El Parlante

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La visión de Tundal: Traducción en prosa de José Antonio Alonso Navarro [Segunda Parte/FINAL]

(Tercera edición revisada y corregida)

En esta segunda parte de La Visión de Tundal final, se publica íntegramente, la traducción en prosa del Dr. Alonso Navarro*.

Que la disfruten.

Traducción en prosa de La visión de Tundal (The Vision of Tundale)

Jesucristo, Señor Todopoderoso, Padre e Hijo y Espíritu Santo, bendecid a todos aquellos que me escuchen hasta el final, y a aquellos que tengan un poco de paciencia, yo habré de contarles una historia. Y ay de aquellos que se identifiquen con ella por causa de sus pecados, porque entonces se morirán de miedo y de espanto. Sin embargo, el propósito principal de esta historia será la de ayudar a los pecadores a enmendar sus pecados en esta vida.

La boca del infierno, por Simon Marmion, del manuscrito Getty,

Escuchad, pues. Había una vez en Irlanda, en el año 1149, un hombre rico llamado Tundal que tenía una pésima reputación. Tenía en su haber enormes riquezas, mas lamentablemente, muy poco de bondad, pues era traicionero y pérfido, soberbio, colérico, y envidioso. La lujuria y la gula eran sus únicas pasiones. Era, además, avaro, y harto perezoso a la hora de honrar a Dios Nuestro Señor. Jamás hizo obras de caridad y jamás sintió amor alguno por Dios o por la Santa Madre Iglesia.

Nunca dio limosna a nadie y nunca se mostró compasivo con ningún vecino. Gustaba de la compañía de juglares taimados y calumniadores de tres al cuarto y, siempre que podía, incitaba a blasfemar a los sacrílegos sin escrúpulos. Le agradaban las pendencias y las disputas. La verdad es que no había nadie peor que él.

Sin embargo, no quiso Dios, que nos redimió de los tormentos del infierno por su infinita compasión, causarle mal alguno, mas sí quiso darle una lección después de que el mismo[1] cayera en trance, permitiendo que su alma aterrorizada conociese los tormentos y castigos de los demonios antes de que aquella pudiera regresar de nuevo a su cuerpo. Estuvo en el purgatorio y en el infierno. Y ¡vaya si pudo contarlo él mismo! Esto le ocurrió después de sufrir un ataque mientras comía, como vais a oír a continuación.

Infierno musical. Detalle del Jardín de las Delicias.

Bien. Aunque, como digo, Tundal era un hombre pérfido y traicionero y temido por la mayoría de sus vecinos como si del demonio se tratara debido a su terrible conducta, contaba con muchos amigos. Una de sus ocupaciones era la de prestar plata utilizando las argucias y artimañas del peor usurero.

Prestad atención a esto, a cambio del préstamo de nueve chelines obtenía como pago diez. Y si esto no fuera poco, por demora en el pago de los préstamos, Tundal cobraba intereses. A quién habría de sorprender esto si a él jamás se le hubiera ocurrido dar limosna a los pobres por el amor de Dios. Y cuando vendía alguna que otra mercancía, lo hacía siempre por el doble de su valor real.

Pero un día sucedió que Tundal fue a ver a un vecino suyo para reclamarle el pago de tres caballos que aquel le había vendido. Su vecino le pidió más tiempo para poder satisfacer la deuda, y como única garantía le dio su palabra. Al oír esto, Tundal se puso hecho una furia y comenzó a amenazarlo con palabras terribles. Mas esta forma de actuar no fue sino una vil treta. ¡Cómo supo aprovecharse de la ocasión!, ¡pues allí mismo decidió subir el precio de los caballos! ¡Qué astuto y listo que era!

El pobre hombre aceptó y así se hizo constar por escrito. Después, su vecino se mostró de lo más cortés con Tundal para apaciguar un tanto su cólera y lo invitó a cenar. Y cuando Tundal estaba bien acomodado en la mesa y bastante bien servido, comenzó a sentirse mal. Servido el primer plato, fue incapaz de levantar la mano y lleno de pánico comenzó a gritar terriblemente mientras el color de su rostro mudaba como si presintiera la proximidad de la muerte.

-Querida señora -llamó a la mujer de la casa-, por caridad, encontrad mi hacha de guerra y ponedla en mi mano porque de un momento a otro voy a morir. Es tan fuerte este ataque que me ha dado que apenas siento ya ninguna fuerza dentro de mí. ¡Qué débil siento mi corazón! Seguro que ya me he muerto. ¡Ay, Jesucristo! ¡Tened compasión de mí! Pues ya no hay para mí remedio alguno en este mundo.

El Juicio Final. Tríptico del Juicio de Viena. El Bosco.

Y justo en el momento en que iba a levantarse, se desplomó al suelo, muerto como la mojama. Cuando aquellos que eran sus amigos se enteraron del suceso, acudieron al lugar sin demora con ánimo compungido para verlo yacer sin vida en el suelo. Las campanas de la iglesia repicaron para dar la noticia de su muerte y sin pérdida de tiempo se llevaron a cabo los oficios de difuntos.

