El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Filología Literatura Traducciones

La Isla de las Mujeres

(Un viaje en sueño a la Isla de los Placeres)

Traducción en prosa de José Antonio Alonso Navarro. Doctor en Filología Inglesa por la Universidad de A Coruña (La Coruña, España).

A F. L. de A.

Al profesor José Miguel Alonso Giráldez

Al profesor José Manuel Estévez Saá

Al profesor Jack Cressey White In Memoriam

«Estuve encantando y muy honrado cuando el profesor José Antonio Alonso Navarro me pidió que escribiese una corta introducción para su último trabajo: una traducción al español del poema medieval del siglo XV titulado “La Isla de las Mujeres”. Tengo entendido que es la primera vez que este poema poco conocido se ha hecho disponible al público de habla castellana. Por ello, le debemos a José Antonio Alonso Navarro una deuda enorme de gratitud.

Tengo que admitir que la primera vez que llegué a Paraguay hace más de tres años sabía poco o nada acerca de la poesía medieval inglesa. Durante la época de colegio nunca tuve la oportunidad de estudiar literatura inglesa en profundidad, ni siquiera a los clásicos como Shakespeare o Dickens. Afortunadamente para mí, el doctor Alonso Navarro y sus colegas en la Universidad del Norte ayudaron con mucho a remediar esta situación. Algo un poco tarde en la vida y a una distancia considerable de mi tierra nativa – alrededor de 10.200 km para ser preciso – finalmente he llegado a apreciar la belleza y el romanticismo de la prosa medieval inglesa.

Bajo la experta guía del doctor Alonso Navarro comencé el viaje con Sir Isumbras, un orgulloso caballero al que se le ofrece la opción de la felicidad en su juventud o en su vejez. Elige la última. Una mala opción ya que pierde todo lo que es querido por él: sus posesiones, sus hijos y, finalmente, a su esposa. Pero luego de muchas aventuras recupera su suerte y todos viven felices para siempre, como corresponde a lo mejor de los cuentos de hadas. La última oferta del doctor Alonso Navarro – La Isla de las Mujeres – es un poema anónimo que data aproximadamente de 1475. Durante muchos años se atribuyó erróneamente a Geoffrey Chaucer y fue alguna vez llamado El sueño de Chaucer.

Por otro lado, pudo haber sido escrito para una ocasión especial como una boda, aunque no hay evidencia dura que apoye esto. Cuenta la historia de un soñador que despierta en una isla mítica poblada solo por mujeres. Para los estándares medievales es largo – más de dos mil líneas – y la trama bastante complicada, repleta de alusiones a la mitología celta y nórdica. Espero que lo disfruten tanto como yo lo hice.»

Doctor Jeremy Hobbs, PhD, Embajador del Reino Unido en Paraguay – Asunción, 2016

Miniatura del libro más famoso de Pizán, ‘La ciudad de las damas’. (Dominio público)

                                                  Liminar:

Existen dos manuscritos de La isla de las mujeres: el MS 256 Longleat House (de mitad del siglo XVI) y el MS Additional 10303 de la Biblioteca Británica, un poco más tardío en el tiempo. Es probable que el poema, cuya autoría está sin determinar, sea de finales del siglo XV. El poema se ha atribuido, no obstante, a Lydgate, a Sir Richard Roos y a Chaucer. En cualquier caso, el autor podría ser originario de la zona de la región norte de los Midlands.

El poema, en términos generales, describe el “conflicto de intereses” entre las mujeres que desean oponerse o mantenerse alejadas con cortesía y buenas maneras del amor de los hombres, y el Dios del Amor que trata de inducirlas por medio de su gran poder a amarlos sometiéndose a su voluntad. Este es su argumento: La historia del poema comienza cuando su protagonista principal, el propio poeta narrador de la historia, tras un día de caza y estando descansando en una cabaña, se ve transportado confusamente entre el sueño y la vigilia y por medios desconocidos, a una isla habitada únicamente por mujeres que conservan su juventud eternamente gracias al poder mágico de tres manzanas.

En dicha isla es recibido con cierta frialdad por su gobernadora, una mujer entrada en años que le comunica que ha de abandonar la isla, aunque tiene que esperar antes la confirmación de la reina de la isla, que está de viaje. Cuando llega la reina a la isla, lo hace acompañada de la dama del poeta soñador y de un caballero. La reina explica entonces que se fue de viaje para conseguir las tres manzanas mágicas que hacen posible la juventud, la hermosura y la felicidad de todas las demás mujeres de la isla, que son sus súbditas, y añade como encontró tales manzanas en las manos de la dama del poeta soñador, y cómo fue secuestrada por el caballero.

En dicho trance, continua la reina, narra la manera en la que fue auxiliada por la dama y por el propio caballero, arrepentido este último de su osadía, y como la trajeron sana y sana de vuelta a la isla. Preguntado el caballero por qué secuestró a la reina, este responde, arrepentido y en un estado de gran aflicción, que lo hizo por amor a ella. Sin embargo, la reina, aunque consuela al caballero, no tiene intención alguna de corresponder a su amor.

En esta parte de la historia, llega el poderoso Dios del Amor acompañado de todo su séquito, y pregunta a la reina la razón de su cortés frialdad hacia el caballero. Posteriormente, dispara en ella la flecha del amor. A la mañana siguiente, el Dios del Amor pide a todas las mujeres de la isla que se sometan a él y lo sirvan con obediencia, y a la reina y a la dama que acepten el amor y el servicio del caballero y del poeta soñador respectivamente.

Después de ello, el Dios del Amor se marcha y poco tiempo después, lo hace también la dama del poeta soñador. Este, desesperado, se lanza al mar y logra que lo suban al barco donde viaja su dama. Allí muere, pero su dama le devuelve la vida gracias a su promesa de amarlo y a la intervención de una de las manzanas mágicas. Cuando el barco esta a punto de tocar tierra, el poeta soñador despierta, pero al dormirse de nuevo, se encuentra de vuelta en la isla donde la reina y el caballero planean ya su ceremonia y banquete de bodas.

El caballero regresa a su país con vistas a organizar la ceremonia y el banquete de bodas y con el objeto de reclutar pretendientes para las mujeres de la isla, pero el caballero, para desesperación suya, se ve incapaz de cumplir con la fecha acordada con la reina para su regreso a la isla por razones logísticas. Cinco días más tarde, el caballero regresa algo temeroso a la isla con sus caballeros y séquito.

Allí es informado por una mujer que las mujeres de la isla, sintiéndose traicionadas y agraviadas debido al incumplimiento del caballero de llegar a la isla en la fecha acordada y por su falta de palabra y fidelidad, y sintiendo al mismo tiempo que se han dejado conquistar como mujeres con suma facilidad, han resuelto en consejo  mortificarse, hacer vigilia y arrepentirse hasta el día de su muerte.

Asimismo es informado de que tanto la reina como dos tercios de las mujeres han muerto al dejar de comer y beber voluntariamente por causa de lo anterior. Afligido por todo lo sucedido, el caballero acaba con su propia vida apuñalándose. Los cadáveres de la reina, el caballero y las mujeres muertas son trasladados al país del caballero para ser sepultados en la capilla de una abadía de monjas benedictinas. Milagrosamente, en esa misma capilla un pájaro que ha sufrido un percance y ha muerto es revivido por otros pájaros gracias al poder mágico de las semillas de una singular planta. La abadesa de la abadía decide probar estas mismas semillas con la reina, el caballero y las mujeres muertas.

Todos ellos reviven nuevamente. Después de esto, contraen matrimonio la reina y el caballero, el poeta soñador y su dama. La música que se toca en el banquete de bodas del propio poeta soñador despierta a este de su sueño. El poema acaba con el deseo del poeta de que su dama convierta su sueño en realidad.

Este es el enlace al texto original en inglés medio (Middle English):

http://d.lib.rochester.edu/teams/text/pearsall-isle-of-ladies#73

Editor del texto: Derek Pearsall.

Traducción en español en prosa:

La dama de Shalott(The Lady of Shalott). John William Waterhouse, 1888

Cuando Flora, la Reina de los Placeres, llegó a someter por completo a la fresca y nueva estación allí donde había pasado con holgura, y pudo cubrir con su manto todo aquello que el invierno había desnudado, una noche de mayo cualquiera, al acostarme sin luz y en soledad, me puse a pensar en mi amada y en la gran maestría que había demostrado el Señor, que fue su creador y artífice, a la hora de tallar su imagen, y de hacer en tan poco tiempo un cuerpo y un rostro superiores en belleza y rasgos a los del resto de las criaturas. Y así, tras una jornada de caza, mientras permanecía ensimismado en mis pensamientos y descansaba en una cabaña apartada del camino junto al manantial de un bosque, la naturaleza hizo que me durmiera a medias, y comenzase a soñar, en mi opinión, como si estuviera despierto. Y es que todavía tengo la sensación de que todo lo que vi en mi sueño fue real, y de que en realidad parecía como si no hubiera llegado a dormirme de verdad. Por esa razón, creo por completo que esa noche algún espíritu bueno, haciendo uso de algún extraño medio de transporte, me llevó a un lugar donde pude ser testigo tanto de cosas tristes como de cosas alegres. Sin embargo, sin importar mucho si estuve despierto o si llegué a dormirme, lo que sí tengo muy claro es que me reí y lloré muchas veces. Así pues, trataré de recordar las cosas malas y las cosas buenas que me sucedieron, y que llegaron a enfermarme y a sanarme al mismo tiempo.

Ruego a Dios, por lo tanto, para que podáis conocer todos los detalles de mi historia, o que, al menos, seáis testigos una noche cualquiera de una experiencia similar a la que yo tuve. Y aunque tal experiencia os resulte dolorosa, a la mañana siguiente, no obstante, os sentiréis alegres, y desearéis que haya durado todavía aún más. Así que consideraros afortunado, y sabed que quien sueñe y crea que su sueño contiene un significado[1], mayor conocimiento tendrá este mismo de un hecho determinado, y menos serán las cosas que lo turben. En definitiva, creo que cuanto vi con mis propios ojos fue real, y que, en verdad, no se trató de ningún sueño, sino de alguna experiencia que trajo consigo una señal o significado de un asunto inesperado relacionado con el amor[2]. De esta manera, una noche oscura, como ya habéis escuchado, en la que no estaba ni totalmente despierto ni totalmente dormido, y más o menos a la hora en la que los enamorados sollozan y solicitan los favores de sus damas, me sucedió esta aventura prodigiosa que estáis a punto de escuchar con todos los detalles y de la mejor manera que pueda hacerlo en un español[3] sencillo y llano, aunque mal escrito.

Here Comes The Sun. Michael Cherval

Ya sabéis que con el escritor que se está durmiendo, si comete errores, hay que ser más indulgente que con aquel que está despierto. De este modo, recurro a vuestra cortesía y os pido que paséis por alto, dado mi tosco estilo de escribir, mi falta de atención a los detalles, y pongáis más atención a las cosas que diga en esta historia. Asimismo, os pido que tampoco prestéis atención a la redacción de la misma ni a sus figuras retóricas, qué Dios os ampare, sino que paséis por alto todo ello como si fuera algo que no tiene mucha importancia. Así pues, escuchad lo que sucedió. Bien, comienzo diciendo que en mi sueño pensé que me hallaba en una isla en la que las murallas y las puertas estaban hechas de cristal, y la cual estaba cercada de tal manera que nadie pudiese entrar o salir sin permiso. Se trataba de una isla que a la vista resultaba tan poco familiar como extraña. Para cada puerta hecha con el mejor oro se habían fabricado, para que sonasen en sintonía, mil veletas que daban vueltas. Pero eso no es todo, encima de cada veleta había diversos y variados pájaros que cantaban, en pareja, y que, de cara al viento, tenían las bocas abiertas. Todas las torres, que, por cierto, estaban dotadas de un buen número de torrecillas en lo alto, poseían el mismo estilo y estaban talladas ingeniosamente, como si fueran flores jamás vistas en mayo, con extraños colores destinados a durar siempre. Sin embargo, no pude ver a ningún ser humano vivo ni a ninguna otra criatura, excepto a un grupo de mujeres que en aquella isla parecían estar divirtiéndose bailando y cantando. Aquellas mujeres estaban vestidas con tal elegancia que, a mi juicio, ninguna otra mujer podría superarlas a este respecto. Por su manera de bailar y cantar no parecían criaturas terrenales.

I am half sick of shadows, said the Lady of Shalott, 1915.John William Waterhouse

En verdad, qué extraña era su conducta a juzgar por su forma de divertirse, tan distinta de la manera en la que las mujeres suelen hacerlo habitualmente. Todas parecían tener la misma edad, salvo una que tenía bastantes años, y que por ello no podía ni cantar ni bailar, aunque en su rostro se mostraba tan alegre como cualquiera de las otras mujeres jóvenes que se encontraban allí. Poco o nada la hubiera causado enojo en ese momento considerando lo bien que se lo estaba pasando mientras reía y contaba historias, tanto que parecía que hubiera llenado una faltriquera hasta los topes de entretenimientos y muchos juegos. Antaño había sido una mujer hermosa, y a decir verdad, parecía ser la gobernanta de todo aquel grupo de mujeres amantes de la diversión, y así debía ser, os lo aseguro, puesto que era una de las criaturas más sabias entre todas, o al menos así lo decían, sin que mediase discusión alguna, cuantas la conocían. Además, era seria y muy juiciosa, se mantenía apartada de todos los vicios y a nada se aferraba más que a la fe y a la verdad.

