años más,

y cuando cumplió los veinte años,

se había hecho tan fuerte

que difícilmente pudo encontrarse alguien,

tan cierto como la fe,

capaz de resistir uno de sus mandobles.

Entonces el ermitaño le dijo, creedlo,

que ya era un hombre de verdad,

capaz de valerse por sí mismo,

y para su edad, un estudiante excepcional,

y le entregó sus monedas y sus guantes

que había guardado para su crianza,

menos las que se había gastado en ella.

También le hizo entrega de la carta,

y al leerla, el  joven dijo:

“Por Dios, querido tío,

¿se escribió esta carta para mí?”

“Así es”, respondió el ermitaño,

“¡Por los clavos de Cristo!”

Y sin demora, éste le contó todo.

Al escuchar la historia de principio a fin,

el joven se puso de hinojos sin pensarlo,

y tras agradecer al ermitaño sus cuidados,

juró que no descansaría un instante,

la verdad sea revelada,

hasta haber encontrado a su familia,

pues en la carta estaba escrito, señores,

que por los guantes hallaría a su madre.

Luego dio al ermitaño la mitad del dinero,

tomando para sí mismo la otra mitad,

y cuando a punto estaba, vedlo también,

de emprender su camino,

el ermitaño le dijo: “¡Deteneos!,

sin un caballo y sin una buena armadura,

no podréis buscar a vuestra familia jamás.”

“¡Claro que no, por Dios!”, respondió,

“pero otra cosa habrá de servirme”.

Y en seguida arrancó un roble joven

que daba miedo verlo,

con un solo golpe con él, no lo dudéis,

podría tirar al suelo al más fuerte

y pertrechado caballero.

Finalmente, tras encomendarse a Dios,

el joven Degaré, entre lágrimas,

se despidió del ermitaño y se marchó,

viajando por el bosque todo el camino

sin ver ni escuchar a nadie, en verdad,

hasta bien pasada la hora nona.

Entonces escuchó un gran estrépito,

con seguridad procedía de un valle,

y hasta allí se dirigió a toda prisa

para ver qué era todo aquel barullo.

Allí observó a un conde de aquel país,

robusto y de gran fiereza,

acompañado iba de un caballero

y de cuatro escuderos nada menos,

todos ellos habían perdido a sus perros,

¡qué gran infortunio!,

después de cazar uno o dos ciervos.

Detalle del tapiz de Bayeux (c. 1070).

También reparó en un terrible dragón,

la ponzoña y el mal llenaban su vientre,

poseía una enorme garganta

y dientes gigantescos y,

¡cerrad bien los ojos!, os lo ruego,

sombrías alas con las que abatir

a sus enemigos sin remedio.

Cual león tenía patas también,

y qué cola más larga y grande movía,

ved cómo sale el humo de su nariz

como fuego de una chimenea.

Caballero y escuderos, qué gran pesar,

fueron heridos mortalmente,

y hombres y caballos, sin piedad,

enviados con Doña Muerte.

Pronto fue el dragón a acometer al conde,

este con valentía se defendió

con su espada desenvainada

cual jabato a los cuatro vientos,

propinando al dragón fuertes golpes,

¡oh, Señor!, que nada le hacían,

pues su piel era tan dura como el acero.

El pobre conde entonces, para bien suyo,

decidió huir como pudo,

mas el dragón continuó la acometida,

y de súbito, en tan ardua batalla,

el valiente conde vio al joven Degaré.

“¡Socorro!”, gritó el conde, “¡por piedad!”,

y al ver el dragón aproximarse al joven,

dejó al conde y se aproximó hacia él

resoplando y bufando que daba espanto,

y abriendo sus terribles fauces

como si fuera a engullirlo.

Pero Degaré, que era más fuerte,

agarró su largo y enorme roble,

y en su frente lo golpeó sin piedad

esparciendo sus sesos por la tierra,

y haciéndolo desplomar en seguida,

mas sin rendirse aún, con su cola, vedlo,

golpeó con gran fuerza a Degaré,

y lo puso boca abajo sin remedio.

Que nadie se aflija, no haya pesar,

Degaré se levantó como un hombre,

y con su garrote, triunfante,

rompió cada hueso del dragón

hasta matarlo, por fin.

Luego el conde con humildad se arrodilló,

agradeció al joven por su vida

y en seguida dispuso, ¡Bendito sea Dios!,

que lo acompañase a su castillo.

