“El diálogo de diez esposas sobre el aparato de sus esposos” y otros textos cómicos medievales ingleses sobre el matrimonio.

“El diálogo de diez esposas sobre el aparato de sus esposos” y otros textos cómicos medievales ingleses sobre el matrimonio.

EL DIÁLOGO DE DIEZ ESPOSAS SOBRE EL APARATO DE SUS ESPOSOS

                                      (A Talk of Ten Wives on Their Husbands´ Ware)

(Textos seleccionados y traducidos por José Antonio Alonso Navarro, doctor en Filología Inglesa por la Universidad de La Coruña, España)

Queridos amigos, tened a bien dedicadme un ratito y escuchad mi canción, pues en ella os contaré una historia que versa sobre diez esposas que se fueron solas a la taberna sin ningún hombre. Y entonces la primera de ellas dijo:

-Ya que se ha agotado entre nosotras el repertorio de temas de los que hablar, hablemos de las herramientas de nuestros esposos, y de cuál de ellas es más merecedora de llevarse la palma. Y comienzo yo con la mía, herramienta cuya medida, desgraciadamente, conozco de “pe” a “pa”, pues tiene el tamaño de un caracol que va mermando día a día. ¡Que la parta un rayo!

La segunda esposa, que estaba sentada junto a la primera, dijo:

-¡Por los clavos de Cristo! Mi herramienta es también harto diminuta. Esta mañana sin más cuando estaba en su mayor apogeo, llegó a medir unos seis centímetros. ¿Cómo me va a contentar con ese tamaño? ¡Ojalá que Cascabel, nuestro gato gris, se hiciera amigo de ella! Por San Pedro apóstol, nunca había visto una herramienta más escuchimizada a punto de caramelo.

La tercera esposa estaba muy amargada y dijo lo siguiente:

-Yo tengo una de esas herramientas que no sirve para nada cuando se la necesita. Tendríais que ver cómo se asoma para mirar furtivamente por entre los calzones rotos de mi señor esposo al igual que un gusano, y cómo crece en su interior entre el pelo. Nunca había visto una así tan peluda. Además, la desgraciada, descapuchada como está, sirve más bien para muy poco. ¡Que Jesucristo la lleve por la calle de la amargura!

La cuarta esposa del grupo dijo:

-Yo cambiaría de buen grado la pija de mi señor esposo. Primero se pone dura, después se baja, pero lo peor es que sufre de flojera. ¡Qué Dios la dé poca vida! Mi dedo meñique es más grande que ella cuando está empalmada. ¡Estoy destrozada! ¡Mala follá tenga esa pija a partir de ahora! Tendría que haber sido un higo al nacer.

La quinta esposa se alegró mucho al escuchar a sus compañeras lamentarse, y ni corta ni perezosa se levantó para confesar lo siguiente:

– ¡Y vosotras habláis de vergas! En todo el mundo no hay peor verga que la de mi señor esposo. Este se la menea como un mono, y echa su leche una vez al año como un verraco. (Como en la cama), si tuviera que participar en un concurso de tiro con arco tendría que acercarse mucho a la diana para no errar el tiro.

La sexta esposa, que se llamaba Sara, dijo:

-La herramienta de mi esposo tiene un buen tamaño. Es blanca como la leche y suave como la seda, pero no se le levanta ni con una grúa. Se la machaco una y otra vez, y pido entre gemidos que se le ponga tiesa, pero ni con un milagro se le empina. Cuando veo que todo es inútil, echo pestes dentro de mí. Solo Dios sabe lo que pienso.

La séptima esposa, que estaba sentada en un banco, cruzó las piernas, pidió que se le llenara de nuevo la copa de vino, y dijo:

– ¡Por Santiago de Gales e Inglaterra! ¡Vuestra herramienta no es peor que la mía! Cuando estoy con mi señor esposo, y este busca ese lastimero alfiler que le cuelga entre las piernas, os digo, ¡por la Cruz de Cristo!, que es igual a una pobre alondra que está en su nido posada encima de dos huevos podridos.

La octava esposa, que hablaba por experiencia, dijo:

-Casi siempre me quedo en ayunas en la cama, y no tengo esperanza de que eso cambie. Cuando hace un frío que pela, la verga de mi señor esposo mengua, y ya no hay quien la vea. Cuando el cuclillo se pone a cantar, entonces la bribona comienza a saltar como un abejorro mientras se encoje de miedo entre sus huevos. No sé cuál de las vergas es la peor, ¡al diablo con todas!