Qué lastima más grande que no fuese una mujer joven, pues en todas partes y en todos los lugares de la isla era ella la que gobernaba, conduciéndose siempre cortésmente tanto con las más pobres como con las más ricas lo que, en una palabra, hacía que no hubiera nadie como ella, ni siquiera alguien que tuviera, por lo menos, la mitad de sus cualidades como gobernanta para conducir a tal grupo de alegres mujeres. Y así sucedió que cuando hube examinado hasta hartarme aquella isla llena de placeres y diversión y la manera en la que se manejaban todas las cosas allí, isla, por otro lado, mucho más difícil de imaginar en la mente, para maravilla de cualquiera, que el propio paraíso terrenal con toda la felicidad habida en ella, me dí cuenta, y me atrevo a decirlo sin reparo, que en un lugar como aquel nada podría faltarle a ninguna criatura: ni flor, ni árbol, ni nada de lo que uno pudiera desear de placentero para sí mismo: riqueza, salud, belleza o serenidad. Solamente había que desear lo que se quisiese y el deseo se cumplía de inmediato, sin más.  Nunca antes había estado en un lugar como aquel ni tampoco había oído decir que allí existieran seres vivos.

Y cuando hube examinado, como digo, la isla por completo, así como la manera en la que allí se disponían y organizaban todas las cosas, sentí una gran complacencia en mi corazón, y a mí mismo me dije lo afortunado que era, en verdad, por haber recibido la gracia de contemplar a unas mujeres tan hermosas y un lugar tan bello como aquel, os lo aseguro. Tanto es así que, en mi opinión, os digo que si la naturaleza pusiera todo su empeño en tratar de mejorar algún rasgo del aspecto físico de aquellas mujeres, sería incapaz de hacerlo, aunque hiciera uso de toda su pericia con el fin de embellecerlas aún más. Todo resultaría en vano, pues aquellas mujeres habían sido dotadas de una gran hermosura desde el mismo momento de su nacimiento. También hubo algo que me llamó poderosamente la atención sobre ellas, y era el hecho de saber que estas no morirían nunca, y que su belleza sería eterna para siempre, prodigio este que no se había visto en ningún otro ser vivo ni en ningún otro lugar. Así pues, alabo, junto con su sabiduría, la belleza eterna de aquellas mujeres, belleza que habría de considerarse como un gran don, puesto que sus vidas ya no tenían un límite de tiempo específico y, por lo tanto, habían sido libradas de toda enfermedad. Y cuando pensé que ya había visto en aquella isla la manera en la que se disponían y ordenaban enteramente todas las cosas, incluidas las riquezas habidas en ella, y creí que ya no vería nada más que fuera de utilidad o provecho en manera alguna para las cosas bellas que contenía esta o para mi propio entretenimiento, de súbito, mientras allí me encontraba, esta señora que tantas cosas conocía, se acercó a mí con ánimo sonriente y me dijo:

-¡Bendito seáis! Este año no he visto aquí a ningún otro hombre excepto a vos. Decidme cómo habéis venido a parar hasta aquí, cómo os llamáis, donde vivís, y a quién buscáis. Y os conviene que digáis la verdad, pues de no ser así, seréis mi prisionero y el prisionero de estas mujeres, puesto que todas en conjunto poseemos el gobierno de esta isla.

Y al terminar de hablar, sonrió al igual que hicieron toda esa alegre compañía de mujeres que permanecían a su alrededor.

Proserpina. Michael Cherval.

-Señora  -respondí-, habiéndome refugiado la noche anterior en una cabaña situada en un bosque que se encontraba cerca de un pozo, me quedé en ella profundamente dormido y ahora heme aquí. ¿Cómo podría explicároslo? La verdad es que no sé por voluntad de quién estoy aquí. Solamente la fortuna podría haber sido la causa de ello dado que a muchos pone, como creo, en apuros, sufrimiento y aprietos, sin darles tregua alguna que les valga. En más, todo lo contrario, a muchos, lamentablemente, la fortuna ha dejado morir. Así pues, no voy a negar que temo su mutabilidad, ligereza e inconstancia, y que siento miedo de hallarme solo y abatido en este lugar porque resulta prodigioso ver, como veo, a tantas mujeres lozanas tan hermosas, tan inteligentes y tan jóvenes sin ningún hombre entre ellas. No sé cómo he venido a parar hasta aquí, señora -continué-, esto es lo que puedo deciros. ¿Por qué habría de haber inventado toda esta historia para vos que semejáis una princesa? De momento estoy dispuesto a obedeceros en todo cuanto os plazca, y os ruego que me hagáis vuestro prisionero hasta que seáis debidamente informada de todo cuanto inquirís.

La señora se sintió complacida al escuchar tales palabras, y tomándome de la mano respondió:

-¡Sed bienvenido, prisionero inesperado! Con mucha alegría os digo esto, y dado que siento que teméis el disgustarme, trataré de que os sintáis bien.

Y dichas tales palabras y sin pérdida de tiempo, ella y las demás mujeres se reunieron en sesión plenaria con el fin de tomar una decisión acerca de lo que se haría conmigo, después de lo cual fueron a buscarme en seguida para decirme lo siguiente, tal cómo habréis de oír a continuación, palabra por palabra:

-Para nosotras resulta algo insólito el veros aquí, pero no deja de maravillarnos menos el hecho de que hayáis tenido acceso a esta isla sin venir aquí en barco o navegando, sino, más bien, a través de algún tipo de treta o artimaña. Sin embargo, no por eso dejaréis de advertir que somos gentiles damas que no deseamos en modo alguno ser descorteses con nadie a pesar, no obstante, de que, apelando a nuestro derecho, podríamos hacerlo. Y como habréis de entender claramente, siguiendo la antigua costumbre de esta nación, que se ha mantenido durante muchos años, sabed bien que no podréis quedaros aquí con nosotras por dos razones que deseamos manifestaros. La primera es esta: nuestra ley, que posee una gran antigüedad, prohíbe, en verdad, que viva ningún hombre entre nosotras en esta isla. Así pues, tendréis que regresar por donde habéis venido. Bajo ningún concepto podréis permanecer en este lugar. La otra razón es que, como podéis observar, nuestra reina se halla ausente del reino, y para nosotras podría ser perjudicial si os permitiésemos estar aquí a vuestras anchas. Por todo ello, tenemos mucho miedo de cometer una falta o de atentar contra nuestra antigua costumbre.

Al escuchar estas dos razones, sentí, ¡Oh, Dios mío!, un dolor grandísimo y repentino en mi corazón, como si alguien, deslizándose con ligereza y sin apenas dejarse notar, me hubiera arrebatado o despojado de mi sosiego y bienestar, y me hubiera hecho sentir tanto miedo en mi interior que hubiera causado que en mí desapareciese finalmente todo rastro de coraje. Y estando en este estado emocional, apareció una mujer toda agitada que, rodeada de una gran multitud de mujeres, comenzó a pregonar a los cuatro vientos que la reina había llegado y estaba a punto de hacer su entrada en la isla.

Tanto se alegraron las mujeres que hasta allí pudieron acercarse, y tan grande fue su deseo de recibir a la reina que, bien tomando las bridas de sus caballos o a pie, se marcharon de inmediato, no quedando allí ni una sola de ellas. Y después me marché yo, a paso lento, pensando en la manera de obtener el favor de la reina para quedarme en aquella isla hasta que la buena fortuna se dignase con buena predisposición a enviarme de vuelta al lugar donde nací, pues no sabía qué camino o sendero tomar, ni adónde ir debido a que todo lo que rodeaba aquella isla era mar. No era de extrañar, por lo tanto, que no tuviera deseos de reírme al pensar en lo insólito y raro de mi situación, la cual, lógicamente, no estaba exenta de peligros. Y estando sumido en tales pensamientos, mientras caminaba sin compañía alguna, vi a todas aquellas mujeres reunidas. Lo siguiente que hice fue acercarme a ellas con el fin de ponerme a su disposición.

Y entonces me fijé en la reina y en cómo aquellas mujeres estaban postradas ante ella, y con palabras joviales escogidas con el mejor de los ánimos, la saludé como si se hubiera tratado de la princesa del mundo entero. Y de repente, de la tristeza pasé a la alegría, a la alegría más grande, yo diría, ¡qué Dios me proteja siempre!, al convertirme en el hombre más dichoso sobre la tierra tras percatarme de que mi señora, mi amada, que había venido con la reina, estaba allí. Y ambas estaban vestidas con los mismos atuendos. También me fijé en un caballero muy elegante que había venido con la reina, caballero de quien las mujeres de aquella isla ya se habían quedado muy prendadas tiempo atrás. Entonces, por fin, con gran calma  y sabiduría, la reina se dirigió de esta manera a las mujeres más jóvenes y también a las mujeres más sabias:

-Queridas hermanas, como sabéis, en todo este largo tiempo en el que he sido la reina de esta isla en la que, todo hay que decirlo, he vivido tranquilamente y sin sobresaltos, no hay nadie que pueda decir que no haya llevado una vida de lo más dichosa o placentera en todas las cosas de acuerdo con nuestras leyes y costumbres, cuyo origen sabéis perfectamente, y sé también que no olvidáis quién es y quién ha sido vuestra reina durante todo este tiempo en el que os he gobernado. Asimismo, sabéis que, siguiendo una antigua costumbre, debo visitar cada siete años la ermita celestial que está apartada de todas las naciones conocidas, y permanece situada en una roca tan grande de un mar peregrino que llegar hasta allí en peregrinación supone emprender un largo y peligroso viaje, pues si el viento no resulta favorable, el periplo emprendido puede incluso prolongarse irremediablemente más de la cuenta. Encima de dicha roca crece un árbol que en determinados años da tres manzanas que tienen la virtud de guardarnos de toda enfermedad y de todo mal en el transcurso de estos siete años. Esto lo sabéis bien todas vosotras. La primera manzana, y la mejor entre todas las demás, se encuentra en la parte más elevada del árbol, y posee tres virtudes notables que hacen que se mantengan siempre eternas e inmutables la juventud, la belleza y la salud. La segunda manzana, que es roja y verde, con tan solo mirarla podrá hacer posible que hasta más no poder alimente y deje satisfecho mejor de lo que lo harían unas perdices o unos faisanes a todo aquel que la mire. Y la tercera manzana del árbol, que es la que puede hallarse en la parte más baja de este, sirve para cumplir siempre los deseos de quien la tenga consigo. De modo que hasta el momento y alejadas de todo mal, todas habéis gozado, como diosas y mejor que cualquier princesa terrenal, de innumerables placeres y de una belleza sin par, además de juventud eterna, fidelidad a vuestros principios, sabiduría, bienestar y felicidad.

Ahora os voy a contar qué es lo que me ha sucedido. Bien, con el fin de reunir estas tres manzanas, me puse en camino sin detenerme pensando en lograr con éxito mi empresa, como había hecho en ocasiones anteriores, pero cuando llegué a mi destino, encontré a mi hermana, que aquí se halla junto a mí, en lo alto del árbol, sosteniendo las tres manzanas en las manos y mirándolas con deleite sin decir nada. Y mientras yo la contemplaba a ella con tristeza al no poder tener tales manzanas conmigo, se acercó a mí este caballero que aquí veis también, e inesperadamente me tomó en brazos con la intención de llevarme a su barco. Y mientras me llevaba hasta allí, aprovechó la ocasión para hacerme saber que, aunque él no me había visto nunca, yo había sido siempre su amada, circunstancia esta que me obligaba a que me fuera con él. Además, juró que sería mi servidor hasta el fin de sus días, y después se puso a cantar como si le hubieran caído del cielo monedas de oro. Y viéndome raptada de esa manera, se me fue la vida tan de repente que la muerte pareció adueñarse de mí, sintiendo sin remedio que dejaba de vivir y de respirar. La verdad es que me sentí tan mal ante aquel desagradable y súbito malestar que nunca había sentido antes, que si no hubiera sido por el rápido auxilio que recibí de esa señora que tuvo la bondad de bajar del árbol a toda prisa para socorrerme, ahora estaría muerta. En seguida puso una de las manzanas en mi mano, gracias a lo cual pude recuperar de nuevo la conciencia y la respiración, escapando de este modo de la muerte. Así pues, me siento tan en deuda con esta mujer, que fue el médico que sanó todas mis heridas y fue capaz de aliviar mi corazón de un gran malestar, que por ella haría cualquier cosa. En definitiva, sabe Dios, y escuchad bien, que ella hizo todo lo que estuvo en su mano para socorrerme con buen ánimo. Asimismo, si he de ser franca, también este mismo caballero, que se sintió mal por todo lo que había sucedido, hizo todo lo que pudo por hacer que me recuperase de mi pesar. Incluso llegó a  maldecir al barco y al mástil que los había traído hasta allí y a quien lo había construido. Y como todas las cosas, tarde o temprano, deben llegar a su fin, mi hermana aquí presente, que es la amada de nuestro visitante en esta isla, comenzó a rogar cuanto pudo a este caballero con las palabras y astucia propias de una mujer para que ambos la acompañásemos en el barco en el que ella había venido, el cual se había construido tan magníficamente, es decir, con tanta perfección, lujo y pompa, que los dos nos sentimos contentos y complacidos ante tal petición. Y con el fin de complacerme y dar algo de consuelo a mi corazón, esta dama, que es ahora mi hermana, se tomó la molestia de traernos a esta isla lo antes posible, como podéis ver. Por lo tanto, os ruego que una por una le deis las gracias de la manera más efusiva y enérgica que podáis.

Miniatura a colores y oro creada por el maestro Talbot en 1440 para el libro De Claris Mulieribus. En ella se representa a la emperatriz Julia Soemia frente a cuatro mujeres músicas. La obra se conserva en el Museo Británico.

