El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Análisis Cultura Filología Literatura Traducciones

El Caballero Isumbras (Sir Isumbras)

Traducción en prosa de José Antonio Alonso Navarro[1]

Hoja espiritual: Dedico esta traducción a Fray Leopoldo de Alpandeire con todo mi corazón. Foto de Rafael Trigos.

Hoja mundana: también se la dedico a mi esposa Oilda, a mi hija Hipatia y a su perro Charlie.

INTRODUCCIÓN

El caballero Isumbras[1] es la historia de un aguerrido y noble caballero con buen porte que descuida un tanto sus servicios y deberes religiosos para con Dios y éste último se enfada. Así se lo hace saber a través de un ave que tiene la capacidad de hablar y que actúa como mensajero celestial. Por intermediación divina igualmente, el ave comunica puntual y eficazmente a Isumbras que debido a esta negligencia para con Dios, ha de elegir entre ser pobre o rico en la juventud o pobre o rico en la vejez. Isumbras escoge ser pobre en la juventud y rico en la vejez. Hecha, pues, la elección por parte de éste, se pone en marcha la maquinaria divina e Isumbras comienza a padecer una serie de adversidades que no cesarán durante algunos años, tal como le sucede a San Eustaquio, solo que el final de Isumbras no es tan trágico como el del desafortunado Eustaquio.

La primera de las desgracias que le sobreviene a Isumbras es cuando se queman todas sus posesiones (animales, castillo, etc.) y su mujer e hijos quedan desnudos y a la intemperie. A esta adversidad inicial le seguirán otras tantas como la pérdida de sus hijos que son raptados por un león, un leopardo y un unicornio, el rapto de su esposa a manos del Sultán de los turcos, y un peregrinar doloroso no exento de episodios aciagos. El fin de sus desgracias le será anunciado también a Isumbras a través del elemento divino por mediación de un ángel que lo instará a que tome el camino de vuelta sin darle instrucciones más específicas. Isumbras da marcha atrás y durante su camino de vuelta entrará en contacto con la reina de los sarracenos, que resultará ser su propia esposa, la misma a la que había comprado y raptado el Sultán (muerto, por cierto, a manos del propio Isumbras antes de encontrase con su esposa). Reunidos ambos, la reina le nombrará rey y, como rey, Isumbras ordenará que todos los sarracenos de su reino se conviertan al cristianismo.

El tríptico de los Santos Eremitas de El Bosco. Este cuadro describe de manera magistral el trabajo espiritual y a su vez, las tentaciones alrededor, que siempre acompañarán a los hombres santos, como San Eustaquio y el héroe de esta entrega, Isumbras, en la traducción, análisis y ensayo crítico del Dr. Alonso Navarro.

Un gran número de tales sarracenos se negarán a hacerlo y guiados por dos “reyes paganos” entrarán en combate contra Isumbras y su esposa. Se hubiera producido entonces un final trágico y lamentable para los esposos de no haber sido por la intervención de sus tres hijos vestidos con ropajes angelicales conducidos por un ángel, los cuales contribuyeron decididamente a lograr la victoria del caballero frente a los renegados sarracenos. 

Restaurado el equilibrio en las vidas de todos, emocional, espiritual, y materialmente, y cumplida la penitencia del caballero Isumbras, tanto él como su familia, vivirán felizmente hasta el final de sus días, donde, a su muerte, sus almas se encaminarán hacia Dios. Tal es el destino final del buen cristiano en la mentalidad medieval.

Traduje El caballero Isumbras en un momento difícil para mí, en un momento algo duro, en uno de esos momentos donde la congoja y la angustia hacen mella en uno y lo desgastan poco a poco por dentro y por fuera pero, gracias a la fortuna, como todo momento aciago, se esfuma tarde o temprano como una tormenta y las aguas a la sazón turbulentas y agitadas vuelven a recuperar su normalidad en el micro y en el macrocosmos del universo humano. Y al ir traduciendo este gran romance bretón escrito en inglés medio o medieval (Middle English), me di cuenta de que poco a poco, casi inconscientemente, iba sintiendo en lo más profundo de mí el contenido inspirador y edificante de tan bello romance junto con el sonido de sus palabras, su cadencia y ritmo, y las imágenes evocadas a través de su narración entretejida mediante una rápida y dinámica concatenación de sucesos y episodios impactantes.

San Eustaquio. Durero. Detalle.

Es muy probable, quizá, que de no haber pasado por la crisis emocional que entonces atravesaba mientras traducía El caballero Isumbras, no hubiera sentido dicho romance con la profundidad espiritual y anímica con la que lo sentí en el momento de comenzar a trabajar en él. Creo que la misma sensación o la misma carga/intensidad emocional sentiría un adolescente enamorado al leer las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer.Pero el hecho de sentir su historia con más intensidad jamás lo tomé en modo alguno de una forma negativa, sino, por el contario, de una manera francamente positiva, pues a medida que traducía este romance tan edificante y singular me iba encontrando con un texto rico en múltiples aspectos.

Para empezar, El caballero Isumbras es un romance con un alto contenido religioso donde lo cristiano, lógicamente por el país donde se escribió y se recitó, y en la cultura donde se gestó, prima sobre cualquier otro aspecto intrínseco o extrínseco. Eso es lógico. Un texto puede ser atemporal y leído por cualquier lector sin importar la época en la que nació, pero no se puedo extrapolar de su contexto cultural y de todo lo que ello conlleva y supone.

El caballero, la muerte y el diablo de Durero. Ejemplar del grabado, perteneciente a la Galería Nacional de Arte de Washington D. C.. A San Eustaquio, Orlando, Arturo y al caballeroi Isumbras y hasta el mismísimo Tundal se les presentó en algún momento de sus vidas, cuando las tinieblas rodeaban sus respectivas existencias, las visiones más temibles que pudieron sobrellevar y eventualmente, vencer, gracias a su Fe.

No obstante, más allá de todo los atisbos religiosos, morales, penitenciales, doctrinales o propagandísticos que el texto pueda tener, encierra valores destinados a ayudar al lector u oyente, a darle un poco de esperanza en su vida, y a enseñarle a aceptar, pero sin olvidar combatirlas, las asperezas y adversidades que puedan presentarse en la vida. El caballero Isumbras es un texto para sentir, y sobre el que reflexionar o, en ocasiones, para tomar en cuenta por la moraleja o consejos que pueda contener. Es un texto cuya transcendencia también depende mucho de la importancia o significación que le conceda el lector al leerlo o el oyente-receptor al escucharlo, sobre todo, porque está destinado a engrandecer y magnificar el ánimo de quien lo lea o escuche.

Muchos habrán que se sientan identificados con él por la gran humanidad que encierra en sus entresijos así como sus aspectos esencialmente humanos más allá de cualquier crítica que pueda hacerse acerca de la calidad del texto mismo desde varios puntos de vista. Desconocemos el autor del caballero Isumbras, pero sabemos que fue compuesto para ser recitado ante un público ávido de entretenimiento y de historias como éstas que contuvieran además de un final feliz sustento para el espíritu y doctrina ejemplar y sustancial para el alma. El poema fue compuesto para sorprender y entretener a una audiencia inmersa en una sociedad medieval compleja y llena de miserias y sufrimiento, abatida por las guerras, las epidemias, y una vida árida y dura.

El texto está lleno de fórmulas que ayudan al oyente muy especialmente a recordar algunos de los hechos más relevantes así como a causarle el mayor grado de asombro, a espantarlo o a provocar en él una intensa reacción emocional. El caballero Isumbras, además, es un poema que tiene todas las garantías para triunfar y obtener un éxito de audiencia colosal y, en especial, para ser aceptado por la Iglesia, pues es respetuoso con las jerarquías y las clases sociales, y preserva y defiende ese equilibrio tan necesario entre la Iglesia y la nobleza. El poema es un texto piadoso, pero no beato ni santurrón, que habla del valor de la fe, la resignación, la lucha, y la esperanza y que, como otros romances de estilo bretón, no anula o impide el elemento sobrenatural en el mismo.

¿Isumbras recuerda la figura de San Jorge quizás? Recordemos que está basado en la figura de San Eustaquio, el caballero Isumbras, así que mucho no distaría de otros héroes como el Rey Arturo.

Este elemento sobrenatural cristaliza con la aparición de un ángel en tres ocasiones como mediador o interventor entre Dios y los hombres. Este ángel no juzga a ninguna de los personajes del romance ni se involucra directamente como emisor de juicios de valor morales como ocurre en textos religiosos relacionados con el Más Allá, simplemente es un mensajero, un portador de la palabra del Rey Celestial, de Dios, que viene a servir como guía heráldico en el destino del destinatario humano y, en algunos casos, a intervenir con su poder en los asuntos de los hombres por mandato de Dios.

En primer lugar, la aparición de este ángel tiene lugar cuando se hace saber al caballero Isumbras que ha tenido una conducta moralmente inaceptable, esto es, que ha mostrado más interés en asuntos más mundanos y materiales que espirituales y que, por lo tanto, ha descuidado su servicio a Dios. La segunda ocasión en la que descolla este ángel es cuando hace saber a Isumbras que después de tanto trajín fatigoso por tierras de infieles y tras haber pasado por durísimas desdichas y desgracias, éste ha culminado por fin la prueba o “penitencia” impuesta por Dios y se le invita a regresar. En la tercera ocasión, la aparición del ángel sucede en un momento mucho más favorable para el caballero y también decisivo y de mayor tensión en el poema.

Esto sucede en el fragor de una batalla campal en la que el caballero Isumbras, con la única compañía de su esposa, que está dispuesta a entrar en combate con él, ha de enfrentarse a dos reyes paganos y a más de treinta mil sarracenos que se han negado a convertirse al cristianismo.

Es entonces cuando asistimos como lectores u oyentes a la fabulosa y espectacular aparición de sus tres hijos vestidos con ropas angelicales y a la de un ángel que los guía firmemente hacia la batalla. Hay mucho de teatralidad en estas imágenes visuales recreadas con la fuerza de las palabras destinadas a impactar en el ánimo de sus destinatarios, pero bien es verdad que si el caballero Isumbras y su esposa hubieran vencido a tal enorme cantidad de sarracenos por sí mismos, esta parte cercana al final de la historia no hubiera resultado ni tan creíble ni tan impactante como con la aparición de las fuerzas angelicales o con la irrupción del elemento sobrenatural que, como lectores u oyentes modernos, no debe sorprendernos.

La visión de San Eustaquio, por Pisanello.

No olvidemos que nos hallamos en una sociedad que cree firme y devotamente en la transgresión de la realidad y de nuestros sentidos a través de lo divino y sobrenatural o a través de la intervención de Dios en los asuntos de los hombres y en sus acciones, tal como hacían los dioses griegos en la mitología griega. Como vemos, estos romances medievales de estilo bretón recurren a un elemento muy común en todos ellos y de gran significación: el sometimiento voluntario de los caballeros a una prueba terrible o a pruebas terribles que poseen como propósito engrandecerlos o llevarlos al plano del superhombre o del superhéroe.

La elección de este último término es acertado porque, en verdad, estos caballeros, en muchas ocasiones, se comportan o se conducen como auténticos superhéroes que realizan hazañas y proezas que cualquier hombre común no realizaría jamás. Estas prueban tratan de medir el valor, la hombría, la virilidad o la superioridad de estos caballeros superhombres, que, por otro lado, no van a dejar de sorprendernos por la manera en la que encararán tales pruebas y se enfrentarán a sus respectivos destinos.

Las pruebas serán, ya lo hemos dicho en algún que otro escrito, de diferente naturaleza y cariz, pero el propósito finalmente será el mismo: revelar la supremacía del caballero frente a otros mortales. De este poema existen dos ediciones digitales que gran valor elaboradas por George Shuffelton (2008) y Harriet Hudson (1996) respectivamente, ambas accesibles a través de la excelente página web Teams Middle English Texts (Robbins Library Digital Projects. University of Rochester).

Caballeros medievales luchando contra dragones, personificación del demonio se han repetido a lo largo de la historia.

Ambos editores, además, han hecho acompañar a cada una de sus versiones sendas introducciones con relación al origen, género, y temas de El caballero Isumbras. El profesor Shuffelton, que ha editado el poema que procede del Codex Ashmole 61, apunta que el poema escrito en inglés medio (Middle English) no tiene una fuente conocida precisa excepto, quizá, la vida (o vidas) de San Eustaquio (de Roma). En efecto, existen muchos elementos en común entre el romance de El caballero Isumbras y la historia hagiográfica de San Estaquio, sin importar mucho que la vida de este santo contenga más elementos de ficción o legendarios que reales.

La vida de San Eustaquio posee elementos que tratan de llevar a cabo una tan fuerte como sólida defensa del cristianismo, pero, al mismo tiempo, llevar a cabo un despliegue enorme de valores que ensalcen al ser humano de manera espiritual. San Eustaquio de Roma fue un mártir importante dentro del martirologio o santoral cristiano. Antes de convertirse al cristianismo, San Eustaquio fue un general romano de nombre Placidus (Plácido en español) que sirvió al emperador Trajano. Su conversión al cristianismo estuvo motivada por una visión un día en el que aquél salió a cazar ciervos. Persiguiendo a una manada de ellos, se percató de que uno de tales ciervos portaba entre sus cuernos un crucifijo resplandeciente.

Busto de Trajano, Gliptoteca de Múnich.

Este mismo ciervo se dirigió a él diciéndole: “Plácido, ¿Por qué me persigues?” Tras este incidente sobrenatural y divino, el general romano cuenta a su esposa Teopista lo que ha visto y oído. Sin mucha dilación, Plácido, su esposa, y sus hijos Agapito y Teopisto se convierten entonces al cristianismo y tras una serie de aventuras en las que San Eustaquio pierde a su esposa y sus hijos, éste, finalmente, recupera a su familia. Sin embargo, en Roma Adriano manda encerrarlos en un toro o buey de bronce que sirve como un horno para que sean quemados vivos. Y como en El caballero Isumbras, el componente sobrenatural o divino a través de un milagro no está ausente. Ni San Eustaquio, ni su esposa ni ninguno de sus hijos sufre durante el tormento por la gracia de Dios ni sus cuerpos aparecen chamuscados lo más mínimamente por el fuego.