Y allí lo agasajó y ofreció cuanto tenía,

rentas, riquezas, y también tierras

que en sus manos puso con alegría.

Después Degaré dijo así:

“Traed primero ante mí a vuestra señora

y también al resto de las damas nobles;

traedme a las doncellas y a las viudas,

sean éstas jóvenes o viejas;

traedme a cuantas dulces damiselas,

atended bien, tengáis en la corte.

Si a alguna de ellas le quedasen bien,

esto es muy importante,

los guantes que aquí traigo,

entonces tomaré, de buen grado,

las tierras que me ofrecéis.

En caso contrario me despediré

y me iré por donde vine.”

De esta manera fueron convocadas,

buscadas por varios lugares

y traídas hasta allí, portento,

mujeres de toda condición,

mas ninguna pudo ponerse los guantes,

a ninguna le quedaron bien, esto sucedió.

Degaré tomó sus guantes y se fue,

mas antes de que ello aconteciera,

qué nobleza la suya la de aquel conde,

este regaló a Degaré un hermoso corcel,

una rica y costosa armadura,

un palafrén de buen ver,

un muchacho que de escudero le sirviera

y una reluciente espada sin igual.

Y escuchad bien esto, señoras y señores,

también nombró caballero a Degaré,

y jurando por el Altísimo,

exclamó de aquél con gran ímpetu,

en los anales algún día esto aparecerá,

que era más digno de montar un caballo

y de portar armas de caballero,

que ir por ahí esgrimiendo un garrote.

Después, lleno de júbilo y dicha,

el caballero Degaré, harto agradecido,

saltó sobre su palafrén y tomó su camino.

Montando sobre el corcel iba su escudero,

que llevaba las armas como podía,

y tras un largo viaje cabalgando,

se toparon ambos con personas de lustre,

entre ellos, condes y barones de talla

que venían de una ciudad amurallada.

Luego, reparando en un hombre de armas,

Degaré le preguntó de dónde venían,

y qué noticias traían hasta allí.

“Señor”, respondió éste sin dudarlo: 

“Venimos de una asamblea,

a consejo llamó el rey por un grave asunto,

y en plena sesión anunció,

por todo lo alto y ancho del reino,

que aquel caballero que tan valiente fuera,

esto que os digo es verdad,

de combatir contra él en justa y vencerlo,

al carecer de heredero,

obtendría a su hija en matrimonio,

además de todo su rico reino en heredad.

Más nadie osó alzar la voz,

pues muchos lo intentaron y perdieron,

incluyendo unos tantos condes y barones,

y caballeros y escuderos de renombre.

Aquellos que contra él lucharon en justa

salieron humillados y muy mal parados.

A algunos rompió el cuello y el espinazo

y a otros hirió de gravedad con la espada,

sabed que nadie puedo derrotarlo,

tal es la buena fortuna del rey.

Detalle del tapiz de Bayeux (c. 1070).

Entonces el caballero Degaré pensó así:

“Soy un hombre aguerrido,

dueño de mi propio corcel,

soy un caballero con espada y lanza,

pertrechado con una armadura,

si doy con los huesos del rey en el suelo

tendré fama y gloria para siempre,

y si el rey me derrota a mí,

nadie sabrá dónde he nacido,

así que tanto si me espera vivir o morir

contra el rey combatiré, que así sea”.

En la ciudad el caballero buscó hospedaje

y allí descansó y se regocijó,

y cuando fue propicia la ocasión

hacia el rey se dirigió y se arrodilló ante él,

y le dijo esto que os refiero:

“Poderoso Rey, mi señor aquí me envió,

habiendo escuchado vuestra proclama,

para deciros que, con vuestro permiso,

luchará contra vos en una justa,

y así ganar, si lo merece, a vuestra hija”.

“¡Por Dios!”,decidle que es bienvenido,

y no importa si es barón o conde,

de la ciudad o del campo,

contra todos combatiré en justa,

a nadie, doy mi palabra, rechazaré,

y aquel que gane en combate,

obtendrá todo lo prometido.”

Al día siguiente se prepararon las justas,

y a tal efecto se pertrechó muy bien el rey,

y Degaré, que a nadie conocía,

se puso en manos de Dios Nuestro Señor.

Muy temprano a la iglesia acudió,

y a la misa asistió con devoción,

y como buen caballero que era,

al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,

doy fe de ello ante todos,

ofreció una moneda a cada uno.