La novena esposa se sentó cerca de ellas y levantó una salchicha de unos treinta centímetros y medio.

-Aquí tenéis una verga con un buen tamaño, pero un tanto floja. ¡Que Dios la engorde! Yo la inclino hacia delante, la tuerzo, la acaricio, y la retuerzo. ¡Que Dios acabe con ella! Tanto si está caliente como si no, no importa cuántos meneos la dé, no sirve para nada.

A la décima esposa le tocó el turno de hablar y dijo:

-Yo tengo una de las vergas más diminutas, tan diminuta que casi se la llevó el viento un día. De entre las peores vergas, esa es la peor. De verdad os lo digo, si estuviera en venta, nadie ofrecería nada por ella.

AMÉN

         

LAS DIFICULTADES DEL MATRIMONIO

 (The Trials of Marriage)

¿Cómo es que mirasteis para otro lado cuando tomasteis una esposa? Justo cuando teníais que haber tenido los ojos más abiertos que nunca. Me sorprende sobremanera que el hombre que mira para otro lado cuando se casa, mire fijamente después con los ojos muy abiertos.

 

                    EL SIGNIFICADO DEL MATRIMONIO

                     (The Meaning of Marriage)

                 

Había una vez un viejo solterón que se casó con una jovencita, y una vez casado se fue a la cama con ella cada noche durante seis meses consecutivamente, sin que le importara ni cayera en la cuenta nunca de lo que tenía que hacer con su esposa por las noches, pues lo único que hacía era dormirse nada más irse a la cama, levantarse por las mañanas, y después salir de casa con el fin de atender sus ocupaciones diarias, convencido siempre de que a una esposa no había que hacerla caso excepto para pedirle que preparase las provisiones, mantuviese limpia la casa, y calentase la espalda de uno todas las noches. Por consiguiente, nunca le importó lo más importante y principal que quería la pobre jovencita. De manera que, después de mostrarse paciente durante mucho tiempo, o más bien impaciente, la pobre muchacha se fue a ver al cura de la parroquia para quejarse de su esposo John y decirle:

-Que Dios os perdone, señor, por casarme con un hombre que desconoce las obligaciones del matrimonio. Así pues, señor, os ruego que le digáis lo que debería hacer, o anulad nuestro matrimonio, pues ya no puedo ir contra la naturaleza por más tiempo, y estoy segura de que pensaríais mal de mí y me castigaríais en la picota si me diera gusto de una manera inapropiada.

El cura respondió que iría a su casa al día siguiente para hablar con John, y como dijo, se fue hasta allí para preguntarle por qué había sido tan poco mimoso con su esposa, el cual respondió diciendo así:

-No ha habido nadie que haya sido más atento con su mujer que yo, o que alguna vez la haya desobedecido o llevado la contraria.

-Pero John -le responde el cura, -estáis descuidando otra cosa de gran envergadura.

Y después le sermonea diciendo que el matrimonio fue instituido para engendrar hijos, satisfacer a la naturaleza y evitar la fornicación, añadiendo muchas otras razones; sin embargo, al final, el viejo no entendió nada de lo que tenía que hacer. Así que el cura le dice a la esposa del hombre:

-Pobre muchacha, siento mucho lo que os sucede, pues este hombre es muy lerdo. No empero, creo que lo mejor es que tanto vos como yo nos vayamos a la cama, y así le enseñaré a vuestro marido qué hacer y cómo hacerlo.

La muchacha respondió que lo haría con sumo agrado, y a la camita se fueron. Y el sacerdote se puso encima de ella, y se puso a hablar en irlandés (como lo había hecho anteriormente en esta historia) diciendo MUSSHO VETICH, esto es, “hazlo así.” De modo que cuando el cura hizo todo lo que era capaz de hacer, la pobre muchacha estaba tan complacida con el juego que no se le ocurrió otra cosa que decir:

– ¡Oh, señor, a nuestro John se le olvida todo con suma rapidez, de modo que os ruego que repitáis de nuevo todo lo que habéis hecho!