Rápidamente fue despojado de todas sus vestiduras mientras yacía muerto y gélido como el hielo, sin embargo, su lado izquierdo aún se mantenía caliente hasta el punto de que algunos creyeron que no estaba muerto del todo, por lo que no quisieron moverlo de aquel lugar. Y el caso es que no se le movió de donde estaba desde las 3:00 de la tarde del miércoles hasta el sábado después de las 12:00 del mediodía. Y mirad lo que le sucedió a su alma.

Cuando Tundal cayó muerto al suelo, el alma salió disparada de su cuerpo y se encaminó hacia un oscuro lugar. ¡Qué sola y desgraciada llegó a encontrarse esa pobre alma allí! ¡Y cuánto lloró y lamentó su desgracia! Tundal pensó entonces que había sido condenado para siempre y que nunca jamás regresaría su alma al cuerpo debido a los pecados que había cometido en vida,pecados que jamás lograría mantener ocultos o velados. Estaba tan asustado por todos los terribles tormentos y castigos que vio en aquel lugar que deseo fervientemente con todo su corazón estar vivo o, por lo menos, poder regresar a su cuerpo de nuevo, pero algunas almas han de sufrir más que otras, tal y como nos cuenta esta historia.

Ruinas medievales sobre la «Roca de Cashel». Visio Tnugdali (Tundalis) (La visión de Tundal) es un texto religioso escrito en el siglo XII por un monje irlandés (seguramente benedictino) llamado Marcus (oriundo de Cashel en el Condado Tipperary (en irlandés Tiobraid Árann) y ligado a la casa del rey Cormac McCarthy de Cashel) que relata la experiencia sobrenatural por el Otro Mundo debido a sus pecados en vida de un caballero irlandés llamado Tnugdalus (también Tundalus, Tondolus, Tundale, Tundal, etc.).

El nombre de este caballero irlandés se deriva del irlandés medio o medieval Tnúgdal que significa coraje extremo. Fue un texto muy popular en la Edad Media al menos durante dos o tres siglos (en especial en los siglos XII y XIII) en el marco del género de visión vinculado a la literatura del infierno, purgatorio y paraíso y/o cielo. Es probable que el propio protagonista de la historia (Tnugdalus) le hubiera contado al hermano Marcus en Irlanda una experiencia sobrenatural que le hubiera sucedido en Cork (Irlanda) y que este, después, se la contase a dicha abadesa Gisella en el Monasterio de San Pablo en Regensburg (adonde viajó Marcus en compañía de san Malaquías), quien, fascinada por la historia y el componente moral-didáctico de la misma, instó a Marcus a escribirla en el propio monasterio-convento.Marcus la escribió primero en irlandés antiguo (cuya copia se ha perdido), y posteriormente la tradujo al latín.

En el texto (Tractatus) de Marcus la historia tiene lugar en Cork en 1148, y relata cómo un caballero irlandés corrompido por el pecado cae insconciente o “muere” aparentemente. Durante tres días un ángel le guía a través del cielo y del infierno. En el infierno Tnugdalus padece los tormentos de los que han sido condenados a morar allí para toda la eternidad.

VER PRIMERA PARTE DE LA VISIÓN DE TUNDAL por el Dr. José Antonio Alonso Navarro/https://elparlante.com.py/literatura/la-vision-de-tundal-traduccion-en-prosa-de-jose-antonio-alonso-navarro/
La Roca de Cashel que fue el asentamiento tradicional de los reyes de Munster.
Abadía de Hore, en Cashel.

Passus I

Mientras el alma de Tundal se hallaba confusa, este vio aproximarse a un grupo de horribles demonios de aspecto aterrador que venían saltando y mostrando los dientes como lobos salvajes. Entonces, Tundal quiso salir huyendo del lugar donde se hallaba, pero no supo adónde ir. Los horribles demonios se aproximaron a él. Ya os podéis imaginar cómo estaba su alma. Por causa del miedo ésta se descompuso por completo, y no es de extrañar. Tuvo la sensación de que los demonios lo habían abierto en canal de arriba abajo. -¡Qué demonios tan horripilantes!-pensó mientras la tierra temblaba a sus pies. Sus cuerpos eran negros y nauseabundos y no cesaban de emitir terribles aullidos. Sus ojos eran grandes y brillaban como el fuego. Eran coléricos e iracundos y sus bocas eran enormes cuando se abrían de par en par al escupir fuego. Los labios colgaban de la barbilla; sus dientes eran largos y sus gargantas muy anchas. Tenían garras muy largas en los pies y en las manos, cuernos grandísimos y colas ponzoñosas. Las garras estaban afiladas como el acero fundido y sus cuerpos despedían la pestilencia más nauseabunda. En algunos momentos hacían uso de las garras para arañarse entre ellos la cara y pelear sin tregua hasta hacerse pedazos. ¡Qué visión más terrible! En el mundo no había nadie que pudiera describir una visión tan espantosa y atroz como aquella. Los demonios miraron a Tundal de la manera más feroz y comenzaron a decirle entre gritos y rugidos:

-Acerquémonos a este espíritu de maldad que ha seguido siempre nuestros malvados consejos y cantémosle una canción de muerte.

