El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Filología Literatura Traducciones

El caballero Eglamour de Artois

TRADUCCIÓN EN PROSA DE EL CABALLERO EGLAMOUR DE ARTOIS.

                                    Doctor José Antonio Alonso Navarro, PhD

LIMINAR

El caballero Eglamour de Artois es un romance medieval inglés compuesto hacia 1350 en la región noreste de los Midlands (Inglaterra). Algunos especialistas sugieren Yorkshire. El poema, que narra la historia de amor entre el caballero Eglamour y la dama Christabel, se conserva en unos seis manuscritos, lo que indica la enorme popularidad del poema. Cuatro manuscritos son medievales y dos pertenecen a la época renacentista. El manuscrito más antiguo corresponde al manuscrito Egerton, que contiene solamente los primeros 160 versos del romance. En cambio, tres manuscritos del siglo XV conservan el poema en inglés medio completo, aunque presentan dos versiones ligeramente diferentes de este. Los textos de los manuscritos Cotton Caligula A.2 y Cambridge Ff. 2.38 contienen material que no aparece en el texto del manuscrito Thornton. La traducción en prosa del poema procede de la versión digital elaborada y editada por Harriet Hudson que, a su vez, está basada en el manuscrito Cotton, que posee el texto del poema más completo. La versión digital está disponible en:

http://d.lib.rochester.edu/teams/text/hudson-sir-eglamour-of-artois

DEDICATORIAS

A F. L. de A.

Al Doctor Jeremy Hobbs, PhD.

Al Sr. Nick White.

Caballero en una encrucijada, 1878. Víktor Vasnetsov

RESUMEN:

El caballero Eglamour de Artois es una historia de aventuras y desventuras, de alegrías y tristezas, de separaciones y reencuentros, y, sobre todo, como es típico de los romances de caballeros medievales ingleses, de esperanza. Eglamour es un esforzado caballero cuya vida se centra en su amada Christabel con quien tiene un hijo llamado Degrebel. Por amor a ella, este caballero se verá obligado a luchar contra verracos, ciervos, gigantes, dragones, grifos y otros aguerridos caballeros. Solamente tras la superación de todas estas pruebas puestas en su camino por la voluntad de un padre incestuoso y el capricho del destino, podrá finalmente este caballero desposarse con su hermosa amada y conocer a su hijo perdido.   

TRADUCCIÓN EN PROSA DE EL CABALLERO EGLAMOUR DE ARTOIS.

Señor mío Jesucristo, rey del cielo, concédenos a la hora de nuestra muerte un digno final, y danos cabida en la morada de tu Padre. Y a aquellos que gustan de escuchar historias de aquellos que nos precedieron y vivieron entre grandes aventuras, otórgales la gracia de la felicidad. Y ahora, todos vosotros que me escucháis, dejad que os cuente la historia de un caballero tan fuerte y valiente como feroz en todas las batallas; un caballero que en todas aquellas justas en las que tomó parte logró destacar siempre por su manera tan valiente de justar; un caballero que en la liza fue siempre la flor entre todos los justadores. En Artois nació y se crió dicho caballero, al igual que todos sus antepasados que vivieron antes que él. Esta es, pues, su historia. Un día este esforzado caballero, a quien todos se dirigían con el nombre de caballero Eglamour, partió para tomar parte en una nueva justa, y el Conde de Artois, cuyo nombre era Prynsamour, le hizo la merced de acogerlo en su casa noche y día. Dicho conde, como os digo, tomó bajo su protección a quien en todo momento se mostró animoso en las justas al no negarse nunca a combatir contra caballero alguno que así lo solicitase. El conde no tenía más que una hija, de nombre Christabel, la cual era blanca como la espuma, y que algún día habría de convertirse en su rica heredera. En verdad, no había una doncella más hermosa y de piel más fina y delicada en toda la cristiandad que aquella. Entonces, sucedió un día que el caballero Eglamour no pudo evitar amar más que a nada en el mundo a aquella doncella de rostro resplandeciente. Y aquel noble caballero, sin ningún género de dudas, vio por igual su amor correspondido noche y día por dicha doncella. Lástima daba ver a ambos tan enamorados el uno del otro. Y como el caballero era tan audaz como fuerte, la doncella no dudó en amarlo durante mucho tiempo. Pero seguid escuchando, noble audiencia, que os sigo contando. En más de una ocasión este caballero, el caballero Eglamour, había anunciado que por lograr el amor de Christabel sin pensarlo lucharía por ella en una justa. Y un día llegaron de lejanas tierras caballeros acompañados de no menos fieros y temibles hombres, que hasta aquel lugar habían llegado para pedir la mano de la singular doncella. A todos aquellos que quisieron pretenderla, sin importar tamaño y condición, él les dio golpes tan severos que no dejó a ninguno de ellos en pie y con vida para contarlo. Y sucedió un día que mientras el caballero se encontraba descansando en su cámara, se acercó a su escudero, y le dijo así:

-Amigo mío, si sois capaz de guardar un secreto, vos que viajáis mucho por esos caminos de Dios y conocéis a mucha gente, os contaré uno.

-Por supuesto, señor -respondió-, a fe mía, no importa qué secreto me reveléis, yo sabré cómo guardarlo.

-Se trata de la hija del conde -confesó el caballero-, a menos que obtenga su amor, moriré sin remedio.

Entonces, dijo el escudero:

-¡Que Dios me ampare! Ya que me habéis hecho partícipe de vuestro secreto, os responderé lo siguiente. Bien, sois un caballero que posee pocas tierras, y os ruego que no os toméis esto que os digo a mal, pero sabed que a aquel que mucho tiene, le gustaría tener más. Si yo me fuera ahora hasta dicha doncella y le confesase que vos estáis enamorado de ella, sin duda alguna que se lo tomaría a chanza, y me trataría con ligereza. Al hombre que suele estar en lo alto suelen lloverle menos desgracias. Señor, pensad en esto que os digo, y no olvidéis que quienes la cortejan son emperadores, reyes y valientes duques, además de condes, barones y caballeros, sin embargo, estad tranquilo, a ninguno de ellos se ha entregado ella aún, y hasta el momento ha guardado intacta la flor de la virtud. Mas, por otro lado, dicha doncella nunca renunciaría a desposarse con un rey por un simple caballero, a menos, claro está, que el amor que ambos sintieseis el uno por el otro estuviese muy consolidado. ¡Por Dios nuestro Señor que reina en el cielo! Estoy seguro de que si su padre se enterase lo pagaríais muy caro.

Tras escuchar tales palabras, el caballero respondió cortésmente:

-Mi querido escudero, desde niño siempre habéis estado apegado a mí. En todas las justas y en las numerosas batallas en las que llegué a tomar parte, ¿Cuándo me visteis alguna vez vencido y deshonrado? Decidme, por la salvación de vuestra alma, os lo ruego.  

-Nunca señor, ¡por Jesucristo bendito! Sois uno de los caballeros más nobles de toda la cristiandad. Y tan cierto como existe un Dios, valéis por cinco hombres.

-Os doy las gracias -dijo el caballero, y suspirando y entre lamentos se dirigió a su suntuoso lecho. Y alzando las manos al cielo se dirigió a Jesucristo, nuestro Salvador, para suplicarle así:

-Si pudiera desposarme con la hija del Conde, que es la más dulce criatura, y en quien tengo puesto todo mi pensamiento, y a partir de ese mismo momento protegerla toda mi vida hasta el día de mi muerte, día en el que espero verla a mi lado, entonces diría adiós a todas mis cuitas.

Una mañana, la grácil doncella se dispuso a comer en el salón en presencia de su padre y en compañía de sus hermosas damas. Todos los caballeros se reunieron también allí excepto nuestro caballero. La doncella preguntó entonces:

– ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde está mi caballero, el caballero Eglamour?

Su criado respondió con llana expresión:

-Está enfermo y a punto de morir, y no hace sino solicitar el poder veros. Es tal su aflicción que a menos que lo socorráis, no vivirá más de esta noche.