En seguida pudo verse allí un gran número de mujeres, ya fueran más ricas o menos ricas, de mayor o menor rango social, postrarse de rodillas ante mi dama. Y en honor a la verdad, hay que decir que en aquella ocasión todas ellas supieron muy bien cómo comportarse, pues fue tal la bienvenida que la dispensaron con palabras de amistad y lealtad expresadas con suma destreza, que causó asombro el hecho de que, considerándose lo jóvenes que eran, fuesen capaces de mostrarse tan hábiles verbalmente a la hora de darle las gracias, y de hacerle saber que estaban a su entera disposición. Ciertamente, ver a mi dama recibida de tal manera en un lugar como aquel me produjo tanto regocijo como el regocijo que debieron sentir los fuertes y aguerridos griegos cuando conquistaron la ciudad de Troya tras un prolongado asedio. Y cuando mi amada y el resto de las mujeres que había allí terminaron de hablar de esto y de lo otro y de algunos temas propios de la isla, la misma reina comenzó a hablar en tono jocoso, y a la mujer de mayor edad le preguntó así:

-¿No os parece que sería una buena idea que, aprovechando que nos encontramos todas las mujeres reunidas aquí, tratéis de escoger a las mejores entre ellas con el fin de que dispongan todo lo necesario para que tanto este caballero como yo podamos descansar tras un viaje tan fatigoso? Sabed que la mujer es tan solo una débil criatura incapaz de hacerle la guerra a un caballero, y teniendo en cuenta que este se halla en este lugar a mi cargo, sería una afrenta por mi parte, tanto si este ha de mostrarse conmigo cortés o deshonesto,  mostrarme con él poco afable. Y os digo también, escuchadme bien, que me alegraría mucho que él estuviera ahora en su país para tranquilidad suya, y yo aquí en esta isla en paz para tranquilidad mía. De este modo, ambos nos sentiríamos mucho mejor. Y ahora os ruego, si ello fuera posible, que habléis con él.

La dama de mayor edad sonrió, y tras quedarse un rato pensando para sus adentros, dijo en seguida con buen ánimo:

-Señora, voy a ir a hablar con él para saber con pelos y señales cuáles son sus intenciones.

Y ni corta ni perezosa, esta mujer, acompañada de dos mujeres que había elegido, se fue a ver al caballero, y con mucha seriedad y algo abatida le dijo de esta manera:

-Señor, la reina[4] de esta isla, por quien vos, según tengo entendido, pensando tan solo en hacer vuestra voluntad habéis recorrido tantas leguas para buscarla hasta dar con ella al fin, me ha enviado a mí y a estas dos doncellas para escuchar todo lo que tengáis que decir, y saber por qué habéis ido a buscarla, por qué queréis afligirla, por qué sois su enemigo, y por qué, sin que nadie lo supiera, os la llevasteis a la fuerza en vuestro barco hasta privarla, para gran desasosiego suyo, de sus sentidos y habla, y hacer que, agonizante, esperase su funesto destino en el mar. Por ello, me atrevo a deciros llanamente que hicisteis muy mal actuando así sabiendo que se trataba de toda una reina[5].

El caballero, que sabía lo que era bueno para él, se quedó más pálido que un muerto. El color de sus mejillas desapareció por completo, se quedó sin palabras y descompuesto, y sin dar un solo paso más como todo lo que está a punto de morir, de súbito cayó al suelo desmayado. Viendo el calvario del caballero, la mujer de más edad, asustada, se fue corriendo hasta la reina y le dijo:

-Venid tan pronto como podáis, y haced algo, de lo contrario, ocurrirá una desgracia. El caballero, si no está muerto, lo estará pronto. Mirad allí donde yace desmayado sin que haya contestado a nada de lo que yo le haya preguntado. Mucho me temo que se os eche la culpa de su muerte y vuestro nombre, que ha ido aumentando en fama con el paso de los años, quede empañado. Así pues, evitemos por todos los medios que aquel caballero se muera. Vamos, pronto, daos prisa y salvad su vida, y una vez recuperado del mal que lo aqueja, ordenad que se marche o se quede a vivir en esta isla, pues yo no quisiera meterme en ningún lío como el que podría derivarse de todo este espinoso asunto.

Entonces la reina, presa del pánico, llegó hasta donde yacía el caballero con todas las mujeres presentes allí e hizo que una de ellas le hablase como sigue:

Love is Blind II. Michael Cherval

-¡Escuchad, aquí está la reina! ¡Despertad, por decoro! ¿Qué estáis haciendo? ¿Qué clase de juego es este? ¿Por qué yacéis en el suelo? ¿Qué pretendéis? Ahora ya ha quedado bien claro que habéis perdido el juicio después de haber visto a tantas mujeres aquí, y no se os ha ocurrido otra forma de divertiros que dejar a todas estas mujeres sin saber qué hacer. ¡Levantaos, por Jesucristo!

Sin embargo, a pesar de las palabras de la doncella, el caballero no dijo nada. La reina, llevada por la compasión y viendo peligrar el buen nombre de ella y también la vida del caballero, dio muestras de dolor, y temblando de miedo y con desasosiego dijo:

-¡Ay! ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué podría decirle a este caballero?[6] Si se muere aquí, adiós a mi buen nombre. ¿Cómo he de actuar ante esta situación tan delicada? Si pasa alguna desgracia aquí y muere este caballero, se dirá que fue un acto cruel y mi nombre, repito, quedará mancillado.

Y tras decir esto, posó su mano en el pecho del caballero y comenzó a decirle:

-¡Despertad, caballero mío! Soy yo, la reina, quien os habla. Ahora decidme por qué sufrís viendo que os halláis en un lugar seguro entre amigas que desean vuestro bien. Si supiera qué podría daros consuelo o complaceros, os aseguro que haría vuestra voluntad si con ello os hiciera bien. Ahora os ruego con todo mi corazón que os levantéis, hablemos y busquemos recrearnos. ¡Mirad cuántas mujeres han venido hasta aquí para entreteneros!

Pero todo lo que le dijo la reina fue inútil, pues el caballero continuó tieso como un cadáver y sin decir ni una palabra. Y así estuvo mucho tiempo sin mover un solo músculo, y sin ser consciente de nada de lo que le había dicho la reina, hasta que, finalmente, gritó “piedad” dos veces a pleno pulmón.

Qué pena más grande causó escuchar su voz o contemplar su aspecto tan lastimero, en todo lo cual no hubo falsedad alguna a juzgar por su rostro y la mirada que le echó a la reina mientras daba un suspiro tal que parecía que iba a morirse. Después de lo cual, dio tal alarido que causó espanto el dolor que lo afligía. Pareciera que nunca antes alguien hubiera padecido un dolor como aquel, y con voz moribunda comenzó a lamentarse y a decirse a sí mismo:

-Mísero de mí, que soy víctima de una gran desgracia al hallarme en una condición peor que la de la propia muerte y, sin embargo, no me muero. ¡Oh, cómo lamento seguir con vida aún! ¿Por qué no me muero si no merezco vivir, y si mi señora desea que muera? ¿Dónde estás, muerte? ¿Acaso tenéis miedo? Al final, habremos de encontrarnos, ya que allí donde habitéis, a pesar de vuestro rostro esquivo y doble, os encontraré. Aquí mismo, en este lugar, estoy resuelto a morir para deshonra vuestra, muerte esquiva, y alivio mío. Vuestra forma de actuar no es del agrado de ninguna criatura. ¿Qué necesidad tenéis, dado que os busco, de ocultaros para hacer más grande mi dolor? Además, sabéis bien que no querría vivir aunque me ofrecieran el mundo entero, pues por culpa de mi ruindad al tratar de llevarme a la fuerza a la reina, mi señora, he perdido mi felicidad, mi bienestar y mis servicios como caballero, y he hecho que mi señora, la reina, se convierta, según creo, en mi enemiga para siempre. Así pues, he perdido mi dicha y a mi amada[7]. Yo no sé si la impaciencia por hacerla mía o la indolencia, en verdad, han causado mi mal, pero sí sé que cuando me dirigí a toda prisa hasta lo alto de la ermita, fue allí donde la vi por primera vez, y tras tomarla en mis brazos con firmeza después de haberme acercado a ella con sumo sigilo, me la llevé, finalmente, a mi barco. Y por causa de mi atrevimiento, mi dama se disgustó tanto que su dolor pareció ser interminable, y ello me causó tanto temor que acabé arrepintiéndome de haber ido hasta aquel lugar. No hay duda de que mi impaciencia fue el motivo de su pesar y de mi aflicción.

Division of Prime Cause. Michael Cherval

Y cuando terminó de hablar, comenzó a gritar dos o tres veces: “Muerte, muerte, venid a mí”, y después murmuró no sé qué de morir. La reina, por compasión, le tomó en sus brazos y le dijo:

-Escuchad, caballero, no os sintáis mal porque os haya enviado a una doncella con el fin de averiguar vuestras intenciones, pues lo he hecho actuando de buena fe, y quiero que sepáis realmente que de ningún modo es mi deseo causaros ningún mal de aquí en adelante.

Acto seguido, comenzó a besarlo y a rogarle que se levantara. Después, le dijo que deseaba que se pusiera bien, que lamentaba su aflicción por causa de ella, y que de buena gana estaba dispuesta a hacer su voluntad. Todas estas palabras y muchas otras más le dijo la reina al caballero, más que nada para salvar su vida, consolarlo, y verlo libre del dolor que lo oprimía. Entonces el caballero alzó los ojos, y cuando vio claramente que era la reina quien le había hablado, este comenzó a agitarse en medio de su aflicción, y al tratar de levantarse con el fin de ponerse de rodillas, se tropezó y se cayó, de modo que la reina, una vez más, lo tomó en seguida en sus brazos, y lo miró lastimeramente, mostrando un rostro libre de emociones, y llevada tan solo, en opinión de todo el mundo, por la cortesía, la nobleza y la compasión propia de una mujer, pues lejos estaba esta de entregarle al caballero su corazón. Puso, pues, todo su empeño en aliviarlo de su dolor y alejar de su corazón la aflicción que este sentía. Su intención era conducirlo a su barco por la noche con la ayuda de algunas doncellas y pedirle, apelando a su caballerosidad, que le concediera permiso para vivir en paz como lo habían hecho antes otros príncipes, y a partir de ahí, ella le estaría agradecida por ello eternamente hasta donde lo estipulase la cortesía, y pondría todo su empeño en complacerlo y cumplir su voluntad igualmente en los términos que permitiese el decoro.

Y mientras todo esto sucedía en presencia de la reina, mi amada y muchos otros testigos, vi llegar por el ancho y vasto mar diez mil barcos con velas y remos tan variopintos que, desde donde me encontraba contemplándolos, me pregunté asombrado de dónde podrían haber venido, pues que yo supiera, desde que tenía uso de razón, nunca antes había visto una armada así, con tantos barcos reunidos y dispuestos de tal manera. Y del gozo que su contemplación me había producido, mi corazón brincó dentro de mi pecho con tal fuerza que pasó bastante tiempo antes de que pudiera calmarse. Había velas llenas de flores y castillos de popa con enormes torres que parecían contar con un buen número de armas resplandecientes y con grandes cofas y largos mástiles pintados majestuosamente. La vista de todo aquel espectáculo avivó mi espíritu. Y en ocasiones, pude ver como algunas avecillas descendían del cielo, se posaban en los tablones de los barcos, y se ponían a cantar baladas y pequeñas canciones con todo el gozo y armonía que podían imprimir en ellas.

Me excuso diciendo que es imposible escribir todo lo que vi allí, pues si mencionase a todas las aves que había, y pusiera por escrito las canciones que estas entonaron, mi historia se alargaría demasiado. En seguida, entre lamentos y temores la reina recibió las noticias que anunciaban la presencia de aquellos barcos. Entonces la mujer de más edad comenzó a llorar y a decir:

-¡Ay! Pronto se os acabará la alegría, sí, puesto que este caballero nos ha perdido. Seguramente forma parte del séquito de quienes han venido hasta aquí para buscarlo.

Y con esas palabras, calló. Todas las demás mujeres comenzaron a repetir en varias ocasiones: “Estamos perdidas sin remedio”, y al final decidieron sin demora que lo mejor era cerrar bien las puertas, hacer uso de un lenguaje refinado, como se había hecho tradicionalmente, y emplear hermosas palabras como munición. Eso fue lo que decidieron hacer. Y sin más, preparadas con las armas referidas, se dirigieron hacia las murallas de la isla. Sin embargo, mucho antes de llegar allí se encontraron con el gran señor que está en lo alto, ese al que llaman el Dios del Amor, el cual las miró a todas con el rostro ceñudo y enfadado. De nada sirvieron a aquellas mujeres las murallas de cristal o cerrar bien las puertas con el fin de impedir la entrada a este poderoso señor. Todo lo que habían dispuesto resultó en vano, pues cuando el barco del Dios del Amor arribó a tierra, este, con un arco en la mano, procedió en seguida a entrar en esta isla a toda prisa acompañado de un gran gentío, y no se detuvo hasta llegar al lugar donde yacía el caballero. Y sin prestar atención ni a la reina ni a ninguna de las mujeres que la acompañaban, el Dios del Amor pasó de largo seguido por todas ellas hasta que se detuvo.

Earth, Wind and Fire. Michael Cherval

Y cuando llegó al lugar donde se encontraba el caballero, hizo gala de su enorme poder todo lo que pudo, y en seguida mandó llamar a la reina y a todas las demás mujeres para decirlas así:

-¿No os mueve a compasión ver a mi servidor, por amor verdadero, flaco, enfermo, sufriendo de esa manera y aturdido sin saber a quién dirigir sus lamentos excepto a una sola mujer que pudiendo sanarlo se ha tornado en su enemiga?