VALE

 

          LA BALADA DE UN ESPOSO TIRÁNICO 

                                     (Ballad of a Tyrannical Husband)                                       

Jesús, vos que sois Bondadoso, dado que forjasteis este ancho mundo y Vuestra morada está en el cielo, por la dicha de Vuestra señora, a todas estas personas que me escuchen y tengan a bien entregarse a este entretenimiento, salvadlas y protegerlas de toda deshonra. Que Dios guarde también a todas las mujeres de esta ciudad, entre ellas doncellas, viudas y esposas, pues mucho suelen ser censuradas y hasta agraviadas en ocasiones. Pongo por testigo a todos los que están escuchando esta balada. Escuchad atentamente buenos señores, grandes y chicos, pues esta historia va a versar sobre un buen esposo que se casó con una mujer tan hermosa como trabajadora. Ambos, por cierto, tenían un buen pasar para vivir como querían. Ella era una buena ama de casa, educada e inteligente, y él era un hombre colérico que por nada se ponía hecho una furia, comenzaba a reprenderla y a pelearse con ella, y a comportarse como un auténtico demonio, tal como hacen aquellos que se enfadan con frecuencia con su mejor amigo. Y para no alargar demasiado esta historia, os diré que un día sucedió que el esposo (lit.: “el dueño/señor de la casa”) tuvo que irse a la labranza, así que cogió su caballo, llamó a los bueyes, negros y blancos, y le dijo a su esposa:

-Señora, aseguraos que nuestra comida esté lista a tiempo, por el amor de Dios.

El esposo y su joven aprendiz se fueron a la labranza; la esposa (lit.: “la dueña/la señora de la casa”), en cambio, no tenía criado alguno y tenía un montón de tareas de las que ocuparse en casa sin ayuda de nadie, como cuidar de su enorme prole, y la mayoría de las veces más de las que podía realizar. Cuando llegó la hora de la comida, el esposo llegó a casa para comprobar que todo estaba listo a su gusto.

-Señora -preguntó- ¿Está lista nuestra comida?

-Señor -respondió-, no, ¿cómo podéis pretender que haga más de lo que puedo?

Entonces él comenzó a reprenderla y a decir:

– ¡Qué el demonio os lleve! Ojalá os pasaseis en la labranza todo el día conmigo caminando sobre terrones de tierra húmedos y cenagosos, entonces sabríais lo que es ser labrador.

Entonces, respondió la esposa de esta manera:

-Tengo más tareas de las que puedo hacer, y si os molestaseis en hacer lo que yo todo un día, acabaríais reventado, me apuesto el pescuezo.

– ¡Reventado! ¡Por todos los diablos! -dijo el esposo-, ¿Qué es lo que tanto tenéis que hacer, excepto quedaos aquí en casa sentada? Además, os pasáis yendo a casa de los vecinos una y otra vez para chismosear con fulanito y menganito.

A lo que respondió la esposa:

– ¡Estáis del todo errado! Tengo más tareas que hacer de las que se puedan contar. Cuando me acuesto, duermo poco, y encima hacéis que me levante temprano cada mañana. Otras veces, después de haberme pasado la noche en vela atendiendo al niño pequeño, nada más levantarme me encuentro con que la casa está hecha manga por hombro; después, tengo que ordeñar el ganado y sacarlo al campo, mientras vos dormís a pierna suelta, ¡Qué Dios me ampare! Más tarde me pongo a hacer mantequilla; después me ocupo de hacer queso, cosa que para vos es solo una diversión; luego vienen los niños llorando a pleno pulmón; y para colmo de males, me toca aguantar una de vuestras reprimendas si es que se ha perdido algún objeto de la casa. Y cuando he acabado de hacer todas esas tareas, quedan otras por hacer, como dar de comer a los pollos junto con las gallinas, los capones y los patos o se me pondrán flacos, sin olvidar, claro está, que también tengo que ocuparme de los gansos nuestros que están en el prado. Además, cocino y elaboro cerveza, y por si esto fuera poco y mientras me quede algo de salud, golpeo el lino en bruto y lo cepillo, separo la cascarilla del grano, remuevo la olla, y, por último, separo la lana, la cardo y la hilo en la rueca.

-Señora -replicó el esposo-, ¡que el diablo os lleve! La verdad es que no hace falta que cocinéis o elaboréis cerveza más que una sola vez cada dos semanas. Y no digo que nada bueno hagáis entre estas cuatro paredes, sino que lo que digo es que siempre halláis excusas para refunfuñar y quejaros.