Justo en ese momento, el conde le dijo a Christabel:

-Por el amor de Dios, damisela, escuchad lo que tengo que deciros. Después de la comida, haced lo que dictan las normas de la buena educación, e id al aposento del caballero, pues durante mucho tiempo fue siempre su propósito servirnos con gran lealtad. Nunca se negó, a petición nuestra, a tomar parte en justas y torneos, y en todos ellos siempre obtuvo la victoria tras justar con valentía, de modo que este siempre contará con mi admiración eterna.

El encuentro de Oleg con el hechicero (1899). Víktor Vasnetsov

Después de la comida, la noble dama pidió permiso para retirarse con el fin de hacer lo que su padre le había ordenado. Y sin más, se fue con dos doncellas al aposento del caballero. Y una vez allí, la dama, que era tan blanca como la nieve, le habló como sigue:

– ¿Cómo se encuentra mi caballero, el caballero Eglamour? Esforzado y valiente, allí donde los haya.

-Damisela -habló ahora el caballero-, como podéis ver, por amor a vos me hallo en este estado de angustia y aflicción.

Y la damisela le respondió:

– ¡Que Dios me ampare! Si vos os halláis afligido por causa mía, os diré que no es menor el dolor que me oprime el pecho por causa vuestra.

Y el caballero la respondió:

-Si yo me recuperara de mi dolor, y si esa fuera vuestra voluntad, os haría mi esposa en este mismo instante.

Entonces, poniendo a Dios en su boca dijo la doncella:

-Pongo a Dios Todopoderoso y a la cruz en la que murió por testigos de que sois un noble caballero de buen linaje, y que siempre habéis obtenido la victoria en la liza limpia y honradamente. Por ello, como soy una dama cortés y bien educada, consultaré a mi padre al respecto para saber si está de acuerdo, y si lo está, no escogeré a nadie como esposo, sino a vos.

Cuando el caballero escuchó tales palabras, entendió el riesgo de tal respuesta y no se quedó muy contento, pero no perdió el buen ánimo, y ordenó a su escudero que le trajese doscientas libras con el fin de repartirlas entre las hermosas doncellas que habían acompañado a Christabel.

-Damiselas -dijo el caballero-, ¡Que Dios me libre de todo mal! Por ser tan gentiles y tan buenas doncellas, tomad esto como parte de vuestra dote.

Después de esto, Christabel agradeció en el acto la gentileza del caballero para con sus doncellas, y se despidió de él. Seguidamente, se dirigió al aposento de su padre, aposento, por cierto, que estaba hecho de piedra.

-Bienvenida, hija mía, que sois tan blanca como la nieve -saludó el padre-, ¿cómo se encuentra vuestro caballero, el caballero Eglamour?

A lo que ella le respondió:

-Él me ha jurado una y mil veces que ya se ha repuesto de su enorme aflicción, y que él mismo ha sabido cómo consolarse. A mí y a mis gentiles doncellas nos ha dicho que mañana se irá a cazar con sus halcones.

– ¡Que Dios me ampare! -respondió el conde-, me iré hasta el caballero para ver cómo vuelan sus halcones y así darle algo de consuelo.

Dicho esto, este se preparó a toda prisa para irse a ver tan entretenido espectáculo. Pero entonces, se produjo entre ellos una pequeña discusión antes del anochecer. Escuchad y os lo contaré. Mientras ambos regresaban a casa a caballo, el caballero se dirigió así al conde:

-Mi buen señor, ¿os puedo decir algo?

-Claro que sí -respondió el conde-, ¡que Dios me ampare! Todo lo que hayáis de decirme será muy apreciado y de alto valor para mí, pues entre todos los caballeros que viven en mis tierras, se hallen estas más lejos o más cercanas, vos sois uno de mis mejores caballeros.  

-Buen señor -dijo ahora el caballero-, os ruego me digáis ¿cuándo podrá tener vuestra noble hija Christabel quien la pretenda en matrimonio?  

Y el conde respondió de esta manera:

– ¡Que Dios me libre de todo mal! No conozco a nadie que sea merecedor de mi hija, pues de todas las doncellas, ella es la más hermosa.

-Señor -dijo el caballero-, he estado a vuestro servicio mucho tiempo. Os ruego, por lo tanto, que me tengáis en cuenta como pretendiente de vuestra hija.

-Sí señor -respondió el conde-, ¡por los clavos de Cristo! Os doy mi palabra de que, si sois capaz de obtener la victoria de la manera que os diga en tres pruebas de valor, tendréis la mano de mi amada hija y, además, seréis el amo de todo Artois.

– ¡Que Dios me ampare! -respondió el caballero-, ahora mismo me pondría en camino si supiera adónde ir.

-Por este mismo sendero hacia el oeste -explicó el conde-, habita un gigante como jamás hayáis podido ver en un bosque donde crecen hermosos y altos cipreses, y por donde corren enormes ciervos, los más hermosos que puedan hallarse en tierra. Id hasta allí y traedme uno, de tal forma que pueda afirmar con toda seguridad que estuvisteis allí.

 -Por Jesucristo, nuestro Señor -exclamó el caballero-, juro que a menos que se trate de un cristiano, acabaré con tal gigante. Así pues, cuidad bien de mi dama y de mis tierras.

-Sí, así se hará -prometió el conde-, he aquí mi mano.

Y fue así entonces como el conde dio su palabra al caballero de cumplir con lo pactado. Tras la comida, el caballero se despidió de Christabel con estas palabras:

-Damisela, por amor a vos he decidido tomar parte como caballero en tres pruebas de valor.

-Señor -respondió la doncella-, alegraos, por Dios, pues un viaje tan difícil como el que estáis a punto de emprender nunca hicisteis jamás. Antes de que os deis cuenta, pronto habrá terminado, y ambos estaremos pensando entre suspiros el uno en el otro. Y como soy una dama educada y generosa, señor caballero, os regalaré dos galgos para cuando salgáis a cazar. Galgos tan rápidos como los que voy a daros no se han visto jamás. Lo comprobaréis cuando atrapen a su presa. También os daré una hermosa espada con un extraordinario filo nunca antes conocido que san Pablo encontró en el mar de Grecia. No habrá yelmo hecho de acero que con ella no tengáis la buena fortuna de atravesar con facilidad.

Ante dichas palabras exclamó el caballero:

-Que Dios os proteja, noble dama.

Y después de despedirse, se puso en marcha tomando, sin salirse de él, un ancho camino que lo llevó hasta el extraño y misterioso bosque donde, en efecto, había cipreses por todos los lados, y parecía estar todo él amurallado con piedra real. Sin detenerse, el caballero llegó hasta una enorme puerta por la que entró sin vacilar. Y justo en ese momento se dispuso a tocar el cuerno causando que muchos ciervos saltasen por todos lados, y entre todos ellos el caballero escogió un digno ejemplar. Los mastines comenzaron a aullar e hicieron que el gigante se despertase de su descanso.

-Me ha parecido escuchar -dijo-, aullidos de mastines. Seguramente se tratará de un ladrón que pretende robar mi venado. Pues más vale que no lo haga. Por mis progenitores, no podía haber escogido un peor momento para tocar el cuerno. Hay que ver qué cara va a pagar su hazaña.

Entonces, sin demora alguna el gigante Arrok se dirigió hacia la puerta del bosque para colocarse allí. Cuando el caballero Eglamour hubo culminado su primera prueba de valor, que consistía en matar a un gran ciervo y en tomar su cabeza, hizo sonar su cuerno para anunciar abiertamente el éxito de su hazaña. Después, se fue hasta donde estaba el gigante y le dijo:

-Buen señor, tened la bondad de dejarme pasar.

– ¡De ninguna manera, ladrón! -respondió el gigante-,  ¡pérfido! ¡Os he atrapado! Habéis matado a mi mejor ciervo, y vais a pagar por ello.

Y sin más palabras, el gigante, que tenía asido en la mano un enorme y temible garrote de hierro, se abalanzó sobre el caballero propinándole grandes golpes, hasta que el garrote se partió en dos y cayó al suelo.

