El Cuento del Bacín

El Cuento del Bacín

Traducción en prosa de José Antonio Alonso Navarro, Doctor en Filología Inglesa (Universidad de A Coruña, España)

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El cuento del bacín (The Tale of the Basin) está incluido en el manuscrito de la Biblioteca de la Universidad de Cambridge Ff.5.48, fols. 58 r-61 v. La historia está escrita en forma de un breve poema, tiene como protagonista a un sacerdote llamado Don Juan, a dos hermanos (un astuto y sabio párroco y un hacendado cornudo), a la esposa licenciosa de este último, y a un mágico y sobrenatural bacín, y posee un final ciertamente moralista, algo contrario, en general, a los fabliaux franceses al uso. Debido a que el manuscrito, como refiere la editora del cuento en 2013, Melissa M. Furrow, es de finales del siglo XV, es difícil que el poema pudiera haber sido compuesto después de finales de este siglo. Las características dialectales del poema permiten deducir que el poema pudiera haber sido compuesto en la zona del norte de Inglaterra o norte de la región de Midlands, de modo que el poeta bien pudiera proceder de la zona norte. El patrón métrico de El cuento del bacín es aaaabcccb. El poema está disponible íntegramente en la página de TEAMS Middle English Texts: University of Rochester: http://d.lib.rochester.edu/teams/text/furrow-ten-bourdes-tale-of-the-basin en la edición de la profesora Melissa M. Furrow (El poema forma parte de una colección que lleva por título Ten Bourdes, 2013).

Traducción en prosa de El cuento del bacín

Los hay quienes conocen muchos cuentos, siendo algunos de ellos verdad y otros no tanto. Y no es menos cierto que uno puede pasarse el día con facilidad entre pitos y flautas, y escuchando alegres historias en medio de un gran jolgorio y diversión. Y entre tales historias, suponiendo que esta fuera cierta, claro está, vais a escuchar la de un párroco y su querido hermano. Sabed que ambos se querían bien. Uno había heredado la hacienda y la tierra de su padre, y el otro, según creo, como dije antes, se había hecho párroco. Con el tiempo, este último se convirtió en un hombre rico y en un buen[1] administrador, siendo tenido por todos, además, como un buen clérigo por la gracia de Dios con fama de hombre juicioso. El otro era algo cortito de mollera, y nada sabía de administrar una hacienda, y a ello se añadía el que siempre hiciese lo que le decía su parienta[2] (…). Se trataba de unos calzonazos de cuidado, como tantos otros en esta vida, pues, repito, cumplía siempre la voluntad de su esposa a rajatabla en menos que canta un gallo. Y juro por[3] Santa Ives que hay un dicho antiguo que reza que “marido que quiera ser feliz, en todo a su esposa habrá de cumplir”. Pero si la esposa no es de fiar, entonces mal le pesará al esposo si no se anda con ojo.

Y[4] os revelo que[5] aquel joven caballero comenzó a sentir una enorme inquietud, pues después de un año o dos ya no fue capaz de complacer a su esposa, y, por consiguiente, el sacerdote local se estaba beneficiando de una buena parte de las rentas de la tierra de aquel. Ella[6] lo tenía siempre en vereda y a su entera disposición. Él, que había sido todo un señor, había dejado de serlo en el lecho y en la mesa, y pobre de él si se le ocurría abrir el pico si su esposa le había ordenado callar. Pero esto no acaba aquí. En su papel de señor de la casa, este pensaba más bien poco en el cuidado de su hacienda, y a su esposa, para colmo, le encantaba el buen yantar y el buen beber. Y estando la barriga llena y el corazón contento, jamás pensó ella ni en trabajar ni en dar un palo al agua, sino en tumbarse a la bartola y dormir. Y a la buena vida se arrojaron ambos, marido y mujer, durante tanto tiempo que gastaron cuanto poseían. Después de ello, la esposa ordenó a su marido lo siguiente:

-Vete a ver rápidamente a tu hermano el párroco, que es un avaro tan rico, y pídele, por caridad, que te preste una buena suma de dinero. No se te ocurra venir con menos de cuarenta o cincuenta libras, pues no pienso devolvérselas.