Todas juntas rodearon el alma de Tundal y nuevamente se pusieron a gritar y a chillar con gran estruendo mientras decían:

-Escuchad, criatura desgraciada y pecadora, dado que ahora sois nuestro compañero, se ha preparado para vos un lugar en el infierno. Vuestra alma es la hija amada de la muerte. Y como sois amigo del fuego eterno y de la oscuridad y enemigo de toda luz, así pues, vendréis ahora mismo con nosotros. Vil bellaco, estos son los compañeros que elegisteis para vos en vida; por lo tanto, vendréis con todos nosotros para vivir en el infierno para toda la eternidad. En vida fuisteis mentiroso y os alejasteis de la verdad cuando os convino; calumniasteis a muchas personas gravemente; disfrutasteis con disputas y pendencias; fuisteis lascivo y, con frecuencia, cometisteis adulterio además de otros pecados, tales como la soberbia, la envidia, la avaricia y la gula. ¿Por qué no renunciasteis a vuestra perfidia en vida mientras gozasteis de poder? ¿Dónde se halla ahora toda vuestra vanidad y riquezas? ¿Dónde está todo vuestro inmenso poder? ¿Dónde está vuestra pompa y soberbia? Ahora ya no es posible que podáis ocultar vuestra maldad. ¿Dónde está vuestra fuerza y poderío, vuestra armadura adornada tan a la moda? ¿Dónde está vuestro oro y vuestros tesoros? ¿Dónde quedan aquellas propiedades y posesiones vuestras que en vida pensasteis que os iban a sacar de cualquier apuro y que ahora de nada os han de servir ya? Lo cierto es que jamás amasteis ni a Dios ni a la Santa Madre Iglesia ni jamás hicisteis ninguna obra de caridad. Nos reímos todos de vos porque nada que haya de valioso en la tierra, incluyendo todos los maitines o misas del mundo, podría libraros de las penas del infierno, en donde habréis de permanecer para toda la eternidad. Ni siquiera os molestasteis en confesar vuestra maldad a ningún sacerdote. En definitiva, pobre desgraciado, en vida no suplicasteis ni llorasteis, por lo tanto, hasta aquí vinisteis con nosotros donde no hallaréis compasión alguna.

Y dicho esto, allí se quedó el alma, en un lugar oscuro como la noche misma. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que pudiera contemplar una estrella resplandeciente. Tundal se fijó atentamente en esa estrella y se sintió reconfortado pues pensó que, por el poder de su creador, obtendría alguna ayuda. Se trataba del ángel guardián que habría de poner fin a su desgracia. Este se acercó a Tundal y le saludó cortésmente. Hecho esto, el ángel le habló con un tono de voz muy dulce:

-Tundal, ¿Qué haces aquí? 

Cuando Tundal escuchó pronunciar su nombre y contempló todo el resplandor del ángel, se sintió alegre, comenzó a llorar y profirió las siguientes palabras:

-¡Oh, dulce padre, tened piedad de mí! Estos espantosos demonios quieren arrojarme al fuego del infierno por mis pecados.

Entonces, el ángel resplandeciente le respondió así:

-Vaya, ahora me llamáis[1] padre. ¿Y[2] por qué no acudisteis antes ante mí? Nada más nacer vos, me convertí en vuestro guardián mañana y tarde, sin embargo, jamás reparasteis en mí, ni consentisteis en que ninguno de mis compañeros de luz fuese vuestro guía.

Al oír esto, Tundal suspiró amargamente y dijo:

-Señor, es la primera vez que os veo y os escucho hablar. Nunca supe de vuestros deseos.

“La Visión de Tondal”. Atribuida a un seguidor de El Bosco.

Entonces, el poderoso ángel tomó presa a una de esas horribles criaturas de entre todas las que allí había[3], aunque quizá no tan horrenda, y dijo:

-Pero bien qué conocisteis a esta criatura que tengo en la mano, y bien que la seguisteis por el camino del mal en todo momento y, sin embargo, en mí no confiasteis nunca. De todas formas, aunque no os lo merecéis, Dios es misericordioso y, por lo tanto, su infinita misericordia os ha de salvar. Pero quiero dejaros muy claro que os espera una contienda muy dura.

Al oír esto, Tundal se alegró mucho, aunque su alegría le duró poco, pues en seguida sufriría y sería testigo de horribles tormentos, tormentos que pudo contar al regresar su alma de nuevo a su cuerpo. Pero de momento, sacó el ángel a Tundal de allí, pues le pareció que ya había pasado bastante miedo. Y Cuando comprendieron los crueles demonios que Tundal no iría al infierno con ellos, comenzaron a rugir, a gritar y a blasfemar contra Dios Todopoderoso:

-Vos, Dios, no sois para nada la Suprema Justicia. Sois falso e injusto. Dijisteis que daríais a cada cual según sus actos en la tierra. Y Tundal nos pertenece al habernos servido día y noche pecando terriblemente durante muchos años de su vida. Si lo perdemos, nos haréis mucho mal.