– ¡Ladrón! ¡Pérfido! -le espetó de nuevo el gigante al caballero-, ¿qué hacéis aquí en mi bosque robándome mis ciervos? ¡Ladrón! Hoy enterraré vuestros huesos aquí.

El caballero Eglamour no se quedó quieto, y desenvainando la espada, le dio al gigante tal mandoble que lo dejó ciego de solemnidad. Sin embargo, a pesar de su ceguera, ese gigante villano pudo luchar todo ese día entero, hasta que el caballero Eglamour, esperando el momento propicio, que fue a la hora prima de la mañana siguiente, derribó al gigante arrojándolo al suelo. Fue entonces cuando dio gracias a nuestro Señor Jesucristo por haber tomado el control de la situación mientras retenía al gigante en el suelo, el cual, ruin desgraciado, no hacía sino rugir con furia y desesperación hasta que expiró. Después, mientras el gigante yacía en el suelo, aquel comprobó que medía más de quince metros. Y tras dar las gracias una vez más a Dios, cuyos mandamientos amó siempre, agradeció a su espada la ayuda recibida a la hora de dar muerte al gigante. Y llevándose la cabeza de este, el caballero Eglamour partió hacia un castillo hecho de piedra, donde los curiosos lugareños se le acercaron con el fin de ver la cabeza del gigante, pues nunca antes, según le dijeron estos, habían visto una igual. Y al llegar hasta donde estaba el conde, se la puso delante de él diciendo:

-Ved esto, señor, como prueba de que estuve allí donde me enviasteis.

Y en efecto, no hay duda de que todos los presentes fueron testigos de ello en aquel momento. Alegrémonos, pues. Y con la superación de esta primera prueba por parte del caballero Eglamour, culmina la primera parte de esta historia. Pero volvamos al conde, sobre todo al momento en que este preguntó lo siguiente:

– ¿Qué decís? ¿Creéis que todo ha terminado ya? Pronto habréis de partir nuevamente, de modo que preparaos para ello. Y ahora escuchad. Ya nadie se atreve a vivir en el espléndido país de Sidón por temor a un verraco que mata con especial saña a toda criatura viviente que se cruce en su camino, ya sea hombre o animal. Sus colmillos son extraordinariamente largos, y una vez que atrapa una presa con ellos, no la suelta jamás.

Tras escuchar estas palabras, el noble caballero, lejos de decir algo, calló. Y una mañana, al amanecer, este se puso en camino otra vez a fin de emprender un viaje por tierra y por mar que duró unas dos semanas, hasta que una noche se adentró cabalgando por segunda vez en un bosque, pero esta vez en el bosque donde solía habitar el verraco. Y no pasó mucho tiempo antes de que encontrase rastros de su presencia al descubrir a cada lado del camino, qué horrible espectáculo, los cuerpos destrozados de numerosos hombres. Entonces, el caballero Eglamour decidió descansar debajo de un roble hasta el día siguiente. Y al amanecer, con la llegada del alba y los primeros rayos de sol, se despertó y continuó su camino a través del bosque. Y al escuchar un ruido procedente del mar, se encaminó hasta allí. Y esparcidos en la arena por doquier, halló muchos yelmos resplandecientes que habían sido abandonados por caballeros. Pobres almas, pues el malvado verraco los había matado a todos. Y tras subir a un acantilado de piedra, el caballero pudo divisar desde aquel lugar al salvaje animal, que venía de la costa después de beber agua.

En ese momento, el verraco vio al caballero allí donde estaba apostado, y como si estuviera loco comenzó a afilarse los colmillos. Acto seguido, se fue corriendo hasta él. Al ver esto, el caballero Eglamour pensó muy bien lo qué debía hacer, y tomando una lanza, se fue al encuentro del verraco todo lo rápidamente que pudo. Sin embargo, al cabalgar con tanta rapidez la lanza se hizo pedazos, y no llegó a penetrar con ella la piel del mismo. Aprovechando esto, la bestia embistió con tanta fuerza al caballero que al instante mató a su buen corcel, obligando a este a continuar la lucha a pie. Lo siguiente que hizo el caballero Eglamour entonces fue caminar hasta una ladera con el fin de situarse encima de una elevada piedra y otear desde allí al verraco. Y desenvainando su espléndida espada, se dispuso a luchar con el salvaje animal más de tres días. Y al llegar al mediodía del cuarto día, el caballero, pensando que ya estaba a punto de morir de tanto luchar con el verraco, y sin saber qué más hacer, le golpeó con todas sus fuerzas en la cabeza hasta destrozarle los colmillos. Seguidamente, dio las gracias a Cristo por haber herido de muerte al verraco, tal como nos dice el Gesta romanorum. Entre tanto, sucedió que ese mismo día el rey de Sidón, que había salido de caza al bosque con muchos caballeros, escuchó gritar al verraco. Y tras ordenar a uno de sus criados que fuese a ver qué estaba pasando dijo:

-Alguien está luchando con el verraco. Me temo que no lleguemos a tiempo para ayudarlo.

El criado cabalgó hasta un acantilado de piedra y tras detenerse, vio encima del verraco a un caballero que blandía una temible y afilada espada. Después, de regreso hasta donde estaba el rey le anunció así:

-Señor, ¡han matado al verraco!

– ¡Santa María! ¿Cómo es posible? -preguntó el rey.

-Así ha sucedido, señor, ¡por Cristo nuestro Señor! -respondió el criado-, y ha sido un caballero quien lo ha derribado. Posee un hermosísimo escudo de oro, un corcel de azul celeste, y una buena armadura. Además, su cimera está adornada con la figura de una dama dorada en todo su esplendor y sus lanzas son de un negro azabache.

Илья Муромец (Caballero galopando o Ilyá Múromets, 1914). Víktor Vasnetsov

Entonces, el rey exclamó:

– ¡Qué Dios me ampare! Yo tengo que ver armas tan singulares.

Y se marchó hasta donde se encontraba el caballero Eglamour, que había resultado el vencedor indiscutible tras la feroz pelea, y que en ese momento permanecía frente al verraco. Al llegar, el rey saludó con estas palabras:

– ¡Qué Dios os acompañe!

– ¡Sed bienvenido, señor! -exclamó el caballero-, ruego que Él os ampare. He luchado de tal forma con este verraco, a fe mía, que, llegado el cuarto día, me hallo ya casi desfallecido sin remedio.

– ¡Por los clavos de Cristo! -exclamó el rey sorprendidísimo-, a partir de ahora no habrá hombre alguno por estos contornos que ose luchar con vos. Qué gran desatino sería el haceros enfadar. Habéis dado muerte a este salvaje verraco, es decir, a quien ha sido en muchos lugares la maldición de muchos hombres. Todos hemos sido testigos de que con la ayuda de vuestro escudo lo habéis matado honrosamente en el campo de batalla. En verdad que, desde mis primeros tiempos de caballero, siempre se ha dicho que ese verraco solía matar a unos sesenta hombres bien armados y formados por día.

Después de todo aquello, se organizó un gran banquete en el que se sirvieron deliciosas viandas encima de finos y blancos manteles en el que no faltó, como no podía ser de otra manera, el vino del Rin. A continuación, el rey vociferó así:

– ¡Que Dios me ampare! Hoy cenaré por amor a vos, y por lo bien que habéis luchado sin dejaros vencer.

Y tras la cena, el rey rogó al caballero que le dijera de dónde venía. A lo que el caballero respondió:

-Me conocen con el sobrenombre de “el intrépido” y vivo con el caballero Prins Amorus, el conde de Artois.

Los caballeros cerca del rey se removieron en sus asientos y dijeron:

-Este es el caballero que ha matado a Arrok, el hermano del gigante Arras.