De modo que ni corto ni perezoso, el marido de la mujer se marchó a ver a su hermano el párroco, y tan pronto una gran suma de dinero de este prestó, tan pronto la gastó con soltura, y en poco tiempo, él y su esposa se vieron sin un maravedí. ¡Hay que ver! Cuánto dinero obtuvo de su hermano, y de qué poco le sirvió. Después de esto, el párroco, que no era nada tonto, se las vio venir, y pensó la manera de detener a su hermano:

-Si mi hermano continúa comportándose así, pronto me deberá hasta la camisa. Lo raro es que, tras el dinero prestado, mi hermano no prospere. Estoy seguro de que tanto él como su esposa se han metido en algo turbio. Por el bien de todos, espero descubrir en breve lo que aquí se cuece.

Y un día, el hermano del párroco se fue a verlo nuevamente para pedirle prestado dinero, pero en esta ocasión no tuvo suerte.

Ilustración de una sátira del Decamerón de Boccaccio: un monje libidinoso envía a rezar al marido y se acuesta con la mujer. Crédito: Infobae

-Hermano, le dijo el párroco, – me parece que no sois consciente de que me debéis dinero, y eso me asusta, y a pesar del dinero prestado, no he visto que haya mejorado vuestra situación económica. ¡Por Dios Santo! Vos fuiste quien heredó de padre la hacienda y una tierra magnífica y, sin embargo, no dejáis de vivir con estrecheces. ¡Qué diablos! ¿Cómo es posible?

A[7] lo que el hermano respondió: – No sé cómo pasa, pero siempre me veo atrasado en los pagos. Y es que es propio de mi naturaleza[8] ser generoso en la vida. [9]No obstante, hay algo que me intriga, y podría estar relacionado con la pérdida de mi hacienda. Permitid que os diga la verdad de lo que pienso.

-Hablad, dijo el párroco.

-Hermano[10], ¡Por San Albano! Hay un sacerdote al que llaman[11] Don Juan, y al que, por cierto, no conozco, que resulta ser líder y ejemplo de muchos. En mi opinión, parece haberse tratado siempre de un hombre afable y cortés. Toca el arpa y la[12] guitarra y, además, canta bien. Y por si esto fuera poco, lucha, salta, y practica el lanzamiento de piedra.

-Hermano, fue el turno del párroco, – vamos, iros a vuestra casa, haced lo que os digo, y a ver si con algún ardid que se os ocurra, podéis haceros con el recipiente que está en una de las alcobas, ya sabéis, ese que sirve para hacer aguas menores, y me lo traéis, os lo ruego.       

-Hermano, respondió[13] (13) el otro jovialmente, – haré lo que decís. Se trata de un bacín redondo, no lo olvidaré.

Y el párroco añadió: – Bien, traédmelo aquí con toda la discreción que podáis. Marchaos ya. No os demoréis, y regresad en seguida.

Y hacia su casa se dirigió el hermano del párroco a caballo sin demorarse. Y al llegar allí, su esposa lo reprendió por llegar tan pronto. Pero el hombre trincó el bacín, se marchó de su casa, y hacia su hermano el párroco se dirigió de vuelta sin pérdida de tiempo. El párroco tomó el bacín y se lo llevó a su alcoba, y allí llevó a cabo en seguida un experimento secreto. Después, le dijo a su hermano muy alegre: – Aseguraros bien de poner en su lugar el bacín que trajisteis, y añadió: – después, regresad de nuevo aquí sin demora.

El hermano del párroco tomó el bacín y se marchó. Cuando su esposa le vio, arqueó las cejas y preguntó: – ¿Por qué os ha enviado vuestro hermano a casa tan pronto? Estoy segura de que es para algo malo.

-¡Oh, claro que no, mi tesoro!, respondió el hombre, – solo tengo que coger algo sin importancia que hará feliz a alguien, y llevárselo a mi hermano.