¡De buena gana rezó el sacerdote por él!

Y cuando la misa hubo terminado,

a su alojamiento regresó sin demora,

pues había que preparar las armas de la justa.

Y hecho esto, montó en su caballo y se fue.

¡Qué bien le acompañaba su escudero!,

lanza en ristre para dársela en combate.

En el campo de batalla ya estaba el rey,

y a su lado muchos caballeros de valía,

juntos habían llegado con gran porte,

¡qué gran espectáculo prometía!,

procedentes de la ciudad amurallada.

Quienes ese día se hallaban allí, oíd,

dijeron que nunca habían visto,

tan cierto como que hay Dios,

un caballero tan distinguido como Degaré,

mas nadie sabía de dónde había venido.

El torneo ha comenzado ya,

y Degaré nada sabe de justas y torneos,

el rey, en cambio, hábil en el combate,

portando la lanza más grande,

y dispuesto a partirle el cuello a Degaré,

a su yelmo lanzó tan terrible mandoble,

que la lanza se hizo astillas.

¡Qué gran resistencia la de Degaré!

Nada le hizo el golpe, ¡qué gran portento!,

y en su cabalgadura permaneció,

firme y erguido en los estribos.

“¿Qué es ésto?”, se preguntó el rey,

“nunca antes había sucedido, ¡por Dios!,

que alguien siguiera cabalgando

tras mi descomunal embestida.”

Pronto tomó una lanza aún más grande,

y jurando por su vida dijo así:

“Si su cuello no rompo en dos,

antes de que me marche de este lugar,

entonces le romperé el espinazo.”

Y con gran ímpetu, escuchad bien,

hacia él cabalgó de nuevo,

y pensando en derribarlo de la silla,

golpeó sin vacilar el esternón de Degaré,

pero la resistente lanza se quebró,

y el caballo de Degaré se encabritó,

cuidado, y este a punto estuvo de caer,

mas en seguida recobró el equilibrio,

y fuera de sus casillas, como un loco,

y alterado el curso fijado,

el caballero Degaré exclamó:

“¡Por Dios!, ¡qué malicia la del rey!

Dos veces me ha golpeado este,

Y yo aún no le he tocado.

¡Más vale que actúe mejor ahora!”

Roberto de Gloucester y su esposa Mabel en una ilustración de Founders’ and benefectors’ book of Tewkesbury Abbey (c. 1500-1525). Una imagen que muestra cómo se veían los reyes en la era medieval.

Y con mucha rabia en su corazón,

volteó su corcel para enfrentarse al rey,

y tan fieros fueron los golpes propinados, 

ved como resuenan en los escudos,

que las lanzas se hicieron añicos.

Quienes fueron testigos de aquella justa,

todos ellos señores de gran porte,

maravillados quedaron de ella,

y dijeron que nunca habían visto a nadie,

tras recibir un mandoble del rey,

resistir tanto en una justa festiva.

“¡Qué caballero más valiente!”, dijo uno,

“de ello no hay duda ninguna”.

Mas el rey, avinagrado como nunca, dijo:

“¡Traedme una lanza más resistente!

¡A fe mía, que a este lo derribo hoy yo!

Y aunque sea más fuerte que Sansón,

aunque sea el mismísimo diablo,

lo venceré a pesar de su fuerza.”

Y dicho esto, el rey, sin vacilar,

tomó una enorme y larga lanza.

El joven Degaré tomó otra, escuchad bien,

y al rey enfrentó a mitad de camino.

El soberano se tambaleó entonces,

y Degaré aprovechó, con su fiera lanza,

bien afilada para tal ocasión,

para golpearlo con fuerza, ¡oh, Señor!,

en la correa del escudo.

Ya no había escapatoria, no,

la suerte del rey estaba echada.

A pesar de que el rey era fuerte,

y se aferró a su caballo con firmeza,

fue tal la fuerza de aquel mandoble,

que el caballo se encabritó sin remedio,

y dio con el rey en el suelo.

¡Cuántos juramentos y votos hizo éste!

¡Cuánto griterío se escuchó en aquel lugar!

El rey, avergonzado, en el suelo quedó.

A toda prisa llegaron sus caballeros,

y al rey pusieron de nuevo en su montura,

mientras gritaban con brío:

“¡El joven Degaré ha ganado la justa!”

