Escribir desde la desazón

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Las tribulaciones de Scott Fitzgerald en “Suave es la noche”

Si tan solo la mera idea de comenzar a escribir algunas líneas requiere de una fuerza de voluntad enorme para romper la inercia y manchar de tinta el papel, un ejercicio de empatía interesante sería el imaginar lo que le costó al gran escritor Francis Scott Fitzgerald escribir “Suave es la Noche” (1934), en una época en la que su fe en la escritura estaba más que debilitada.

Primera edición de Suave es la Noche. Scribner’s Sons 1934. Fuente: Worthsword

Fitzgerald irrumpió en el mundo de la literatura de forma drástica y con un éxito superlativo, con la publicación de su primera novela “A este lado del paraíso”, en 1920, de la mano del visionario editor Maxwell Perkins, de la histórica editorial Charles Scribner’s Sons de Nueva York. Este éxito desmedido le posibilitó llevar una vida de lujos y excesos, al igual que casarse con la mujer de sus sueños, Zelda Zayre.

Pero lo que al inicio parecía una vida de ensueño, y tras los medianos éxitos de sus siguientes novelas como “Hermosos y Malditos” (1922) y “El gran Gatsby” (1925), la vida de este matrimonio “ideal” comenzaba su decadencia meteórica, que se acentuó cuando a Zelda Fitzgerald la tuvieron que internar por padecer de esquizofrenia. Este hecho marcó un importante arco en la vida del escritor de Minnesota, ya que se tuvo que dedicar a vender los derechos de sus obras para adaptaciones cinematográficas y escribir cuentos breves para revistas, lo que Hemingway consideraba “una prostitución”.

A todo esto, se debe agregar el alcoholismo de Fitzgerald, que al inicio tenía connotaciones sociales pero que luego de la aurora de la crisis que se asomó en su vida, tuvo un carácter más depresivo y severo.

Con todos estos problemas encima, más el endeudamiento con Scribner’s, ya que solicitaba adelantos para cubrir los gastos de salud de Zelda, en una época en la que el psicoanálisis y el tratamiento psiquiátrico eran verdaderos lujos burgueses, Scott se abocó a intentar por todos los medios escribir una novela que supere en éxito a su primer trabajo, ya no quizá para dejar un legado literario, sino más bien poder costear los gastos de vida y de salud tanto de él como de su esposa. Y tras un proceso tortuoso de escritura que le tomó nueve años, finalmente en 1934 presenta al mundo la novela “Suave es la noche”, que tuvo opiniones críticas muy divididas.

La historia de esta novela se centra en el matrimonio de Richard “Dick” Diver y Nicole Warren. Dick Diver era un joven y brillante médico psicoanalista que se enamoró y se casó con su paciente Nicole, que tenía un cuadro de esquizofrenia con fase aguda decreciente y pronóstico reservado. Este es uno de los puntos que hacen que “Suave es la noche” sea considerada como una obra autobiográfica que relata los pormenores de la relación entre Scott y Zelda.

Como Fitzgerald nos tiene acostumbrados, relata con maestría el derrumbe moral de un hombre que en sus inicios era admirado y amado por sus conocidos por su carácter amable, su integridad, su creatividad, su brillante inteligencia, así como su capacidad de relacionarse con la gente.

Pero su extraño matrimonio, en el que los roles de marido y mujer se transformaban día a día en una relación médico – paciente, lo lleva con el correr de los capítulos a hundirse en la amargura y en el alcoholismo, al verse preso de una relación que lo consumía tanto emocional como profesionalmente, mientras que Nicole, con sus crisis de pánico y arranques de paranoia, que durante los primeros años del matrimonio habían mermado, comenzaba a desplomarse de vuelta en una enfermedad mental no muy comprendida en su época.

Scott y Zelda Fitzgerald. Fuente: Pinterest.

Recuerda esto a Friedrich Nietzsche quien mencionaba que “quien contra monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras mucho tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti” (Más allá del bien y el mal). Es esta quizá la razón de la decadencia de Dick, el batallar contra la enfermedad de su esposa terminó quizás empujándolo hacia el abismo.

Todo se complica cuando entra en escena la joven actriz Rosemary Hoyt, quien se enamora de Dick, y éste no tarda mucho en corresponder, ya que la energía y la vitalidad de Rosemary de a poco, le muestra que hasta el momento había vivido a medias, alejado de los dulces néctares de la vida de excesos y ociosidad propias de los años 20’.

Este fue el inicio del derrumbe tanto de Dick como Nicole. A Dick comenzaba a importarle casi nada y encontraba confortable el consuelo corrosivo del adulterio y el alcoholismo. A Nicole la desilusión comenzó a abrirle de vuelta heridas psicológicas que nunca se habían curado del todo, lo cual generaba en ella ataques de pánico y de ira, acrecentadas por su esquizofrenia. Y bien lo explica Fitzgerald cuando relata el carácter de las heridas psicológicas:

“Se habla de que las heridas cicatrizan, estableciéndose un paralelismo impreciso con la patología de la piel, pero no ocurre tal cosa en la vida del ser humano. Lo que hay son heridas abiertas; a veces se encogen hasta no parecer más grandes que un pinchazo causado por un alfiler, pero siguen siendo heridas. Las marcas que deja el sufrimiento se deben comparar más bien a la pérdida de un dedo o a la pérdida de visión en un ojo. Puede que en algún momento no notemos que nos faltan, pero el resto del tiempo, aunque los echemos de menos, nada podemos hacer”.

Diez años duró el matrimonio entre Dick y Nicole, de los cuales los últimos cuatro fueron un lapso de tortura mutua. Dick por sus excesos, y Nicole por su enfermedad.

Lo mismo quizá sucedió entre Scott y Zelda. De hecho, en la película “Genius” (2016), dirigida por Michael Grandage, que narra el ascenso y ocaso del escritor Thomas Clayton Wolfe (1900-1938), así como su relación con el editor Maxwell Perkins, de Scribner’s, Fitzgerald aparece en dos escenas explicando sus pesares, tribulaciones y lo psicológicamente desgastante de convivir con Zelda a un comprensivo Perkins, quien luego de escucharlo le entrega un préstamo para que pueda solventarse a sí mismo y a su enferma esposa.

Así también, muestra la dificultad que representó para Scott el escribir durante ese tormentoso periodo de su vida, en donde había perdido la fe en su talento. En una conversación con Wolfe, durante la película, al ser consultado por éste acerca del legado y de escribir cosas que trascienden el tiempo, Fitzgerald le dice: “Cuando era más joven me preguntaba lo mismo todos los días. Ahora me pregunto a mí mismo si puedo escribir tan solo una buena oración”.

Scott y Zelda Fitzgerald. Fuente: Pinterest.

Sin embargo, la desesperanza fue uno de los motores que impulsó a Fitzgerald a escribir “Suave es la noche” como un testimonio del fácil deterioro moral del hombre, escribió acerca de cómo simplemente no existe ser humano exento al derrumbe. Escribió acerca del fracaso como componente natural de la vida humana y cómo las personas simplemente no saben sobrellevarlo.

“Suave es la noche”, con sus bellas prosas, brinda al lector a una lectura intensa, escrita al compás de un jazz melancólico pero contrastada con lo bello de la Europa de los años 20’. Asimismo, invita a conocer el dolor de un Fitzgerald que escribió desde la desesperanza acerca de los matices de la época más ociosa de la historia del siglo XX.

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