Y al terminar de decir esto, frunció el ceño a la reina y le echó una mirada feroz, y con pocas palabras comenzó a recriminarla todas sus faltas mientras le ordenaba que se sometiese a él como su sanador. En resumen, hizo saber a la reina que debía obedecer de inmediato. Entonces sacudió en la mano su arco y dejó muy claro quien mandaría como señor de ahí en adelante. Asimismo, puso en conocimiento de la reina que estaba enojado debido a que esta había rehusado servirle durante mucho tiempo negándose a acatar sus leyes, de modo que doblando su arco se alejó un paso o dos, y desde esa posición arrojó en el oído de la reina una gran corriente de aire, y con una flecha nueva y afilada le atravesó el corazón, causándole una dolorosa herida que tardó bastantes años en sanar. Después, le dijo al caballero:

-Animaos, caballero mío, que yo mismo me encargaré de curaros y devolveros la salud, y por todo el dolor sufrido, a partir de ahora estáis destinado a ser más feliz que nunca.

Y a continuación, comenzó a dar vueltas de aquí para allá pasando junto a la multitud congregada con el rostro serio. Os confieso que algo pude escuchar de lo que dijo. Él parecía saber bien quienes eran realmente sus servidores, y al pasar junto a dicha multitud, en seguida se percató de mi amada, la tomó de la mano y la aclamó como a una diosa. Se dirigió a ella como su princesa debido a su hermosura y generosidad, y exclamó que en ella no había visto ningún defecto, más bien dijo todo lo contrario, que era virtuosa, salvo por el hecho de que esta se negaba a mostrarse compasiva, algo sobre lo cual, añadió, estaba dispuesto a remediar tras haber ido hasta aquella isla para buscarla. Y dado que ella poseía todas las riquezas propias de la mujer y del amor[8], dijo que no quedaba nada bien que hubiera arrancado de su morada habitual, esto es, de su corazón, el fruto de la compasión. Y entonces comenzó a sermonearla y a conversar con ella jovialmente, haciendo referencia en repetidas ocasiones a su hermosura, y afirmando que se trataba de una criatura cuyo nombre debía perdurar para siempre haciéndose figurar en los libros. Y según me pareció escuchar, se dirigió a mi amada[9] mucho más afablemente de lo que lo había hecho con cualquiera de las mujeres que allí había, seguramente, en mi opinión, por las manzanas que ella tenía en su haber.

Largo y tendido estuvo paseando con ella cogido del brazo, algo que no había hecho con ninguna de las mujeres presentes, a las que hasta el momento había estado dando órdenes en espera de ser obedecido de manera inmediata. En cambio, cuando el Dios del Amor quiso algo de mi amada, no se lo ordenó, sino que se lo rogó cortésmente. Y después de haber estado juntos un buen rato, él la llevó hasta la reina, y seguidamente le dijo:

-¡Qué Dios os guarde! Es necesario que consintáis en mostrar vuestros favores.

Entonces, con extrema cortesía y sin perder el decoro femenino que tan bien la sentaba, mi amada se arrodilló encima de las flores que Abril había regado con su savia, y a este poderoso señor le dijo así:

-Os obedeceré en todo aquello que os plazca, y me guardaré con mucho de hacer lo contrario. Todo se hará como gustéis.

Y tras proferir estas palabras, comenzó a temblar. Aquel poderoso señor la tomó en sus brazos y le confesó lo siguiente:

-Vos tenéis a alguien que os sirve, más leal que él no hallaréis. Por lo tanto, sería bueno, considerando su lealtad, que tuvieseis compasión de su dolor y escuchaseis sus palabras con el fin de sanarlo de una vez por todas del mal que lo aqueja, pues de algo estad segura, y es que él será vuestro por completo mientras viva.

Y tras decir estas palabras, me pareció que el Dios del Amor comenzó a reírse mientras sacaba a relucir mi nombre bromeando, lo cual me causó asombro y temor, y me dejó sin saber qué hacer. No supe, por lo tanto, qué era mejor, si quedarme allí o marcharme, pues pensé que mi amada creería seguramente que yo le había revelado a tan poderoso santo y señor todo mi secreto, es decir, mi mal de amores. Y es que habló con tanto acierto de cuestiones no inquiridas que pareciera que conocía al dedillo todos mis pensamientos. Pero, además, habló de la lealtad que yo le profesaba a mi dama, así como de todos mis males de amor mejor de lo que yo pudiera haberlo hecho si lo hubiera estado ensayando una semana. Cuán bien sabía aquel señor que yo estaba enfermo, y que de muy buena gana me dejaría sanar de la enfermedad que padecía. Pero, ¡ojo!, jamás culpé a nadie de lo que me pasaba, pues yo fui el máximo responsable de mi dolor.

Equilibrium at the Absolute Distinction II. Michael Cherval

Y cuando este señor hubo dicho todo lo que tenía que decir y se hubo entretenido un largo rato con mi amada, esta comenzó a sonreír con espíritu alegre. Y eso fue solo lo que obtuve como respuesta, una sonrisa, lo que hizo que me afligiera por partida doble, y me impidiera saber qué hacer o qué decir. Lejos estaba mi corazón de tener paz, pues si pensaba que la sonrisa era una señal de que el corazón se inclinaba a considerar sensata la solicitud y de que era, al mismo tiempo, una prueba favorable para todo lo que está destinado a llegar a buen puerto, en seguida me ponía a pensar entonces que en ningún lugar del mundo una respuesta sin palabras estaba sujeta a obligación alguna ni implicaba tampoco, de ningún modo, a criterio de quienes son tildados de sabios, certeza alguna. Así me hallaba, en esta gozosa disyuntiva que a veces me hacía parecer una criatura que preveía con gran seguridad un final feliz en todo este asunto, y otras veces me convertía en el ser más inseguro y pesimista entre quienes allí se encontraban.

En cuanto mi corazón me hacía ver las cosas con cierto optimismo e ilusión, en seguida empezaba a embargarme cierto temor, y si algunos pensamientos hacían que me sintiera optimista, otros me cambiaban bruscamente el panorama por completo, y hacían que viera las cosas de modo muy negativo, hasta que al final ya no pude más y resolví, como había hecho antes, servir a mi dama con lealtad toda mi vida esperando el momento de obtener alguna vez el amor de esta antes de mi muerte, si es que su voluntad era que yo la sirviese, como ya lo había hecho en el pasado, y como seguiría haciéndolo en el futuro para siempre. Y es que nada había más valioso para mí que estar al servicio de mi amada, cuya presencia significaba para mí el paraíso entero y su ausencia un infierno lleno de desgracias que con harta frecuencia deseaba arrastrarme hasta la muerte. Y mientras permanecía imbuido en todos estos pensamientos que no hacían sino confundirme, vi que la reina se acercó lentamente hasta donde se hallaba este poderoso señor, y tras postrarse de rodillas en presencia de todas las mujeres que había allí, con el rostro grave y sereno, con las palabras justas y sin mucha demora, entregó a este señor una carta. En ella esta había escrito de qué manera iba a proceder de ahí en adelante y le rogaba que, tomando en consideración que él conocía la voluntad y pensamientos de todas las criaturas y que ya se había enojado en el pasado, y apelando a su bondad y gracia, perdonase su antigua falta, ya que a partir de ahora permanecería leal y firme para siempre, y a su servicio se pondría en cuerpo y alma hasta el día de su muerte mientras le quedase un hálito de vida. Acto seguido, suspiró, lloró y no dijo nada más.

Estaba claro que en aquella carta, que el señor del Amor llegó a leer hasta tres veces e hizo que se riera, la reina manifestó todo aquello que la afligía. Después de leerla, el señor del Amor dijo que este se convertiría de punta a punta en el amo y señor de aquella isla, isla a la que se refirió como su nueva conquista y, a continuación, habló un buen rato con la reina. Con mucha jovialidad este describió los rasgos físicos más bellos de la reina, incluyendo los de su rostro, la deseó un gran éxito como portadora de tal hermosura, y afirmó que confiaba en que sus sufrimientos hicieran que para la posteridad fuera considerada una santa. Seguidamente, metió la carta en una de sus mangas sin que nadie supiera qué haría después, y se puso a caminar con vigor contemplando medio pensativo y con el rostro sonriente a todo aquel agradable grupo de mujeres hasta que, finalmente, como vais a escuchar ahora, se volvió de nuevo hacia la reina y le dijo:

-Quiero que mañana por la mañana estéis en este valle vos y todas aquellas doncellas vuestras que hayan resuelto llevar puestas guirnaldas de flores o hayan decidido revestirse con mis alegres colores. Bajo ningún concepto ni vos ni ninguna de vuestras doncellas que puedan estar a mi servicio habréis de faltar, pues, como dije antes, yo seré para siempre, y así habré de ser considerado aquí, el señor de esta isla y de todas vosotras, quienes gozaréis de una vida feliz, pacífica y serena sin que nada malo os sobrevenga.

 Después, volvió el rostro hacia la reina para decirle:

-Y vos, dad a conocer mi voluntad, así como la respuesta completa a lo que habéis escrito en vuestra carta.

Tales of Drowning Pool. Michael Cherval

Dicho esto, nadie se atrevió a contradecir al Dios del Amor o a decir algo. Todo lo contrario, pareció que tanto la reina como quienes la acompañaban se mostraron sumisas y obedientes. Estaba muy claro que todas le tenían mucho miedo. A continuación, como nadie partió esa noche, todo el mundo se retiró a sus aposentos, y para pasar el rato de un modo ameno, hubo quienes leyeron romances antiguos, compusieron canciones y baladas, o se sumergieron en otros entretenimientos varios. En cuanto a mí, opté por leer un romance, y mientras me hallaba leyendo el libro escogido, me pareció que una de las esferas concéntricas que rodeaban la tierra se había desplazado tanto que hizo que el sol se elevase, lo que motivó que en el valle se congregase tal tropel de gente que a duras penas se pudiera estar, caminar de un lado a otro o cogerse de la mano sin molestarse los unos a los otros.

Y al cabo de dos horas, el poderoso señor del Amor se sentó en toda su majestad y cubierto de flores de diversos y variados colores encima de una elevada tarima que tendría fácilmente casi más de cuatro metros de altura para que pudiera ser visto por todo el mundo, y después mandó llamar a toda prisa a la reina, al caballero, a mi amada y, en general, a todos quienes se encontraban en la isla para que nadie estuviera ausente. Y cuando ya se había congregado todo el mundo allí, como ya me habéis escuchado decir aquí, sin más demora y desde lo alto para que pudiera ser visto en su totalidad, se puso en pie sobre aquella tarima que se elevaba en lo alto del gentío, un consejero servidor del Dios de Amor que parecía ostentar claramente un cargo importante. Lo que manifestó entonces este consejero es que nadie que hiciese uso de cualquier argumento, apropiado o no en términos de cortesía, que sirviese para ponerse en contra del Dios del Amor debía esperar ser perdonado por ello, y añadió que la voluntad de su señor era, y así lo había ordenado al instante, que todas quienes se hallaban allí debían mostrarse calmadas y pacíficas, sin deseos de disputar, y de un solo parecer. Y después, hizo uso de una retórica tan bien fundamentada, pero tan inusual en un hombre de su edad, pues nunca hasta entonces había oído a nadie hablar con tanta destreza ni con la mitad de lealtad hacia su señor que lo hizo él, que todo lo que dijo pareció estar revestido de una enorme autoridad o reputado como una gran verdad. Y tan llamativo e ingenioso resultó su discurso y tan acorde con su estado de ánimo que, en verdad, me hubiera pasado toda la vida escuchándolo a mis anchas allí donde me hallara.

Comenzó discurriendo brevemente acerca del gobierno de aquella placentera isla y de todas las razones que motivaron la venida de su señor hasta ella. También habló pausada y llanamente de las enfermedades y de sus causas, así como de sus remedios, de cómo los enfermos tienen necesidad de un médico, y de quienes son los que pueden considerarse felices y en perfecto estado de salud. Y al final de su discurso, evitando cualquier lenguaje soez, hizo saber que la intención principal de aquel príncipe, de aquel poderoso señor antes de su partida era la de poner de acuerdo a todas las partes allí presentes, y concluyó así:

-Tened presente quien se sienta entre vosotros en toda su majestad.

Y seguidamente, se postró de rodillas sin decir nada más. Entonces este poderoso señor, el Dios del Amor, se preparó para levantarse y, por sus gestos, resuelto a mostrarse generoso, y dirigiéndose al caballero y a mí nos dijo:

-Sabed que de nuevo seréis felices, y teniendo en cuenta que los dos os habéis mostrado fieles al amor, y considerando vuestros sufrimientos del pasado, os concedo que a partir de ahora y en este lugar seáis felices como nunca lo fuisteis jamás, pero cuidaros de poneros enfermos e id, vedlas cerca, con vuestras amadas. ¡Vamos, animaos, pues! Desde el mismo momento en que el sol se elevó, comenzaron vuestros días dichosos. Y al resto de vosotras, mujeres, que estáis presentes en este lugar, que me servís con lealtad y sin indolencia, os concedo que permanezcáis en gracia, y que os vaya bien de aquí en adelante.

Lady of the Instant. Michael Cherval

Visto todo esto, tanto el caballero como yo, pensando en mostrar nuestra mejor predisposición, nos pusimos de rodillas diciendo:

-Oh Señor, vuestra gran misericordia ha calado tan profundamente en nuestros corazones[10] que nos sentimos merecedores de serviros a vos y a vuestra compañía en cuerpo y alma por siempre hasta el día de nuestra muerte sin que hallamos de separarnos nunca más.