Si hemos de trazar una rápidas pinceladas comparativas entre ambas historias, diremos que el caballero Isumbras tiene tres hijos, San Eustaquio, dos. Isumbras está casado con una bella esposa, Eustaquio también. Ambas esposas destacan por su enorme belleza. El caballero Isumbras pierde a su esposa a manos de un Sultán libidinoso. San Eustaquio pierde a su esposa mientras viajan en barco a la ciudad santa de Jerusalén. El patrón del navío se la lleva a Siria tras desembarcar a San Eustaquio y sus hijos. Ambos tratan de cruzar un río llevando a sus hijos en hombros y ambos los pierden tras un encuentro con bestias salvajes. El caballero Isumbras pierde a sus hijos, ya lo dijimos antes, a manos de un león, un leopardo y un unicornio.

San Eustaquio pierde a sus hijos a manos de un león y una loba. Tanto la vida de San Eustaquio como el romance de El caballero Isumbras constituyen asimismo dos textos análogos destinados a propagar la fe cristiana. He querido incluir un breve texto medieval castellano que cuenta la historia de San Eustaquio así como su martirio y el de su esposa y dos hijos. El texto constituye una auténtica joya por su sonoridad y cadencia medievales en un español muy comprensible para el lector moderno que sugerimos leer en el anexo de esta traducción[2] (que en el anexo se comparte en su versión íntegra):

Cristo en el Limbo. El Bosco. ¿Podríamos «ver» como Isumbras a el Cristo? DEFINITIVAMENTE, El Bosco vivió en su desopilante imaginación las muchas formas que puede asumir una deidad.

La hagiografía desempeña un papel fundamental en la Edad Media europea y en su literatura. La literatura inglesa no está, por supuesto, libre de ella. La hagiografía medieval se ocupa de manera particular de relatar las vidas de santos ilustres y describir con gran detalle sus cualidades, atributos, virtudes y méritos excepcionales. Durante la época de Constantino, en el siglo IV de la era cristiana, aparecieron numerosas colecciones de mártires que relataban sus singulares historias, en algunos casos no con poca truculencia. Las vidas de los santos servían, sobre todo, como una manera de adoctrinar a los fieles durante la celebración de la misa, por ello, solían aparecer en los sermones del sacerdote u oficiante religioso. En Europa la hagiografía más popular fue la Leyenda Áurea, de Jacopo da Vorágine. Los géneros literarios hagiográficos más importantes son:

  • Los textos apócrifos, que son los textos que no son aceptados oficialmente por la Iglesia Católica y que contienen información adicional que no aparecen en los evangelios convencionales de Lucas, Juan, Marcos y Mateo. Suelen versar sobre la vida de Jesús de Nazaret y la Virgen María.
  • Las Actas de los Mártires, que narran el juicio previo del mártir antes de su posterior condena y tormento.
  • Las pasiones, que relatan el tormento y la muerte de los mártires cristianos.
  • Las vidas de los santos, destinadas a inspirar a los cristianos y estimularlos a que actúen con la santidad de aquellos que en ellas aparecen.
  • Los martirologios, que constituyen calendarios que recuerdan a un santo según su día de nacimiento.
  • La leyenda de un santo, que relata la vida ejemplar y doctrinalmente edificante de un santo.
  • El legendario (o pasionario), que consta de una serie de leyendas de vidas de santos cuyo propósito era edificar e inspirar a los oyentes o lectores.
  • Los himnos vinculados a temas de carácter hagiográfico. Son notables los que fueron compuestos por Ambrosio de Milán, entre otros.
Gustave Moreau – La Parca y el ángel de la muerte. Estas y otras visiones atormentaban a las gentes del medioevo.

Los temas que menciona Shuffelton para el poema son los de la penitencia, la identidad social y el valor de la fe, elementos o componentes ideológicos éstos que permiten combatir tentaciones y ofrecimientos materiales suculentos. A estos temas podríamos añadir otros como el de la resignación y la aceptación voluntaria de la pena o penas impuestas por Dios en el momento en que el protagonista (o protagonistas) es censurado o recriminado (y toma conciencia de ello) por haber descuidado su servicio espiritual y deberes religiosos ante Dios como noble y caballero. El caballero Isumbras, nos dice también Shuffelton, fue escrito en East Anglia, en las primeras décadas del siglo XIV y se conserva en al menos nueve manuscritos, entre ellos, el manuscrito Ashmole 61.

Desconocemos el autor real del romance en inglés medio, pero sabemos que uno de los copistas de los manuscritos existentes se llamaba Rate. Los destinatarios del poema eran fundamentalmente familias pertenecientes a la alta burguesía o aristocracia que vivían en la provincia. Hay una mención de este poema, aunque de modo despectivo, en la obra Speculum vita, de Guillermo de Nassington. Hudson comenta que el manuscrito más antiguo de este poema es el Gray´s Inn 20, que consiste en un fragmento de 104 versos fechado en torno a 1350. Según esta misma especialista, el texto se asemeja al manuscrito Cambridge 175 (Gonville and Caius College), el segundo manuscrito más antiguo (1425-50) y elaborado en la región de los Midlands del sudeste, aunque el poema fue compuesto en la región de los Midlands del noreste, lo que ha causado que el poema posea una amalgama de formas dialectales procedentes de ambas regiones.

El cielo y el infierno siempre han sido dos visiones contrapuestas, la recompensa y el castigo, sin embargo, han acompañado al hombre desde siempre, incluso cuando hablamos de creencias e ideas religiosas alejadas del cristianismo. El Paraíso y el Infierno de El Bosco.

Las estrofas del poema suelen ser (aunque están sujetas a variación) de doce (12) versos encuadrados en el denominado estilo tail-rhyme (rima de cola). En este tipo de estrofas hay un verso (o versos) (llamado “cola”) de menor extensión que no rima con el resto de los versos de su estrofa.

The knyght and the lady hende

Toke ther leve at ther frende

And made a sorowfulle mone.

Sore wepyd both olde and yenge;

Ther was a carefull partyng

When thei ther wey dyd gone.

El patrón métrico del poema es aabccbddbeeb. Por otra parte, el romance de El caballero Isumbras posee distintos aspectos que no convienen obviar, entre los que conviene enumerar:

Aspectos humanos. El poema se centra en un personaje de carne y hueso, que actúa como un hombre, con sus vicios-pecados y virtudes, sus fortalezas y debilidades humanas. Se centra en un personaje con conciencia que es capaz de asumir su culpa y aceptar el destino impuesto por Dios, el cual constituye la máxima expresión de su ideal o ideales cristianos.

Bot inne hys herte a pride was browght:
Of Godys werkys he goffe ryght noght.
Hys mersye he sette nott byghe.
So longe he lyffed inne that pride
That God wold no lenger byde,

Bot sente hym sorow inne hyghe.

Aspectos retóricos que nos dan pistas de que el poema se escribió eminentemente para ser leído en voz alta ante un público expectante y ávido de historias doctrinales y penitenciales pero destinadas también a servir de entretenimiento.

Hende in halle and ye schall here
Of elders that beforn us were,
Ther lyves how thei dyde lede.
I schall yow telle a wonder case.
Frendys, herkyns how it was:
Ye schall have heven to mede.

Aspectos literarios de enorme valor que sirven para mostrar que estamos ante una obra estética y formal de gran belleza, como por ejemplo, el mantenimiento del texto a un plan elaborado que garantiza un orden y una continuidad precisa a la propia narración trazada.

Lytell wonder thofe thei had care,
For both ther childer leste thei ther
Of the eldyste two.
Hys wyffe he uptoke ther

And over the water he her bare,
His yongyste sone also.
Thorow a forest thei went deys thre

Tyll thei come to the grete see.

Grete stormes saw thei blaw

Upon the lond ther thei stode.

Ther come seylond onne the flode

A thousand schyppes onne rowe.

They lokyd doune them besyde:

Many schyppes thei saw ther ryde

Bot a lytell them fro.

With toppe-castels sette onne lofte,

They semed all one gold wroght,

Thei glytered and schyned soo.

La recurrencia a un bello patrón aliterativo propio también de la poesía en inglés antiguo o anglosajón.

Hys haukys and hys hondys bothe

Wente to the wode as thei were wrothe,

Iche onne dyverse weye.

What wonder was if he were wo?

On fote hymselve he muste go;

To peyn turned hys pley.

O el uso de la endíadis para la expresión de una misma idea:

Thei glytered and schyned soo.

Aspectos lingüísticos y dialectales que ayudan a contextualizar el poema en un espacio y en un tiempo determinado y a proporcionar información sobre la evolución del inglés diacrónica y sincrónicamente. El manuscrito se elaboró en los Midlands de la región sureste, pero el poema se compuso en los Midlands de la región noroeste. Un rasgo propio de la zona Midland del noroeste es el uso de –ande (en lugar de –ing) como marca formativa de gerundio o participio presente.

Perceval (Parzival) llega al Castillo del Grial, para ser recibido por el Rey Pescador. De un manuscrito de 1330 de Perceval ou Le Conte du Graal por Chrétien de Troyes

With carfull herte and sygheng sore,

Hys mydellyst son than lefte he thore;

Wepand he wente awaye.

With sory chere and drery mode

Agen over the water he yode;

To pyne turned all hys pley

Y una característica propia de la zona Midland del sureste es el uso de la grafía inical sch– en lugar de s-:

“If thou be doughty man of dede,

Thou schall be horsyd on a stede;

Myselve schall dubbe thee knyght.”

                 o

For sorow herselve sche wold spylle,

                           o

Ther come seylond onne the flode
A thousand schyppes onne rowe.

Aspectos morales y religiosos. El poema es esencialmente un texto religioso no solamente por las numerosas referencias a Dios, sino porque la vida del protagonista (o protagonistas) gira en torno a Dios y está condicionada por Dios según su manera de servirlo o proceder ante él.

“I weddyd hyr at Godys ley

To hold hyr to myn ending dey

Bothe in wele and woo.”

Aspectos didácticos. La obra está destinada a adoctrinar y a enseñar a los cristianos a servir mejor a Dios, a no olvidar las obligaciones como tales ante él, a resignarse ante la adversidad y ante sus designios, a enfrentarse a las adversidades, y a tener esperanza sin perder nunca la fe en Dios. El mensaje es claro: Dios castiga pero perdona a quienes se arrepienten con sinceridad y al final, los recibe en su seno.

Than was the knyght, Syr Isumbras,
More better than ever he was
And coverde of all his care.
Iche of his sonnes he gaffe a lond
And crouned them kyng with hond,
To lyve in myrthe ever more.
They lyved and dyghed with god intent,
And to heven ther saules wente
When thei dede were.

Aspectos culturales: la obra nos ofrece un panorama en torno a ciertos episodios históricos acaecidos en Europa en distintas épocas como las guerras frecuentes entre sarracenos y cristianos resultado de las invasiones de los árabes o musulmanes, los valores de un caballero medieval y el concepto de vasallaje, el respeto por la jerarquía social o las creencias medievales dentro del imaginario medieval, como la presencia de un unicornio en el texto, etc.

All that tyme, I understond,
The Sowdan werred on Crysten lond
And struyd it full wyde.
The Crysten kynge flede so longe,
And he gedered folke full stronge
The Sarysens to abyde.

                    o

The sory knyght uppe sterte hee
And folowyd hym unto the see:
Ther over gane he flye.
That same tyme an unycorne
His yonge sone awey had borne;
Syche sorow ganne he drye.

Torneo de caballeros en la edad media. Estas justas formaban parte de las costumbres de los hombres poderosos en tiempos de paz y además servían para el entrenamiento de caballeros como Isumbras.

En el poema se alude con frecuencia a los sarracenos (inglés medio-medieval o “Middle English”: Sarysens/Saryzens y en inglés moderno: Saracens). En la Edad Media se utiliza el término “sarraceno” para denominar en términos generales a los árabes o musulmanes. El origen etimológico del término sarraceno, aunque no está claro, podría derivar del latín sarracēni y ésta, a su vez, de la vocablo arameo sarq[iy]īn, que significa «habitantes del desierto». Eusebio de Cesarea menciona a los sarracenos en su obra Historia Ecclesiastica. En las fuentes francesas medievales el término sarrasins se hace muy popular y adquiere un significado muy concreto a partir de la invasión musulmana repelida en la batalla de Poitiers en el año 732. En este periodo medieval, pues, se designaba con el término de sarracenos a los enemigos que no profesaban la religión cristiana. A éstos se les llamaba también paganos (hethenes en inglés medio-medieval o “Middle English” y heathen en inglés moderno), como puede hallarse en el propio romance:

Isumbras and his childer thre

In hethenes made them redé

Batell onne them to bede.

Bajo el paraguas de esta denominación entraban los musulmanes de Al-Ándalus, los musulmanes de Sicilia, o poblaciones europeas como la de Arpitania, en los Alpes.

Aspectos psicológicos que abordan o explorar al personaje principal desde el punto de vista de su personalidad interior y de sus propios pensamientos.

The palmer sate and ete nought,
Bot lokyd onne the haule.
So myche he saw of game and gle,
And thought what he was wonte to be;
Teres he lete doune falle.

Estilo directo. En ocasiones el poema nos ofrece la posibilidad de escuchar la “voz” o la opinión de los propios personajes de una manera directa, sin la intermediación del autor, narrador o trovador, a veces en forma de monólogo y otras veces a través de un diálogo.

The knyght spake to the ladye fre,
“What frely folke may thes be

That drawys so faste to londe?

They seme men of grete asstate.

I rede some almus we aske them atte;

For hungour we be nyghe fonde.

“In this forest we have gon,
Mete ne drinke ete we non

More than deys seven.
Aske we thes folke some mete,
And loke if we may any gete,

For Godys love of heven.”