Triste se quedó después de ello la hija del rey,

pues bien sabía esta que sería la esposa,

para bien o para mal,

de alguien al que nunca había visto,

y de quien no sabía ni dónde había nacido.

Y entonces le dijo el rey a Degaré:

“Noble hijo mío, venid aquí,

dejad que os diga lo siguiente:

Sois noble de porte, no hay duda,

y como poseéis una enorme fuerza,

grandes hazañas estáis destinado a acometer,

por ello juzgo que el porvenir de mi reino,

Dios lo quiera así, está asegurado,

mi palabra, pues, habré de cumplir.

Detalle del tapiz de Bayeux (c. 1070).

Escuchad, ante mis valientes barones,

os entrego a mi hija, aquí la tenéis,

junto con todas mis tierras,

y os digo que, después de mí,

habréis de convertiros en rey.

Dios ha hecho de vos un buen hombre.”

Qué alegría sintió entonces el joven,

y cuán agradecido se mostró al rey.

Tras suntuosos preparativos y gran boato

a la iglesia fue conducido, escuchad bien,

para desposarse con aquella señora

al amparo del Santo Sacramento.

¡Ay, Señor!, ved qué destino depara, ¡ay!,

a quienes se topan con gentes ignorantes

y se casan por cualquier bagatela,

sin saberlo, con un pariente cercano.

Eso es lo que le sucedió a Degaré,

él se casó con su propia madre,

y esa noble dama con su propio hijo,

aquel a quien dio a luz un día.

Ahora escuchad bien lo que les sucedió,

mas Dios, que todo dispone,

impidió que incurrieran en pecado.

A la iglesia, como os digo, fueron los dos,

y con ellos valientes barones.

¡Qué gran banquete se celebró después!

Y bien entrada la noche

la pareja se marchó al lecho nupcial,

y allí, os cuento qué ocurrió,

el caballero Degaré se quedó pensativo,

y recordó cómo aquel santo ermitaño,

recordadlo vosotros también,

le advirtió que ninguna mujer tomase,

ni por su hermosura ni por sus riquezas

sin probar antes en ella aquellos guantes.

“¡Ay, ay! ¿Qué desgracia me ha sucedido?

¿Cómo he sido tan necio y sin seso?”, dijo,

“he preferido este reino, lo reconozco,

antes que marcharme de aquí.”

Después, para asombro de muchos,

entre lamentos se retorció las manos.

El rey escuchó tras las puertas,

algo inusual acontecía y le preguntó:

“Caballero Degaré, ¿qué os sucede?

¿Hay algo que os haya disgustado?”

“¡Oh, mi señor!, así es, algo me inquieta,

nunca podré estar con mujer alguna,

ni viuda, ni casada, ni doncella,

sin antes probar en ella estos guantes.”

Cuando la joven novia esto escuchó, ¡ay!,

mudó su humor  y su rostro se ruborizó,

aquellos guantes eran los suyos.

“Noble señor, mostradme tales guantes”.

Y tomando los guantes se los probó,

y al quedarles bien, de hinojos cayó,

“¡ay, señor, piedad, tened piedad de mí!

Vos, hijo mío, aquí me habéis desposado,

a mí, hijo mío, que soy, escuchad bien,

vuestra querida madre.

Detalle del tapiz de Bayeux (c. 1070).

Una vez os perdí y ahora os he hallado,

¡bendito sea Jesús por ello!”

Ved cuán dichoso está el caballero,

a su madre ha tomado en brazos,

ved cómo la besa y la abraza una y otra vez.

El rey, pasmado, escucha llantos y lloros,

no son tales ruidos, qué gran verdad,

los propios de una noche de bodas.

“Hija, ¿qué son esos llantos?”

“Padre”, respondió ésta, ¡“escuchad!:

Siempre creísteis que doncella fui,

mas no fue así, doncella no soy,

hace veinte años que en un bosque,

cuánto tiempo ha pasado ya,

la doncellez perdí sin remedio,

y quien conmigo ahora está es mi hijo,

bien lo sabe Dios Nuestro Señor,

por estos guantes supe la verdad.”

Y allí, en su lecho, toda su historia contó,

cómo fue engendrado el niño y dónde,

cómo nació y cómo fue llevado a la ermita,

y cómo desde entonces nada supo de él.

“Gracias a Jesús, Rey del Cielo,

he hallado con vida a mi hijo”,

y no sólo soy su madre, sabedlo todos,

sino su esposa también”.

Así dijo la dama emocionada.