Acto seguido, fuimos ambos a toda prisa al encuentro de nuestras amadas. En ese momento nos sentimos tan gozosos y alegres como aquellos que lo tienen todo y no deben nada a nadie. Y humildemente rogamos a nuestras amadas que nos aceptasen a su servicio y nos abriesen sus corazones, corazones que habían guardado durante muchos años en el arcón de sus tesoros para nuestro gran infortunio. Asimismo, les hicimos saber que éramos, sin lugar a dudas, sus dos servidores, que siempre lo habíamos sido, y que lo seríamos en el futuro a partir de entonces, y que incluso en el momento de nuestra muerte no mudaríamos nuestra condición como tales jamás, y que nunca les causaríamos afrenta o mal alguno sino que, por el contrario, estaríamos siempre atentos a sus órdenes y deseos para hacerlos cumplir debidamente. También hicimos votos nuevos con el fin de renovar nuestro antiguo servicio y de esta manera, nos convertimos enteramente en sus servidores para siempre. ¿Qué más podríamos hacer por ellas? Nuestros votos constituían la mejor garantía de que jamás faltaríamos por indolentes a nuestro juramento de fidelidad mientras viviésemos. Pasado algún tiempo y caída ya la noche, este señor, el Dios del Amor, se despidió de la reina, pero no sin antes anunciar que, por su honor, pronto estaría de regreso en la isla con el fin de vivir allí algún un tiempo con solaz y esparcimiento, y ordenarla tajantemente que complaciera al caballero en todo cuanto se le antojara. Después, hizo entrega de sus estatutos en papel, dio algunas órdenes entre varios de sus sirvientes de mayor rango, y esa misma noche se embarcó, quedando pronto fuera de la vista de todos.

Y a la mañana siguiente, a eso del alba y con la llegada de un viento templado y del buen tiempo, mientras mi amada y yo conversábamos alegremente en la costa, esta me habló de la costumbre que tenía ella de hacer de tanto en tanto pequeños viajes a tierras extrañas, y me informó de su intención de viajar de nuevo. Hecho esto, en seguida se fue a ver a la reina para hacerla partícipe también de sus planes de viaje y, con el rostro cubierto de lágrimas, pedirle permiso para partir. ¡Cuán triste resultó aquella partida! El golpe que sintió la reina ante la decisión de mi amada fue tan doloroso como el terrible sufrimiento padecido por una mártir que acaba de ser sacrificada. Siempre que me acuerdo del dolor de aquella reina llena de ternura al escuchar la intención de mi amada de viajar, me pongo a llorar con frecuencia. Hasta ocho o nueve veces le ofreció la reina a mi amada renunciar a su condición real, a la isla y a muchas otras cosas que no menciono por no alargarme demasiado, si fuera del agrado de esta vivir en aquel lugar, añadiendo que sus descendientes y los descendientes de sus descendientes rendirían a mi amada pleitesía para siempre, y se pondrían por entero, sin duda alguna, a su servicio eternamente. Sin embargo, las palabras de mi amada, proferidas varias veces y escogidas con mucho cuidado, fueron estas:

-¡De ningún modo! ¡Que Dios no lo quiera! ¡Que yo nunca permita que el excelso nombre de una reina que goza de tan alta dignidad se vea empañado en absoluto! Por el contrario, de todo corazón me alegraría complaceros, mi reina, de todas las maneras posibles o aliviaros de vuestras cargas, sin importar lo que pudiera ocurrirme o los daños que pudiera sufrir por ello.

Y tras decir estas palabras, besó a la reina y le dio las buenas noches. Muchas fueron las mujeres[11] que lloraron con ocasión de aquella despedida, y muchos hombres, de haberlos habido allí, podrían haber escuchado cómo se alabó y ensalzó en aquella ocasión el nombre de mi amada.

En verdad, nunca sorprendió que todos hablasen bien de ella, pues durante toda su vida mostró siempre ingenio y amistad, e hizo gala de una singular belleza y cortesía acompañada de una jovial y afable disposición de  ánimo. Y a la mañana siguiente, mi amada fue conducida al barco mientras era escoltada por una multitud de mujeres. Si supierais cuánto lloraron estas cuando se embarcó ella, no os lo creeríais. En seguida, se puso en marcha el barco y en seguida, se sacó del agua la cuerda de medición y yo, como un loco de atar y sin pensarlo dos veces, por temor a permanecer varado allí sin mi amada, corrí hacia el mar hasta que una ola se me vino encima de pronto arrojándome al mar. Y ya en el agua, después de mantenerme a flote como pude, quede tan maltrecho que a punto estuve de desfallecer, hasta que, por fin, puede aferrarme a dos garfios que la tripulación del barco había arrojado. Con mucho empeño y no menos esfuerzo trataron los miembros de esta de salvarme la vida. Y una vez a bordo del barco ya, me hicieron saber que mi final estaba próximo. Después, me colocaron de cuerpo entero junto al mástil y me cubrieron con algunas de las ropas que llevaban. Y allí mismo hice mi testamento sin saber muy bien qué decir al principio, pero, finalmente, cuando hube dicho todo cuanto tenía que decir, cuando hube confesado en aquel mástil todas mis penurias, cuando me hube despedido de todo el mundo y hube cerrado los ojos perdiendo la visión de cuanto me rodeaba, y cuando ya estaba resuelto a morir sin decir nada más o a no pedir que un milagro, ante lo extremo del caso, me salvara la vida, mi amada pareció conmoverse de tal modo por mi agonía que pensó para sí misma que sería una lástima verme morir después de haberla sido tan leal y fiel. Y con el rostro serio se acercó a mí, y en voz baja me dijo:

Dream Collector. Michael Cherval

-Os lo ruego, levantaros. Venid conmigo. Haced lo que os digo. Todo va a salir bien. No os preocupéis. Yo habré de obedecer cumplidamente, claro que sí, no os quepa la menor duda, y habré de acatar en todo la voluntad de aquel poderoso señor, el Dios del Amor, siguiendo su mandato de que ya no me muestre esquiva con vos, evitando así agraviarlo. Así pues, escuchad ahora lo que os voy a decir. Yo soy y seré siempre vuestra amada. ¡Levantaos! Tened bien presente esta gran merced que os concedo como presente, como señal de paz y voluntariamente, sin lucha, por el resto de vuestra vida.

Seguidamente, metió una de sus manzanas en mi manga y se marchó profiriendo unas breves palabras: “¡Que aquel que os creó, os envíe salud y felicidad!” Después de lo cual, todos mis males desaparecieron tan rápidamente que a mis recientemente recuperados huesos les entraron unas enormes ganas de bailar de la alegría que sintieron tras recuperar la salud. Y tan sano como cualquier otro ser vivo, me levanté con el corazón alegre y ufano olvidando que había estado enfermo alguna vez, y en seguida me dirigí allí donde se hallaba mi amada para decirle así en estos términos:

-Aquel que repartió entre los hombres y las mujeres todos los deleites y placeres, y de sus bienes los dejó extrema abundancia con el fin de complacerlos, que no es otro que Nuestro Señor Dios que está en los Cielos, dispuso lo primero de todo y sin que nada ni nadie pudiera impedirlo, que se os enviara, señora, una buena parte de todo ello en forma de belleza y salud, y de cuanto bueno pudiera imaginarse.

Después, continué diciendo:

-Señora mía, he sido durante mucho tiempo vuestro leal y fiel servidor, y aún lo seguiré siendo nuevamente sin que me deje llevar en modo alguno por el cambio, el arrepentimiento o la inconstancia, y así será, para bien mío, pues no hay nada que me sea más querido que el complaceros en todo, sin importar donde me halle, ya que vos sois la dueña[12] de mi corazón y de mi felicidad, mi propia vida y mi salud, y también el médico que me ha de sanar de todos mis males. Vos sois mi consuelo en los momentos de necesidad, la garantía de todas mis alegrías, y el auxilio a todos los males que puedan imaginarse o concebirse. Señora, he hallado tanta gracia de vos cuando estaba a punto de morirme, que os juro por la Salvación de nuestro Señor Jesucristo, que me sentiré en deuda con vos para siempre, pues gracias a vos ahora gozo de salud y estoy con vida. Por lo tanto, será justo serviros con la debida obediencia hasta el día de mi muerte, y así lo haré, por la fidelidad que os debo.

Y añadí:

-Señora, jamás dejaré vencerme por la indolencia, siempre estaré a vuestra disposición, vivo o muerto, día y noche, a todas horas si es menester.

Entonces mi dama sonrió ligeramente, y en un lenguaje claro y con pocas palabras, sin rodeos ni circunloquios, se sinceró conmigo por completo en aquel lugar, y expresó sus verdaderas intenciones hacia mí, ordenándome que guardara el secreto de todo ello si es que de verdad deseaba obtener de ella todos sus favores. Con relación a esto último, os confieso que nunca antes una orden me había producido tanto regocijo, y que por esta vez evitaré dar detalles en esta narración acerca de la naturaleza de dicho secreto, así como romper el juramento hecho a mi amada, pues de hacerlo, mejor sería no haber nacido, dado que a partir de entonces sería considerado alguien incapaz de cumplir su palabra, y ante esta situación, nada de lo que pudiera decírseme para consolarme me serviría. Todos me despreciarían o reprobarían dicho proceder con dureza, algo que me dolería mucho. Así pues, perdonadme, y no se hable más del asunto. Y así, hallándome en el barco después de navegar en un mar dominado por enormes y profundas olas de color verde durante dos o tres días rumbo al país de mi amada, esta me llamó en una ocasión para decirme que se hallaba muy contenta por mi estado de salud y para conversar conmigo, como a ella le gustaba, durante dos horas o más acerca de la reina y de la isla, de todo lo que en ella había visto, de cómo se regía la vida allí y de todas las mujeres, una por una, que vivían en aquel lugar, hasta que el viento arreció con tal ímpetu y de tal modo, que todos en el barco comenzaron a decir:

-Señora, si es voluntad de Dios, antes de la caída de la noche estaréis allí dónde desearías estar ahora. No dudéis de que dentro de seis horas os hallaréis allí donde todo os pertenece.

Tras oír tales palabras, mi amada sonrió, y dijo que no había pasado mucho tiempo desde que habían zarpado. Después, se levantó, y se puso a dar vueltas por todo el barco bromeando con todo el mundo hasta que avistó tierra, y contenta por ello, Dios es testigo, hizo que se bajara en seguida un bote a fin de continuar el viaje hasta su hogar, os cuento esto sin muchos detalles, y allí fue recibida, como era lo propio, con júbilo y alegría y como una señal de buena fortuna que a todos agradó. En cuanto a mí, una vez que el barco arribó a puerto, me desperté en mi aposento, el cual estaba tan lleno de humo que este se me metió por varias partes del cuerpo, desde las mejillas hasta las orejas, haciendo que el mismo se humedeciese con las lágrimas que por causa de todo este humo habían brotado de los ojos. Y me sentí tan débil que apenas pude levantarme después de viajar tan lejos y de fatigarme tanto.

Tampoco pude reconocer nada de lo que me rodeaba, ni lugar ni persona[13], ni mucho menos fui capaz de orientarme hacia donde ir. Sin embargo, gracias a la buena fortuna, me levanté y caminé lentamente, paso a paso. Entonces llegué a una escalera de caracol, y tras aferrarme a su poste, subí lentamente por ella hasta llegar a un aposento donde pensé que podría dormir con sosiego y fuera de peligro, a mis anchas y en paz, con el fin de recuperarme de los sinsabores y grandes temores que había padecido en mi aventura anterior. Esa era mi intención y nada más. Y como una criatura que ha perdido el juicio y se halla fatigada en exceso, con calma y despacio, paso a paso, me conduje por aquel aposento decorado con una gran cantidad de historias antiguas de diversa laya, más de las que puedo relatar, hasta que hallé un lecho donde pude acostarme por fin. Y en la medida en que me lo fue permitiendo mi mente, pude ir recordando y relatando, al igual que lo hace un escolar que quiere destacar cuando recita sus versos en la escuela, todo lo que había soñado aquella noche hasta tal punto que, de hecho, creí recordar el sueño entero junto con toda mi vida tal como había sucedido y me oísteis referir, con lo bueno y lo malo por igual.

Así pues, mientras estaba enfrascado en mis pensamientos aquel dichoso o funesto día, no sé bien cómo denominarlo, no me carguéis con esa responsabilidad, sucedió que de tanto pensar me embargó un sueño tal que en poco tiempo me pareció hallarme de nuevo en la isla anterior, y en ella pude contemplar al caballero y a las mujeres que habitaban en ella reunidos en un prado con la reina. En dicha reunión se puso de manifiesto cuán dichosas y encantadas estaban tales mujeres de que el caballero hubiese de convertirse en el rey de la isla tras su boda con la reina, y se acordó que tanto las mujeres de mayor como de menor condición habrían de desposarse también como testigos fehacientes de un importante acontecimiento que, sin lugar a dudas, estaba destinado a quedar en el recuerdo de todos. La asamblea finalizó con la decisión unánime de que aquella misma noche el caballero habría de partir de viaje a su país lo antes posible y regresar con una partida suficiente de hombres de menor y mayor rango social que estuvieran en edad de casarse con las mujeres de la isla. Esto es lo que se decidió, y para que tal decisión no pudiese revocarse de ninguna manera, y se mantuviese en vigor, y se llevase a efecto en el plazo previsto, evitándose cualquier excusa, sea la que fuese, que impidiese la celebración de la feliz ceremonia de bodas y del banquete de la reina y el caballero, así como de la coronación real del caballero, esta fue escrita y sellada cumplidamente.