Y en ese momento, se dirigió en secreto a su alcoba, y allí colocó el bacín junto a la cama. Seguidamente, se despidió de su esposa y se marchó. La misma se alegró de que lo hiciera[14] (14). Entonces, el corazón de la mujer comenzó a regocijarse, y de inmediato mató un capón o dos, y en poco tiempo preparó otras ricas viandas. Cuando todo estuvo listo, a través de una puerta trasera hizo llamar a Don Juan secretamente y casi sin pestañear. Después, comieron y bebieron como solían hacerlo hasta que les apeteció a ambos marcharse a la cama despacito y en silencio. Al cabo de un rato, Don Juan se despertó, y tuvo necesidad de hacer aguas menores. Ya sabía él donde estaba el bacín para disponer de él a voluntad.

Así que cogió el bacín para orinar, pero entonces sucedió que sus manos se quedaron pegadas a él sin que nada pudiera hacer. Le fue del todo imposible separar sus manos de él.

– ¡Ay!, dijo Don Juan, – [15] ¿Y ahora cómo voy a sacarme el pajarito? Esto es cosa de brujería.

Agarró con firmeza el bacín, y todo su cuerpo comenzó a temblar de frío. Hubiera preferido que le robasen cien libras antes que llegar a esta situación. Al igual que un buhonero que no se despega de las mercancías que ha de vender, así de fuerte sujetaba él en la alcoba entre las manos el bacín. Y como este tardaba tanto, la mujer comenzó a inquietarse, y por ello preguntó al hombre por qué estaba ahí parado sin moverse como un bodoque.

– ¡Escucha, mujer!, le dijo este, – ¡Por Dios Santo!, a ver si puedes ayudarme a quitarme este bacín que no me puedo despegar de las manos.

Entonces, en menos que canta un gallo, la señora de la casa saltó de la cama, y puso las dos manos en el bacín, de modo que en breve ambos se vieron pegados a él. La verdad es que al hombre no le podía haber salido peor la jugada, y se mire por donde se mire, qué extraña fue la pareja que allí se formó. En seguida, hombre y mujer comenzaron a gritar y a llamar a una sirvienta que estaba cerca de ellos para que acudiera presta en su ayuda. A medio despertar, la sirvienta saltó del catre, y hacia su señora corrió como su madre la trajo al mundo.

– ¡Ay!, dijo la señora, – ¡Qué desgracia! Ayudadnos a quitarnos de encima este bacín. En menudo lío estamos metidos.

La sirvienta se dirigió a toda prisa hacia el bacín para echar una mano, y en un periquete ya fueron tres los que se quedaron pegados a él. Menudo baile se armó allí. Estuvieron los tres bailando como tontos toda la noche hasta el amanecer. Entonces, el clérigo tocó la campana como era su costumbre. Bien conocía este las mañas de su señor el sacerdote y la hora de levantarse del mismo. Pero, según pensó, ya era muy tarde para el servicio de maitines, así que despacito y en silencio se fue a buscarlo a donde estaba, y al llegar, se dio cuenta inmediatamente de que su señor podría estar en algún penoso brete. En seguida, el clérigo comenzó a llamar a Don Juan, y los tres, tras escuchar al clérigo, bajaron hasta el pasillo de la casa.

– ¿Por qué andan sus mercedes de esa guisa?, dijo el clérigo. ¡Qué vergüenza! ¿Por qué andan en cueros? ¡Que el diablo se los lleve a los tres! Yo les quitaré ese bacín.

Y al poner sus dos manos en ella, lo primero que dijo el clérigo fue:

– ¡Ay, Dios mío! ¿Y ahora qué voy a hacer?

En esto, según creo, comenzó el carretero a limpiar con una pala la basura de la puerta del pasillo, y en cuanto vio a los cuatro personajes dar vueltas en fila, creyó que se trataba de bufones de feria, al menos fue lo que dijo. Y del temor que sintió, apenas se atrevió a entrar en la casa, pues todos ellos, excepto el clérigo, estaban con sus vergüenzas al aire. Al darse cuenta de que la sirvienta estaba entre el grupo, le pareció que algo andaba mal, y es que la sirvienta que brincaba en el susodicho grupo era la joven con quien pelaba la pava.