Aspectos sobrenaturales. El poema hace referencia a agentes de la divinidad, como los ángeles, que son capaces de intervenir directamente en los asuntos humanos o a aves enviadas de igual modo por la divinidad y que tienen la facultad de hablar y de portar un mensaje destinado a seres humanos.


For it befelle upon a deye
The knyght wente forth for to plebe
Hys feyre foreste to see.
As he lokyd hym besyde on hye,
He herd a byrd synge hym nye
Hyghe upon a tre.

And seyd, “Abyd, Syr Isombras.

Thou haste forgette what thou was

For pride of gold and gode.

The Kynge of Heven gretys thee soo;

Yonge other olde thou schalt have woo:

Chese thee inne thi mode.”

                        o

In angellys wed thei were clade,

And an angell them to batell lede

That sembly was to see.

They slew the hethyn kynges two

And many of the Sarysins also,

Thirti thousand and thre.

Finalmente, no queda más que añadir que El caballero Isumbras es un romance que disfrutará el lector moderno tanto como fue disfrutado por generaciones anteriores por su entretenimiento y más allá de ello, por su capacidad para edificarlo, animarlo y reconfortarlo en los momentos más duros y difíciles de esta vida.

Traducción en prosa:

Nobles que en este salón os habéis reunido, si os place escuchar hechos y acciones sobre aquellos antepasados que antes que nosotros estuvieron, esto es, sobre cómo vivieron, os contaré un hecho digno de maravilla. Escuchad, pues, queridos amigos, y el cielo os ganaréis como premio. Os referiré la historia de un caballero valiente y leal llamado Isumbras, un caballero noble, por cierto, de gran fama y notable por su fuerza en muchas lides. Isumbras era, en verdad, un hombre apuesto y fornido, de anchos hombros y largos brazos. Además, era alto de estatura. Cuántos lo contemplaban se quedaban prendados de él de tan majestuoso que era de porte. Le gustaba mucho rodearse de trovadores en su castillo, a quienes obsequiaba, por cierto, con atuendos de fino paño y presentes de reluciente oro. En lo que a cortesía se refiere, este caballero era el mejor con diferencia y en su mesa abundaba la comida. En verdad, no había nadie como él en el mundo. Estaba desposado con la mujer más bella que pudiera existir excepto, claro está, nuestra Señora Celestial, y tenían tres hermosos hijos en común, de una belleza difícil de describir. Pero un día en su interior creció la soberbia y el servicio a Dios el caballero Isumbras descuidó por completo, y durante tanto tiempo vivió sin tener a Dios presente en su corazón que no pasó mucho antes de que el Altísimo lo castigase por ello. Y entonces sucedió un día que el caballero, con el fin de recrearse, quiso contemplar su hermoso bosque, y en él se adentró, y allí, en lo alto de un árbol, escuchó cantar a un pájaro cerca de él. Después el pájaro le dijo así:

Sir Isumbras en el vado de John Everett Millais.

-Deteneos, caballero Isumbras, parece que habéis olvidado vuestro propósito principal como caballero y, pecando de soberbia, habéis preferido el oro y los bienes materiales por encima de todo. Por lo tanto, el Rey Celestial os envía el siguiente mensaje: “Escoged en vuestro corazón lo que deseáis, si sufrir en la juventud o en la vejez.”

Al escuchar esto, el caballero, presa de una gran inquietud y aflicción, se puso de rodillas y alzando las manos respondió:

-Dejaré de lado las riquezas mundanas y me dedicaré al servicio de Dios. En la juventud me es posible ahora cabalgar y moverme de aquí para allá, más cuando me haga viejo no podré hacerlo así, pues mis huesos se debilitarán, de modo que, Jesús, si os parece bien, hacedme pobre en la juventud y rico en la vejez.

La Melancolía de Durero.

Entonces, el ave alzó el vuelo y se alejó de él dejando solo al afligido caballero. Y cuando el ave se perdió de vista, el corcel del caballero, que era tan recio y tan veloz, cayó muerto debajo de él. Sus halcones y mastines, tomando diferentes caminos, se dirigieron al bosque enloquecidos. ¿Acaso podría causarnos maravilla la aflicción del caballero? Ahora éste debe viajar a pie. Su diversión y recreo se han tornado en pesar. Al aproximarse a una pequeña arboleda, vio en seguida a un niño pequeño que hacia él vino cabalgando. El niño le trajo al caballero la terrible noticia de que su castillo se había incendiado por completo y de que sus bestias habían perecido en él.

-Señor -dijo el niño-, nada ha quedado con vida excepto vuestros hijos y vuestra esposa.

A lo que el caballero respondió:

-Mientras halle con vida a mi esposa y a mis tres hijos, feliz estaré en este día.

Y tras retomar solo su camino, halló entristecidos a sus pastores, a quienes dijo:

 -Dios, que me ha enviado toda esta desdicha, me ha enviado también gozo y felicidad.

Qué cuadro tan triste presentaban su esposa e hijos después de huir del fuego. Los halló sentados debajo de un espino, recién salidos del lecho como Dios los trajo al mundo. Hasta entonces nada había afligido al caballero hasta que vio desnudos a los que antes había visto bellamente ataviados. La dama pidió a sus hijos que se alegrasen y añadió:

-Allí veo vivo a vuestro padre, nada temáis, pues.

Todos ellos lloraron lo que no está en los escritos, mas el caballero les pidió que se calmasen y dejasen de llorar tan amargamente. Después les dijo:

-Toda esta desventura en la que nos hallamos es debido a nuestros pecados y aún nos merecemos mucho más. Nada puede hacerse al respecto de modo que creo, exhausto como estoy, que lo mejor será marcharse de aquí a pedir limosna. Sin embargo, por la gracia de Dios llegaremos a un buen lugar donde podamos hacer buenas obras.

Entonces, tomó su valioso sobreveste y con ánimo abatido lo dejó caer encima de su esposa. Luego tomó otra de sus hermosas vestiduras y tras dividirla en varios trozos vistió a sus tres hijos que ante él se mostraban desnudos.

-Ahora habréis de hacer lo que yo os diga -profirió el caballero-. Id allí hacia donde Dios vivió y murió y fue puesto en la cruz, pues Jesucristo es tan bondadoso, que aquél que lo busque con buen corazón recibirá sustento.

Rubens – San Jorge y el Dragón (Museo del Prado, 1605).

Después el caballero hizo una cruz en su pecho y todos se confesaron a un sacerdote. Aquellos que eran sus amigos se afligieron y lloraron sin consuelo. El caballero y la gentil dama se despidieron de ellos con gran pesar. Cuánto lloraron grandes y chicos y qué momento más triste el de su partida. Con ellos se llevaron tan solo lo necesario para su sustento, nada de oro y nada de dinero. En los lugares por los que pasaron y allí donde pudieron obtener algo de comida pidieron limosna. Qué triste era ver sufrir a aquella señora y a tan noble caballero. Ellos que estaban acostumbrados a vivir con regocijo, ahora vivían desdichados y en la pobreza. Lejos aún de cualquier ciudad estuvieron vagando por un bosque a la buena de Dios y al cabo de tres días se quedaron sin comida y sin bebida. Vedles ahora llorar intensamente de hambre. Nada hallaron para comer, excepto aves silvestres posadas en espinos. Entonces llegaron a un río de aguas turbulentas cuyas orillas estaban peligrosamente separadas entre sí. El caballero Isumbras cogió a su hijo mayor y lo cargó encima suya hasta que pasó el río y pudo llevarlo a la otra orilla. Después le dijo:

-No te muevas de aquí hasta que traiga a tu hermano. Entre tanto juega con esta rama.

Después el caballero, que era noble y bondadoso, se adentró nuevamente en el río de aguas turbulentas llevando en los hombros a su segundo hijo, pero entonces sucedió que antes de que pudiera llegar a la orilla, un león apareció de súbito y se llevó al hijo mayor. Con el corazón destrozado y lleno de dolor, el caballero Isumbras dejó a su segundo hijo allí y regresó de nuevo por las aguas llorando amargamente y profundamente abatido. Pero en seguida un leopardo se llevó entre rugidos a su segundo hijo al bosque. La señora lloró con gran desconsuelo y de tanto dolor que sentía estuvo a punto de quitarse la vida. En verdad que tanto el caballero Isumbras como su esposa lamentaron el día en que nacieron. Después le dijo el caballero a la señora:

-El mundo, que antes se nos presentaba sin penurias ni tribulaciones, se ha tornado ahora hostil y ceñudo.

Y acto seguido este mismo le rogó que se calmase y aceptase con alegría la voluntad de Dios.

-Estamos obligados a mostrarnos agradecidos -añadió.

Señoras y señores, ¿por qué habría de sorprendernos el dolor de ambos padres después de haber perdido a dos de sus hijos? Seguidamente el caballero alzó a su esposa y a su hijo pequeño y en el río se adentró por tercera vez hasta alcanzar la orilla y durante tres días caminaron por el bosque hasta llegar al mar. Y allí fueron testigos de furibundas tormentas y de un gran número de barcos que no muy lejos de ellos navegaban en fila uno detrás de otro. Los barcos poseían elevadas fortificaciones de guerra encima de sus cubiertas que parecían hechas de oro de tanto que brillaban y resplandecían. El sultán de Persia se hallaba en uno de esos barcos con el fin de doblegar y someter a la Cristiandad a su voluntad y traer la desgracia por doquier. El caballero pensó entonces en acercarse un poco más allí donde estaban anclados los barcos. Entonces, y no os miento, llegaron a tierra botes con una enorme cantidad de hombres, tantos que me es difícil precisar el número exacto. Cerca de la bahía los barcos resplandecían por su oro y se destacaban por las enormes fortificaciones de guerra que llevaban en ellos. Después de ver todo aquello, el caballero habló así a la noble señora:

Roger libera Angélica – Jean Auguste Dominique Ingres

 -¿Quiénes son esas nobles gentes que con tanta prisa se dirigen a tierra? Parecen hombres de elevado estado y condición. Creo que entre ellos podríamos pedir caridad, pues de sobra conocemos ya lo que es el hambre. En este bosque en el que nos hemos adentrado no hemos comido ni bebido durante siete días. Veamos si es posible pedir a tales gentes algo de comida en nombre de Dios.

 Dicho esto, se dirigieron hacia los barcos con regocijo y, en especial, hacia el magnífico y suntuoso barco donde se hallaba el Sultán. Luego pidieron comida por el amor de Aquél que murió en la cruz y creó el mundo de la nada. Cuando los sarracenos escucharon al caballero gritar y encaminarse a sus barcos, creyeron que se trataba de un espía.

En cuanto al Sultán, esto fue lo que dijo:

-Que no se acerque aquí ese cristiano, pues no creemos en su religión, y aseguraos de que no se le dé nada.

 Una persona principal se dirigió al Sultán y le dijo:

-En verdad que es cosa de maravillarse ver a un mendigo con un porte y una constitución como la suya, pues es alto y corpulento, y el hombre más bello que haya visto jamás. Sin duda alguna, se trata de un gentilhombre y caballero. Sus brazos son largos y sus hombros anchos, sus cejas arqueadas y sus ojos brillantes. Su esposa es blanca como la espina de una ballena, su rostro es comparable a la espuma marina, y su semblante es resplandeciente como la azucena.

Al oír esas palabras, el Sultán sintió una gran lástima en su corazón y ordenó que el caballero fuera traído ante él con el fin de verlo con sus propios ojos. Cuando el Sultán vio lo hermoso que eran el caballero y la dama, éste sintió por ellos mucha lástima. Entonces, se dirigió al caballero y le dijo:

-Señor, os daré oro y dinero si decidís vivir conmigo y me ayudáis a luchar. Si sois un caballero esforzado, os daré un corcel, y yo mismo os nombraré caballero.

Calmado y sin perder la compostura, el caballero Isumbras, consciente de que estaba frente a un sarraceno, se dirigió a él en estos términos:

Las visiones del Cristo eran muy comunes en la edad media. The Resurrection – Master of Santacroce

-Señor, jamás lucharé contra la Cristiandad y jamás creeré en vuestra religión. Hace siete días que estamos en el bosque y durante los cuales no hemos comido ni bebido nada. Por el amor de Jesús que murió en la cruz, os pedimos que nos deis algo de comer y después nos dejéis marchar.

El Sultán se quedó mirando a la esposa del caballero y la comparó con un ángel celestial.

-Os daré -le dijo al caballero Isumbras-, más oro y dinero del que podáis imaginar si me vendéis a vuestra esposa. Yo la convertiré en la reina de toda mi nación y todos se inclinarán ante ella esperando obedecer sus deseos.

El caballero Isumbras respondió:

-No, de ninguna manera. Jamás me separaré de mi esposa a menos que me maten. Con ella me casé según la ley de Dios, y con ella permaneceré hasta el día de mi muerte en lo bueno y en lo malo.

Sin embargo, el Sultán juró por sus riquezas que haría todo lo posible por apoderarse de aquella dama. Y sin demora mandó que se llevasen a la esposa del caballero. Qué vanos fueron los intentos de Isumbras por impedirlo a pesar de luchar con valentía y bravura como nunca antes lo había hecho. Los sarracenos lo llevaron a tierra firme y allí lo vapulearon hasta romperle las costillas y dejarlo bien magullado. Qué maltrecho y dolorido quedó, por lo tanto, el caballero, que no hizo sino maldecir la hora en la que éste se había dirigido al encuentro de aquellos impíos y había perdido a su esposa. En cuanto al niño pequeño, a éste también lo condujeron a tierra y, excepto llorar desconsoladamente, nada pudo hacer al ver cómo golpeaban a su padre una y otra vez. Y de la esposa del caballero Isumbras, ¿qué puedo deciros?

Cuando los mayores peligros se establecen en el destino de los héroes,, éstos sacan fuerzas de flaquezas y vencen los escollos llevados de la mano del poder que infunden en sus corazones el espíritu divino para lograr las victorias más legendarias.
El dragón con las Siete Cabezas. Durero.