Caída ya la noche, el caballero fue conducido sin demora a una pequeña embarcación, y a bordo de ella se despidió de todos. En dicha embarcación, en la que acostumbraba a recrearse siempre la reina, pudo el caballero enfrascarse a sus anchas en sus pensamientos y divagar en su fuero interno dejando fluir libremente la imaginación. Debo confesar que yo hasta entonces nunca antes había visto u oído hablar de una embarcación así, pues no necesitaba ni mástil ni timón, ni capitán ni gobierno. Insólitamente, tanto el pensamiento o la imaginación como el disfrute de navegar en ella hacían posible que la embarcación navegase con holgura por igual tanto hacia el este como hacia el oeste, tanto en la bonanza como en la tempestad. Y yo, a petición del caballero, me subí en ella para unirme a él, convirtiéndome así en el primer invitado a la ceremonia de bodas y al banquete. Y cuando este mismo caballero, tras surcar el mar cubierto de olas llegó a su país, este, y os lo contaré en pocas palabras para no extenderme demasiado, dejó su rica y majestuosa embarcación en un embarcadero grande y profundo, y se dirigió a la corte, que era el lugar donde vivía. Allí fue recibido, como era costumbre, en su calidad de heredero y noble caballero por todas las personas de noble condición de aquella nación, las cuales acudieron en seguida a su primera llamada con el ánimo jubiloso y llevados por una sincera lealtad, y sin deseos de ser hallados culpables de ningún modo de haber faltado a ella o de haberse dejado llevar por la indolencia.

Para todas aquellas personas servir lealmente a su señor constituía, pues, su máximo tesoro, tal como había sido siempre así desde que fuera habitada aquella nación por vez primera. Y fue recibido allí su rey[14] de tal manera, que nada de lo que tenía que hacerse ni estaba destinado a complacer o a proporcionar solaz a su señor soberano, como se había hecho siempre por costumbre, fue olvidado por ninguno de ellos. Pues ya habían pasado siete años o más desde que el padre del caballero, el anciano, sabio y canoso rey de aquella nación se despidiese de sus barones una noche, y hablase de todos sus días pasados, y de cómo había llegado ya para él su postrero día, y les rogase de todo corazón que recordaran que su hijo, que entonces era joven y contaba con una tierna edad, había nacido para ser su príncipe, y que si alguna vez este regresara a aquel país en un momento dado en virtud de la buena fortuna, que fueran siempre leales y afables con él tal como lo habían sido con él mismo. Una vez hecho esto, el anciano rey partió después a la gloria para toda la eternidad.

De todos era bien sabido cómo este joven príncipe, sin dar muchas explicaciones, decidió un día siendo bastante joven emprender un viaje tan extraordinario como insólito con el fin de buscar honores y una princesa a la que llegase a desear más que a todas las riquezas del mundo debido a la elevada fama que su nombre pudiera haber alcanzado en aquel tiempo, y que no hubiera sido superada por ninguna otra, una princesa tan bien estimada por sus actos cuyo honor no hubiese sido mancillado jamás. De esa princesa ya he hablado antes aquí, y en breve hablaré más de ella. De este modo sucedió lo que vais a escuchar a continuación. Los nobles principales de este caballero trataron, por lo tanto, de complacerlo y alegrarlo de tal manera, que fue divertido estar presente allí en ese momento para comprobar la lealtad de todos ellos, así como sus buenas intenciones hacia él. Estaban muy contentos, y ninguno hubiera dudado en sacrificar sus riquezas por ver a su señor desposado con una hermosa princesa a la que pudiesen servir, tan grande era su deseo de contar pronto con un heredero que diese seguridad y estabilidad al reino.

Y mientras hablaban de esto mismo, el príncipe[15] tomó la decisión de contarles con toda claridad su viaje desde el principio hasta el final, aprovechando la ocasión para pedirles que lo aconsejasen. Les contó cómo había conocido a la reina, y les hizo partícipes de su compromiso con ella, de su decisión de desposarla, y de la necesidad de volver a la isla en el plazo establecido con el fin de evitar su propia deshonra para siempre. Después, volvió a pedirles que lo aconsejaran y dispusiesen de todo lo necesario para que en el plazo de diez días reuniesen para su ceremonia de bodas y banquete, sin que ello causase demasiado perjuicio para el reino, al menos unas sesenta mil personas[16], pues su intención era regresar lo antes posible a la isla de donde vino y cumplir el plazo previsto para su boda con la reina. Por nada del mundo quería permanecer mucho tiempo ausente de aquel lugar. Entonces todos aquellos nobles caballeros se dirigieron en seguida sin separarse a una sala con el fin de deliberar y pensar el mejor modo de complacer a su señor, dotarlo de lo que pedía, y continuar manteniendo al mismo tiempo el buen nombre y el honor del reino, honor que hasta entonces se había mantenido siempre arraigado e intacto. Finalmente, calculados los gastos que dicha empresa acarrearía y, en conclusión, consideradas las disposiciones para cada cosa, los caballeros hallaron que no sería sino en un plazo de quince días, y eso con mucho esfuerzo y diligencia, que podría llevarse lo solicitado por el príncipe a buen término.

Después, se presentaron ante el príncipe con el propósito de informarlo de que en modo alguno podría este partir a la isla en el plazo de diez días para casarse con la reina, y de que era necesario permanecer en su país al menos cinco días más, es decir, quince, hasta que todo estuviese listo para su partida. En definitiva, le expusieron todos los motivos por los cuales no podría ver hecho realidad su deseo con la premura solicitada, así como otros razonamientos de peso por los cuales no podría cumplir en modo alguno con el plazo convenido con la reina de la isla. Al oír todo ello, sintió este tal congoja en su corazón pensando en la deshonra que sobre él recaería que, sin que nada pudiese hacerse, se enfermó y permaneció en su lecho toda esa semana y buena parte de la siguiente. Y en repetidas ocasiones se golpeó en el pecho mientras decía:

-¡Ay! En este día y en este lugar he perdido mi honor para siempre. Ojalá estuviese muerto. ¡Ay! A partir de ahora mi nombre será puesto en entredicho para siempre, y yo quedaré afrentado, deshonrado y vilipendiado, y nunca más nadie volverá a creer en mi palabra.

Y fueron tantas las manifestaciones que dio de pesadumbre que, en verdad, causó gran pena el verlo en tal estado. Y al cabo de quince días, una noche se presentaron ante él sus nobles y principales caballeros, y le hicieron saber que todos ellos estaban listos ya para partir, y le informaron brevemente allí mismo acerca de la manera en la que se había dispuesto todo añadiendo que veinte mil caballeros de renombre y otros cuarenta mil más sin tacha[17], todos de noble linaje, habían sido situados y acomodados a la orilla de un río en espera suya y de sus órdenes. Entonces el príncipe, de la alegría, se levantó del lecho, y hacia el lugar donde estaban situados y acomodados tales caballeros se dirigió sin demora esa misma noche. Allí mismo dispuso que se preparase su cena, y con los caballeros permaneció hasta el amanecer. Y en seguida emprendió su viaje saliendo del sendero angosto con el fin de tomar el sendero más ancho que le llevase hasta su majestuoso navío. Y cuando este príncipe y alegre caballero llegó con sus hombres de resplandecientes armas allí donde pensaba embarcarse, consciente de que todos estaban presentes en aquel lugar y de que nadie se había quedado atrás, les habló sin pérdida de tiempo de lo que planeaba hacer, y a través de sus proclamas, que lanzó dos veces ese mismo día entre sus hombres, ordenó a todos los allí reunidos a que acudiesen a la mañana siguiente a la costa, pues desde tal lugar comenzarían el viaje[18].

Lucky Fishing. Michael Cherval

Amaneció y no hubo cambios en la proclama del día anterior. Pocos fueron los que durmieron aquella noche al ocuparse en disponer de todo lo necesario para el viaje a la mañana siguiente. Su disgusto vino ante la falta de barcos, pues exceptuando la embarcación del príncipe y otros dos barcos más, no vi ningún otro. Y mientras los hombres esperaban temerosos allí viendo elevarse las aguas del mar, alguien gritó: “¡Todos a bordo!” Entonces todos los que pudieron corrieron hacia la embarcación. Y según pude comprobar, todos los hombres tuvieron cabida en él. Nadie se quedó fuera, ni siquiera los caballos, faltriqueras, bolsas, fardos, celadas, lanzas, protectores de brazos o pajes. Para todos hubo espacio y acomodo. Realmente fue toda una proeza el que todos pudieran entrar en el barco, y viendo todo ello me reí enormemente, y al mismo tiempo me pregunté maravillado en mi fuero interno cómo había sido posible que se hubiera fabricado un barco como aquel, pues no importa cuán elevado fuera el número de gente que entrase en él ni tampoco su tamaño, siempre había espacio para todo el que quisiera hallar un lugar en el mismo sin restricción. Y en verdad no hubo nadie que estuviera mal acomodado. Os digo esto porque, en mi opinión, yo, que fui el último en ser situado junto al mástil, desde ese mismo lugar me pareció que había espacio suficiente como para acomodar a todos los hombres en una ciudad entera. Y dichas las preces para asegurar un viaje seguro, el barco comenzó su viaje.

El príncipe y todos los hombres que lo acompañaban se postraron de rodillas, y rezaron con ahínco y devoción para que pudieran llegar a la isla sin incidentes y sanos y salvos, y para que, tras la demora del propio príncipe en su país tratando de reunir el séquito necesario para la ceremonia de bodas y el banquete, el nombre de este no se viera mancillado o afrentado después de que hubiera prometido a la reina regresar a la isla en la fecha acordada. Pero la verdad era que mantener la fecha acordada no sería posible. Ante esta situación, este príncipe y caballero no pudo dormir ni una sola noche debido al pesar y a la aflicción que se había apoderado de él temiendo el enorme disgusto que ocasionaría a la reina. Sin embargo, el barco navegó todo lo rápido que el príncipe deseó en su imaginación dada la necesidad que tenía de llegar a la isla cuanto antes.

Y por fin llegaron a ella. Entonces tanto él como sus hombres desembarcaron en la playa a toda prisa con el corazón alegre y el espíritu dichoso esperando encontrarse en la gloria esa misma noche, pero antes de que hubiesen recorrido poco más de un kilómetro y medio, vestida toda de negro, con el rostro lastimero, el ánimo compungido y el corazón destrozado, una mujer que nunca antes en toda su vida había sido cruel se dirigió al príncipe allí donde este estaba montado a caballo y le dijo:

 -¡Esperad! ¡Esperad! No tengáis tanta prisa y regresad al instante. Ya no hay ninguna razón para que os quedéis en la isla, pues vuestra falta de lealtad y de palabra nos ha sumido a todas en la desgracia. ¡Aciaga la hora en la que nos aliamos con vos, que os habéis mostrado tan desleal! ¡Ay! ¡Maldito el día en que os conocimos! ¡Ay! ¡Maldita la hora en la que nacisteis, pues por vuestra culpa toda esta tierra ha caído en desgracia! ¡Maldito sea quien en mala hora os trajo aquí, pues ida es nuestra dicha para siempre! Cómo lamentamos el haberos conocido, ya que habéis sido la causa de toda nuestra pesadumbre.

-¡Ay, señora! -exclamó este caballero. Después, desmontó del caballo con el rostro lívido y las mejillas sin vida-. ¡Ay¡ ¿Qué significan vuestras palabras? ¿Qué es lo que habéis dicho? ¿Cuál es el motivo de vuestro enfado? Jamás osaría disgustaros. Bien parece que desconocéis la promesa que he hecho a vuestra princesa[19], promesa que pienso cumplir, a fe mía, tal como fue siempre mi intención y, por lo tanto, heme aquí en prueba de mi lealtad, sin que en mí haya habido cambio o mudanza de parecer, y también como servidor incondicional tanto o más como pueda serlo cualquier ser vivo u hombre de una dama o princesa. Dejad que os diga, pues, que ella constituye para mí mi gloria entera y todas las riquezas habidas y por haber, además de ser la dama que en mí todo lo sana, la alegría de mis palabras y el mundo entero. No entiendo, entonces, qué es lo que está pasando. ¿A qué vienen tales palabras? Hablad, señora, os lo ruego. Desde que nací jamás tuve miedo a nada, pero ahora tengo un miedo terrible de oíros hablar, y siento, a causa de este mismo miedo, que mi corazón va a estallar.  ¡Hablad, señora! ¡Hablad! ¿Cómo están las demás mujeres? ¿Bien o mal?  

Lady of Hurricane. Michael Cherval

-¡Ay! ¡Maldito el día en que nacisteis! Pues, por causa de vuestro amor, esta tierra ha caído en desgracia. La reina ha muerto de tristeza por vuestra gran deslealtad y falta de palabra. ¡Cuánto hemos sufrido por ello! Unas dos terceras partes de la alegre compañía que hasta hace poco contase historias y se recrease animosamente en este mismo lugar yacen ahora muertas también bajo tierra en su nueva morada. ¡Ay! Maldito el día en que faltasteis a vuestra palabra, pues en cuanto expiró el plazo acordado para vuestro regreso, la reina se reunió en consejo a toda prisa para determinar qué hacer, manifestando que vos seríais el culpable de la gran deshonra y afrenta que se cernería sobre todas las mujeres de la isla irremediablemente al no cumplir vuestra palabra.