– Si no fuera porque elaboro un trozo de tela y de lana una vez al año para que podamos vestirnos tanto nosotros como los niños, tendríamos que ir al mercado a comprar la tela y la lana a un precio muy caro. Como veis, no paro de trabajar en todo el año.  Y cuando termino de hacer todas mis labores antes del amanecer, doy de comer a los animales antes de que lleguéis a casa, y preparo la comida para nosotros antes del mediodía, y, sin embargo, no recibo nunca una palabra agradable por mi trabajo. De modo que me ocupo de cuidar nuestros bienes dentro y fuera del hogar, asegurándome de que no se pierda nada ni haya algo de más o algo de menos, siempre dispuesta a complaceros con alegría para evitar que nos peleemos. Creo sinceramente que estáis en pecado por reprenderme sin razón.

-Todo eso -dijo al instante el esposo- debería hacer una buena esposa largo y tendido antes de las seis de la mañana, y dado que os corresponde la mitad de los bienes que poseemos, debéis ocuparos de vuestra parte como yo me ocupo de la mía. Así pues, señora, os aviso, preparaos en seguida porque mañana os iréis a la labranza con mi aprendiz; de esta manera yo seré el ama de casa y me ocuparé de las tareas del hogar dándome la vida padre como vos habéis hecho hasta hora, ¡por todos los santos!

-Estoy de acuerdo -respondió la esposa-. Mañana por la mañana saldré al campo; sin embargo, me levantaré de la cama antes que vos, y me aseguraré de que todo lo tenéis preparado antes de marcharme.

Nada más amanecer, la esposa se acordó de su tarea y en seguida se levantó.

-Señora -dijo el esposo-, ¡os juro por Dios Todopoderoso que voy a traer los animales a casa y echar una mano poniéndolos en condiciones!

El esposo se marchó entonces al campo al instante, y la esposa se puso a hacer mantequilla, tal como solía hacer privadamente, y después la puso en la mantequera diciendo que al cabeza de familia le daría una lección. Al regresar a casa el esposo, este hizo un comentario acerca de cómo la esposa había puesto la carne a marinar. Y como respuesta, ella le respondió:

-Señor, hoy no dormiréis en todo el día. Cuidad bien a los niños y no los hagáis llorar. Y si vais al horno para hacer malta, encended, señor, por el amor de Dios, tan solo una pequeña lumbre debajo del mismo, porque el horno está bajo y está seco, y no apartéis la mirada de él, porque si el fuego es demasiado grande, el horno se calentará demasiado y se pondrá muy negro. Afuera, por cierto, hay dos gansos que se entristecerán (por mi ausencia) durante semanas, de modo que tratad de que se animen de nuevo evitando que nada los aflija.

-Señora -dijo el esposo-, iros ya a la labranza, y dejad de enseñarme cómo hacer las tareas domésticas, pues las conozco de sobra.

Y sucedió que la esposa, cortes e inteligente, se puso en marcha, y tras llamar al aprendiz de su esposo, ambos se marcharon a la labranza, y allí estuvieron liados con los bueyes todo el día. Y ahora me paro un rato, y si alguien tiene a bien darme una cerveza, escucharéis lo mejor que aún está por venir.

Un alto.

Aquí comienza otra historia, a decir verdad…

 

                        CONTRA EL MATRIMONIO PRECIPITADO I

 

                   (Against Hasty Marriage I)

                             

Más vale que sepáis lo que es el matrimonio antes de ataros a alguien; probadlo antes de encomiarlo. Siempre podréis echaros para atrás si sabéis lo que es antes de ataros, pues si os atáis antes de saber de qué se trata el matrimonio, será demasiado tarde. Así pues, pensarlo muy bien antes de ataros al yugo matrimonial, puesto que cuando os digáis eso de “si lo hubiera sabido” ya será demasiado tarde cuando deseéis libraros del mismo.

                       CONTRA EL MATRIMONIO PRECIPITADO II                

                                                                (Against Hasty Marriage II)                         

Si sois hombre tened cuidado cuando le hagáis la corte a alguna mujer con la intención de casaros, pues el matrimonio es la perdición más grande. Pensad muy bien lo que vais a hacer antes de entregar vuestro corazón. Tomaros el tiempo necesario para cortejar a una mujer antes de ataros en matrimonio, y si os dais cuenta de lo que es mejor para vos, colgad el ronzal y olvidad a la mujer. Las esposas son bravas y de armas tomar; sus esposos no se atreven a llevarles la contraria, y si lo hacen, sin importar cómo lo hagan, llevarán todas las de perder. Las viudas son, con toda seguridad, harto falsas, pues saben abrazar y besar muy bien hasta hacerse con la bolsa del incauto, y después le darán la patada sin remedio. De las doncellas no diré sino poco, pues son todas tan falsas como inconstantes, y en ciertas partes pudendas son demasiado sueltas. ¡Dejad que los demonios se las lleven!