Esta comenzó a llorar tanto que a punto estuvo de perder la conciencia. Tanta pesadumbre sintió en su pecho que no hubo nadie que pudiera consolarla. Poco faltó asimismo para que se quitase la vida. Después alzó sus brazos al cielo con desesperación y clamó auxilio a Nuestra Señora gritando de esta manera:

-¿Es que ahora tendremos que separarnos? ¡Ay, mala ventura la mía! Jamás volverá la alegría a mi vida y a mi señor jamás volveré a ver. En mala hora nací. Hoy perdí lo que más quería.

Así de triste, escuchad bien, se sentía esta dama. Cuando el caballero se puso en pie, tomó al niño de la mano, y se marcharon de aquel lugar. Entre tanto, el Sultán dio la orden de que se dispusiera un barco ricamente abastecido y de que uno de sus mejores hombres llevase a aquella noble dama al país de aquél, pero no sin antes coronarla reina de toda su nación con sus propias manos y hacerlo atestiguar así en un documento sellado y ricamente adornado. Y cuando el navío ya estaba listo para partir junto a los otros, la dama, con el corazón lleno de tristeza, se puso de rodillas ante el Sultán y entre sollozos le dijo:

-Señor, os suplico de todo corazón que me concedáis un deseo.

Para alegría de la dama, el Sultán accedió. Fue entonces cuando el caballero fue traído ante ella de nuevo y la dama le dio un anillo. Seguidamente los sarracenos dieron comida y bebida al caballero y al niño pequeño para que pudieran sobrevivir siete noches. Y a la hora de despedirse de ellos, la dama, cortés y afable, besó primero a su señor y después a su hijo, y luego se desmayó dos veces. Los sarracenos arriaron las velas del navío, que eran de vistosos colores, y el viento hizo que éste iniciase su periplo alejándose del puerto y llevándose consigo a aquella noble dama. Al magullado caballero pusieron en tierra, el cual se quedó llorando amargamente la partida de su esposa mientras veía alejarse el navío.

-Oh, Dios, Creador del cielo y de la tierra -exclamó-, tened piedad de este simple mortal, que acatará vuestra voluntad sea cual sea.

Isumbras como todos los santos y héroes medievales vencen los mayores retos y con ello, consiguen el autoconocimiento, forma básica del a Gnosis. Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Durero

Cuando el caballero se puso en pie, tomó a su hijo de la mano y muy lejos se marcharon de allí. Al poco rato se detuvieron. Entonces, el caballero Isumbras puso a su hijo debajo de un árbol, y sin poder ver apenas de todo lo que había llorado, el apesadumbrado caballero extrajo de su manto escarlata, allí donde guardaba el oro, comida y bebida para su hijo. Poco tiempo después, tras ponerse en marcha y caminar un rato, ambos llegaron a un cerro elevado en donde el caballero decidió pernoctar, pues ya no podía caminar más, tal era su cansancio. A la mañana siguiente, mientras el caballero aún dormía, un ángel se llevó el oro que guardaba aquél en el manto escarlata.

Grande fue el sobresalto del caballero, que siguió al ángel hasta el mar, y una vez allí, éste se echó a volar. Y mientras esto sucedía, un unicornio había llegado hasta el elevado cerro donde estaba su hijo pequeño y se había apoderado de él. ¡Qué grande fue el dolor del caballero! Nunca antes había sentido tal congoja. Isumbras se apostó entonces encima de una piedra y con el corazón compungido y triste voz se dirigió al rey celestial así:

-Señor, ¡cuánto dolor hay en mí! Hasta hace poco tuve tres hijos y ahora no tengo ninguno. Señor Dios, tú que portas la corona celestial, guíame hoy hasta alguna ciudad, pues ahora me hallo solo.

 Y puesto en camino de nuevo, escuchó el sonido de unos herreros trabajando en la forja haciendo soplar los fuelles, y en seguida vio el fuego que salía de ella. Hasta ellos se acercó entonces para pedirles algo de comida.

Isumbras no es solo el caballero que vence las adversidades y cura sus heridas con las armas sino también, con la oración.Oración en el huerto de Sandro Boticelli.

-Trabaja como nosotros en la forja haciendo soplar los fuelles-le respondieron, -este es el único trabajo que tenemos.

A lo que el caballero replicó:

-Con gusto trabajaré en la forja haciendo soplar los fuelles a cambio de comida.

 Los herreros le dieron mucha comida y después le hicieron sacar una piedra de un agujero de lodo. A partir de ahí, el caballero Isumbras con mucha tristeza en su corazón comenzó a cargar hierro y piedra hasta que pasaron dos años. Y hasta tal punto aprendió a hacer el fuego necesario para el trabajo en la forja con tanta habilidad que se ganó el sueldo de un trabajador. Y en ella estuvo otros dos años más. Había en aquella forja, por cierto, un herrero que había estado trabajando en ella durante más de siete años haciendo soplar los fuelles. Este herrero era un gran maestro fabricando toda clase de armaduras para los caballeros que debían ir a guerrear, y escuchad bien, señoras y señores, en todo ese tiempo tengo entendido que los sarracenos habían estado atacando a los cristianos ocasionando grandes daños en sus territorios. Sin embargo, el rey cristiano, que se había visto obligado a huir, pudo formar un ejército de caballeros muy aguerridos con el fin de enfrentarse a los sarracenos en el campo de batalla. Fijado el momento de la batalla, paganos y cristianos se pusieron frente a frente. Entonces el propio caballero Isumbras, sin ponerse armadura alguna, se montó en un corcel y al combate se dirigió presto. Cabalgó hasta un cerro elevado y desde allí pudo contemplar a paganos y cristianos por igual. Sonaron las trompetas y los hombres prepararon sus armas. En ese momento, el caballero Isumbras espoleó a su caballo y se puso en movimiento. Después desmontó de éste, se puso de rodillas, y se dirigió a Jesucristo con devoción de esta manera:

-Señor, dejad que yo también entre en batalla con el fin de vengar todo el daño que me ha causado el Sultán.

Hecho esto, se levantó el caballero de buen corazón y se dispuso a entrar en combate con espíritu determinado. En la batalla no hubo arma que pudiera detenerlo, y añado que en ella tampoco salió con vida ninguno de quienes recibieron alguno de sus mandobles. Al cabo de un rato, murió su caballo y el caballero cayó al suelo. Entonces, un conde cristiano lo sacó de la batalla y lo condujo hasta una montaña próxima. Allí le cambió sus vestiduras y le proveyó de un buen corcel. En seguida, el caballero Isumbras se dirigió a batallar de nuevo  y otra vez espoleó a su caballo con entusiasmo mientras sostenía en mano su mortífera arma. A algunos sarracenos golpeó con gran fuerza en la cabeza hasta hacerlos caer de sus caballos. Muchos testigos pudieron ver que allí donde se situaba el caballero o allí adónde iba no dejaba sarraceno sin derribar. Y cuando le tocó el turno al Sultán, el caballero cristiano se dirigió hasta la montaña en donde estaba apostado y acabó con su vida y con la de aquellos que con él se encontraban. Durante tres días y tres noches estuvo el caballero Isumbras guerreando hasta obtener la victoria final. Y muertos los sarracenos, los cristianos se alegraron enormemente por ello. Después preguntaron:

 San Jorge y la princesa de Trebizond,. Pisanello. 1438

-¿Dónde está aquel caballero que tan valiente y esforzado se mostró en la batalla? Qué alegría nos dio el verlo combatir. Qué fuerza la suya, y qué denodado en el combate. Jamás habíamos visto a alguien igual.

Condes y barones lo buscaron y finalmente lo trajeron ante el mismísimo rey. Vedlo herido y magullado. Entonces, el rey le preguntó su nombre y el caballero respondió:

-Soy un herrero. ¿Qué habéis dispuesto para mí, mi Señor?

El rey le respondió así:

-Qué digno de admiración es que un herrero se haya mostrado tan esforzado en la batalla.

Después ordenó el rey que le dieran de comer y de beber y todo aquello que se le antojara hasta que sanase por completo de sus heridas. Y luego juró por su reino que si el caballero lograba recuperarse de sus heridas, lo armaría caballero. Y de esta manera, el caballero Isumbras se quedó en compañía del rey con el fin de reponerse de las heridas recibidas en la cabeza durante el combate. Cuánto se alegraron los cristianos de la muerte de los sarracenos, esos perros paganos. Éstos se compadecieron de las heridas del caballero Isumbras,y decidieron prepararle todos los días nuevos ungüentos con el fin de aliviarlas.

Le dieron de comer y de beber, y en poco tiempo le curaron sus graves heridas. Después, listo ya para partir, el rey ordenó que se le diera un morral y un bastón y se le vistiese como un peregrino. Acto seguido, doy fe de ello, el caballero Isumbras se despidió de todos dándoles las gracias, en especial a quienes le ayudaron a sanar sus heridas. Se puso en camino, y hacia el gran mar se encaminó. Y tal como quiso Dios, halló atracado en tierra un barco listo para zarpar, y en él se embarcó. El barco se dirigió entonces a tierras paganas, y cuando llegó a un país pagano se puso en camino sin pérdida de tiempo. Siete años estuvo en aquel país pasando hambre, sed, y toda clase de penurias. Por profundos y enormes bosques se adentró el caballero abatido como nadie más lo hubiera hecho. De día viajaba con gran fatiga, y de noche dormía con sus pobres y raídos atuendos, y todo ello para cumplir la voluntad de Dios y hacer penitencia con buen agrado debido a su mal proceder de antaño. Sediento, hambriento y sin techo, el caballero detuvo su marcha cerca de un arroyo a las afueras de Belén y allí comenzó a llorar amargamente sus penas. Pero en mitad de la noche, se le apareció un ángel resplandeciente que le dio pan y vino.

-Peregrino -le dijo el ángel al caballero-, sed bienvenido. El Rey Celestial os saluda con regocijo. Vuestros pecados han sido perdonados ya. El Rey Celestial os bendice y os manda regresar de nuevo por dónde habéis venido.

San Jerónimo. Tríptico de los Santos Eremitas. Detalle.

El caballero se postró de rodillas y dio las gracias a Jesucristo. Lloró de alegría, pero no supo hacia dónde ir, pues nada más le dijo el ángel de parte de Dios, excepto que caminase siempre derecho fatigosamente. Y, si he de seros sincero, así lo hizo día y noche siguiendo su voluntad. Muchas tierras atravesó entonces hasta que llegó a una próspera ciudad en la que había un castillo. Allí oyó decir que vivía una reina hermosa y resplandeciente y que todos los días con gran devoción repartía limosna a los pobres en la misma puerta de su castillo. Sin dudarlo, el caballero se fue hasta aquel lugar y allí halló a mucha gente que tenía un florín en su mano. Qué deseoso estuvo entonces de recibir caridad, pues nunca antes había tenido tanta hambre. Entre los pobres y más enfermos que allí se encontraban se escogieron a más de sesenta, entre los cuales se hallaba el caballero Isumbras, de cuyo aspecto se tuvo compasión. Todos ellos fueron llevados al interior del castillo donde se encontraba la majestuosa reina en el salón principal atendida en la mesa por muchos criados vestidos con elegantes vestiduras. En el suelo podía verse un hermoso manto.

-El peregrino pobre -anunció el mayordomo principal-, se sentará en la parte más alta.

Entonces, se sirvió en la mesa comida y bebida, mas el caballero Isumbras no comió nada, tan solo se limitó a observar el salón en el que se hallaba. Al ver allí tanto regocijo y diversión, éste recordó sus buenos tiempos de caballero y comenzó a llorar. Cuando la reina, sorprendida, se percató de que aquel “peregrino” había estado sentado durante mucho tiempo sin probar bocado, le dijo así a un caballero:

-Traedme una silla y un cojín, y haced que aquel peregrino se siente en ella para que me cuente lo que ha visto y oído en tierras paganas y sus peligrosos caminos.

Gran Teofanía del Apocalipsis, con el Agnus Dei en el centro, Beato de Facundo (1047), Madrid, Biblioteca Nacional, notar como intuitivamente y sin al parecer ninguna influencia del Oriente esta pintura de la Edad Media occidental es mandaliforme, sin embargo la alegoría superior con el Águila de Patmos (nombre dado al evangelista Juan) y la inferior que representa a un ángel (alegoría de Mateo) tienen un símbolo que es idéntico al del Yin Yang.

Se trajo entonces una suntuosa silla y sobre ella se sentó el “peregrino” ante la reina para relatar su historia. Y tan noble se mostró el caballero Isumbras a la hora de hacerlo, que la reina, que no quiso levantarse de su asiento durante el relato, pudo preguntarle todo lo que deseó.

-Por el amor de mi señor -dijo la reina-, que os daré aquí en mi castillo, mientras viváis, ropa, bebida y comida y un criado que os sirva en vuestros aposentos de noche y de día.

Muy agradecido se mostró entonces el “peregrino” a la noble señora y en su corte como parte de su séquito se quedó a vivir, lo que hizo que aquél comenzase a sentirse mejor de ánimo. Y tanto tiempo permaneció Isumbras en el castillo sirviendo a la reina que finalmente volvió a ser el mismo caballero sano y hermoso que fuera antaño. Isumbras era un hombre tan corpulento, alto, y fuerte que todos cuantos le contemplaban se maravillaban de ello. Cuando los caballeros competían entre sí para ver quién era capaz de lanzar una piedra más lejos, el caballero Isumbras sobrepasaba a todos con gran ventaja, lo que hizo que todos lo envidiasen inevitablemente. Y cuando tales caballeros combatían con él en una justa tratando de propinarle terribles golpes, a todos vencía aquél con suma facilidad. Y os digo más, en el campo de batalla no hubo nadie tan osado, rodela en mano, que se atreviese a enfrentarse a su decrépito caballo, que no recibiese golpe tan grave que lo hiciera tambalear de pies a cabeza. Asimismo a muchos otros o los hizo sangrar de mala manera o los zarandeó admirablemente partiéndolos en dos. Y los que pudieron, huyeron de miedo como conejos. Viendo todo aquello, la misma reina solía reírse de lo lindo y decir:

-Menuda fuerza tiene el pobre peregrino, el cual bien merece que le demos de comer.