Y continuaron rugiendo, gritando y lamentándose enormemente de que Tundal se les escapara. Entonces, comenzaron a pelearse entre ellos haciendo uso de sus afiladas garras. ¡Oh! ¡Qué olor tan repugnante despedían tales criaturas! Y sin más, el ángel le pidió a Tundal que lo siguiera, y Tundal le respondió con una profunda tristeza:

 -Señor, si voy detrás vuestro, me condenaré sin remedio, pues los demonios me arrancarán de vuestro lado y me conducirán con ellos al infierno, y, por lo tanto, jamás podréis rescatarme de nuevo.

Detalle central de “La Visión de Tondal”. Museo Lázaro Galdiano

Pero el ángel le respondió:

-No temáis. No pueden apartarme de vuestro lado. Hay más demonios aquí de los que pensáis, demonios con sus garras muy cerca de vos. Pero mientras se halle Dios entre nosotros, no nos causarán ningún daño. Además, os podrá servir de protección la profecía de David que dice que, aunque veáis aparecer miles de demonios a vuestra izquierda y miles de demonios a vuestra derecha, ninguno de ellos se os acercará, aunque tengáis que verlos a cada rato y tengáis que ser testigo de los tormentos que se infligen a las almas de acuerdo con los pecados cometidos.

Passus II

Después de relatar la profecía de David, el ángel condujo a Tundal por una entrada oscura. No había ninguna luz excepto la que emanaba del propio ángel. Contemplaron un valle profundo que estaba muy oscuro y que turbó bastante a Tundal. Al verlo con más detenimiento, éste comenzó a temblar, pues le pareció ver en él una lúgubre morada de la que provenía un olor nauseabundo. En el suelo se percató, además, de que había carbones ardientes que nunca se apagaban, y encima de los mismos observó que había un largo y enorme hierro candente de 184 centímetros de espesor, por encima del cual se alzaba el turbador fuego. ¡Qué horrible tormento podía infligirse con él! El calor que emanaba de ese hierro era todavía más intenso que el producido por todo el fuego que allí ardía. Como os he dicho ya, el fuego no se consumía jamás y el pestilente hedor que procedía de él era cada vez mayor. Jamás hubo nadie en la tierra que fuera capaz de imaginar el dolor tan horrible que allí se infligía. Los demonios colocaban a las almas pecadoras encima del hierro candente para quemarlas entre un espantoso y pestilente olor y derretirlas como la cera en una olla. ¡Cómo corrían las almas en medio del fuego y por todo el hierro candente!  Las almas ardían como la cera a través de un paño, luego se derretían, y finalmente, volvían a su forma original para ser quemadas y derretidas de nuevo. Entonces, le dijo el ángel a Tundal:

 -Sed testigo de todo el dolor que hay en este lugar. Este castigo está reservado a aquellos que asesinaron a su padre o a su madre o para quienes consintieron en la muerte de un ser humano. De este tormento no se librarán jamás estas desgraciadas almas, pues es un castigo eterno. Y, además, este no será el único castigo que padecerán. Y a vos os digo que, aunque lo merecéis de sobra, no padeceréis este tormento.

Passus III

Tundal y el ángel resplandeciente dejaron atrás aquel tormento y llegaron a una enorme y elevada montaña. Allí escuchó Tundal gritos llenos de dolor y de espanto. Una parte de la montaña parecía estar cubierta de humo y fuego. Además, era oscura, aterradora y olía a brea y a azufre. En la otra parte había escarcha y nieve y soplaban fuertes vientos seguidos de numerosas tormentas. En aquel lugar le tocó a Tundal contemplar a muchos malvados demonios y escucharlos rugir con gran cólera. En las manos llevaban enormes tridentes, tenazas y pinchos candentes con los cuales pinchaban y arrastraban de la manera más cruel posible a las desgraciadas almas que allí se encontraban. Primero las sacaban del fuego y después las arrastraban hacia la gélida nieve, y de ahí las arrojaban al fuego de nuevo. Su tormento se alternaba entre el fuego y el frío, y así una y otra vez, una y otra vez.

-Este tormento -dijo el ángel resplandeciente-, está reservado para los ladrones o para quienes se apropian de los bienes de los demás en contra de su voluntad por medio de engaños y tretas.

Y después de ser testigos de ese terrible tormento, ambos personajes continuaron[4] su viaje.

La boca del infierno, por Simon Marmion, del manuscrito Getty, Detalle.