Y todas ellas se pusieron a rezar en busca de una solución, puesto que era importantísimo que se evitase cualquier habladuría o calumnia entre las malas lenguas que dijesen que habían sido conquistadas fácilmente tras la promesa de una pobre ceremonia de boda, y que habían renunciado a su honra cuando con tan poco juicio pensaron en poner en riesgo su valioso tesoro, su felicidad y su intachable reputación. Asimismo, las mujeres sostuvieron que era probable que las calumnias que se dijeran durasen para siempre sin que nadie pudiera evitarlo y que, por lo tanto, necesitaban saber qué hacer, ya que a partir de ahora todos dirían que se había dejado libre el camino para todos quienes quisiesen entrar en su amurallada isla y tener libre acceso a todas sus mujeres, lo que había sido logrado ya por un caballero que, con absoluta libertad y sin ningún tipo de impedimento, había conseguido en poco tiempo la sumisión de todas ellas. Todo esto que os refiero fue puesto a consideración en el consejo tres veces, y en dos ocasiones se concluyó que lo mejor sería que la reina muriese sin deshonra antes que ver injuriado su buen nombre. Por lo tanto, tanto la reina como un grupo de mujeres decidieron morir y renunciar al goce de los placeres de la vida por temor a vivir con la deshonra de haber creído tan ciegamente en vos y en vuestra palabra, y de común acuerdo juraron no volver a comer, beber ni a hablar nunca más y, sin despedirse de nadie, encerrarse en un lugar para llorar y hacer penitencia los días que viviesen sin deseo de obtener alivio alguno. Todo lo que os cuento es verdad y a las pruebas me remito. La reina se despidió inmediatamente de todas las mujeres que se encontraban presentes y, arrepentida por completo de sus pecados, murió. Así pues, hemos caído en desgracia para siempre. ¿Qué más podría deciros? Venid conmigo. Venid a ver el lecho fúnebre, donde seréis testigo de la visión más lastimera que se haya mostrado jamás alguna vez a caballero alguno. Vais a ver a algunas mujeres vestidas de negro y de rostro blanquecino sostener una vara en la mano, dispuestas todas ellas a golpearse las unas a las otras. Y si entre ellas hay alguna que no llore o haga ademán de dormirse, esta será golpeada de tal forma que mudará el color de su rostro de la misma manera que cambia el color de la ropa que acaba de teñirse, así de verdadero es su arrepentimiento, así guardan esta norma que os digo, y así lo harán para siempre hasta el día de su muerte mientras les quede un soplo de vida.

Entonces este caballero cogió a la mujer con ambos brazos y comenzó a decirle:

-¡Ay! ¡Maldito el día en que nací! ¡Mi vida ya nada vale ante tanta desgracia!

Y después de decir estas palabras, desenfundó una daga, y atravesando con ella su hopalanda, jubón y camisa, hizo brotar la sangre de su corazón. Luego, se recostó en el prado, y arrepentido de sus pecados, tras cerrar los ojos y exhalar el último aliento, murió. Y tras la muerte de este caballero, se alzó en seguida tal grito de tristeza entre la alegre multitud de hombres que permanecían aún en formación en la costa, que fue escuchado desde el cielo hasta en las mismísimas profundidades de la tierra, e hizo que las bestias salvajes, temiendo que sus frágiles vidas corriesen peligro, comenzasen a correr desde los bosques hacia las llanuras, y desde los valles hasta las elevadas montañas como bestias ciegas que hubiesen olvidado por completo su propia naturaleza. Llenos de dolor y sin que nada pudiese consolarlos, estos caballeros decidieron reunirse en consejo y buscar a la mujer vestida de negro con el fin de consultarla acerca de lo que debía hacerse. Esta, llorando desconsoladamente, se dirigió a ellos en voz baja en estos términos:

Bouquet of Metaphors. Michael Cherval

-Caballeros, a fe mía, toda esta desgracia ha sucedido por vuestra indolencia. Vosotros, que sois hombres de elevada condición, deberíais morir uno por uno por causa del incumplimiento del príncipe, que se comportó siempre como un auténtico caballero, de regresar a la isla en la fecha acordada, puesto que vosotros, que se supone debisteis aconsejarlo correctamente, no lo hicisteis así cuando fue el momento. Si hubieseis cumplido la promesa hecha, actuado de buena fe acorde con las normas de cortesía, y cumplido la petición del príncipe, esta repentina desgracia se hubiera convertido en una alegre celebración de bodas, pero ahora ya nada puede hacerse, y para nosotras todo esto que ha sucedido aquí no será sino motivo de calumnia y deshonra para siempre. Así pues, no tengo ningún consejo que os sirva de provecho, pero si lo deseáis, y para que puedan ser recordadas, disponed de tal forma que la reina, que fue tan cortés en vida, y todas las mujeres que la sirvieron, ya estén muertas o enfermas, tengan en vuestra tierra una capilla que recuerde en su sepultura cuál fue su final y cuáles fueron las tristes circunstancias que condujeron a este, y que la misma se construya en alguna famosa ciudad antigua cerca de un camino principal donde todos puedan rezar por ella y por todas aquellas mujeres que la sirvieron con lealtad y fidelidad.

Y nada más terminar de hablar, mudó el color de su rostro, pidió la muerte tres veces, exhaló su último suspiró, y murió. Entonces los caballeros de la compañía, tanto los de mayor como los de menor rango, determinaron vivir para siempre en casas cubiertas de paja, vestir de negro, abandonar todos sus placeres mundanos, y hacer penitencia toda la vida. Después, condujeron al príncipe muerto hasta la embarcación y designaron a aquellos que debían encargarse de su traslado.

El resto de los caballeros se dirigió hasta el lecho funerario donde yacía la reina y, de rodillas, alzando las manos, se pusieron a gritar hasta tres veces “¡Piedad!, y maldijeron el mismo instante en el que la indolencia hiciera que no se cumpliera la promesa hecha. Y acto seguido, aquellos mismos caballeros condujeron el cuerpo de la reina hasta la embarcación, que quedaba a poco más de un kilómetro y medio, y en breve, grupos de hombres fueron trasladando también allí, uno a uno, los cuerpos de todas las mujeres fallecidas. Y atravesado el mar, y una vez en tierra, los lechos funerarios fueron colocados sobre la playa y conducidos sin demora hasta una ciudad amurallada donde había sido costumbre colocar siempre a los reyes de la tierra después de un reinado glorioso. En dicha ciudad, además, había una abadía de monjas benedictinas en la que estaban escritos los nombres de aquellos que habían sido conquistadores. Estas monjas benedictinas acostumbraban a hacer vigilia, y tenían como hábito levantarse todas las noches para rezar por todos los seres vivos. Y así sucedió, como es la costumbre, que una vez concluido el Oficio de Difuntos todo lo devotamente que se pudo por el descanso eterno de las almas del príncipe y de la reina, se rezaron alrededor de los lechos funerarios, sin música y en voz baja, infinidad de oraciones y versículos. Y con no menos devoción, los asistentes allí congregados en la iglesia rezaron a la Santísima Trinidad durante toda la noche hasta el amanecer para que tuviera misericordia de aquellas almas.

Y cuando transcurrió la noche y comenzó a asomarse el nuevo día y la joven mañana, que a todos logró bañar con sus rayos rojizos procedentes del sol, y se hizo suave y clara permitiendo la venida de un aire saludable, acaeció un hecho tan extraordinario como insólito entre la gente que trocó en poco tiempo las palabras aciagas y el hondo pesar en dicha. Un ave revestida por completo de plumas azules y verdes, llena de colores extraños y exóticos además de desconocidos y maravillosos de contemplar, con manchas resplandecientes como el oro en el medio a la manera de pequeños hilos repartidos por todas las articulaciones, se posó sobre el lecho funerario de la reina, y comenzó a cantar en voz muy baja y, sin que nadie lo impidiese, tres armoniosas canciones. Entonces un anciano caballero que se hallaba cerca de este mismo lecho, que parecía un hombre absorto en sus pensamientos al que nada de su alrededor pudiera importarle, y tenía el rostro y los ojos de alguien que ha llorado mucho y estaba tan pálido como quien no ha dormido en bastante tiempo, al quitarse repentinamente su caperuza ante un príncipe que acababa de pasar, hizo que el ave se asustase, dejase de cantar, alzara el vuelo, y se alejase de nosotros.

On the Way of Destiny. Michael Cherval

Y al tratar de atravesar con las alas desplegadas el mismo lugar por el que había entrado apresuradamente, no quiero entrar en detalles, se golpeó contra un ventanal lujosamente pintado con las vidas de muchos y diversos santos y, batiendo sus alas y sangrando en abundancia, cayó hacia atrás desde ese mismo ventanal expirando por causa de sus heridas. En el suelo permaneció inerte por espacio de una hora o más hasta que aparecieron una veintena de aves que se reunieron en el lugar donde se había roto el ventanal, y fue tanto el lamento que hicieron que causó pena escuchar el sonido y el gorjeo de sus gargantas, así como la queja de sus notas, que eran muy diferentes de aquellas que suelen proceder de la felicidad. En seguida, una de esas aves penetró por el cristal de aquel ventanal trayendo en su pico ribeteado con nueve colores una planta sin flor, toda de color verde, llena de hojas pequeñas y lisas, oscuras y largas, con muchas venas, y la colocó junto a la cabeza de su compañero muerto. A continuación, se la puso encima de ella con suma delicadeza y allí la dejó colgando. En menos de media hora, numerosas flores comenzaron a brotar majestuosamente de la planta después de que sus semillas hubiesen madurado. Y del mismo modo que un ave suele alimentar a otra, aquella misma ave tomó una de esas semillas en su pico, y se lo puso en el pico de su compañero muerto, y de esta manera, en un santiamén, el ave que había permanecido muerta ante nuestros ojos todo ese tiempo se levantó, y se acicaló las plumas. Seguidamente, todas las aves juntas en bandada se echaron a volar, y se alejaron de nosotros cantando, sin que nadie las molestase ni causara daño alguno. Y cuando finalmente se marcharon y se perdieron de vista, la abadesa comenzó a recoger en seguida cada una de las semillas esparcidas en el suelo. Después, sostuvo la planta en su mano con el fin de examinar de cerca las hojas, las semillas, el tallo y las flores mientras decía que tenía un sabor agradable, y que no era una planta fácil de hallar. También dijo que se trataba, sin lugar a dudas, de una especie desconocida y más poderosa que las demás. Y yo os digo que quienquiera que tenga la facultad de usar en su propio beneficio las flores, las hojas o las semillas de aquella planta, puede estar seguro de que sanará de inmediato. Lo siguiente que hizo la abadesa fue colocar la planta sobre el lecho funerario donde yacía la reina, y acto seguido, el gentío comenzó a hablar de lo que había visto.

Y mientras hablaba de todo ello, una semilla se puso de color verde y comenzó a brotar encima del seco lecho funerario, lo que me pareció algo extraordinario, y después de ello, apareció una flor y una nueva semilla, hecho este al que prestó atención el gentío diciendo que se trataba de un milagro extraordinario o de un remedio más poderoso que cualquier antídoto contra el veneno, y que  sería bueno probar allí mismo si aquella planta o flor con sus semillas pudiera hacer revivir los cuerpos que ellos habían estado velando durante toda la noche con antorchas. De inmediato, los caballeros allí reunidos dieron su consentimiento, y toda la concurrencia se mostró también conforme con ello, y en tono calmado y sin armar mucho jaleo, descubrieron el rostro de la reina, que quedó expuesto ante todos los presentes. Esto hizo que los hombres que formaban parte del séquito del caballero se desvanecieran de la impresión. La tristeza que sintieron todos, sin importar su rango social, fue tan grande que perduró durante mucho tiempo.

La visión de la reina les había hecho recordar a su señor con tanto dolor, ¡qué hombres tan leales y honestos!, que dijeron sin excepción que vivir se había tornado ya para ellos en un calvario. Y después, la buena abadesa, con sus dedos limpios y menudos, escogió y preparó entre todas las semillas que había, tres de ellas, y las fue metiendo de manera consecutiva, una por una, con calma y sin brusquedad, en la boca de la reina. En seguida, las semillas revelaron que poseían tal poder que no hubo duda alguna de que la flor que las albergaba había resultado ser un remedio eficaz, pues con un semblante sonriente se levantó la reina y, como era costumbre en ella, se mostró jovial con todos los presentes. Ante hecho tal, todos, poniéndose de rodillas en el suelo, pensaron que se hallaban en el mismísimo cielo en cuerpo y alma. Después, se dirigieron hacia donde yacía el príncipe para repetir la misma operación. Y es que cuando la reina comprendió los beneficios de la planta medicinal, está pidió que a través de sus semillas se le hiciera revivir también a él después de todas las calamidades que ambos habían pasado. Y hasta él se fue con el fin de otorgarle un destino feliz, de tal forma que en seguida el príncipe se levantó vivito y coleando, alegre y lozano, con buena salud y capaz de hablar perfectamente, y entre risas dijo: “Muchas gracias, doctora”.

Y fue tanto el regocijo que provocó este acontecimiento en toda la ciudad, que se hicieron tocar las campanas como nunca antes se habían tocado, hecho este que asustó a la gente que vivía a cierta distancia de ella e hizo que acudiesen a la misma para preguntar el motivo de que se estuviesen tocando con tanta algarabía.