Adoración del Cordero Místico, con la sangre brotando, detalle del Políptico de Gante, de Jan van Eyck, c. 1432.

Un día en el que el caballero Isumbras, un peregrino a imagen de todos, fue a recrearse un poco, como era su costumbre, sucedió que este vio en lo alto del nido de un ave un paño rojo que el viento hacía flamear. Al acercarse al nido observó que su propio oro, que estaba todo enmohecido, se hallaba en su interior. Y al recordar que se trataba del oro obtenido por la venta forzada de su esposa a los sarracenos, su amargo dolor apareció de nuevo. El caballero se llevó el oro a sus aposentos y lo escondió debajo de la cama. Después se marchó de allí con lágrimas en los ojos. Ver aquel oro le hizo recordar a su esposa y tres hijos y ello le produjo, como os digo, una gran desazón. Sin embargo, si no iba a sus aposentos al menos una vez a comprobar que el oro seguía allí, entonces no se quedaba tranquilo. Después se ponía a llorar todo el día. Y tanto tiempo pasó el caballero Isumbras entre los caballeros, que pronto éstos supieron de esta última costumbre suya, la verdad os digo. Un día en que éste se marchó al bosque para distraerse un poco y pensar en su doloroso pasado, un caballero derribó la puerta de los aposentos de Isumbras y halló el oro en el suelo. Acto seguido se lo mostró a la reina. Cuando la reina vio el oro, en seguida cayó al suelo desmayada, pues ésta ya lo había visto antes. Al recuperarse, lo besó varias veces y dijo:

-Ay, señor, este oro pertenece a mi antiguo señor, el caballero Isumbras.

Y a ese mismo caballero que le trajo el oro le contó cómo ella había sido vendida forzadamente a los sarracenos por ese mismo oro mucho tiempo atrás.

-Cuando veáis al peregrino, decidle que venga a hablar conmigo. Deseo verlo desesperadamente-ordenó.

El caballero Isumbras, conocido por todos como “el peregrino”, fue conducido entonces al salón principal. La reina le rogó que por el amor de Dios y su honor de caballero le dijera cómo había conseguido tal oro y añadió que de no sabedlo se moriría de la impaciencia. Con el corazón apesadumbrado y entre grandes sollozos, el caballero Isumbras se puso de rodillas antes de responderla. Lo primero que le contó éste fue cómo los sarracenos habían pagado ese oro por la compra de su esposa, y cómo él había sido golpeado posteriormente a manos de tales infieles. También le contó cómo había perdido a sus hijos y su oro y, en general, le refirió todas las adversidades y amenazas sufridas. Entonces, ella le besó el rostro y le dijo:

La visión de San Eustaquio. Durero. Coloreado por Unknown.

-Bienvenido, caballero Isumbras, esposo mío.

Y de tanta dicha, ambos, el caballero y la dama se pusieron a llorar, pues fue mucha la felicidad que sintieron los dos al encontrarse de nuevo. Cuántos dulces besos se repartieron entre abrazos. En verdad os digo que la alegría que sintieron de verse no se había visto jamás. Después dispusieron que se organizara un gran banquete, al que acudieron, sin osar resistirse, ricos y pobres. Isumbras, caballero antaño, fue coronado aquella misma noche por los esforzados barones, convirtiéndose, así pues, en rey. Y como rey, situada ya su corona en la cabeza, dio orden de que en todas las ciudades se proclamase que todos, ricos y pobres, viejos y jóvenes, debían convertirse al cristianismo, y se advirtiera que de nada les valdría, ni oro ni otros bienes, a quienes no quisiesen acatar la orden real a la hora de evitar las consecuencias de su desacato. El caballero Isumbras se había convertido en un rey en tierras paganas que tenía ahora más riquezas que antes. Y aprovechando su condición de rey en aquel tiempo, el caballero Isumbras quiso imponer la cristiandad, y para ello envió edictos a todos los paganos anunciando que, a menos que éstos se hicieran cristianos, serían quemados vivos sin remedio para pesar suyo. Los sarracenos renegados acordaron combatir con él y uno de ellos dijo, en verdad, que a la mínima ocasión tanto el caballero Isumbras como aquellos que se encontrasen con él serían quemados vivos por igual. Llegó el día de la batalla y muchos paganos, venidos de todas partes del mundo, se habían reunido allí acompañados de dos reyes para matar al caballero Isumbras. Una gran inquietud asoló a éste, pues se encontraba completamente solo sin nadie dispuesto a combatir con él. Los súbditos y criados de su esposa lo habían abandonado y habían huido de él cuando éste se montó en su corcel listo para ir a combatir. Y sin desvanecerse aún su inquietud y con el corazón acongojado, el caballero Isumbras besó dulcemente a su esposa y la dijo con tristeza:

-Señora, adiós para siempre, no volveremos a vernos nunca más.

-Señor respondió ella-, si me pusiera la armadura de un caballero, iría a combatir con vos.

-Ya que es voluntad de Dios que pasemos por este trance, no espero vivir más, de modo que corramos ambos la misma suerte.

Eustáquio de Roma. Durero

Sin demora la señora se vistió como un caballero, con lanza y rodela en ristre. Y solo los dos, sin contar con el apoyo de nadie más, se dirigieron al campo de batalla para combatir contra más de treinta mil sarracenos. Una vez allí, y cuando los sarracenos estuvieron a punto de lanzarse contra ellos, aparecieron de súbito tres caballeros montados en tres bestias salvajes: uno sobre un leopardo, otro sobre un unicornio, y el tercero, que llevaba la delantera, sobre un león.

Se trataba de los hijos del caballero Isumbras. Estaban ataviados como ángeles, y un ángel hermoso los guiaba hacia la batalla. Al final, con ayuda de sus hijos y del ángel pudo acabarse con la vida de los dos reyes paganos y también de muchos de los sarracenos, entre los que se contaban treinta y tres mil. El caballero Isumbras rogó a los gentiles caballeros que lo acompañasen de vuelta y se convirtieran en sus leales vasallos. Ellos, instruidos por el ángel, le respondieron de esta manera:

-En socorro vuestro fuimos enviados. Somos vuestros hijos.

Al oír aquello, el caballero se alegró mucho y se puso de rodillas para agradecer tantas veces como pudo a Dios por ello.

-Oh, señor –exclamó-, Rey Celestial, bendito seáis por todas las cosas, pues a mis hijos he hallado.

Estampa de San Eustaquio

El caballero Isumbras y su noble esposa bendijeron entonces a sus tres hijos y se pusieron a llorar embargados por la alegría y con esta misma alegría se abrazaron y besaron con ternura. Después, el caballero Isumbras se dirigió a una ciudad en compañía de su esposa e hijos. Y cuando la muchedumbre los vio llegar, fueron muy bien recibidos como gente principal con regocijo, honores, trompetas, flautas, y chirimías. Y no pasó mucho tiempo antes de que el caballero Isumbras y sus tres hijos se preparasen para declarar la guerra a los sarracenos en tierras paganas y en breve conquistaron tres naciones paganas asentando cristianos en ellas, como cuenta la historia.

Fue entonces cuando el caballero Isumbras se encontró mejor que nunca tras haber pasado por incontables penurias en el pasado. A cada uno de sus hijos hizo rey de una nación para que pudieran vivir en adelante sin pesar. Y todos ellos vivieron y murieron acorde con la fe cristiana, y al morir, como debe ser, sus almas fueron al cielo.

AMEN QUOD RATE

Fragmento en inglés medieval/medio (middle english) del caballero isumbras

Hys eldyst son he toke up ther

And over the water he hym bere,

And sette hym on the londe.

“Loke,” he seyd, “that thou be styll

To I fette thy broder thee tylle,

And play thee with this wand.”

The knyght that was hend and gode

Over the water than he wode,

And toke hys mydell sone,

And bore hym over the water wyld.

A lyon toke that other Childe

Or he to lond myght com.

With carfull herte and sygheng sore,

Hys mydellyst son than lefte he thore;

Wepand he wente awaye.

With sory chere and drery mode

Agen over the water he yode;

To pyne turned all hys pleye.

A lyberd com and toke the tother

And bare hym to the wodde to his broder;

Wyldly awaye he wente.

The lady wepyd all her fylle;

For sorow herselve sche wold spylle,

Sych sorow to hyr was lente.

They seyd alas that they were borne,

“Herd world is us beforne

That are was wyld and cranke!”

The knyght bade sche schuld be stylle

And blythly sofer Godys wylle:

“We behove hym all to thanke.”

Lytell wonder thofe thei had care,

For both ther childer leste thei ther

Of the eldyste two.

Hys wyffe he uptoke ther

And over the water he her bare,

His yongyste sone also.

Thorow a forest thei went deys thre

Tyll thei come to the grete see.

Grete stormes saw thei blaw

Upon the lond ther thei stode.

Ther come seylond onne the flode

A thousand schyppes onne rowe.

They lokyd doune them besyde:

Many schyppes thei saw ther ryde

Bot a lytell them fro.

With toppe-castels sette onne lofte,

They semed all one gold wroght,

Thei glytered and schyned soo.

The Soudan of Pers was therinne.

Crystindom he come to wyne,

Ther wakyd wo full wyde.

The knyght thought that he wold lende

A lytell by that foreste hend;

The schyppes wold ther abyde.

Men come to lond, withouten lesse.

Ther com in botys grete presse,

Mo than I canne telle,

What ther were be the sonde,

Of gold all glyterande

With many an hygh toppe-castelle.

The knyght spake to the ladye fre,

“What frely folke may thes be

That drawys so faste to londe?

They seme men of grete asstate.

I rede some almus we aske them atte;

For hungour we be nyghe fonde.

“In this forest we have gon,

Mete ne drinke ete we non

More than deys seven.

Aske we thes folke some mete,

And loke if we may any gete,

For Godys love of heven.”

To the galys thei went with wynne

That the Soudan hymselff was inne,

That rychely was wroght.

Thei askede ther som lyffes fode,

For his love that dyeghed onne rode

And made this werld of nowght.

The Sayrezins seyd he was a spye,

When thei herd hym so crye,

And ther schyppes had sought.

The Souden bade, “Do hym aweye,

For we leve not on his leye.

Loke ye gyffe hym nowght.”

A knight seyd unto the kynge,

“Sertys, it is a wonder thyng

Yone pore man to see,

For he is both large and hyghe,

The feyrest man that ever Y se;

A gentyll man is he.

With armes long and schuldres grete,

Wythe browys brante and eyen stepe,

A knyght semys to be.

Hys wyffe whyte as whalys bone,

Hyr lyre as the see fome,

And bryght as lylé of blee.”

The Sowdan grete reuth thought,

Bade he schuld be befor hym brought;

He wold hym se with syght.

When he them se, he rewyd sore,

So sembly as thei bothe wore,

The lady and the knyght.

He seyde, “Syr, both gold and fee

Thow schall have, and duelle with me

And helpe me for to fyght.

If thou be doughty man of dede,

Thou schall be horsyd on a stede;

Myselve schall dubbe thee knyght.”


[1]El romance en inglés medieval-medio (Middle English) puede encontrarse en: http://d.lib.rochester.edu/teams/text/shuffelton-codex-ashmole-61-sir-isumbras Edición a cargo de George Shuffelton

[2]ANEXO: De un cavallero Pláçidas que fue después christiano e ovo nonbre Eustaçio

I. En el tienpo de Troyano1, el enperador de Roma, avía el diablo grant poder que por sí que por aquellos que lo servían, ca les fazían 2 orar a los ídulos e desconoçer e desamar a nuestro Señor Jhesu Christo, e marteriar e matar todos aquellos que [23d] en él creían. En este tienpo que vos yo digo ovo un rico omne de muy grant linaje e señor de muchos cavalleros, que avía nonbre Pláçidas. Éste era de buenas maneras e de buenas costunbres, así que por su bondat lo feziera el enperador maestre de su cavallería toda.

E con 3 todas buenas maneras que avía fazía mucho bien por Dios, ca acorría a todos aquellos que avían menester ayuda: a los coitados, a los mal amigados, e aun a los que meresçían por derecho muerte. A todos dava él consejo a todo su poder: vestía los desnudos, dava a comer a los que avían fanbre, mantenía las biudas e los huérfanos, pagava las debdas por los cuitados debdores; a cavalleros e a dueñas pobres acorría bien a sus coitas, e aun a las que prendían 4 por Jhesu Christo fazía él mucho algo con piadat. ¿Qué vos direy 5 mais? Partía su aver e sus cosas por todos los que lo avían menester, así que se semejava bien con un santo omne 6 que avía nonbre Cornelio que sant Pedro convertiera.

Él avía su mugier que lo semejava en buenas maneras, mas pero eran anbos gentiles e non conosçían nuestro Señor Jhesu Christo. Estos anbos avían dos fijos que amavan muy de corasçón. Aún vos diremos más d’aqueste 7 fidalgo. Él era muy buen cavallero d’armas e muy sesudo en ellas; e era muy bien razonado e justiçioso, e era tan sabidor de guerra que metía todos sus enemigos e de su señor so su poder, e era [24a] tan sabidor de aves e de canes e de caça de monte e de ribera que sabía e fazía quanto ý avía menester; e avía ý tan grant sabor que iva ý cada día. Mas nuestro Señor, el poderoso e de buen talante, que sabe e ve quáles ha de llamar e de tirar a sí, non tovo en desdén las buenas obras de aquel alto omne; pero era cobierto de nuve de yerro e de a nuestro Señor. Por esto ovo Él piadat d’aquel alto omne, e quísolo salvar en qualguisa vos agora diremos (…).

Un día aveno que aquel rico omne fue a caça como solía, con muy grant conpaña de cavalleros e monteros más abaldonadamente que él pudo. Quando llegaron a una montaña, vieron una grant conpaña de çiervos que atravesavan la carrera por ante ellos. E tan toste partió 10 su monte 11: quáles fuesen e por ó, e quáles fincasen e dó estoviesen. E él e los que ovieron luego de ir corrieron en pos los çiervos. E cada uno atendiendo su caça, ahé aquí un çiervo grande a maravilla, mayor e más fermoso que todos los otros; e pasó por ant’él e partiose de [24b] los otros, e fuese meter en la más espesa xara que falló. E Pláçidas, que lo vio e lo cobdiçió, partiose de su conpaña e fuese en pos aquel çiervo lo más que pudo.