“Querida madre”, dijo Degaré,

“decidme, os lo ruego, ¡por caridad!

¿Adónde he de partir para hallar,

deseoso estoy de ello,

a quien he de llamar padre?” 

“Hijo”, respondió la dama,

“¡por Nuestro Señor!, nada puedo deciros,

mas antes de partir esta espada me dejó

y me encomendó la tarea de entregárosla

si es que os hallaba con vida, como ahora,

y hecho ya todo un hombre.”

Y sin decir más la espada trajo,

qué bien la desenvainó Degaré,

grande, larga y pesada era,

en aquel reino no se había visto una igual.

Entonces dijo Degaré:

“¡Qué gran hombre aquél que la posea!

Ahora la llevaré conmigo,

y juro que no he de descansar,

ni de noche ni de día,

hasta haber encontrado a mi padre,

si ello es voluntad de Dios.”

En la ciudad pernoctó toda la noche,

y al día siguiente, con el alba,

se levantó, escuchó misa,

se preparó y partió.

Nadie de aquella ciudad cabalgaba con él,

solo le acompañaba su escudero,

así tenía que ser según la historia,

para cuidar de su armadura y corcel.

Y cabalgando y cabalgando,

¡qué gran jornada la suya!

tanto se adentró hacia el oeste,

¿cuál sería su fortuna?,

que llegó hasta aquel antiguo bosque,

allí donde una vez fuera engendrado.

En su interior muchos días cabalgó,

y ningún animal doméstico halló,

tan solo animales silvestres y aves

que en lo alto cantaban plácidamente.

Y ya bien entrada la noche,

con el ocaso a la zaga y algo errante,

hacia una ciudad se dirigió.

Entonces vio un río de aguas cristalinas,

y en mitad del mismo un castillo,

ninguna otra morada,

hecho de piedra y argamasa.

A su escudero le dijo: “Lo que sea, será,

no daré un paso más,

sino que aquí nos quedaremos

y preguntaremos quién vive allí.”

Hacia el río se dirigieron prestos,

bajado estaba el puente del castillo,

y su puerta permanecía abierta.

Después de entrar en él, otra aventura empieza,

Degaré dejó el corcel en el establo,

y después ató el palafrén.

¡Cuánto heno y avena había allí!

Tras ordenar a su mozo, así fue,

poner sus cosas a buen recaudo,

entró en el salón del castillo,

miró a su alrededor y llamó,

mas nadie apareció.

Detalle del tapiz de Bayeux (c. 1070).

En su centro había un fuego encendido,

intenso y vigoroso como el que más,

“a fe mía”, dijo, “seguro estoy, sin duda,

que quien ha encendido este fuego

acudirá aquí esta noche.

Me quedaré, pues, un rato más.”

Se sentó entonces el caballero en la mesa

y se calentó todo lo que pudo en el fuego,

y de repente he aquí lo que ocurrió:

cuatro damiselas se asomaron por la puerta,

nobles y bien nacidas, no hay duda,

sus piernas descubiertas hasta las rodillas.

Dos portaban arcos y flechas,

Y las otras dos cargadas venían,

¡qué festín para los ojos!

con ricos y deliciosos venados.

El caballero Degaré se puso de pie

y las saludó con gran cortesía,

mas las damas nada respondieron,

a una cámara se dirigieron en cambio

y en seguida cerraron la puerta tras de sí.

Al cabo de un rato en el salón,

nos hallamos en un castillo encantado,

un enano de menos de un metro entró,

ceñudo y fiero era su rostro,

y tenía la barba y el cabello encrespados,

y como la cera, oíd, de color amarillo.

Sus hombros eran anchos y cuadrados,

enano más robusto nunca se había visto.

Sus pies y manos eran tan grandes,

¿quién exagera?

como los de un gigante,

mas estaba, eso sí, bien ataviado,

y sus zapatos eran los propios,

¿quién puediera creerlo?

de un caballero bien formado.

Encima tenía puesta una sobreveste,

vedla vosotros mismos,

toda ella forrada de blanco.

El caballero Degaré lo miró de cerca,

¡curioso personaje!

y sin evitar reírse a carcajadas

lo saludó con cortesía,

mas el enano no profirió palabra alguna,

se limitó a preparar los caballetes,

poner la mesa, encender las antorchas,

y prepararse para la cena.

Entonces salió de la recámara,

¡qué gran sorpresa!

una dama de alta alcurnia,

la más hermosa entre todas las damas.