Passus IV

El ángel iba siempre delante de Tundal. Este, por temor, caminaba detrás de él. Anduvieron un tiempo hasta que llegaron a otro valle que era oscuro y profundo, y cuya visión causaba verdadero espanto al alma. ¡Valle como aquel jamás se halló en la tierra! Desde lo alto era imposible distinguir el fondo y, escuchad bien, procedente de él escucharon gritos y gemidos llenos de horror. De su foso le pareció percibir un nauseabundo hedor a brea y a azufre. No es de extrañar, pues en él ardían muchísimas almas. Tundal consideró aquel tormento como el más terrible de todos los que había visto hasta entonces. El foso estaba situado entre dos montañas y en su cima contempló un puente que iba de un lado a otro y que medía mil pasos de largo y un pie de ancho. El puente estaba siempre en constante movimiento. Era imposible que alguien pudiera cruzarlo, ni letrado ni iletrado, ni doncella ni esposa, a excepción, claro está, de los santos varones de vida perfecta. Y debido a lo estrecho que era vio caer de ese puente a muchas almas. Nadie sería capaz de cruzarlo excepto un sacerdote peregrino que llevaba en la mano una palma y vestía la capa del peregrino. Tan pronto como llegaron al fondo del valle, Tundal se dio cuenta de que tenían que cruzar el puente y le dijo al ángel:

-Nunca tuve tanto miedo como hasta ahora, pues no sé cómo voy a cruzar este puente.

Y el ángel le respondió:

-No tengáis miedo de lo que veis. Os libraréis de este tormento, pero habréis de sufrir muchos otros. Y dejad que os diga que este tormento está reservado para los soberbios y jactanciosos.

Al decir esto, el ángel tomó de la mano a Tundal y le ayudó a cruzar el puente, de lo cual éste se alegró mucho.

Passus V

A continuación, Tundal y el ángel se pusieron en marcha por un camino muy oscuro sin saber aquel primero hacia dónde se dirigían exactamente[5], tal como nos dice el tratado en latín del hermano Marcus. Al final del camino llegaron a un lugar iluminado donde Tundal vio algo ciertamente espantoso, algo así como una bestia que era más grande que la montaña que habían visto antesy con unos ojos que sobrepasaban los valles que habían cruzado. Su enorme boca albergaba nueve mil criaturas fuertemente armadas y de sus larguísimos colmillos pendían dos gigantes. La cabeza de uno colgaba boca abajo y la del otro, boca arriba. En medio de la boca estaban situadas dos columnas a cada lado que servían para mantenerla abierta. Las columnas estaban separadas entre sí. Su boca se dividía en tres partes a modo de tres puertas abiertas. ¡Qué horror! De ella emanaban enormes lenguas de fuego que tenían un olor nauseabundo y de ella salían horribles lamentos de miles de almas. ¡Cómo chillaban y gritaban de dolor! ¡Qué fuertes eran sus gritos de espanto! Sufrimiento tal era imposible de describir. Delante de la boca podían verse a miles de crueles demonios arrastrar con violencia y con varas candentes a las desgraciadas almas a su tormento. Cuando Tundal hubo contemplado a la bestia y a todos esos crueles espíritus y hubo escuchado todos esos horrendos gritos, preguntó al ángel resplandeciente:

-¿Qué significa esa horrenda visión?

El ángel le respondió:

-La bestia se llama Aquerón[6] y más vale que nos marchemos si queremos llegar al final de nuestro camino. Nadie puede librarse de este tormento excepto los varones de vida perfecta. Esta enorme bestia está destinada a tragarse a los avariciosos que en la tierra se mostraron soberbios y crueles y nunca creyeron tener suficiente, sino que quisieron tener más y más, y ahora sus almas se arrepienten enormemente de ello por todo lo que sufren. Está escrito en la profecía que la bestia se tragará a los avariciosos. Eterna es la sed de la bestia, pues todas las aguas que corren por el este o el oeste no bastan para aplacar su sed. Así pues, este tormento se ha dispuesto especialmente para los avariciosos a los que nunca les pareció tener suficiente en la tierra ni estuvieron satisfechos con lo que Dios les dio en la tierra por su divina gracia. Por ello sufren grandes penas aquí, porque cuanto más tenían en vida, más codiciaban. En cuanto a los gigantes que veis y que cuelgan entre dos colmillos tan elevados, Dios los castigó por no acatar sus leyes, sino las suyas propias. Uno se llama Forcusno y el otro Conallus.

Entonces, habló Tundal:

¡Ay! ¡Qué tormento tan espantoso sufren aquellos que nunca saldrán de aquí!

Y el ángel le respondió:

-Y vos poca dicha tendréis, pues en la tierra fuisteis avaricioso como ellos.