Entonces, el rey pidió al noble caballero que se quedase con él en su castillo al menos dos días antes de que prosiguiese de nuevo su camino, y le confesó lo siguiente:

-Cerca de aquí vive un gigante que desea arrebatarme a mi hija, que es lo que yo más quiero en este mundo. Yo no me he atrevido nunca a partir en su busca, mas sí lo han hecho muchos de mis caballeros. Este gigante del que os hablo, pues, ha estado alimentando durante quince años al salvaje verraco que habéis matado en este lugar con el fin de que pusiera fin a la vida de cuantos cristianos pudiera. Ahora ese gigante se ha ido, lleno de pena, a enterrar a su hermano, a quienes matasteis recientemente, y por quien habrá de llorar para siempre”. Después, se marcharon rápidamente a cortar en pedazos al verraco, pero fue imposible encontrar la espada que fuera capaz de hacerlo debido a lo dura que era la piel del animal.

-Caballero Intrépido -dijo el rey-, vos lograsteis matar al verraco, por lo que creo que vuestra espada, si estáis de acuerdo en ello, sí podrá cortar al verraco en pedazos.

Sin pensarlo, el caballero se fue hasta donde estaba el verraco y con su espada atravesó el cuello del animal de tal forma que dio gloria verlo.

-Señor -dijo el caballero-, yo vencí al verraco. Dadme, pues, su cabeza y quedaos con todo lo demás. Sabéis que me corresponde como pago.

Entonces, se mandó traer carros para transportar los trozos del animal, y al mediodía todos se marcharon a la ciudad, que estaba muy cerca. Hubo mucho júbilo y algarabía entre su población al saber que se había matado al malvado verraco. Las palabras de la reina fueron:

-Ante las nuevas noticias que acaban de traernos hasta aquí solo puedo decir que Dios nos libre de todo mal cuando regrese el gigante Marras.

El noble caballero Eglamour se sentó durante la cena a la derecha de la hija del rey. ¿Quién no se sentiría dichoso por ello? La doncella, que se llamaba Organate, rogó con insistencia al caballero una y otra vez que se divirtiese en el banquete. Después de la cena, la doncella confesó al caballero que el gigante deseaba matarlos a todos.

-Damisela -la hizo saber el caballero-, ¡qué Dios me ampare! Si viene tal gigante estando yo aquí, lo mataré.

Llegada la noche el rey mandó preparar una tina con hierbas saludables para que el cortés caballero pudiera darse un baño. Y en la tina este se quedó dormido toda la noche hasta llegada la hora de ir a maitines. Y cuando el rey terminó de escuchar misa, apareció el ruin gigante gritando como un loco:

-Señor rey -vociferó-, traedme a vuestra noble hija Organate o derramaré vuestra sangre aquí mismo.

Entonces, el noble caballero Eglamour se dispuso a armarse con gran rapidez, y acto seguido se dirigió hacia las murallas. Luego cogió la cabeza del verraco y la puso encima de una lanza con el fin de que Marras pudiese verla. Al percatarse el gigante de la cabeza, exclamó:

– ¡Ay, verraco mío! ¿Es posible que estés muerto? En ti puse toda mi confianza. Juro por la religión que profeso, mi cerdito moteado, que aquel o aquellos que te hayan matado lo habrán de pagar muy caro.  

El gigante dio un fuerte golpe en las murallas, y después otro y luego otro, y golpeó con tal fuerza e ímpetu que hizo que el fuego brotase en cada uno de sus golpes. Hecho esto, espetó a la ciudad lo siguiente:

-Ladrones, miserables, pagaréis por la muerte de mi verraco. Voy a derribar todas estas murallas de piedra, y después voy a colgaros con mis propias manos antes de marcharme de aquí.

Sin embargo, gracias a Dios, el gigante recibió su merecido y unos cuantos golpes más poco antes del anochecer.

-Caballero Intrépido -dijo el rey-, sugiero que armemos a todos los hombres para que luchen ferozmente con aquel gigante.

Y luego añadió:

-Juro por la Cruz de Cristo y el poder del Altísimo que lo atacaré con todas mis fuerzas.

-Pero prestad atención, no creáis que el caballero Eglamour se amedrentó, pues confiaba en la ayuda de Dios y en su espléndida espada. Y tras probar su nuevo corcel y ponerse su yelmo, se marchó. Todos cuantos lo vieron rezaron por él. En cuanto el caballero Eglamour entró en el campo de batalla y fue visto por el gigante, este se fue derecho hasta él gritando:

– ¿Habéis venido hasta mí, compañero? Creo que fuisteis uno de los que mataron a mi verraco. Vais a pagar muy cara vuestra acción antes de marcharos de aquí.

Como en ocasiones anteriores, el caballero Eglamour pensó muy bien lo que debía hacer, y tomando una lanza se encaminó hasta el gigante como un resplandeciente caballero. El gigante no se quedó atrás, y tras prepararse para el combate, derribó al jinete y al caballo de un golpe. El caballero estuvo a punto de perder la vida, y viendo que su noble corcel había muerto, no vio mejor salida que arremeter contra el gigante en tierra, y golpeándolo con firmeza en el hueso del hombro, le arrancó el brazo de cuajo. Sin embargo, a pesar de ello este aguantó luchando sin mano durante todo el día hasta la puesta de sol. Finalmente, quedó tan exhausto que apenas pudo mantenerse en pie para continuar la lucha, y en breve se le apagó la vida tras perder mucha sangre. Todo el mundo se hallaba en la ciudad cuando escucharon gruñir por última vez al desgraciado. Luego se hicieron repicar las campanas en señal de alegría. El rey, cuyo nombre era Edmundo, le anunció así al caballero:

-Caballero Intrépido, ¡por San Jaime! Vais a convertiros en el rey de este lugar. Mañana habré de coronaros como tal, y os casaréis con mi noble hija, quién llevará en su dedo un anillo de altísimo valor.

El caballero replicó cortésmente diciendo:

-Dejad que sea Dios mejor quien decida la felicidad de vuestra hija, pues aquí no puedo permanecer.

-Entonces, señor caballero -le dijo el rey-, por vuestra valiente hazaña os daré un noble corcel tan rojo como un ruano. Mientras cabalguéis encima de él no recibiréis ni en justas ni en torneos mandoble alguno que os cause la muerte.

Luego habló así la dulce niña Organate:

-Yo os haré entrega de un valioso anillo de oro que posee una magnífica piedra preciosa. Si lo lleváis en la mano sin importar si os halláis en tierra o en el mar, siempre os salvará la vida en cualquier contienda.

El caballero la respondió:

– ¡Qué Dios os proteja, hermosa dama!

Y Organate añadió:

-Señor, sabed que habré de esperaos quince años hasta que me desposéis.

-A fe mía -confesó el caballero-, dentro de quince años os diré cómo me ha ido.

Después, guiado por Dios nuestro Señor, partió el caballero llevándose consigo la cabeza del gigante y del verraco. Y ahora os hago saber cuán alegre estoy, pues aquí culmina la segunda parte de la historia del caballero Eglamour que hasta ahora os he estado contando, mas continúo sin pausa. Antes de que pasasen quince semanas, llegó sano y salvo el caballero a la tierra de Artois, allí donde se encontraba el conde. Huelga decir que todos en la localidad, incluidos los cortesanos, se alegraron mucho de que este hubiese regresado de nuevo a la corte. Cuando Christabel escuchó las noticias de la llegada del caballero, se dirigió hasta él.

-Señor -le dijo-, ¿Cómo os halláis?

-Damisela -respondió este-, bien, pero exhausto del gran esfuerzo realizado para que ambos seamos dichosos.

Y tras decir esto, besó a la doncella con frenesí. Después, entró en el salón con buenas intenciones con el fin de encontrarse con el conde que se hallaba sentado en la mesa más alta con otros caballeros, y poniendo las dos cabezas encima de la mesa dijo:

-Mirad esto, señor, como podéis comprobar, he estado en Sidón.

No sabéis cuánta aflicción le produjo esto al conde, que no pudo sino decir:

– ¡Por la Virgen María! Supongo que no hay demonio alguno que pueda acabar con vos y, como veo, ya casi estáis a punto de arrebatarme todo Artois y a mi hermosa hija.