Tenía puesto un vestido estampado

e iba acompañada de diez doncellas;

algunas vestían de escarlata

y otras de color verde,

¡qué maneras tan gentiles!

¡Qué semblantes tan dulces!

Degaré las saludó como corresponde,

mas estas nada respondieron,

tan solo sin demora a cenar se fueron.

El caballero pensó:

“Yo las saludé, y ellas no lo hicieron,

eso es una gran verdad,

mas a menos que sean mudas,

ellas han de hablar primero”.

La dama de rostro más resplandeciente,

bien os lo relato de memoria,

en medio de la mesa se sentó en seguida.

El enano, ¡qué gran presteza la suya!,

sirvió a todas con ricas carnes,

y a todas llenó la copa con gran brío.

El caballero Degaré, por cortesía,

se sentó delante de esa dama principal,

y tomando un cuchillo trinchó la carne,

mas apenas probó bocado,

pues extasiado quedó contemplando,

de lo hermosa que era,

a aquella noble hembra,

por quien su corazón y alma,

así es el amor,

sin remedio ya había empeñado.

Al término de la cena,

todas ya satisfechas,

el enano retiró la mesa,

las damas se lavaron,

y a su cámara pronto se retiraron.

Degaré las siguió hasta allí dentro.

La dama se sentó en su lecho,

y a sus pies se puso una doncella,

¡Vedla allí tan delicada!,

para tocar el arpa dulcemente,

mientras otra vino y especias traía.

El caballero en el lecho se sentó,

escuchar la música del arpa quería,

y tan placentera era, no hay duda,

que el sueño lo invadió,

y allí se quedó durmiendo toda la noche.

La dama lo arropó para que no se enfriara,

y una almohada bajo su cabeza colocó,

después se fue también a la cama.

Tapiz de Bayeux (hacia 1070). Detalle

A la mañana siguiente, al alba,

la dama, que ya estaba levantada,

lo despertó y le dijo:

“Levántaros, pronto, vestiros, e idos!

¿No os da vergüenza?

Toda la noche dormisteis

y a ninguna de mis doncellas guardasteis.”

“¡Oh, gentil señora!”, respondió Degaré,

¡por el amor de Dios!, ¡perdonadme!

La agradable música del arpa,

ella fue la culpable,

hizo que me durmiera,

sino no hubiera incurrido en tal falta.

Y ahora decidme, si os place,

antes de que salga de esta cámara,

¿quién es el señor de estas tierras?

¿quién este castillo gobierna?

Y si sois viuda o esposa,

o quizá,si sois una doncella de casta vida.

Decidme, os lo ruego,

¿por qué hay tantas mujeres solas,

sin varón alguno que las guarde?

La dama comenzó a sollozar,

grande era su pesar,

abundantes sus lágrimas.

“Señor, con sumo agrado todo os contaría,

mas ¿de qué ha de servirme?

Mi padre un rico barón fue,

dueño de torres y ciudades,

a nadie tenía, más que a mí,

yo habría de ser su única heredera.

No me faltaron, como pretendientes,

caballeros y escuderos de valía,

ni tampoco hombres de gran destreza,

¡qué grandes y fuertes eran!,

que sirvieran con ímpetu en la corte.

Mas entonces apareció un caballero,

poderoso, por todos conocido,

hombre de tanta fuerza no hay,

os digo la verdad, ¡a fe mía!,

en toda Bretaña de cabo a rabo.

Durante mucho tiempo me amó,

mas nunca sentí nada por él,

y cuando vio que nada conseguiría,

con malas artimañas trató de raptarme.

Mis caballeros acudieron a defenderme,

y a él se enfrentaron en feroz lucha,

mas de nada sirvió,

a los mejores paladines, ¡honor y gloria!,

él mató el primer día,

y al resto, el segundo, el tercero,

y ¡válgame Dios!, el cuarto,

todos ellos entre los mejores caballeros.

Y a mis fornidos escuderos,

que en grupos de cuatro y cinco,

a caballo y bien pertrechados,

juntos salieron con ánimo,

mató con sus propias manos.

A todos mis hombres de valía mató,

sin contar a muchos de mis pajes.

Vivo ahora con gran pesar,

pues pienso que pronto vendrá a por mí”.

Nada más decir esto,

la infeliz dama se desmayó,

y a ella acudieron para auxiliarla,

todas sus leales doncellas.