Después de decir esto, se marcharon y en contra de la voluntad de Tundal, se colocaron delante de la bestia. El ángel desapareció y Tundal se quedó entonces solo. Y no es de extrañar, por lo tanto, que fuera presa del pánico. ¿Quién no lo estaría? Los horrendos demonios corrieron hacia él, lo cogieron, lo ataron y lo lanzaron hacia el interior de la bestia. Allí permaneció durante un tiempo y allí fue golpeado por los crueles demonios, mordido por salvajes leones, despedazado por dragones, y sus miembros hechos trizas por víboras y serpientes ponzoñosas. Después su tormento se alternó entre un fuego ardiente y un intenso frío causado por el hielo. ¡Ay! ¡Cómo ardían las lágrimas de sus ojos! ¡Cuánto sufrió Tundal entre un intenso hedor a azufre! ¡Cuántos tormentos se le aplicaron! Además, en su lucha por verse libre comenzó a desgarrarse las mejillas. Allí se le castigó por cada uno de los pecados cometidos. Ninguno de ellos quedó sin salir a la luz. Y su desesperación y dolor fueron tan intensos que jamás pensó que había muerto. Pero, atención, sin saber cómo, y algo confundido por la experiencia vivida, Tundal se vio libre de ese espantoso tormento. ¡Qué alegría entonces la suya! Por un tiempo permaneció inmóvil, como si estuviera muerto en el suelo, y poco después se puso en pie. Y he aquí que delante de él vio al ángel resplandeciente. Su luz lo reconfortó enormemente. El ángel tocó a Tundal y le infundió ánimo. Entonces éste comenzó a sentirse mejor y a amar a Dios en medio de un llanto amargo. Pasado este tormento continuaron su viaje.

Passus VI

Al cabo de un tiempo llegaron a un espantoso lago en el que les pareció escuchar ruidos horripilantes. Sus olas alcanzaban una altura extraordinaria y en su interior moraban gigantescas y crueles bestias de enormes y resplandecientes ojos como teas ardientes que, en ambos lados, esperaban al acecho a las almas, sus presas. Encima del lago, Tundal observó un largo y estrechísimo puente de unas dos millas de largo y apenas la anchura de una mano, que había sido construido con afilados pinchos de hierro y acero. ¡Cuánto dolor podían causar esos pinchos! ¿Quién no se dañaría los pies sin cruzar ese puente? Las horrendas bestias de aquel lago solían acercarse al puente para tratar de atrapar a las presas que pudieran caer del mismo. Esas bestias estaban siempre dispuestas a engullirlas. El ruido que provocaban era espantoso y podía atemorizar a cualquiera. ¡Y qué enormes que eran! Las desafortunadas almas que caían al lago constituían su sustento. Tundal pudo ver esas bestias muy claramente, y cómo de sus bocas emanaba fuego que hacía que el agua del lago estuviera siempre hirviendo. También vio a un hombre encima del puente que llevaba una gavilla de grano sobre la espalda y que lloraba amargamente por los pecados que había cometido. Los pinchos se clavaban en sus pies mientras caminaba por el puente y tenía mucho miedo de caerse de él, pues las bestias estaban siempre al acecho, dispuestas a devorarlo. Tundal preguntó al resplandeciente ángel:

-¿Qué significa esta visión?

Y el ángel le respondió:

-Este tormento está reservado a quienes se han apropiado de la riqueza de otros hombres o de la Santa Madre Iglesia, ya sean letrados o iletrados, o para quienes han causado algún grave perjuicio a sus semejantes. Aunque bien es verdad que algunos reciben más castigo que otros en función de sus pecados. Os lo digo porque hay muchos hombres que les tiene sin cuidado el daño que puedan causar a los demás y nada les impedirá destruir iglesias. Y también los hay que son inconstantes y desleales; que roban y se apropian de las pertenencias de la Santa Madre Iglesia. ¡Ay de aquellos que pequen dentro de un santuario o saqueen un templo sagrado porque cometerán sacrilegio y, por lo tanto, serán castigados en este tormento! Aquel hombre que veis en el puente con una gavilla a su espalda y llorando amargamente robó parte de los diezmos a la Santa Madre Iglesia. Así pues, debe pagar su mala conducta en este tormento. Y ahora preparaos vos, pues tenéis que cruzar ese puente llevando una vaca salvaje. Y tened cuidado de que no se os caiga, porque cuando paséis este tormento[7], me la habréis de entregar de nuevo sana y salva. Es un castigo que se os ha impuesto por haber robado en vida la vaca de un amigo vuestro.

Tundal respondió con el ánimo turbado:

-¡Piedad! Si yo cogí su vaca en contra de su voluntad, también es verdad que se la devolví después.

-Así fue-respondió el ángel-, pero lo hicisteis porque no pudisteis llevárosla con vos. No obstante, y considerando que vuestro amigo la recuperó de nuevo, sufriréis el menor tormento posible. Cada mala acción, ya sea más grave o menos grave, deberá ser castigada, pues a Dios Todopoderoso no le agradan ni las malas acciones ni los malos pensamientos.