E así veno que andido todo aquel día en pos su caça, así como Dios quería; e su cavallo non le cansó nin por xaras nin por canpos12 nin por matas de ir en pos el çiervo. E después qu’el çiervo fue mucho alongado de la conpaña, sobió alto sobre una peña13 e tornó su cabeça por ver el que venía en pos él, así como es costunbre de los çiervos quando entienden que non viene[n]14 ningunos çerca los que en pos ellos corren. El buen fidalgo se llegó así como andava solo al çiervo, e cató por dó podería sobir que oviese su caça. Mas aquel que ha todo sen e todo saber, por su merçet e por su piadat caçó aquel que el çiervo quería caçar por sí mesmo, ca non por otri15; non así como Él fezo conberter el alto omne Cornello por16 la plegaçión de sant Pedro, mas así como convertió sant Pavlo por su demostrança.

El buen cavallero Pláçidas estovo mucho catando el çiervo e maravillándose de cómo era grande e fermoso, mas seso e poder le falleçió de lo tomar; e mucho le pesava porque lo non podía tomar, mas nuestro Señor Jhesu Christo le fezo que non començase cosa de que se non podiese ayudar. E así como fizo al asna17 fablar a Balaam, en que [24c] iva, quando le dixo la neçedat que quería fazer, así mostró él a este bendito cavallero entre los cuernos de aquel çiervo el señal de la verdadera cruz más clara e más luziente qu’el rayo del sol. E en la cruz estava la imagen de Jhesu Christo, que fezo el çiervo fablar como omne, e díxole: “Pláçidas, ¿por qué vas tú contra mí? ¿Qué me quieres o qué me demandas? Sabe que por amor de ti te me mostré entre los cuernos d’esta bestia, así como tú ves, por que me conosçieses.

Yo só Jhesu Christo que tú sierves, e tú non sabes ende cosa. Yo veo bien las limosnas que tú cada día fazes a pobres e a coitados; e vine aquí mostrárteme por este çiervo, e tú echástete a caçarlo. E yo alcançaré a ti; tú non atarás nin prenderás el çiervo, mas yo levaré a tí preso e liado, ca non es derecho nin razón que mi amigo que tantas faz de buenas obras sierva desoy más a los diablos nin que adore 18 los ídolos que non an seso nin saber de acorrer a ninguno nin19 de·l fazer ajuda. E por esto vine yo en tierra, por salvar el mundo”.

E quando Pláçidas oyó esto, fue muy espantado e ovo tan grant pavor que se dexó caer en tierra del cavallo. E quando acordó, erguiose e quiso ver más conplidamente aquella maravilla que·l era demostrada. E dixo entre sus dientes: –¿Qué maravilla e qué visión es ésta que veo? Buen Señor, descúbreme bien e muéstrame lo que dizes si quieres que yo crea en ti. E nuestro [24d] Señor le dixo estonçe: III.

–Pláçidas, entiéndeme. Yo só Jhesu Christo, que fize el çielo e la tierra e los quatro elementos, e partilos por quatro lugares. Yo fiz el día, yo fiz la noche, yo fiz la lunbre, yo fiz el escuro, yo fiz la mañana paresçer, yo fiz el sol arrayar, yo fiz la luna luzir de noche, yo fiz las estrellas por onrar el çielo, yo fiz los años, yo fiz los tienpos, yo fiz los meses, yo fiz las semanas, yo fiz los días, yo fiz las oras, yo fiz los ratos, yo fiz el omne de tierra. Yo fui puesto en cruz, yo fui20 soterrado, yo resuçité a terçer día de muerte a vida. Quando esto oyó Pláçidas, echose en plegaria e besó la tierra ant’él, e dixo: –Buen Señor, yo creo que tú eres aquel que todas las cosas feziste, e que metes en carrera todos los descarreados.

–Ay, Pláçidas –dixo nuestro Señor Jhesu Christo–, sí tú esto cres vete a la çiudat e faz lo que te mandar el obispo de los christianos, e pídele bautismo. –Buen Señor –dixo Pláçidas–, si me mandardes contaré esto a mi mugier e a mis fijos, ca en toda guisa quiero yo que en ti crean. –Vay21 –dixo Jhesu Christo–, e cuéntagelo todo. Desí, tomad todos bautismo e dexatvos de la mala vida que fasta aquí feziestes. Desí, torna aquí a mí, e mostrarte he lo que te averná e por que averás verdadera salut. [25a] IV. Entonçe salió Pláçidas de la montaña e fuese a su casa, e contó a su mugier quanto viera e oyera.

E desque lo ovo contado todo, su mugier dio bozes, e dixo: –Buen señor e buen amigo, ¿vistes vós el cruçificado que los christianos creen e oran? Sabed vós verdaderamente que aquél es el muy grande Dios e el verdadero Dios22; que non á otro fuera Él, que así mete los que son descarreados en carrera e faz creer a los descreídos. E esta noche que fue lo vi yo otrosí, e me dixo esto mesmo: “Mañana iredes tú e tu marido e tus fijos en uno a mí”. Agora sé yo bien que este Jhesu Christo se vos quier aún mostrar en aquella forma en la verdadera cruz porque en toda guisa quier que sepades su fuerça e su poder, e que todos creamos en Él.

Ora vamos toste demandar el santo bautismo de los christianos, ca por el bautismo son suyos quitos23 aquellos que lo cren. –Bien24 otrosí dixo Él a mí –dixo Pláçidas. Luego en esa noche, sin más tardar e sin saberlo omne de su casa, fueronse ellos al obispo de los christianos e contáronle quanto vieran e oyeran e fizieran e dixieran. E quando se conosçieran que todos creían en Jhesu Christo, [25b] bautizolos luego el obispo e fue muy ledo, e dio graçias a nuestro Señor que cosa non quier perder, ante lo quier todo salvar. E quando los bautizó, púsoles otros nonbres: a Pláçidas puso nonbre Eustaçio, e a su mugier Teóspita, e al fijo mayor Agapito, e al menor Teóspito. E después que les castigó e les pedricó cómo avían de tener la fe de los christianos, comendolos a Dios, e díxoles:

“Nuestro Señor Jhesu Christo sea convusco. Yo bien sé que el fijo de Dios es en vuestra conpaña; e por Dios vos ruego, quando vós fuerdes en la gloria del paraíso, que vos nenbredes de mí como me yo nenbraré de vós si ante allá fuer. Ora vós id, e seades comendados a Dios e a sant Johán Bautista”. V. Quando fue en la mañana Eustaçio –non sé con quántos cavalleros– fuese a la montaña faziendo grandes enfintas de caçar. E quando llegó çerca del logar do viera la visión, partiose de sus cavalleros lo más sesudamente que pudo, e fuese solo a la peña e vio su visión en aquella mesma guisa que la ante viera. E desçendió muy aína de su cavallo e echose en oraçión; e besó la tierra, e dixo a grandes bozes:

–Mío Señor Jhesu Christo, yo sé bien que tú eres Dios e que tú eres fijo de Dios. Ora creo yo en el padre e25 [25c] en el fijo e en el Spíritu Santo, e ruégote que me muestres lo que me prometiste. VI. Nuestro Señor le respondió: –Es 26 tú bienaventurado, Eustaçio. Tú reçebiste el santo bautismo, agora eres tú entregado del don de la perdurable vida; ora vençiste el diablo que te luengamente tovo engañado. Si crees, muéstralo por obras27, ca fe sin obra, muerta28 cosa es. E bien sabe tú qu’el diablo te guerreará, por la enbidia e por el pesar que ha de ti porque lo dexaste, e demandará arte e engeño29 por que te pueda tentar e fazerte mal. Mas muchas cosas te converná a sofrir por vençer. Tú fasta aquí fueste onrado e ensalçado, e saliste sienpre bien de los grandes fechos del sieglo, e fuste mucho abondado30 de las riquezas del mundo. Ora te convién que te omilles, e que dexes el orgullo e la ufana e las vanidades del sieglo; e después adelante serás ensalçado en las riquezas çelestiales. Pues agora te guarda que fuerça nin bondat de ti non fallesca do te fuere menester, nin te nienbres del grant amor que oviste al mundo; mas así como te tú trabajaste de bien fazer en armas e de guerrear bien tus enemigos e de los vençer por fazer plazer a tu enperador que es mortal, otrosí sé rezio e fuerte en [25d] te defender del cometer e del asetar del diablo, e por guardar mi amor, que só enperador del perdurable inperio.

Ca así ha de ser que tú serás tentado como fue tentado Job, e tú vençerás el diablo por verdadera paçiençia. Ora te guarda bien que non pienses 31 maldades nin seas engañado en cuidado nin en fecho, ca desque fueres bien quebrado e bien omillado yo tornaré a ti e fazerte he cobrar toda tu primera onra e tu primero plazer, e después darte la alegría del paraíso. VII. Desque nuestro Señor Jhesu Christo dixo esto, sobiose a los çielos; mas ante dixo a Eustaçio: –¿Quieres agora reçebir las tentaçiones o en çima de tu vida? Escoge quál ante quesieres. E Eustaçio le respondió: –Buen Señor, ruégote que si así es que yo non puedo escusar las temtaçiones así como las tú devisaste, dámelas luego, que ante las quiero agora sofrir que después. Mas dame poder e fuerça de sofrençia que mi aversario non me pueda por fecho nin por dicho echar de tu creençia, nin revolverme el corasçón nin el cuidado. E Jhesu Christo le respondió: –Christiano, sé fuerte e vençerás, ca mi graçia será todavía contigo, que vos guardará las almas. Entonçe se tornó Eustaçio a su casa, e contó a su mugier quanto le Jhesu Christo dixiera. Estonçe se echaron en oraçión anbos en inojos e rogaron a nuestro Señor en [26a] esta guisa: “Buen Señor Jhesu Christo, la vuestra voluntad sea fecha, e fazed de nós lo que vos ploguier”. E non tardó mucho después d’esto que toda su conpaña le enfermó e morieron a32 poco tienpo todos, así servientes como cavalleros. E en esto entendió don Eustaçio que era comienço de sus tentaçiones; e en reçebiéndolas, gradeçiéndolas e dando loor a Dios, rogó33 a su mugier muy de corasçón que por esto nin por ál non le falleçiese sofrençia. A un poco después d’esto cayó mortandat en sus cavallos e en todas sus bestias e en todo su ganado, así que le non fincó nada.

VIII. Esta tentaçión sofrió Eustaçio muy de34 buenamente e sin pesar, e después partiose de su casa con su mugier e con sus fijos muy ascondidamente. E quando esto sopieron sus malos vezinos –e como dize el probervio que quien á mal vezino á mal matín– así fezieron ellos: entráronles de noche en la casa e tomáronles todo quanto ý fallaron, así que les non fincó de quantas riquezas avían salvo lo que traían bestido. Después adelante veno un día qu’el enperador e todos los romanos fazían [26b] grant fiesta por una buena andança que ovieron de una lid que vençieron en Persia, e cuidavan que Pláçidas fuese âquella fiesta porque era maestre e cabdillo e prínçipe de todos los alcaides. Buscáronlo35 e non lo fallaron; e mucho se maravillaron todos qué se feziera d’él tan sin sospecha, que nin a él nin a su mugier nin cosa de lo que avían non pudieron fallar. Mucho ovo ende grant pesar el enperador e todos los altos omes, e maravilláronse mucho de tal aventura. Teóspita dixo a sant Eustaçio:

“¿Qué atendemos aquí? Venid, e tomemos nuestros fijos –que tanto nos fincó de quanto avíamos– e partámosnos de aquí, ca todos nos despreçian quantos nos conosçen”. Tanto que fue noche tomaron sus fijos e fueronse contra Egipto; e tanto andudieron por sus jornadas que llegaron al mar, e fallaron ý una nave que estava guisada de ir para allá. E quisieron entrar dentro; e el maestre de aquella nave era gentil e d’estraña tierra e de mala parte e sin piadat, pero todavía entraron con él. E quando él vio la mugier de Eustaçio, tan fermosa e tan pagadora, codiçiola mucho. E quando fueron a tierra, demandole el preçio del pasaje; e porque ellos non avían cosa de que lo pagar, tomó el marinero la dueña por el pasaje. E Eustaçio, a quien pesava más, rogole mucho e [muy] d[e]36 [26c] corasçón que lo non feziese. E el marinero mandó a sus omes que lo echasen en la mar.