Cuánta lástima tuvo de ella Degaré.

“Dulce señora”, dijo sin dudarlo,

“para defenderos heme aquí.

Yo os ayudaré con todas mis fuerzas.”

“Señor”, respondió entonces la dama,

“en vuestras manos, mi palabra empeño,

pondré todas mis tierras,

y yo seré vuestra sin condiciones,

si de tal caballero me libráis.”

Degaré se alegró de luchar por ella,

y más se alegró de pensar que,

si mataba a su rival y enemigo,

pronto tendría a aquella hermosa dama.

Y mientras así hablaban,

he aquí que una doncella,

turbado su ánimo y descompuesta,

se puso a gritar con gran fuerza:

“¡Ya se acerca nuestro enemigo!

Ved con cuán rapidez cabalga.

Subid el puente y cerrad la puerta,

o a todas pasará a cuchillo.

El caballero Degaré, sin pérdida de tiempo,

a un ventanal se acercó y desde allí divisó,

montado a caballo y muy bien armado,

al más hermoso caballero;

nunca antes había visto a nadie como él.

Degaré se puso su armadura con rapidez

y montado en su corcel partió a luchar.

Ved su lanza de gran valor,

ved cómo cabalga contra el otro caballero.

En el lance Degaré, qué gran fuerza,

hizo pedazos la lanza del caballero.

Fue tan descomunal su embate,

a su enemigo embistió con tanta fiereza,

que en dos partió su caballo,

y ambos, montura y caballero,

al suelo cayeron sin remedio,

mas en seguida se levantó el caballero,

y desenvainando su fulgente espada dijo:

“Desmontad, pronto, luchad en tierra”.

A mi corcel habéis dado muerte,

en prenda recibiréis por ello, os lo aseguro,

un mandoble que al otro mundo os llevará.

Yo no mataré al vuestro,

mas a pie habré de luchar.”

Y luchando a pie, sin caballos en derredor,

las espadas, ambas de gran resplandor,

chocaron y resonaron con gran estrépito.

Qué fieros fueron los golpes propinados,

cascos y escudos en dos se partieron.

La armadura del caballero se hizo añicos,

¡qué gran afrenta recibida!

por ello en pago, así actuó este,

propinó a Degaré un fuerte golpe,

y al suelo lo derribó con toda su armadura,

mas en seguida se incorporó Degaré,

y tal golpe dio al caballero en la cabeza,

que casco, cabeza y bacinete atravesó,

ved el horror de tal escena,

y al pecho alcanzó en toda su crudeza.

Muerto yace ahora, sin duda, el caballero.

La dama, que en la almena yacía,

otéo la batalla de principio a fin.

Tapiz de Bayeux (hacia 1070). Detalle

Nunca desde ese día había sido más feliz,

y tras agradecer a Dios cuanto pudo,

y al hacer el caballero Degaré,

¡qué gran triunfo para la caballería!,

su entrada en el castillo,

al instante se fue hasta él.

¡Cuánto le agradeció su hazaña!

Después a su cámara le condujo,

allí le quitó las armas,

y tras colocarlo en su lecho, le dijo:

“Señor, os lo ruego, quedaos conmigo,

todas mis tierras os daré,

y yo seré vuestra para siempre.”

“Gran merced me hacéis”, dijo Degaré,

con todo aquello que me ofrecéis,

mas deseo viajar a otras tierras,

muchas aventuras me esperan aún.

Dentro de un año regresaré con vos.”

Mucho lloró la dama ante su partida,

mas antes le dio un buen corcel,

oro, plata, y una buena armadura,

y tras ello, le encomendó a Dios.

¡Cuán tiernamente lloraron ambos!

Muchos países recorrió entonces Degaré,

siempre cabalgando hacia el oeste.

En una ocasión, en el valle de un bosque,

con un esforzado caballero se topó,

qué ligero corcel y cuán ricas sus armas.

Su escudo era de color azul celeste,

y en él se veían grabadas, no os miento,

con el mejor oro, a fe mía,

las cabezas de tres verracos.

Sin demora y con la mejor de las cortesías

saludó Degaré a aquel caballero.

“Señor, ¡qué Dios os acompañe!”

Mas el caballero le respondió:

“¿Qué hacéis aquí en mi bosque, villano,

¿cazando mi venado?”