Ante esto respondió el caballero:

– ¡Que Dios me ampare! No, a menos que sea merecedor de ello. Dios decidirá qué es lo mejor.

Entonces, prorrumpió el conde:

-Solo aquel que se esfuerce, logrará lo que desea. Y así sucederá a menos que no seáis lo suficientemente listo o no estéis lo suficientemente dispuesto para ello.

Поединок Пересвета с Челубеем (Combate singular entre Peresvet y Temir-murza en Kulikovo, 1914). Víktor Vasnetsov

Seguidamente, el caballero rogó al noble conde que le concediese doce semanas para que pudiera descansar antes de iniciar su siguiente prueba de valor, y doce semanas, ni una más, ni una menos, le concedió el conde. Después de la cena, el caballero se fue con Christabel al aposento de ella y allí, a la vista del caballero e iluminada por las lámparas resplandecientes, ella le hizo sentar a su derecha mientras le decía:

– ¡Sed bienvenido, señor caballero!

-Damisela -le tocó responder a este-, yo os desposo en este lugar con la gracia de Dios.

Dichas estas palabras, ambos se juraron fidelidad para siempre. Luego el caballero le refirió gentilmente una gesta que le sucedió en una ocasión, y con ella se quedó ya allí en su aposento toda la noche. Y una vez pasadas las doce semanas mencionadas con anterioridad, Christabel, que era tan blanca como la espuma, pareció perder todo su color. Esta pidió a todas sus damas que guardasen su secreto escrupulosamente, y que fuesen leales a ella en todo momento. El conde, que estaba en ascuas, mandó llamar al caballero y le dijo:

-Preparaos, señor caballero, y estad presto para partir de nuevo.

Cuando Christabel oyó eso, para pena de muchos, esta se puso a llorar día y noche.

 -Señor -continuó el conde-, en la gran ciudad de Roma vive un feroz y temible dragón, y prestad atención, la malvada criatura ha alcanzado tanta fama que nadie se atreve a acercarse a la ciudad ni de cerca ni de lejos. Así pues, armaros bien, señor caballero, con el fin de dirigiros hasta allá. Y más vale que lo matéis con vuestras propias manos, o sino decidme ´no` aquí y ahora.

El caballero respondió así:

-Ya he llevado a cabo dos grandes hazañas, y con la gracia de Dios llevaré a cabo muchas otras, o sino una tal que me dé fama y renombre para siempre.

Después de la cena, se marchó a ver a Christabel, que estaba tan hermosa como una flor campestre.

-Damisela -profirió-, hay una nueva hazaña que he de llevar a cabo y he de marcharme de nuevo, pero volveré pronto de nuevo con la ayuda de la dulce Virgen María. Deseo haceros entrega de un valioso anillo. Guardadlo bien, mi noble dama, en caso de que Dios os envíe un niño.

Después, puso rumbo hacia la gran ciudad de Roma con el fin de buscar a tan osada criatura. Y pronto halló rastros de ella, pues a cada lado del camino vio infinidad de cadáveres que contó por cientos. Y si no fuera porque este caballero era tan noble y esforzado, al ver al dragón se le hubiera helado la sangre. La verdad es, y esto no ha de asombrarnos, que en el corazón del caballero había más enojo que miedo. De súbito, el dragón embistió el corcel del caballero con gran fuerza y ambos cayeron al suelo.

El caballero se levantó y alzando su escudo, propinó al malvado dragón golpes tan acerbos como fieros. El dragón, en cambio, comenzó arrojar de la boca, como si emanasen del propio infierno, tizones que fueron aumentando a medida que se acercaba la noche. El caballero Eglamour, y en este punto os soy franco, le cortó sin más la mitad de la lengua. La bestia comenzó a chillar frenéticamente, mas no se quedó quieta puesto que con el muñón que le colgaba, golpeó al caballero en la cabeza causándole una profunda y terrible herida que hizo exclamar al caballero:

– ¡Estoy perdido!

Pero al acercarse la malvada criatura, el caballero le cortó la cabeza. Después, se aproximó a ella todo lo que pudo con el fin de atravesarle fuertemente el espinazo con la espada. Ese día el caballero obtuvo la victoria en la liza. El emperador, que había contemplado la lucha entre el caballero y el dragón desde la torre, dijo a sus hombres:

-Gritad por toda Roma: ¡El dragón ha muerto! La hazaña, a fe mía, es obra de un caballero que ha hecho uso de toda su fuerza para vencerlo honrosamente.

Es más, en la enorme ciudad de Roma este mismo emperador anunció a gritos como un alguacil en su jurisdicción:

– ¡Qué triste final tuvo el dragón!

Seguidamente, este se marchó hacia donde estaba el caballero, que permanecía junto a aquella horrible criatura. Y todos los que pudieron cabalgar o caminar se apresuraron de igual modo hasta allí donde estaba el caballero Eglamour con el fin de llevárselo a casa con júbilo. Y estaban tan alegres de que el dragón hubiese muerto, que en procesión se encaminaron hacia él, y con rapidez se pusieron a tañer las campanas. El emperador tenía una hermosa hija de nombre Dyamuntowre que se ocupó de los cuidados del caballero. Esta lo salvó de la muerte tras haber curado en su aposento con sus propias manos durante un año las heridas que tenía en la cabeza. Después, este poderoso emperador de Roma ordenó que se trajese al dragón que yacía muerto en el campo. Los costados del dragón eran tan duros como la barba de ballena. Sus alas eran verdes como el cristal, y su cabeza roja como el fuego. Cuando la gente vio a la terrible bestia, muchos huyeron de allí con rapidez. Otros, por orden del emperador, lo midieron y descubrieron que tenía más de doce metros. Después, lo llevaron a la iglesia de San Lorenzo donde, y escuchad bien, habrá de permanecer eternamente hasta el día del Juicio Universal. Cuando los hombres trataron de llevarse el dragón de donde estaba, muchos se desmayaron del fétido olor que despedía. Entretanto, llegaron a Artois misivas de que un caballero había matado al dragón de Roma. Y en todo el largo tiempo en el que el caballero estuvo curándose de sus heridas, Christabel tuvo un hijo varón tan blanco como la barba de ballena. Entonces, el conde juró a Dios lo siguiente:

-Hija, vais a embarcaros en un barco junto con ese bastardo al que queréis tanto, y que en este país no será bautizado jamás.

¡Cuánto lloraron las doncellas de la dama al oír todo aquello! (…) El barco se preparó entonces con rapidez para que estuviese listo para partir y llevarse en él muy lejos a la hermosa y blanca Christabel. Pero antes, mirando a su hijo, le dijo embargada por la angustia:

-Hijo mío, la muerte se ha reservado para nosotros sin que nada podamos hacer.

Y así sucedió que esta dama, ataviada con los ropajes del temor y la inquietud, fue conducida al barco junto con su noble hijo. Al ver esto, tanto sus doncellas como todos sus amigos que la querían bien se desvanecieron allí mismo de la pena.

-Padre -dijo Christabel, os ruego que antes de partir permitáis que un sacerdote me lea uno de los evangelios para que así estemos protegidas contra los demonios del mar.

Acto seguido pidió a sus nobles doncellas que saludasen a su señor cuando lo viesen. Al terminar de decir esto, todas ellas rompieron a llorar desconsoladamente. La dama no pudo contenerse tampoco y comenzó a sollozar amargamente. En ese momento, el viento condujo a Christabel hasta una roca, y en ella quedó varada. Y muy feliz por ello, en mi opinión, pensó que estaba habitada, y se dispuso a subirla, pero no descubrió en ella más que aves silvestres que con rapidez alzaron el vuelo al verla. Y de repente, para infortunio suyo, apareció un grifo que le arrebató al niño pequeño y se lo llevó a una tierra extraña. Entonces, dijo la dama:

-Reniego del día en que nací, pues se han llevado a mi hijo.