 

                   EL LAMENTO DE UN ESPOSO JOVEN Y CALZONAZOS 

                                       (A Young and Henpecked Husband´s Complaint)                       

¡Escuchadme bien! No es mentira si os digo que no me atrevo a hablar cuando ella dice “¡a callar!” Hombres jóvenes, que esto os sirva de advertencia: no se os ocurra tomar por esposa a una mujer vieja, pues yo mismo tengo una en casa, y no me atrevo a hablar cuando ella dice “¡a callar!” Cuando regreso al mediodía de la labranza, me encuentro con que la señora me ha puesto la comida en un plato sucio; y no me atrevo a pedirla una cuchara; y mucho menos me atrevo a hablar cuando ella dice “¡a callar!” Si le pido pan, coge una vara para romperme la testa, y hace que corra y me esconda debajo de la cama; no me atrevo a hablar cuando ella dice “¡a callar!” Si la pido carne, me rompe la testa con un plato mientras me dice: “¡Muchacho, no valéis para nada!” No me atrevo a hablar cuando ella dice “¡a callar!” Si la pido queso, me dice, como si nada, “¡muchacho, no valéis un pimiento!” No me atrevo a hablar cuando ella dice “¡a callar!”

 

                  EL LAMENTO DE UN ESPOSO CALZONAZOS

                                                             (A Henpecked Husband´s Complaint)

                     

 Adiós pesar, adiós pesar, adiós pesar, ¡adiós pesar para siempre! Todo lo que gano trabajando como una mula se lo ventila mi esposa en comer y en beber, y si me quejo de ello, me dará una buena tunda. ¡Qué afligido está mi corazón por ello! Si digo algo bueno de ella, me mirará como si ella hubiera perdido el juicio, y me dará un mamporro en toda la cabeza. ¡Qué afligido está mi corazón por ello! Si se le antoja ir a la taberna, no tengo más remedio que ir a su lado, y cuando comienza a empinar el codo, no tengo más remedio que esperar. ¡Qué afligido está mi corazón por ello! Si digo: “Se hará como deseáis”, dirá: “¡Mentís vilmente, patán! ¿Creéis que me vais a llevar la contraria así como así?” ¡Qué afligido está mi corazón por ello! Si hay un hombre que tenga que lidiar con una esposa así, sabrá muy bien lo que es vivir condenado. ¡Que Dios lo premie después de tanta penitencia aquí en la Tierra! ¡Qué afligido está mi corazón por ello!

 

                           LA AVENTURA DEL VIEJO TIBURCIO

                                                                               (Old Hogyn´s Adventure)

                           

 Tiburcio se acercó a la puerta de la alcoba,

Tiburcio se acercó a la puerta de la alcoba,

y en busca de su amor intentó abrir la cerradura,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar,

y en busca de su amor intentó abrir la cerradura,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar.

 

Sin demora se levantó ella dejándole entrar,

sin demora se levantó ella dejándole entrar,

qué honra para su familia,

pues al viejo acaudalado había atrapado ya,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar,

qué honra para su familia,

pues al viejo acaudalado había atrapado ya,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar.

 

Cuando juntos estuvieron en la cama,

cuando juntos estuvieron en la cama,

al viejo patán no se le puso tiesa,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar,

al viejo patán no se le puso tiesa,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar.

Ahora salid por aquella ventana,

ahora salid por aquella ventana,

que ya voy yo en menos que canta un gallo,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar,

que ya voy yo en menos que canta un gallo,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar.

 

Cuando el viejo ya estaba en la ventana,

cuando el viejo ya estaba en la ventana,

la mujer se dio la vuelta y el viejo la besó en las nalgas,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar,

la mujer se dio la vuelta y el viejo la besó en las nalgas,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar.

 

En verdad, amada mía, qué mal os portáis conmigo,

en verdad, amada mía, qué mal os portáis conmigo,

pues el aliento os huele que apesta,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar,

pues el aliento os huele que apesta,

clac, clac, déjame entrar, palomita mía, déjame entrar.