Con dulzura le respondió Degaré:

“Señor, no persigo vuestros ciervos,

pues soy un caballero aventurero,

mi meta es guerrear y combatir.”

El caballero le respondió entonces:

“Pues si luchar es lo que deseáis,

habéis encontrado a vuestro rival.

¡No perdáis el tiempo y armaros aquí y ahora!”

El caballero Degaré, ayudado por su escudero,

se puso una magnífica y vistosa armadura.

Se colocó primero un valioso casco,

¡cuántas piedras preciosas tenía!

Un presente de la doncella había sido,

sin duda alguna para batallar serviría.

Después, alrededor del cuello, vedlo,

un majestuoso escudo se colocó,

¡qué ricos adornos tenía!

Ved las cabezas de tres doncellas,

ved cómo relucen con fulgente plata,

y ved pintadas en oro sus espléndidas coronas.

También tomó Degaré una gran lanza,

¡qué bien afilada estaba su punta!

Su escudero hizo lo mismo,

tomó otra lanza y se acercó a su señor.

¡Qué gran aventura aconteció!

Padre e hijo en bravo combate entraron,

sin saber quién era uno y quién era otro.

El caballero Degaré tomó la iniciativa,

¡qué porte!, ¡qué gallardía!,

contra su padre dirigió su lanza sin tregua,

verle desplomado en el suelo quería,

mas el golpe fue a parar al escudo,

rompiéndose la lanza en mil pedazos,

y quedando su punta en el escudo.

En la segunda justa, ¡abrid los ojos!,

ambos tomaron una nueva lanza,

grandes y largas, nunca antes vistas,

y nuevamente se embistieron con fuerza,

mas ninguno cayó al suelo.

Sus golpes fueron tan fieros, sin duda,

que en dos se partieron sus corceles.

La lucha continuó, no empero, en el suelo,

con sus fulgentes y bravas espadas.

Maravillado quedó el padre,

la espada de su rival de punta carecía,

y de ello la causa conocer quería.

“Escuchad”, le preguntó a su hijo:

“¿Dónde nacísteis? ¿en qué país?”

“En la pequeña Bretaña, creo”, respondió.

“Hijo de la hija de un rey soy, a fe mía,

mas desconozco quién fue mi padre.”

“Cómo os llamáis?”, preguntó el padre.

“Me llaman, sin duda alguna, Degaré.”

“Oh, Degaré, hijo mío! Yo soy vuestro padre,

lo sé por vuestra espada,

su punta guardo en mi bolsa.”

Tras decir esto tomó la punta, oíd,

y en la espada la puso de nuevo.

Tapiz de Bayeux (hacia 1070). Detalle.

Degaré cayó desmayado por la emoción,

y después su padre, vedlos a ambos allí,

y ya recuperados de tal encuentro,

El hijo perdón pidió al padre por su falta,

y el padre lo condujo a su castillo,

y allí le pidió vivir con él para siempre.

“No puede ser”, respondió Degaré,

“mas si os place y nada objetáis,

vayamos juntos a ver a mi madre,

pues con gran pesar se halla.”

“¡Por Dios Nuestro Señor! Con gusto.”

Así pues, juntos hacia Inglaterra partieron,

armados y espléndidamente ataviados.

Y en cuanto vio la dama al caballero,

bien lo conocía ella sin dudarlo,

mudó el rostro en seguida:

“Degaré, hijo mío”, dijo,

“habéis traído a vuestro padre con vos.”

“Así es, señora, pues bien sé que es él.”

“Doy gracias a Dios”, dijo el rey,

“por saber quién es, por fin y con certeza,

el padre de Degaré.”

Señoras y señores, ¡cuánta emoción!

La señora allí mismo se desmayó.

Poco tiempo después, ved lo que ocurrió,

el matrimonio de ella y su hijo fue anulado,

y la dama se desposó con aquel caballero.

¿Y qué pasó con el caballero Degaré?

Escuchad pues y os lo diré:

Con el rey y su séquito, su padre,

y su querida madre, todos juntos al fin,

este se dirigió a aquel castillo, ¿recordáis?,

allí donde moraba la reluciente dama,

aquella que había ganado, en efecto,

en tan justo y temible lance,

y la hizo su esposa, ¡cuánto boato!,

ante todos los señores de aquel país,

y así el caballero ganó su dicha sin fin.

¡Qué Dios a todos bendiga!

Amén.

Aquí se acaba la vida del caballero Degaré,

noble y gentil como pocos.

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