Apocalipsis, 1887. Víktor Vasnetsov

Pero sabed, además, que el grifo se detuvo en Israel, y que la pérdida de su hijo hizo que la dama se sintiera día y noche muy triste y apesadumbrada. Sucedió entre tanto que el rey de Israel, que había salido a cazar, vio donde había descendido el grifo, y hasta donde estaba la criatura se fue cabalgando con muchos de sus hombres. El grifo golpeó al niño con su pico, y este comenzó a chillar de dolor. Después, alzó de nuevo el vuelo, y en aquel lugar lo dejó. Un criado que por allí pasaba envolvió al niño en un manto escarlata que estaba ricamente forrado y lo ató con fuerza con un cinturón de oro. Sabed que los ojos del pequeño eran resplandecientes como el cristal. Todos los que lo vieron juraron que, sin importar de donde hubiese sido arrancado, este descendía de noble cuna. Y pues había sido dejado allí por un grifo y carecía de hogar, se le puso de nombre Degrebel. Ese día el rey decidió que no era el momento de continuar cazando, de modo que cabalgó hasta su castillo llevándose con él al niño que había sido traído por el grifo. Y al llegar, le dijo a la reina:

-Señora, hoy he sido testigo de un hecho venturoso. Mirad bien, Dios me ha enviado este niño.

Al verlo, la reina se alegró enormemente, y sin demora mandó llamar a un ama de cría. La verdad es que el infante se veía sano y fuerte. Ahora dejémoslo en buenas manos y hablemos de lo que dispuso Dios Nuestro Señor con respecto a su madre, que era tan blanca como la nieve. Christabel había permanecido toda la noche sobre la roca, y antes del amanecer el viento la alejó lejos de tierra. Sin mástil ni timón Christabel tuvo que luchar con tormentas que se iban haciendo por momentos cada vez más bravías.

Y como dice el Libro de Roma, esta permaneció sin comer durante seis días, sufriendo por ello una gran angustia en su corazón. Pero al sexto día, antes del mediodía, Dios se encargó de socorrerla sin falta, e hizo que llegase a Egipto. El rey de ese país, que estaba situado en una torre, vio naufragar por causa del viento el barco de la blanca Christabel en la playa, y en seguida ordenó a un criado que fuera hasta allí, y averiguase quien se encontraba a bordo de este. La dama no pudo proferir palabra alguna debido al estado de debilidad en el que se encontraba, mas levantó su capucha e hizo señas con la mano. El criado se dirigió hacia el barco rápidamente y comenzó a golpear uno de sus lados. Fue entonces cuando la dama se puso de pie. Y ahora regocijémonos, pues a partir de este momento comienza la última parte del poema, que sigue estando a mi cargo. Bien, dicho esto, continúo. Aquel criado no entendió lo que Christabel trató de decirle, así que se dio la vuelta y regresó otra vez hacia donde estaba el rey, y poniéndose de rodillas le dijo:

-Señor, en aquel barco no se halla más que una mujer en apariencia que se puso de pie y me miró. Y a menos que se tratase de la noble María, nunca hasta ahora había visto una criatura más hermosa. Me hizo señas con la mano como si procediese de otro país más allá del mar griego.

– ¡Por Jesucristo, Nuestro Señor!” -respondió el buen rey-, tengo que ver a tan dulce criatura con mis propios ojos.

Y hasta donde se encontraba el barco se marchó, y entrando rápidamente en su interior rogó a Christabel que le dijese algo en nombre de Dios. La dulce damisela se levantó en presencia del rey, pero estaba tan afligida por causa de la pérdida de su hijo que continuó sin poder hablar, de modo que los hombres del rey la condujeron a uno de los aposentos del castillo con el fin de invitarla a cenar, y ella con mucho gusto los acompañó. Y después de la cena, el rey le preguntó así a Christabel:

– ¿De dónde sois, dulce criatura? Vuestro rostro es resplandeciente.

Y esta respondió:

-Nací en Artois y mi padre, el caballero Prynsamour, es el señor de esa nación. Un día en el que hacía buen tiempo tanto mis doncellas como yo decidimos pasar el tiempo yendo a la orilla del mar donde había un barco atracado. Después, mi criado que no era cristiano y yo nos embarcamos en él, y de aquel lugar partimos dejando en tierra a todas mis doncellas. Al quedarse dormido mi criado, le puse encima una manta. Entonces, comenzó a soplar un viento que nos condujo hasta una roca donde apareció un ave que se lo llevó en seguida lejos de allí.

Al escuchar esta historia, el rey exclamó:

– ¡Alegraos! Pues sois la amada hija de mi hermano.

San Jorge y el dragón, de Paolo Uccello (1460).

Viendo la alegría del rey, Christabel se echó a reír con fuerza. Ahora dejemos a esta dama tan blanca como la nieve y ocupémonos con más detalle del caballero Eglamour, a quien la desgracia está a punto de acometer. Cuando dicho caballero se vio totalmente recuperado de sus heridas, se preparó para partir de nuevo. Y tras agradecer al emperador, a su hija la emperatriz, y a todos aquellos a quienes encontró cerca de él todos los cuidados recibidos, se marchó. Y en su viaje no olvidó tener presente en su mente a Christabel ni tampoco llevar consigo la lanza que sujetaba la cabeza del dragón. Y tras un viaje de siete semanas, por fin llegó a Artois donde recibiría noticias que habrían de llenar su corazón de inquietud y pesar. En seguida, las gentes de allí escucharon que venía el caballero Eglamour con la cabeza del dragón, y sin vacilar se acercó hasta él un criado que le dijo:

-Escuchad bien, señor, lo que voy a deciros. Por causa del conde, Christabel y su hijo varón, cuya tez era blanca y rojiza, han muerto. A ambos embarcó el conde en un barco y después dejó que el viento se los llevase muy lejos.

Al escuchar tales noticias, el noble caballero se desmayó allí mismo. Una vez recuperado, preguntó:

– ¿Dónde están las damas que se encontraban con Christabel antes de su partida?

 El criado le respondió de inmediato:

-Señor, una vez que la señora Christabel fue embarcada en un barco y arrojada al mar, cada una de ellas tomó su camino como mejor dispuso.

Seguidamente, el caballero Eglamour y el criado se adentraron en el salón donde se encontraban los grandes señores en presencia del conde de Artois.

-Aquí tenéis la cabeza de este dragón -afirmó el caballero Eglamour-, y ahora escuchad. Todo lo que hay en este lugar me pertenece incluyendo el sitio donde estáis sentado.

Después de proferir tales palabras, se produjo un gran estremecimiento entre los presentes cuando el caballero llamó a su compañera Christabel y comenzó a decir:

– ¿Christabel, os halláis acaso en el mar? Ahora solo pido que Dios, que murió en la cruz, tenga piedad de vuestra alma y de la de vuestro noble y joven hijo.

El conde tuvo entonces miedo del caballero Eglamour y, levantándose, se dirigió a una de las torres del castillo. ¡Pobre desgraciado! Luego, el caballero Eglamour dijo:

-Señores, por la salvación de vuestras almas, todos aquellos que deseéis profesar la orden de caballería, levantaos y recibidla de mi mano. 

Los señores que decidieron seguirlo acudieron prestos hasta él, y a todos ellos nombró en seguida caballeros en el lugar donde este se encontraba. Para el mediodía del día siguiente, el caballero Eglamour ya había nombrado hasta unos treinta y cinco caballeros. Hecho esto, partió hasta Tierra Santa, donde Dios fue crucificado, y allí vivió quince años entre paganos. En Tierra Santa se condujo valientemente luchando contra aquellos que vivían al margen de la fe en Cristo. Y pasados estos quince años, el niño que había sido arrebatado por el grifo, y que comenzó a partir de entonces a dar pruebas de su linaje, se había convertido en una criatura con gran fuerza, tanta que no había nadie que fuese capaz de vencerlo en justas o torneos y permanecer en su montura de una pieza. Tarde o temprano todos sus oponentes acababan en tierra. Además, el recientemente nombrado caballero Degrebel era tan sabio como valiente. Sabed que el mismísimo rey de Israel lo había nombrado caballero y príncipe con sus propias manos. Y ahora escuchad, mis queridos señores, qué armas portaba el joven muchacho. Para empezar, tenía ricamente grabado en el fondo de su escudo de armas un grifo de oro. En sus estandartes se había bordado un niño varón que estaba envuelto en un manto atado con un cinturón de oro, tal y como había sido traído a aquella nación. Un día, el rey de Israel, que ahora era viejo, le dijo así a Degrebel, a quien consideraba su hijo:

-Hijo mío, quisiera que tuvieseis una esposa, pues me sois muy querido. Cuando me muera, no habrá nadie más rico que vos.