Jerónimo Bosch  (hacia 1450 –1516). Detalla del Jardín de las Delicias. WIkimedia

Dicho esto, Tundal esperó entonces de mala gana a que se le entregara la vaca. Era necesario que cogiera la vaca y tratara de cruzar el puente con ella a pesar del mal trago de tener que pasar por ello. Pero no había más remedio. Había que acatar la orden del ángel y punto. De manera que cogió la vaca por los cuernos tratando de no hacerla daño y se dirigió hacia el puente. Cuando ya estaba encima de él sucedió que el animal se negó a cruzarlo. Mientras tanto las bestias seguían apostándose debajo del puente en espera de capturar una presa. Y ¡ojo! A punto estuvieron Tundal y la vaca de caerse al lago. ¡Qué miedo sintió Tundal! ¡Y cuánto le costó llegar con la vaca a la mitad del puente! En definitiva, ¡qué mal lo pasaron los dos! Y, por si fuera poco, en tan estrecho puente Tundal se encontró de frente con el hombre que llevaba la gavilla de grano a su espalda. Qué gran problema, por lo tanto, para estos dos, pues ninguno se atrevía, por todo el oro del mundo, ni a retroceder ni a mirar atrás del miedo que sentían. Los afilados pinchos se clavaban en sus pies y los hacían sangrar terriblemente. La sangre caía por ambos lados del puente hacia el lago. Pero entonces sucedió que el hombre de la gavilla le pidió a Tundal que lo dejara pasar.

-No puedo hacerlo -dijo Tundal-, ni tampoco puedo continuar mi camino por vuestra culpa.

¡Ay! ¡Cuán amargamente lloraron los dos! Cuánto sufrieron, pues ninguno podía dejar pasar al otro. Y de pronto se le apareció el ángel a Tundal que permanecía inmóvil sujetando la vaca con una mano. El ángel lo sacó de allí, le ordenó que dejara suelta a la vaca y le dijo:

-Tranquilizaos ahora. Ya no tendréis que cruzar el puente con la vaca.

Tundal mostró al ángel sus maltrechos pies y le dijo:

-Señor, ya no puedo caminar más.

Entonces, le respondió el ángel:

-Pensad ahora en todo lo que han sufrido y sangrado vuestros pies. En verdad vuestro camino ha sido terrible y doloroso.

Y al tocar el ángel los pies de Tundal, éstos se curaron en seguida.

-Bendito seáis-dijo Tundal-, pues me habéis quitado el dolor.

Y el ángel le dijo:

-Debéis saber que os espera un tormento terrible en un lugar repleto de almas del que no podré sacaros y al que habréis de ir irremediablemente.   

Detalle del Juicio Final.

Passus VII

Tundal continuó su viaje, tal como relata en su tratado el hermano Marcus[8], acompañado del ángel por caminos inhóspitos[9] y oscuros. Al cabo de un rato, vio delante de él una casa más grande que una montaña. La casa tenía forma de horno y su abertura era bastante amplia. De esta salía fuego y un pestilente hedor. El fuego era enorme y peligroso y alcanzaba una altura considerable. Las almas que ardían en su exterior habían sido traídas por los espíritus malvados. Y cuando Tundal terminó de contemplar esa visión, le dijo al ángel resplandeciente:

-Ahora nos dirigimos a un sombrío lugar, y puedo ver que allá se encuentran las puertas de la muerte, preludio de un lugar más sombrío que éste. ¡Ay! ¿Quién me librará de este castigo? Sé que tendré que permanecer aquí por toda la eternidad.

El ángel de bondad le respondió:

-Saldréis de este lugar.

Y Tundal respondió:

-¡Cuán poderoso es aquel que, por la gracia de Dios, puede sacarme de este lugar!

Y el ángel le contestó:

-Tundal, no temáis. Os conviene estar en esta casa. El fuego no os destruirá.

Y cuando Tundal se aproximó a la casa, vio a muchos siniestros carniceros que se hallaban en medio del fuego llevando en las manos afilados instrumentos de tortura. Algunos tenían hoces, cuchillos y sierras; otros, picas, gruesas hachas, taladros, cuchillas de azadón, guadañas y afiladas horcas que utilizaban para castigar a las almas. El aspecto de tales instrumentos era, a la vista, horrible. Asimismo, había otros carnicerosque llevaban espadas, ganchos y enormes hachas que parecían estar muy afiladas. Aquella visión causó en Tundal una fuerte impresión, especialmente por la forma en que los demonios golpeaban a las almas hasta despedazarlas por completo. Algunos destrozaban sus cabezas, otros los muslos. Los había que gustaban de desmembrar los brazos mientras que otros arrancaban las piernas a la altura de las rodillas. Otros, no obstante, deshacían las almas en pequeños pedazos para después volver a recomponerlas con el fin de despedazarlas posteriormente de nuevo. Tundal pensó que aquél era uno de los tormentos más horrendos, y le dijo al ángel:

-Señor, libradme de este tormento, os lo ruego, pues nunca había visto uno tan terrible. Prometo que sufriré de buena gana el resto de los tormentos que me están reservados.

Pero el ángel le respondió a Tundal:

-Ya sé que este tormento esespantoso, pero es necesario que lo sufráis, así como otros muchos que veréis más adelante.