 

Explicit

 

 

 

                         TENGO UN GALLO NOBLE

                         (I have a gentle cock)

Tengo un gallo noble que cacarea para mí por la mañana, haciendo que me levante temprano para que pueda rezar mis maitines. Tengo un gallo noble que procede de una elevada estirpe que posee una cresta roja como el coral y una cola negra como el azabache. Tengo un gallo noble de alta alcurnia que posee una cresta roja como el coral y una cola de azul índigo. Sus patas son de azul cerúleo, y es tan grácil como fino. Sus espuelas son todas de resplandeciente argenta hasta la raíz. Sus ojos, engarzados en ámbar, son de cristal, y todas las noches se posa en la alcoba de mi dama.

 

 

             INTERLUDIUM DE CLERICO ET PUELLA

             

Clericus

-Damisela, que la paz sea contigo.

Puella

-Señor, sed bienvenido, ¡Por san Miguel arcángel!

Clericus

– ¿Dónde está vuestro padre? ¿Dónde, vuestra madre?

Puella

-Por Dios Santo, ninguno se halla en casa ahora.

Clericus

-Cuán rico será en vida aquel hombre que pueda contraer matrimonio con una doncella como vos.

Puella

-Por Jesucristo y san Leonardo, marchaos, jamás querré a un clérigo que no es bueno para nada ni alojaré en casa o en el suelo a clérigo alguno, más bien pondré su trasero de patitas en la calle. Marchaos, buen señor, pues aquí no tenéis nada que hacer.

Clericus

-Escuchad bien, escuchad bien, por Jesucristo y san Juan, no conozco a nadie en toda esta tierra a quien ame más que a vos, doncella. Por vos peno día y noche sin dejar de llorar un solo instante. Os amo más que a mi propia vida, en cambio vos me odiáis más que el puerco el día de san Martín. Y sabed que por el amor que os tengo, en verdad, he pecado y estoy perdido.

¡Ay, encantadora doncella, tened piedad de mí!, de quien es vuestro amor y lo será por siempre; por el amor de la Madre Celestial, cambiad de opinión y escuchad mi súplica.

Puella

-Por Cristo celestial y san Juan, no deseo para mí ningún clérigo letrado, pues a muchas mujeres honestas tales clérigos han deshonrado. Por Cristo, deberíais haberos quedado en casa.

Clericus

-Ya que no puede ser de otra manera, yo os ruego, Señor Jesucristo, que me envíes pronto un remedio que me libre de todo este mal que padezco.

Puella

-Marchaos ahora, mendigo, marchaos ahora, marchaos, pues mucho sabéis vos de penas y dolores.

Clericus

– ¡Qué Dios os bendiga, madre Eloísa!

Madre Eloísa

-Sed bienvenido, hijo, ¡Por san Dionisio!

Clericus

-Acudo a vos, madre, por lo siguiente, pero si no podéis ayudarme, decídmelo pronto. Soy un clérigo letrado que lleva una vida muy triste. Preferiría estar muerto que llevar la vida que llevo, pues una doncella más hermosa, blanca y resplandeciente, no había visto en la tierra jamás. Creo que dicha doncella se llama Saturnina. Ahora ya sabéis quién es. Vive en la punta de la ciudad, qué cosita más dulce, bella y gentil. A menos que ella cambie de parecer, pronto me enviará Cristo mi muerte. Sin vacilar, los hombres me enviaron aquí para obtener vuestra ayuda y consejo. Así pues, aquí estoy para pediros que seáis mi celestina, y me pongáis a buen término con esa doncella.

A cambio, os daré parte de mis posesiones de modo que os convirtáis para siempre en la envidia de todas las mujeres. Que Cristo me ayude, si logro mi propósito, seréis recompensada con creces.

Madre Eloísa

– ¡Ay, hijo mío! ¿Qué fue lo que dijisteis? ¡Que Dios os bendiga! Alzad vuestra mano y bendeciros a vos mismo, pues no constituye sino un pecado y toda una deshonra el que hayáis puesto esta tarea sobre mí, pues tan solo soy una pobre anciana que, además, está coja; llevo una vida bajo el amor de Dios, me mantengo con la rueca, y no conozco otra ocupación que rezar mi Pater Noster y mi Credo con el fin de confesar a Cristo mis pecados, sin olvidar mi Ave María, me arrepiento de mis pecados, y mi De profundis por todos aquellos que yacen en pecado; bien sabe Cristo, rey celestial, que no pienso en otra cosa. Jesucristo, que estás en los cielos, os pido que cuelguen bien alto de un árbol, y que yo pueda verlo, a los que tal mentira dijeron de mí, pues soy una mujer santa.

 

 

José Antonio Alonso Navarro