Después, un mensajero que se encontraba junto al rey dijo:

-En Egipto vive la mujer más hermosa que se haya visto jamás. El rey de aquel país ha jurado que no habrá hombre alguno que la despose a menos que se la gane antes en combate.

Entonces, el rey de Israel dijo lo siguiente:

-Juro por la Cruz de Cristo que si ella es tan hermosa como dicen, no habré de quedarme aquí de brazos cruzados.

Y dirigiéndose a Degrebel, le dijo:

-Vamos, preparaos para partir en seguida.

San Jorge, por Paolo Uccello, c. 1450.

Dicho esto, ordenó al mensajero que instase a todos sus caballeros a que se reuniesen con él de inmediato. Y estando ya todos ellos listos para partir, llevaron sus armas al barco, y con el ánimo alegre se dispusieron a cruzar el mar. Al cabo de tres semanas, llegaron a Egipto, y en seguida quisieron dar a conocer el motivo de su visita allí. A tal fin, un mensajero de la expedición se adelantó antes para anunciar al rey de Egipto lo que sigue:

– ¡Atención! Aquí llega el rey de Israel acompañado por un noble grupo de caballeros, y con ellos ha venido el príncipe con el propósito de ganar en combate, si otorgáis vuestro beneplácito, a vuestra hermosa hija.

– ¡Por Dios Nuestro Señor! -dijo el rey de Egipto-, creo que podré dar a todos esos caballeros la oportunidad de justar, por lo tanto, sean todos bienvenidos.

Y tras hacerse sonar las trompetas de los castillos situados en lo alto de los mástiles, el majestuoso rey de Israel y sus caballeros vestidos de negro se dispusieron a desembarcar en tierra. En cuanto al príncipe de quince años, este también desembarcó del barco, pero se adelantó ligeramente a los demás. En seguida el rey de Egipto se dirigió a recibir al rey de Israel, y tomándolo de la mano lo condujo hasta el salón.

-Os ruego -pidió el rey de Israel al rey de Egipto-, que, si está en vuestras manos, me permitáis ver sin demora a vuestra hija que, según dicen, es tan blanca como la nieve.

Dicho y hecho, con el fin de hacer cumplir el pedido del rey de Israel se trajo a la dama hasta allí. Su hijo Degrebel permaneció inmóvil y permaneció contemplándola un buen rato.

-Qué buena vida tendría aquel que ostentase el poder -se dijo a sí mismo. El rey de Israel preguntó a tan noble dama si ella estaría dispuesta a cruzar el mar griego para convertirse en la esposa de su hijo. A lo que ella le respondió:

-Si vuestro hijo es capaz de resistir por mí una o dos embestidas en combate sin caerse del caballo, entonces, sí, accederé a vuestra petición.

Todos los grandes señores estuvieron de acuerdo. Los músicos hicieron sonar sus trompas, y a la mesa se dirigieron todos los allí presentes con el mejor de los ánimos. Presidiendo la mesa se sentaron los dos reyes, y después el caballero Degrebel y Christabel como si fueran parientes muy cercanos. Los caballeros se dirigieron también a sus asientos, y cada criado fue a ocupar el lugar que le correspondía con el fin de servir a su respectivo señor. Tras la cena, todos ellos se asearon y los clérigos comenzaron a recitar en alto para que todos pudieran escucharlos (103) el “Deus pacis”. A la mañana siguiente, con la llegada del alba, los nobles se congregaron para ponerse sus armaduras, incluido el caballero Degrebel. Al sonar las trompetas en el campo, los caballeros comenzaron a justar. ¡Qué hermoso espectáculo a la vista! Los grandes señores preguntaron en alta voz:

– ¿Quién es aquel que, sin duda alguna, lleva en su escudo un resplandeciente grifo?

Los heraldos de armas les respondieron:

-Se trata del príncipe de Israel. Tened cuidado, pues se trata de un aguerrido caballero.

El rey de Egipto escogió una lanza, y al ver esto el príncipe, este escogió otra. En seguida el príncipe se dirigió al encuentro del rey, y con fuerza lo embistió, haciendo que tanto éste como su caballo cayesen al suelo.

– ¡Qué Dios me proteja! -exclamó el rey-, no hay duda de que sois el más digno de llevarse a mi hija.

San Jorge y el dragón, pintado en 1504 por Rafael.

Y esto mismo dijeron todos los demás caballeros. Sin embargo, los valientes y aguerridos caballeros, ayudados por sus escuderos, continuaron justando hasta el día siguiente. Lo que ocurrió después es que dos poderosos reyes condujeron a la hermosa Christabel a la iglesia, y Degrebel, tras obtener la victoria en el combate con tanto honor, se desposó, como escuché decir a un clérigo, con su propia madre. Y cuando a Degrebel le trajeron sus armas, Christabel se entristeció al recordar el día en que le fue arrebatado su hijo. Ved cuantas lágrimas derramó, y ved cuanta tristeza sintió la dama en su corazón, y todo por amor a él, a su hijo. Y ved también como cayó al suelo desmayada.

– ¿Qué os sucede, mi hermosa señora? -preguntó el caballero Degrebel-, se me hace que no estáis alegre -añadió.

-Señor, veo que lleváis en una de vuestras armas el dibujo de una criatura alada que una vez me arrebató un niño, y por quien un caballero pagó un alto precio.

El rey de Israel exclamó entonces:

– ¡Por Cristo Todopoderoso! Un día un grifo descendió en mi bosque y allí dejó un niño.

Después ordenó a un criado que estaba cerca que trajera un cofre para sacar lo que había en su interior. Al abrirlo, el rey extrajo rápidamente un cinturón de oro ricamente decorado. Ante ello, la dama Christabel dijo:

– ¡Qué dolor más grande tengo! Un grifo me arrebató a mi hijo en el mar.

Y al terminar de decir esto, cayó nuevamente al suelo desmayada. Al recuperarse, el rey le preguntó:

– ¿Y cuánto tiempo hace de ello?

– ¡A fe mía! ¡Unos quince años!  -respondió ella.

Escuchado esto, no hubo nadie allí que pusiera en tela de juicio sus palabras.

-Mirad, hijo -dijo el rey de Israel- lo que hemos hecho. Hemos sido los causantes de un matrimonio incestuoso bajo la luna. Mi consejo, que Dios me ampare, es que se gane de nuevo a vuestra madre en torneo lo antes posible.

-Sí, padre -respondió Degrebel-, estoy de acuerdo con vuestro consejo. ¡Por la Virgen María! No habrá hombre alguno que la despose al menos que la gane en combate valientemente tal como yo lo he hecho.

Los grandes señores comenzaron entonces a decirse los unos a los otros:

-No hay duda de que para ganar el amor de la dama tendremos que combatir con nuestras afiladas espadas. Aquel que gane en combate a tan hermosa dama podrá desposarse con ella y tenerla como compañera allí donde desee vivir.