Quando Eustaçio esto entendió, dexole su mugier e tomó sus fijos entre sus braços e fuese fuyendo con ellos, cuidando que gelos tomarían, e otrosí por non ver desonra de su mugier. E fue así fasta un grant río que falló, todavía llorando e faziendo su grant duelo en esta guisa: “Míos sabrosos fijos, ¡quánto mal á venido a vós e a mí!, ca vuestra madre ha marido estraño”. Él cató el río, e violo tan grande e tan ancho que non osó pasar con anbos los fijos en una vez; e echó el uno a las cuestas e el otro dexó ribera del río. E desque pasó el moçó allende, púsolo en la ribera; desí tornó por el otro. E quando llegó a medio del río, cató e vio salir un león de un mato; e tomole el fijo por qu’él i[va]37, e tornose al mato con él. E quando él vio que avía perdido su fijo, tornó por ir al otro. E tanto que bolvió la cabeça, tovo mientes e vio que un lobo levava el otro. E estando así en medio del río, dio salto en sus cabellos e començó a tirar por ellos e a ronper sus paños e a llaner e a llorar; e ovo tan grant coita que se quesiera echar en el río, mas nuestro Señor lo guardó por su graçia, que le fizo sofrir en paçençia su pérdida e su daño.38 [26d]

IX. Ora vos dexaremos39 de fablar de sant Estaçio40 e de su pérdida, e tornarvos hemos a sus fijos. El león que tomó primero su fijo dexolo sano e salvo, ca así quiso Dios. E dezirvos hemos cómo caçadores que andavan por aquel lugar, quando vieron al león levar el niño, començaron a correr con él con lanças e dando bozes, e coitávanlo con sus canes. E el león –que non quiso Dios que lo tañiese en carne, e que lo levava por sus paños– quando lo coitaron mucho, púsolo en tierra sano e salvo. E otrosí carvoneros, que fazían carvón en el monte, vieron al lobo levar el otro fijo e corrieron tanto con él que gelo fezieron dexar sin dapño que resçebiese el niño. E los caçadores e los carvoneros eran todos de una villa. E los señores de aquellos tomaron los niños e criáronlos muy bien, mas el padre non sabía nada d’esto; ante se iva llorando e sospirando e fablando consigo en esta guisa:

X. “¡Ay, cativo, coitado! Tal fui yo como el fermoso árvol avondado de fojas e cargado de fruto; agora só pobre [27a] e agora só mendigo. ¡Ay, cativo!, que ya fue sazón que fui 41 onrado e que fui rico; ora só desonrado, ora só desconfortado, ora só despreçiado 42. ¡Ay, cativo!, que fui maestre e cabdillo de cavalleros, e fui rico de amigos e fui onrado de vezinos; ora só astroso, ora só sin conpañía43, ora só sin consejo; pues mis fijos he perdidos, que ya non me finca conforto. Buen Señor Dios, non me dexes a la çima nin despreçies mis lágrimas, ca bien me nienbra que me dexiste que sería tentado como Job. Enpero, si él perdió sus riquezas e sus posesiones, al de menos fincole un muradal en que pudiese ser e yazer, mas yo só en tierra estraña con otra tanta coita como él ovo. Él fincava con amigos que lo confortavan; yo ando solo por el yermo, entre bestias fieras que me tollieron quanto conforto avía –míos fijos que he perdidos. Él ovo quien lo serviese e quien lo aguardase, ovo su mugier en que avía su conforto; mas yo, cativo, finqué coitado sin consejo e sin conpaña, nin veo amigo nin pariente. E só atal como la caña en el monte, que el viento la aballa de todas partes. Piadoso Señor, non te pese si me creçen muchas palabras, ca he grant pesar e creçe mi saña, e digo más cosas que non son de dezir. Buen Señor Dios, guárdame e çierra mi boca e mi corasçón, que mi corasçón non piense [27b] nin que mi boca diga cosa que te desplaga 44.

Dame, si te plugier 45, folgança de mis coitas”. Él esto diziendo e llorando e sospirando e faziendo grant duelo, llegó a una villa que avía nonbre Dadisa. Allí fincó e allí se trabajó de ganar su pan. Luengo tienpo le plogo de bevir allí; e puso con los regidores de la villa que le diesen a guardar los pañes e las viñas, e diérongelo. E fue allí guardador quinze años. E sus fijos fueron criados en el aldea –como vos dixiemos– mas ninguno non sabía si eran hermanos. Ora vos dexaremos a fablar del padre e de los fijos, e tornarvos hemos a la dueña. XI. El marinero –onde vos deximos– quiso aver aquella noche conpaña con la dueña, mas el nuestro Señor guardola, así que non pudo el marinero cosa fazer de quanto deseava. Así rogara ella a nuestro Señor que la guardase de desonra e de ocasión; e quísola Dios ende guardar, e direvos cómo. Aquella noche mandó el marinero fazer su lecho bueno, e fezo ý echar la dueña. E quando se él quiso echar, tomole un mal tan fuerte que lo mató luego. E quando esto vieron los omes del maestre de la nave, ovieron muy grant miedo, ca entendieron que esto fuera por virtud de nuestro Señor; e non se [27c] osaron acostar a ella por le fazer pesar.

E leváronla a una dueña que ý avía, que era señora de un castiello, e diérongela en serviçio. E ella dioles porende su don 46, qual tovo por bien. E la señora del castiello paró mientes en ella, e semejole por el senblante que le vio fazer que avía parte en bien e que non podía ser que de algunt buen logar non veniera. E porende le preguntó de quál tierra era o de quál linage. E ella díxole la tierra, mas non le quiso dezir el linage; ante le quiso dezir 47 que era mugier pobre e que bivía de su menester. Entonçe le demandó la dueña quál menester avía. E ella le dixo que non avía menester, sinón que sabía guardar las huertas e que sabía ý criar las yervas, e que sabería ý criar gavilanes e estas crianças de casa. E todo esto dezía la santa mugier por que ella non entendiese que ella era de alto logar, ca se entendía que la onraría más porende; ca ella non cobdiçiava ninguna onra del mundo, pues que su marido avía perdido.

Entonçe la dueña, con duelo d’ella, diole una ortalía çerca de la villa en que biviese. E ella fizo ý su choça en que bivía. E así quiso Dios que desde allí adelante fue aquella huerta tan mucho para bien que en toda aquella tierra non avía tan buena nin que tanto preçiasen. Ora vos dexaremos a fablar de la dueña –con tal consejo fincó qual Dios le diera– e tornarvos hemos a contar de sant Eustaçio cómo le aveno después [27d] que le tomaron su mugier, e las coitas por que pasó, e cómo tornó después a su onra en que ante era, así como le prometiera nuestro Señor que después de sus tentaçiones tornaría a su grant onra. XII. Después aveno, e non tardó mucho, que una gente corrió aquella tierra do la dueña era. E la tierra era de los romanos, e la guerra cresçió muy grande entre ellos e sus enemigos, así que ovo el enperador que era acá en Roma de saber ende las nuevas. E nenbrole del maestre de los cavalleros, que era muy sesudo en armas, e pesole mucho porque lo perdiera así.

E llamó sus cavalleros, e preguntoles si sabían cosa de su muerte o de su vida. E desque non pudo aver de las nuevas, mandolo buscar por todas las çibdades e por todas las villas que eran del señorío de Roma. E prometió grant onra e grant riqueza a quien lo fallase e gelo troxiese. Entonçe venieron ant’él dos cavalleros,

Antiocus e Agnachis, que eran mucho amigos del maestre de los cavalleros; e prometieron al rey que gelo irían buscar. Entonçe cavalgaron; [an]dodieron48 tanto a la ventura, que llegaron a la villa o era sant Eustaçio. E tan longe como los vio, conosçiolos. Entonçe le nenbró de cómo solía bevir primeramente, e fue torvado un poco e movido, [28a] e fezo su oraçión en tal guisa: –Buen Señor Dios, que libras tus amigos de todas coitas, así como yo era agora ver aquellos que nunca ver cuidava, así manda tú por tu plazer que aún yo49 vea tu sierva mi mugier, ca bien sé yo que mis fijos son perdidos por mi pecado. E buen Señor, dame este don que te demando, qu’el día del juizio a que todos avemos de resuçitar que yo vea mis fijos. E non uvió acabar su oraçión quando una boz del çielo le dixo: –Eustaçio, sé seguro que tú vernás 50 çedo al 51 tu primero estado, e averás tu mugier e tus fijos.

E el día de la comunal resureçión averás muy mayores cosas, ca averás vida perdurable e la lediçia del paraíso. E tu nonbre será ensalçado por todo el mundo quanto él durará. E Eustaçio, quando esto oyó, asentose e fue todo espantado; mas quando los cavalleros se fueron llegando a él, erguiose e fue contra ellos. E quanto se más llegó a ellos, tanto los conosçió mejor, mas ellos non lo conosçieron.

E dixiéronle: –Buen amigo, Dios te salve. –Buenos señores –les dixo sant Eustaçio–, Dios vos vendiga. –Dinos –dixieron ellos– si tú viste de tienpo acá un omne estraño que avía nonbre Pláçidas, con su mugier e con sus fijos. Si nos lo tú enseñases, nós te daríamos grant aver. [28b] –¿E por qué –dixo él– lo demandades vós? –Porque era –dixieron ellos– muy nuestra amiga52. E queríamoslo muy de grado ver, ca mucho ha grant pieça que lo non vimos. –Non vi –dixo él– aquí tal omne nin lo conocçí, pero id oy comigo albergar, ca yo otrosí só de tierra estraña.

XIII. Entonçe los levó consigo a su posada, e fue corriendo por vino que les diese a bever, ca mucho fazía grant calentura. E dixo a un su buen huéspede con que posava: “Amigo, yo conosco estos omes anbos e por esto los troxe acá; e ruégovos que me enprestedes vino e lo ál que ovier menester por que los pueda tener viçiosos, que yo vos pagaré muy bien de lo que he ganado”. E el huésped le enprestó de grado quanto ovo menester. Comoquier que los cavalleros feziesen 53, sant Eustaçio non se podía sofrir54 de llorar porque le nenbrava de su primera vida. E saliose fuera de casa e lloró muy fieramente; e desque lloró mucho, lavó su faz e tornó a casa e servió los cavalleros. E los cavalleros lo cataron e recataron, e fueronlo conosçiendo poco a poco. E dixo el uno en poridat al otro:

–Mucho me semeja este omne âquel que nós demandamos.

–Verdaderamente –dixo el otro– nunca vi cosa que más me semejase. Agora metamos mientes e catemos si tiene una señal [28c] en la tiesta de un golpe que le dieron en una batalla. E si lo tiene, éste es el que nós demandamos. Entonçe lo cataron de más çerca, e viéronle la sobresanadura de la llaga; e erguiéronse corriendo e fueronlo abraçar, e fezieron con él grant fiesta e grant alegría. E preguntáronle en llorando: –Señor, ¿sodes vós el m[a]estre 55 de los cavalleros del enperador? E él, en llorando otrosí, dixo: –Non.

–¿Non? –dixieron ellos–, ca vos vemos el señal de la cabeça por que vos conosçemos. E comoquier que él negase, juravan el[l]os 56 que aquél era Pláçidas, el cavallero cabdillo de los cavalleros. E ellos le preguntaron por su mugier e por sus fijos e por otras muchas cosas. E sant Eustaçio se les fizo entonçe conosçer, e dixo que la mugier e sus fijos eran muertos. Ellos así fablando, sopieron las nuevas 57 ende por la villa, e todo el pueblo fue ý ayuntado. E los cavalleros les contaron toda la ventura e la onra e la alteza de aquel omne. E los que lo oían dezían: “¡Dios, qué maravilla de tan alto omne como éste, que nos servió tan luengamente e nunca d’él podimos cosa saber”! Entonçe contaron los cavalleros a sant Eustaçio el mandado del enperador; desí bestiéronlo muy ricamente, e diéronle muy buen palafrén e acogiéronse al camino. E todos los buenos omes de la villa salieron con ellos e feziéronles mucha onra. E al partir abraçolos él e comendolos a Dios.

E los [28d] cavalleros yendo así cavalgando, contoles él cómo avía nonbre Eustaçio e todas las aventuras por que pasara. XIV. Tanto andudieron por sus jornadas que a quinze días llegaron do el enperador era. E los cavalleros anbos fueron delante, e dixiéronlo al enperador que fallaran a Pláçidas e que venía.

El enperador salió contra él con muy grant plazer e abraçolo, e preguntole en llorando por qué se partiera d’él tan sin sospecha. E Eustaçio contó a él e a los altos omes cómo perdió su mugier e sus fijos, e todas sus coitas e todas sus andanças. Mucho fue la grant alegría e grant fiesta que fue por toda la çibdat de Roma, ca mucho era amado de todos. E el enperador lo fizo maestre e cabdillo de los cavalleros como ante, por lo enbiar contra sus enemigos. E él cató e vio bien que aquellos cavalleros non eran tantos por que pudiese fazer con ellos a su plazer guerra contra sus enemigos.

XV. Entonçe se fue a la frontera onde avía de guerrear; e mandó por todas las çibdades e por todas las villas de aquella tierra que le levasen cavalleros e peones, e quántos levasen de cada logar. [29a] Onde aveno que de aquella villa donde sus fijos fueron criados le ovieron a enbiar dos omes a su soldada, e todos los de la villa se acordaron de enbiar aquellos dos mançebos que eran estraños e grandes e arreziados e muy bien fechos. E anbos los mançebos fueron a la hueste de grado; e desque todos fueron llegados, ayuntáronse ant’el maestre de los cavalleros, e él fizo una señal a cada uno en las espaldas. Mas los dos mançebos, porque los vio grandes e fermosos e bien fechos, e que le semejaron de buen corasçón, tomolos para que lo serviesen, ca le semejaron fidalgos e omes de buena parte. Tanto los amó e preçió que los fizo ser a su mesa. Después qu’él ovo fecha su fazienda e sus cosas guisadas, movió contra sus enemigos. ¿Qué vos iremos mucho contando? Quanta tierra los bárbaros tomaran58 a Roma, toda la cobró.

XVI. Después 59 que él ovo conquista la tierra de sus enemigos de su señor, fuese a un río que ha nonbre Jaspes por lo pasar e por ir a su 60 tierra de los bárbaros por conquerir e por lo meter todo so poderío de Roma. E quiso Dios así que de aquella ida entró en la tierra do era su mugier, que Dios guardara bien del marinero. La dueña guardava una huerta de [29b] aquella dueña con quien era, e seía en una choça. El señor de los cavalleros llegó allí e posó en la ribera d’aquel río, que era muy fermoso e muy sabroso de huertas e de todo otro viçio. E aveno así por aventura que la tienda de aquel señor fue armada en aquella huerta mesma que la dueña guardava; e más aveno, que los fijos posaron en la choça de su madre.

E a ora de mediodía fue así que los mançebos començaron a fablar en su fazienda e de sus aventuras por que pasaran, de que se nenbravan bien; e la madre seía con ellos, que les oía de grado sus razones. E el mayor dixo al menor: –Quando yo era niño, niénbrame agora e sienpre me nenbrará que mi padre era señor de cavalleros e que mi madre era buena dueña e muy fermosa a maravilla; e de seis fijos que oviera, non avía otro sinón yo e otro menor que yo. E aveno así que se salieron de la tierra e levaron consigo a mí e âquel otro mi hermano; e fueronse al mar e fallaron ý una nave guisada de se ir, e entramos ý, mas yo non sabía dó se ellos querían ir.