-Soltad el bacín antes de que os deis un batacazo, dijo el carretero.

Luego, golpeó a la sirvienta con la pala en las nalgas. Entonces, no hay duda de ello, la pala se quedó bien sujeta allí, y el carretero permaneció colgado a su extremo, de modo que, para infortunio de este, el hombre comenzó a dirigir el baile del grupo. Ni en Inglaterra, ni en Escocia, ni en Francia se había visto jamás un espectáculo como aquel. En ese instante, llegaron[16] el señor de la casa y el párroco, hallando a tan distinguida compañía en pleno baile. Entonces, el señor de la casa le dijo a Don Juan: – Por los clavos de Cristo, a menos que paguéis cien libras, os quedaréis sin vuestra[17] herramienta. Os advierto que no tenéis elección.

– ¡Por Dios Santo!, dijo Don Juan, – ayudadnos a quitarnos este bacín, y pagaré el dinero que exigís para evitar perder[18] mi herramienta.

El párroco[19] quitó el encantamiento que había puesto en el bacín haciendo que se despegara del grupo, y cada uno de sus integrantes tomó su camino a toda prisa.

El sacerdote abandonó el país a causa de la vergüenza que sintió, y[20] el marido y su esposa abandonaron sus malos vicios sin recaer en ellos nunca más, volviéndose juiciosos y prudentes. De este modo, a partir de entonces,[21] ambos continuaron viviendo juntos sin peleas ni trifulcas. Que María nos proteja de todo mal por la gracia de sus[22] cinco gozos.

                                          Finitur


[1]En inglés medio husbande. En inglés moderno husband. Este término en inglés posee un doble sentido: el de administrador y el de esposo. Seguramente el autor está jugando con ambos sentidos.

[2]Se desconoce el verso siguiente.

[3]La versión original en inglés medio es Seynt Tyve. Seguramente se trata de Ia of Cornwall.

[4]Agregado mío.

[5]Se refiere al hermano del párroco.

[6]Se refiere a su esposo, el hermano del párroco.

[7]Añadido mío.

[8]O vivir generosamente.

[9]Añadido mío para darle coherencia a la historia y un motivo (o una justificación) al hermano del párroco para que introduzca al personaje de Don Juan (Sir John).

[10]San Albano de Verulamium es considerado el primer mártir cristiano de Gran Bretaña. Se cree que fue decapitado en la ciudad romana de Verulamium, en la actualidad, St Albans, en Hertfordshire, Inglaterra.

[11]En el poema Sir. Verso 77.

[12]En el poema aparece el término gytryns (inglés moderno gittern). Verso 81. La versión en español es la de guitarra. En las Cantigas de Santa María (segunda mitad del siglo XIII), de Alfonso X el Sabio, hay una miniatura donde se muestran claramente la guitarra latina y la guitarra morisca.

[13]El hermano del párroco.

[14]No he considerado necesario traducir el resto del verso 119 and bade hym not abyde.

[15]He querido dar a la traducción un aire más cómico. En el poema, how shall I now begynne? (Verso 137).

[16] En el verso 206: Godeman.

[17] Eufemismo. En el verso 209: Harnesse (harness/equipment). En el siglo en el que se escribió este poema el término cock ya se utilizaba como referente de penis.

[18] En el verso 214: This.

[19] Verso 215. Lit. El párroco puso un encantamiento en el bacín para que se despegase (cayese) de ellos. The person charmyd the basyn that it fell thaim fro.

[20] En el verso 218: Thai.

[21] En el verso 220: Godeman and his wyfe.

[22] En otras ocasiones, la Iglesia católica ha mencionado siete: La Anunciación, la Natividad de Jesús, la Adoración de los Reyes Magos, la Resurrección de Jesús, la Ascensión de Jesús, Pentecostés, y la Ascensión de María o su coronación en el Cielo.

José Antonio Alonso Navarro

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