En seguida, los heraldos de armas fueron delante de los caballeros con el fin de anunciar por todas partes el torneo que iba a tener lugar. El caballero Eglamour, que permanecía en su país, decidió partir de inmediato hasta el país de Egipto en cuanto oyó hablar de tan renombrado torneo. Desde que el caballero supo que Christabel había desaparecido en el mar, este dejó de llevar armas, mas para tan digna ocasión, este se las volvió a poner. Escuchad y os contaré bien cómo eran. En ellas llevaba grabado un barco de oro, así como una dama que parecía estar ahogándose y un niño, algo crecido, que permanecía a su lado. El mástil del barco, hasta donde la vista pudiera alcanzar, era de oro y plata, y su gallardete de oro rojo. En cuanto a sus velas y cuerdas, están se habían representado con mucha precisión. Todos aquellos esforzados caballeros que escucharon la proclama del torneo se dirigieron con gran porte hacia Egipto. El rey de Sidón se fue también hasta allí con muchos temibles caballeros que llevaban vistosos colores. En la liza se hicieron anillos y en ellos los grandes señores se pusieron a dar vueltas con gran rapidez. El caballero Eglamour, cuyo ánimo estaba inquieto y apesadumbrado, llegó tarde al encuentro, mas no fue rechazado. En cuanto a Christabel, esa dama tan delicada, esta fue conducida hasta la muralla donde se llevó a cabo la proclama. Degrebel, el muchacho de quince años, se mostró audaz en la liza. Vedle allí luchando a caballo. Cuando Degrebel comenzó a repartir golpes a diestro y siniestro y con gran rapidez, no hubo un solo caballero que pudiese resistirlos y permanecer a caballo mucho tiempo. Entonces, sucedió que Degrebel se fijó en un caballero que permanecía inmóvil y de pie, y sin pensarlo se fue hasta él:

– ¿Qué hacéis que no estáis montado a caballo presto para luchar?

El caballero respondió:

-He evitado luchar por cansancio, pues acabo de llegar de tierra de paganos. Además, lo último que querría es interferir en este torneo y ser un estorbo.

– ¡Que Dios me ampare! -dijo Degrebel, su propio hijo-. Entonces, mejor y más honroso hubiera sido que no os hubierais tomado las armas y puesto la armadura.

El caballero comenzó a reírse, y después dijo:

– ¿No habéis luchado bastante ya que a mí me pedís seguir luchando?

A lo que Degrebel respondió:

-No, ¡por la Virgen María! Lo haré en la liza con el fin de obtener como premio, si puedo, a una dama que es tan blanca como la nieve.

– ¡Por Cristo, Nuestro Señor! -exclamó el caballero-, veré entonces si yo puedo estar a la altura de las circunstancias, pues, por Dios que en otros lances más duros me he visto, y de todos ellos logré escapar indemne.

Y una vez comenzado el torneo, se vio a los grandes señores portar armas de gran envergadura y a los demás caballeros hacer saltar a sus caballos. Todos ellos hombres valientes y esforzados a su manera. El caballero Eglamour dio la vuelta al filo llano de su espada, y después golpeó con ella a su hijo arrojándolo al suelo. En ese momento todos los caballeros exclamaron:

-Aquel que porta en sus armas un barco de oro ha ganado en la liza esta lid con todas las de la ley.

Entonces, gritó la dama:

– ¡Ay, qué desgracia! ¡Por el amor de Cristo! ¡Mi hijo está muerto y aquel caballero lo ha matado!

En ese momento los heraldos de armas preguntaron en voz alta si había entre los caballeros presentes alguien que quisiese desafiar a aquel caballero. Entre tanto los grandes señores dijeron al caballero:

-Señor, no ha habido nadie mejor ni más digno que vos para vencer a aquel joven.

San Jorge y el dragón. Casa Botines.
León. Antonio Gaudí. 1894.

Y sin más, antes de la cena el caballero fue a despojarse de sus armas y de todas aquellas vestiduras que los esforzados caballeros suelen llevar en un torneo. Los reyes de Israel y Egipto seguidos del caballero Eglamour y de Christabel se sentaron delante de la gran mesa. ¡Que Dios nos proteja a todos! La dama le preguntó al caballero cómo es que llevaba en sus armas el dibujo de un barco de oro que se había hundido en el mar al que no le faltaban ni sus remos ni su mástil. En seguida respondió el caballero:

-Refleja el final que tuvieron tanto mi amada como mi joven hijo.

Pero la dama no se detuvo aquí y preguntó sin vacilar:

-Buen, señor, ¿cómo os llamáis? Decídmelo ahora mismo.

-Los hombres se dirigen a mí como el caballero Eglamour de Artois debido al lugar donde nací. Yo soy, además, el caballero al que hirió un dragón -respondió este.

Poco después, terminada la primera misa del día, y cuando fámulos vestidos de negro servían en el comedor a Degrebel, quien finalmente no había muerto, Christabel se dirigió a él y discretamente le confesó al oído:

-Aquí tenéis a vuestro padre, el mismo que os engendró.

Y yo, el que os cuenta la historia, ¿qué podría deciros a partir de ahora? Cuánta alegría pudo verse cuando Degrebel se arrodilló ante su propio padre, pero también cuánto dolor contenido. Por Dios, es cierto el dicho de que el mundo es un pañuelo, y de que tarde o temprano estamos destinados a reunirnos en circunstancias imprevistas. Y eso es justo lo que sucedió allí mismo. El rey de Israel contó seguidamente ante todos los caballeros que lo escucharon con gran interés las circunstancias de cómo había encontrado este al caballero Degrebel. El caballero Eglamour se puso de rodillas ante este rey y exclamó:

– ¡Ay, señor! ¡Que Dios os proteja! Pues habéis hecho de mi hijo un hombre.

-Yo también quiero como a mi hijo a aquel que es tan blanco como un cisne -afirmó el rey de Israel-, y, por lo tanto, le otorgaré la mitad de mis tierras mientras viva.

Y el rey de Sidón añadió:

-Y yo le otorgaré a mi hija Organate, pues, si mal no recuerdo, su padre la obtuvo como premio en justo combate.

Seguidamente, el caballero Eglamour solicitó a todos los caballeros que lo acompañasen a Artois con el fin de que asistiesen a la boda de su hijo Degrebel con Organate. Y como todos los caballeros aceptaron la invitación, se prepararon todos para partir en barco y cruzar el mar. Al dirigirse hasta la playa, donde se encontraban anclados los barcos, estos, para ayudarse, se cogieron mutuamente de la mano. Los criados se encargaron de conducir los caballos hasta allí. Cuando al fin llegaron todos a Artois, se supo por un mensajero que se había adelantado para contar qué le había sucedido al caballero Prynsamour, el viejo conde, que este se había caído de espaldas de una torre y se había roto el cuello en el acto. No se puede luchar contra los designios de Dios. Finalmente, todos ellos descansaron en Artois la noche entera, y a la mañana siguiente, con la llegada del día, se dispusieron a desposar a la hermosa Organate. A la boda de Degrebel y Organate asistieron caballeros de gran renombre. Y, es más, a cada lado de la doncella se situaron dos reyes que la condujeron hasta el altar. ¡Qué hermoso espectáculo se alzó ante los ojos de todos! Cuando el obispo comenzó la ceremonia, los presentes allí congregados dieron gracias a Dios y a la divina Virgen María porque al final todo había acabado bien para ambos jóvenes. Vedlos allí en la ceremonia, por un lado, al caballero Degrebel, qué apuesto caballero, y por otro, a Organate. Ah, y sabed que con motivo de la boda en aquel tiempo se recogió la gran suma de mil libras, y que, además, vinieron de tierras lejanas trovadores de corazón alegre que, según me consta, recibieron generosas sumas de dinero. Y ya casados Degrebel y Organate, todos se marcharon al castillo con el fin de celebrar las festividades de la boda, las cuales duraron catorce días. Y al término de las mismas, cada caballero se retiró a su aposento a descansar. Felices aquellos trovadores de entonces que recibieron como presente hasta cien libras que los más osados no dudaron en gastar. Y ya sin nada más que contar, señores, pongo fin a mi labor de juglar diciendo que en Roma esta historia ha quedado registrada en una crónica.

Que Jesucristo Nuestro Señor nos acoja en su gloria para toda la eternidad.

Explicit Eglamour de Artois

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