Quando salimos de la nave, nuestra madre non salió connusco, ca non sé por quál razón fincó ý. Mas nuestro padre levonos anbos, e vilo al salir de la nave llorar muy fuertemente. E yendo así llorando, llegó a un río e pasó ençima de sus espaldas a mi hermano que era menor allende el río. E [29c] desque lo puso en la ribera, tornó a mí. E él en medio del río, vino un lobo e tomó a mi hermano, e fuese con él; e un león levó a mí. E los porquerizos, que andavan de la una parte e de la otra del río guardando ganados, libraron a mí del león e a mi hermano del lobo. Quando el menor hermano vio61 así fablar al mayor, començó a llorar, e dixo en llorando:

–Para el Dios de los christianos, seméjame por lo que dezides que sodes mi hermano, ca muchas vezes me dixo aquel que me criava que me tolliera en esa guisa a un lobo. E la madre, que esto oyó, bien sopo que era verdat lo que dezían de lo que les aveniera fasta la salida de la nave o ella fincara por el preçio del pasaje al marinero. E començó a pensar si poderían por aventura ser aquéllos sus fijos; e más por aquello que les oyera dezir, que fueran fijos de un cabdiello de cavalleros e que su madre fuera dexada en la nave. Pero sofriose ende fasta en la mañana. Otro día en la mañana fue al prínçipe de 62 los cavalleros, e díxole así:

“Por Dios te ruego, buen señor, que me lieves a mi tierra, ca yo só natural de Roma e troxiéronme cativa en esta tierra; e porende te pido merçet que me lieves a la mía”. [29d]

XVII. Ella esto diziendo, paró bien mientes en él e viole una señal en el rostro que le muchas vezes viera, e conosçiolo luego. E echósele a los pies, e díxole: “Buen señor, non vos pese de fablar convusco, mas escuchatme. E pídovos por merçet que me digades un poco de vuestra fazienda, ca bien cuido que vós sodes Pláçidas, el cabdiello de los cavalleros del enperador de Roma; aquel que después ovo nonbre Eustaçio, quando el salvador del mundo le aparesçió en cruz entre los cuernos del çiervo e lo partió de su descrençia, e le dixo que sofriría por él muchos pesares e caería por él en muchas tentaçiones. E él tomó entonçe su mugier e sus fijos, e fuese a Egipto en una nave. Yo só aquella su mugier, que finqué entonçe con el mal marinero por el preçio del pasaje, e tróxome a esta tierra.

E Dios, que es guarda de sus amigos, me guardó en tal guisa que, do él quería fazer su plazer de mí, fízolo morir mala muerte. Agora vos dixe verdaderas señales de mi fazienda e de la vuestra. Agora me dezit si vos conosçedes en vós. Yo vos conjuro por la fe de Jhesu Christo, vuestro salvador”. [30a] XVIII. Quando Eustaçio [esto] oyó 63, fincó los ojos en ella e parole muy bien mientes, e catola bien e conosçiola luego. E tomola por la mano e fuese con ella a su tienda, e ovo tan grant plazer que se tomó a llorar muy de rezio, e el besar e el abraçar duró mucho e muchas vezes. E gradeçieron mucho a Dios que los ayuntara, e loaron el salvador del mundo que acorre e ayuda en todos logares64 e en todas coitas sus servientes, e los libra de pesar e de mala andança; e quien Dios quier ayudar, ninguno non le puede nozir. XIX. Entonçe le dixo la dueña: –Buen señor, ¿dó son los65 vuestros fijos? –Çiertas –dixo él–, bestias bravas los comieron. Desí, contole cómo le aveniera; e contole más, todas las cosas por que Jhesu Christo lo feziera pasar 66.

E ella dixo entonçe: –Señor, como Dios por su merçet fizo que uno de nós conosçió al otro, e nos yuntó, así fará por la su graçia que ave|remos [30b] nuestros fijos. –¿E non vos digo yo –dixo él– que las bestias bravas los comieron? –Non vós desesperedes, señor –dixo ella–, de la merçet de Dios, que Él vos porná consejo a todo e yo vos diré quanto me ende ya aveno. Yo seía en una choça d’esta huerta que yo guardava e dos mançebos de vuestra casa posaron comigo, e començáronse de preguntar e de fablar de su fazienda e todas aquellas cosas que avenieron a nós e a ellos fasta que fueron quitados a las bestias; todas las cosas contaron, e en su cuento falláronse por hermanos.

E por quanto les yo oí, sé bien que aquellos son vuestros fijos; e estas nuevas aprendí yo del mayor. Ora podedes vós bien entender e saber cómo es grande el poder de Dios e cómo es sabroso, que fizo que así conosçiese el uno al otro. Señor, enbiad agora por ellos, e preguntadlos ende. E él así lo fizo; enbió por ellos, e preguntoles de su fazienda. E ellos gelo contaron así como vos ya dexiemos. Entonçe sopo Eustaçio çiertamente que aquellos eran los sus fijos. Desí, tomó el uno e abraçolo e besolo, e desí al otro; e su madre otrosí. E si Eustaçio e la dueña e sus fijos ovieron consigo muy grant plazer, esto non nos semeja de demandar. E loaron [30c] a Dios e yoguieron en oraçión desde ora de terçia fasta mediodía, gradeçiéndole mucho el grant plazer que ovieron d’aquella ventura.

XX. De la fallada e de los fallados fueron las nuevas dichas por toda la hueste, e fueron todos maravillados cómo Dios así los juntara. E por la grant alegría que ende ovieron, fezieron grant fiesta; e porque avían conquistos sus enemigos fezieron en otro día mayor fiesta e mayor lediçia, e dieron graçias a Dios nuestro Señor por el su grant poder e por la su grant piadat. Desque ovo el buen cavallero cobrada la tierra que perdiera e conquistos sus enemigos, tornáronse con grant alegría e con grant onra e con grant ganançia. Mas aveno así que ante que Eustaçio tornase a Roma qu’el enperador Troyano67 que·l amava mucho, su señor, fue muerto; e posieron otro enperador en su logar, que avía nonbre Adrién. Este enperador fue gentil e fue de grant crueza, e puso mal su fazienda e fue peor contra los christianos que el de ante.

Quando Eustaçio se tornó a su tierra, salió el enperador a resçebirlo mucho onradamente e muy lueñe; e fue muy ledo con él e fizo con él grant fiesta por [30d] sus enemigos que avía conquistados. E el yantar fue muy grande, e las mesas fueron puestas e asentáronse a comer. E todavía entre manjar e manjar preguntava el enperador, e dizía: “Don Pláçidas, contadnos cómo vos aveno de vuestra guerra, e cómo fallastes vuestra mugier e vuestros fijos”. E por esto se delongó más el jantar, ca él le contó lo más de sus aventuras. XXI. De mañana fue el enperador al tenplo, por fazer sacrifiçio a sus ídolos e por gradeçer a sus dios la conquista que Pláçidas feziera. E entró en el tenplo de Apollo, que era su mayor dios; mas Eustaçio non quiso entrar, ante se tiró bien a fuera. E el enperador le llamó, e preguntole por qué non quería fazer onra a sus dios que le dieran tan fermosa aventura e le fezieran tanto bien, porque cobrara su mugier e sus fijos. E él respondió al enperador sin pavor e toste: “Yo onraré e onro a mi Señor Jhesu Christo. A Él fago yo sacrifiçios de mis oraçiones e de mis ruegos; a Él dó yo graçias e loor, que ovo de mí piadat, e me sofrió e me confortó en mis coitas, e me fizo cobrar mis pérdidas e mis dapños.

Otro Dios non sé yo, otro Dios non siervo yo, otro Dios non oro yo fuera aquel del çielo que faz maravillas e miraglos qualesquier”.[31a] XXII. El enperador fue muy sañudo e muy bravo, e fezo meter dentro a él e a su mugier e sus fijos. E fézolos estar ante sí e menazolos mucho, mas todo non le valió nada. Quando vio el bravo enperador que non podería quitarlos de su crençia, mandolos levar a una grant plaça, que ha nonbre Reyna 68.

Aquella plaça era logar d’esgremir los que esgremir querían 69, e de fazer danças e de fazer alegrías, e de bofordar, e de todo trebejo; e allí fazían sus batallas los retados e los que se avían de conbatir por alguna razón, uno por uno o dos por dos. Allí jogavan los que jogar querían tablas e axedrez e todos los otros juegos. Por estos juegos e por estos trebejos e por otras cosas muchas se ayuntavan allí por fazer fiestas los de la çibdat de Roma. El enperador mandó que le troxiesen un león e fézolo meter en un corral que ý avían fecho para matar toros e para fazer ý otras cosas tales, e que metiesen allí con el león aquellos quatro.

E esto fue fecho; e quando el león llegó a los amigos de Jhesu Christo, baxó la cabeça e omildóseles e adorolos. Desí, saliose del corral e de toda la plaça, e fuese. E esto tovo el en|perador [31b] e los otros por grant maravilla, porqu’el león non los comió todos. XXIII. Mas por toda esta maravilla non los quiso él dexar; ante mandó fazer muy grant fuego dentro e fuera en un buey d’arame, que era fecho para martiriar aquellos que de su fe se quitasen.

E después que aquel boy fue bien ferviente, mandó ý echar los quatro amigos de Jhesu Christo. E todos los de Roma, christianos e paganos, fueron ý ayuntados por ver cómo los martiriavan. Mas ante que los marteriasen, rogó sant Eustaçio a los que los avían de martiriar que los dexasen fazer su oraçión, e ellos gelo otorgaron. Estonçe tendió sant Eustaçio sus manos contra el çielo, e fizo su oraçión en tal guisa: –Jhesu Christo, que as tal poder e tal virtud que omne nin ál non podería aver, e que nos así como tú devisaste vimos después nuestros pesares e después todas nuestras coitas, e que por tu piadat nos quesiste juntar después nuestros dapños e después nuestras pérdidas, e que por aver la conpaña de los tus santos queremos resçebir martirio.

Buen Señor Dios, así como los tres niños de Babiloña fueron metidos en fornalla ardiente, e prováronse ý tan bien que nunca te negaron, así nos quieras tú provar en este fuego, que te podamos dar en este martirio nuestras almas [31c] linpias e esmeradas, e que nós podamos fenesçer nuestra vida en tu serviçio. E Señor, que ayamos tal graçia por tu plazer que todos aquellos que remenbrança alguna fezieren de nós en quanto nos rogaren e demandaren ayuda de buen corasçón, e todos aquellos que nos onra fezieren, ayan parte e conpaña conusco en el çielo, e acá en tierra conplimiento de todos bienes. Si fueren en peligro de mar o de otra agua e nos llamaren, líbralos e de todo otro peligro otrosí.

E si cayeren en pecado mortal, ayúdales e ave d’ellos merçet, e tráelos a verdadera confesión e ayúdalos e acórrelos en todas sus coitas. E ruégote, Señor, que este fuego torne frío como elada, e desque las almas fueren partidas de nuestros cuerpos que nuestros cuerpos finquen en uno e que se non partan por otros lugares. XXIV. Sant Eustaçio, desque ovo fecha su oraçión, díxole una boz del çielo: –Así serás 70 como tú demandas, e aún más. E porque vos provastes en vuestras tentaçiones tan bien como oro en fornalla, vós averedes por lloro lediçia, e por lazeria viçio, e por el pesar que resçebiestes en el [31d] mundo averedes grant plazer en el paraíso.

Tanto que los amigos de Dios oyeron esta boz, dexáronse ir muy ledos al boy de aramen e entraron dentro, e el fuego tornó frío como elada. E ellos dieron, en cantando e en loando Dios, sus buenas almas a Él.

E allí podería omne ver grant maravilla, ca yazían en medio del fuego así como si yoguiesen en buenos lechos o estradas de frescas rosas; nin les paresçía en71 paños nin en cabellos nin en ál cosa de quemadura. A tres días después veno ý el enperador e mandó abrir el boy por ver cómo yazían. E quando él e los otros que fueron con él vieron los cuerpos así yazer, cuidaron que aún eran bivos e feziéronlos sacar fuera; mas mucho se maravillaron que tan solamente non vieron filo de ropa nin cabello quemado, e que vieron los cuerpos tan blancos como la nieve e que resplandeçían como rayo de sol. E el enperador ovo tan grant pavor que fuyó d’allí, e fuese para su palaçio. E todos aquellos que ý estavan dixieron a altas bozes: “¡Grande e poderoso es el Dios de los christianos! E non ha dios, si él non, que tales virtudes e tales miraglos faze quando quier como buen señor”. [32a]

XXV. Después d’esto venieron los christianos ascondidamente e tomaron los cuerpos de los amigos de Dios, e leváronlos muy onradamente a un muy fermoso logar e soterráronlos ý. E quando ovieron tienpo fezieron sobre ellos una capilla, e fezieron su fiesta dos días andados de novienbre72. Tal fue la vida e tal fue la fin del bendito sant Eustaçio e de su conpaña. E bien sepan todos aquellos que se d’ellos nenbraren e que los onraren en tierra e que los llamaren en sus coitas, quier sea en peligro del cuerpo, quier sea peligro del alma, averán luego consejo e ayuda tanto que sean bien manifestados, ca este don les dio nuestro Señor que bive e regna sin fin. Amén.


[1]Breve CV de José Antonio Alonso Navarro. José Antonio Alonso Navarro (Madrid, España, 1965) es profesor universitario de lengua y literatura inglesa (especialista en Literatura Medieval Inglesa e Irlandesa), filólogo, traductor y escritor. El profesor Alonso Navarro es doctor con la distinción Cum Laude en Filología Inglesa por la Universidad de A Coruña (España) y licenciado en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid (España). Hizo su didáctica general (CAP) en la Universidad de Málaga (España) con sobresaliente y su didáctica universitaria en la Universidad Autónoma de Asunción (Paraguay).Actualmente, se desempeña como profesor universitario de humanidades en la Universidad del Norte (Asunción, Paraguay).

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