Magician Birthday. Michael Cherval

Luego, la reina y la abadesa se encargaron de hacer revivir a los dos tercios de las mujeres que habían muerto. Así, en poco tiempo estuvieron todas alrededor de la reina sirviéndola como correspondía. Y para asegurarse que estaban todas, no faltó ninguna, joven o vieja, que no fuera llamada por su propio nombre. Todos cuantos allí estaban fueron presa de la alegría nuevamente, y tanta resultó ser esta, que difícilmente hubieran deseado hallarse en un estado mejor, y todo ello después de que la planta medicinal, que había demostrado ser buena y eficaz a todas luces, pudo devolver la alegría y la felicidad a la reina, al caballero y a todas las mujeres que habían muerto. Y de este modo, acabada la tristeza, a la mañana siguiente y sin demora, pletóricos de felicidad, el rey, la reina y todos los caballeros acompañados de las mujeres de la isla, de común acuerdo hicieron que se anunciase por todo el país una asamblea general, la cual, como fue el propósito de todos, se convirtió después en un parlamento en donde se dispuso, resolvió y decidió todo aquello que sería del agrado de todos, sin importar su rango social, esto es, que la ceremonia de bodas y el banquete se celebrarían en la isla, con el pleno consentimiento de los jóvenes y viejos, tal como se hacían las cosas antaño, ni más ni menos. De modo que una vez embarcado todo el mundo, se puso rumbo a la isla. Y se mandaron emisarios hacia reinos lejanos para pedir a los reyes, reinas y duquesas y a diversos príncipes y princesas de alta alcurnia que, si fuera de su agrado, hicieran el honor de viajar hasta la isla el día concertado para la boda y se recreasen con las justas y torneos y otros espectáculos de armas que en ella se organizarían durante el mes de mayo. También se decidió que dos damas de elevada condición social y de buen porte acompañadas de algunos caballeros y escuderos escogidos entre el séquito de la reina, a modo de embajada y portando algunas misivas cerradas y selladas, embarcarían y partirían en busca de mi amada por todos los rincones del planeta hasta dar con ella sin falta. Ambos, tanto el rey como la reina, dispusieron que, puesto que aquella formaba parte del séquito de los dos, se la pidiese que tuviera la cortesía de estar presente en la isla el día de la boda. Por otro lado, como en varias ocasiones la reina se había puesto en sus manos pidiéndola consejo, aquella se encargó personalmente de solicitar a tales damas y caballeros que, por lo más sagrado del mundo, se dieran prisa en su misión, pues en caso de que ella estuviera ausente en la ceremonia de bodas y en el banquete, se sentiría un vacío terrible, y dicha ceremonia de bodas con todo su banquete, no se volvería sino un acontecimiento aburrido sin gozo ni alegría. Finalmente, la reina les otorgó pruebas oficiales de su misión, y les deseó buena suerte encomendándolos a Dios Todopoderoso.

Las dos damas y los caballeros partieron, y estuvieron de viaje catorce días, y tras haber tenido éxito en su misión, trajeron a mi dama en la embarcación real, cumpliendo así lo dispuesto por el rey y la reina. Y cuando la embarcación llegó a tierra, la reina se alegró tanto que, al reencontrarse con mi amada en la playa, la abrazó de tal modo y con tanto afecto que a todos causó admiración. Nada hubo que las mantuviera separadas, a mi juicio, por espacio de doce horas, ya hiciese frío o calor. La única compañía que tuvieron fue la que ellas mismas se dispensaron mutuamente para su propio solaz y entretenimiento a la hora de contarse las alegrías, las penas y las travesuras de la juventud. Después, ambas fueron escoltadas por un buen número de caballeros a un lugar donde esa misma noche tampoco se separarían tras acordar pasar el tiempo juntas para solaz de ambas.

Y a la mañana siguiente, acompañado de un gran séquito, el príncipe se fue a ver a mi amada para hacerla saber que se alegraba y complacía enormemente de su llegada, y muy cortés y efusivamente, le dio las gracias y entre risas le dijo: “En verdad que lo que antes no pareció seguro, ahora lo es”. Acto seguido, dio la orden de que todos se pusieran manos a la obra sin que se reparase en gasto alguno, pues al día siguiente este se casaría sin falta con la ayuda de San Juan, y a todos así se lo hizo saber. Y llegada la mañana, se llevó a cabo la ceremonia religiosa de tal forma que nunca antes ni príncipe ni conquistador se había casado con más honor, ni se habían visto caballeros con tanta nobleza e hidalguía ni un número tan elevado de damas tan hermosas como las que allí se dieron cita, por mi vida que doy fe de ello, no os miento. Y tanto la ceremonia de bodas como el banquete se celebraron, os lo cuento tal como sucedió, dentro de pabellones cubiertos, en un enorme espacio abierto cerca de un bosque situado en un prado dividido por un río y un manantial donde jamás había habido en el pasado abadía, celda monástica, iglesia, casa o pueblo alguno. Y el banquete de bodas duró tres meses sin que jamás se perdiera el brillo de su pompa.

Además, no hubo un solo día durante todo ese tiempo, desde el amanecer hasta el anochecer, que no hubiese justas, bailes, y en general, buen ánimo y todo aquello que es propio de la cortesía y las buenas maneras. Y, según creo, al segundo día, cuando ya se había terminado la tristeza de los días pasados, y todos los hombres habían dormido ya una noche con su dama bajo el vínculo del sagrado matrimonio, el príncipe, la reina y el resto de la concurrencia solicitaron a mi dama que atendiese mis requerimientos y tuviera en cuenta mi pasada lealtad hacia ella, que tuviese compasión de mi sufrimiento, y tuviera a bien aceptarme a su servicio de tal manera y de tal guisa que ambos fuésemos ya uno solo. Así lo pidieron la reina y todos los demás presentes. Y como no debía existir un “no” como respuesta, dejaron de justar un día entero con el fin de solicitar a mi amada que se alegrase y que no mostrase inquietud alguna, y que con buen corazón pusiera la mejor predisposición de ánimo, añadiendo que se trataba de un año para ser feliz. Tras lo cual, ella sonrió y dijo:

-En efecto, creo que se trata de mi servidor, y confío en que desee mi felicidad tanto como yo deseo la suya, y ojalá supiera de qué manera. Y si yo he de tener la garantía de que su lealtad ha de persistir sin indolencia, que ha de mostrarse tal como aquí decís, que va a ser capaz de refrenar su espíritu libre y disipado, que ha de consentir en vuestra solicitud de formar parte del grupo de hombres a desposarse y, de este modo, que va a actuar al amparo de vuestras costumbres acatando vuestra voluntad, entonces sí, acepto vuestra petición, y consiento en complaceros en vuestro propósito. Tampoco olvido que el soberano que está en las alturas, el Dios del Amor, me ordenó en su momento amar a dicho caballero y no a otro, decisión esta contra la que ningún príncipe podrá luchar, pues el poder del Dios del Amor es superior a todos, y cualquiera que desee otra cosa estará perdiendo el tiempo. Y puesto que su voluntad y la vuestra es una, no seré yo quien me oponga a ello.

Solitaire of Pantomime. Michael Cherval

Entonces, tal como pensé, todos desearon que se hiciera la promesa de matrimonio esa misma noche antes de la ceremonia religiosa con el fin de acabar con los temores de todos los allí presentes. Y así se hizo. Y a la mañana siguiente, cuando todos los pensamientos y todas las penas habían desaparecido de mi corazón, recuerdo que el príncipe y la princesa me llevaron a mí y a mi amada a un pabellón donde había damas, caballeros, escuderos y una gran cantidad de trovadores que portaban toda clase de instrumentos musicales y tocaban un variado repertorio de canciones, todo lo cual sería algo largo de enumerar, y nos hicieron saber que ambos teníamos la edad suficiente para contraer matrimonio allí.

Este pabellón se había dispuesto como iglesia parroquial para albergar especialmente tanto el banquete de bodas como la ceremonia religiosa. En ella el arzobispo y el archidiácono cantaron en voz alta según la costumbre y el uso, y acorde con lo dispuesto por la autoridad eclesiástica. Después de ello, cenamos, bailamos, y asistimos a diversos espectáculos. Y en ese ambiente tan alegre como festivo, todos, gentes de mayor y menor rango, nos desearon muchas felicidades en la vida mientras decían que el banquete de bodas se había organizado muy bien, y que tanto las damas como los caballeros estaban muy contentos debido al enlace celebrado. Luego, repitieron sus buenos deseos de que en la vida fuésemos felices y de que nuestro matrimonio durase muchos años, y finalmente, pidieron a los trovadores que, con el fin de hacer mayor la alegría del banquete y en vista de la ocasión, tuviesen la cortesía de ponerse a tocar en sus instrumentos, nuevos y animados acordes que alegrasen a la gente al tiempo que mostrasen ante todos los presentes sus habilidades musicales. Entonces comenzaron a escucharse alrededor de todas las tiendas sonidos maravillosos entonados con alegres acordes que procedían de infinidad de instrumentos que hicieron bailar con agrado a todos cuantos allí estaban. No hubo nadie que no estuviera alegre. Y esos sonidos me sobresaltaron tanto mientras dormía que, sin remediarlo, salté de mi lecho pensando que me hallaba aún en el banquete de mi propia boda. Sin embargo, al despertar me di cuenta de que todo había desaparecido, y allí ya no quedaba ni rastro de dama o persona alguna, salvo las viejas pinturas que estaban sobre la pared de jinetes, halcones, mastines y un ciervo agonizante cubierto de heridas que parecían haber sido causadas por mordeduras en algunos casos, y por flechas en otros y que, como en mi sueño, todo lo que mostraban parecía ser una ilusión.  Y cuando desperté y supe la verdad de todo lo que había pasado, si hubieseis visto mi cara, creo que de auténtica pena os hubieseis puesto a llorar un buen tiempo, pues, según creo, nunca antes hombre alguno había logrado escapar con vida de una aventura así, ni siquiera estando la mitad de enfermo que yo. Y si no fuera porque no hallé cerca de mí una espada o una daga ni tampoco nada que pudiera clavar o que tuviera filo con la que poner fin a mi vida, hubiera terminado con mis dolorosas tribulaciones cortándome las venas. ¡Escuchad, he aquí mi dicha por un lado! ¡Escuchad, he aquí mi desesperación por el otro! Y entre lamentos acudí a mi amada con el fin de solicitar su gracia y compasión para que acabase de una vez por todas con mi sufrimiento e insoportable desasosiego, y me aceptase a su servicio para lo que fuera, de modo que mi sueño pudiera volverse un día realidad, y una realidad aceptada de común acuerdo capaz de demostrarse con pruebas de manera plena y contundente.

En caso contrario, de no ser así, supliqué para que en el menor tiempo posible, ya fuera esa misma noche o de día, pudiera volver yo a mi sueño y de esta manera, estando durmiendo, vivir de ahí en adelante para siempre en la isla de los placeres a las órdenes de mi amada, esto es, a su servicio y de la manera que fuese de su agrado. Asimismo, supliqué para que me fuera concedida la gracia de poder vivir en un nuevo sueño mil diez años al amparo de su benigna gracia y de la de Dios. Amén. Amén.

De Pizán presenta su libro a Margarita de Borgoña. (Dominio público)

EXPLICIT

¡Oh, señora mía! La más hermosa entre todas las mujeres más hermosas y bellas que viven en los tiempos presentes, entre sollozos os confieso todos mis secretos, solicitando vuestra gracia y que sean atendidas todas mis cuitas o que, al menos, de no ser así, sea yo hecho mártir como un santo. Por la fidelidad que os guardo y por este libro, os juro que, si quisierais, podríais sanarme o matarme con una sola mirada. Y a vos os digo, corazón mío puro e inocente que late dentro de mí, que sigáis vuestro camino, que con humildad cumpláis vuestros deberes, y que de rodillas ofrezcáis vuestros servicios nuevamente a vuestra amada pensando cuánto gozo hay en vivir bajo su gobierno para que, con sus tiernas miradas, pueda conceder la dicha que con frecuencia anheláis. Sed diligente, estad atento, obedeced y temed, y no os mostréis demasiado ceñudo, sino manso y alegre, y criad a vuestra naturaleza a que se incline por hacer todo aquello que sea del agrado de vuestra amada. Cuando durmáis, tened siempre presente en el recuerdo la imagen de ella para que con tiernas miradas pueda conceder la dicha que con frecuencia anheláis. Y si un día halláis su nombre escrito bien en un libro, bien encima de una pared, aseguraos que vos, como un leal y diligente servidor, cumplís obedientemente con vuestros deberes, como si ella estuviera presente allí mismo. El incumplimiento de la fidelidad en el amor y en la palabra dada originará la pérdida de la gracia de ella, cuyas tiernas miradas podrán conceder la dicha que con frecuencia anheláis.

                                               FINIS


[1]De tipo oracular.

[2]Lit.: “placer”.

[3]Inglés.

[4]Ahora en esta parte se hace referencia a la reina como “princesa”.

[5]En el texto original de nuevo aparece la palabra “princesa”.

[6]Aquí “hombre”.

[7]En esta parte “amiga”.

[8]En el texto, “de la amistad”.

[9]En el texto, “a mi señora/dama”, como en algún que otro caso anterior y de ahí en adelante.

[10]Nos ha enriquecido.

[11]En el poema “criaturas”, “seres”.

[12]En este verso “señora” o “dama”.

[13]En el poema “ni iglesia ni santo”.

[14]El caballero es un rey en su país.

[15]Aquí se hace referencia al caballero como “príncipe”.

[16]No se especifica si de hombres o mujeres. Quizá de ambos sexos, o solamente hombres que estén destinados a casarse con las mujeres de la isla.

[17]Aquí se especifica que las sesenta mil personas requeridas son caballeros, esto es, hombres.

[18]Lit.: “donde él comenzaría su viaje”.

[19]En esta parte se hace referencia a la reina como “princesa”.

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