Y es que de todos los tormentos que había visto Tundal hasta entonces, ese fue el que más le sobrecogió. Sin embargo, poco después vio otro que le impactó más aún. Vio un terrible perro de caza que habitaba en aquellacasa de dolor y tormento. ¡Qué miedo tuvo Tundal de ese perro! Cuando vio al can rogó al resplandeciente ángel que le librara de entrar en ese horrendo lugar infernal. Mas el ángel no estaba dispuesto a atender su súplica por nada del mundo. Los malvados espíritus que se hallaban en su interior le rodearon con gran estrépito con todos sus siniestros instrumentos y utensilios. Entre todos cogieron a Tundal y lo despedazaron en pequeños trozos, y luego lo volvieron a recomponer. ¡Ay! Cuántos lamentos y quejidos vio y escuchó aquel en aquella casa cuyo dueño se llamaba Preston. El fuego que vio en su exterior consumía todo lo que allí había. Escuchó los lamentos y llantos de los que habían cometido pecado de gula al no poder saciar nunca en aquel lugar su voraz apetito. Vio a hombres y mujeres sufrir terriblemente al ser torturados en los genitales y al ser mordidos entre los muslos. Vio también dentro de aquella mazmorra a muchos religiosos cuyos miembros eran mordidos y devorados por dentro y por fuera por horrendas alimañas.

Tundal pudo reconocer muy claramente a algunos de ellos, que, por cierto, tenían bien merecido su castigo. Y antes de lo esperado, Tundal salió de ese tormento sin saber cómo, de lo cual se alegró mucho. Al rato se quedó en un lugar oscuro llamado la caldera de los horrores. Apenas pudo ver nada hasta que sintió aparecer al ángel ante él. En ese momento le dijo:

-¡Ay! ¿Dónde está esa palabra escrita que dice que la misericordia de Dios estará por encima de todas las cosas? De ello no he visto ninguna señal.

“La Visión de Tondal” del Museo Lázaro Galdiano, obra de un seguidor de “El Bosco”

Entonces, respondió el ángel:

-Esa palabra suele engañar a muchos. Aunque Dios está lleno de poder y misericordia, debe impartir justicia. Sin embargo, perdona mucha más maldad en proporción a la justicia que imparte. El tormento que habéis sufrido ha sido poco. En justicia deberíais haber sufrido más.

Al oír esto, Tundal se arrodilló y agradeció a Dios su creación. Después le dijo el ángel a Tundal:

-¿Qué pasaría si Dios perdonase todos los pecados que ha cometido el hombre sin que éste sufra castigo alguno? Entonces, el hombre no necesitaría hacer el bien. Sin embargo, si hay sincero arrepentimiento, Dios no suele vengarse de quienes han sido malvados, han cometido algún pecado o no han hecho penitencia en sus cuerpos. Por su misericordia, os lo aseguro, puede el hombre hallar la salvación. Además, os diré que, aunque el alma tenga que sufrir algún castigo, Dios no se olvida de quitar en ocasiones sus bienes a muchos hombres que se han mostrado desagradecidos con Él con el propósito de disminuir así su castigo. Así pues, sus almas sufrirán menos cuando mueran y más pronto pasarán del purgatorio[10] al cielo. Entended, por otra parte, que en el mundo no hay, según creo, quien esté libre de pecado, ni siquiera los niños, la verdad sea dicha. Quienes hayan nacido y muerto hoy no se verán libres ni del castigo ni del miedo, aunque no hayan de sufrir mucho. En definitiva, los hombres deberían esforzarse en amar más a Dios con el fin de escapar del castigo, en especial quienes han sido condenados en el infierno por su maldad. Que triste es recordar que aquellos que hayan visto la gloria celestial y hayan sido condenados, pues sufrirán aún más por lo que han visto en el cielo que por todos los tormentos habidos en el infierno, sobre todo cuando sean conscientes de la dicha celestial que dejaron escapar para toda la eternidad. El sacerdote peregrino que visteis cruzar el puente fue testigo de todos los tormentos, mas ninguno de ellos padeció, pues siempre amó a Dios Todopoderoso y siempre le sirvió bien hasta obtener su recompensa: un trono de gloria junto a Dios.

Cuando el ángel terminó de decir estas palabras para animar a Tundal, cogió a éste y se lo llevó por otro camino por el que éste fue con sumo cuidado.

Passus VIII

Más adelante Tundal y el ángel se toparon con otra bestia espantosa y cruel de la que Tundal se asustó mucho. Era una bestia que tenía dos alas negras a cada lado del lomo, y en sus patas, garras de hierro y acero muy afiladas. El cuello era largo y pequeño y la cabeza enorme. Los ojos eran grandes y ardían como el fuego. La boca era más bien ancha, con labios gruesos, y de la misma salía abundante fuego que era harto difícil de apagar. La punta del hocico era de hierro. La bestia estaba situada en medio de un gélido lago rodeado de hielo. Allí las almas que moraban en él eran víctimas de una gran angustia y pesar. La bestia era cruel y voraz, y se dedicaba a engullir todas las almas que podía, y una vez dentro, éstas eran castigadas por sus pecados. En un gran fuego ardían sin ser consumidas del todo, y después se las sacaba de allí para que su tormento volviera a empezar. Del dolor y del sufrimiento que padecían se volvían negras y azules. Lloraban como las mujeres mansas y de ánimo apacible cuando dan a luz un niño. Horrible era su tormento debido a los pecados que habían cometido. En el interior de esas almas habitaban horrendas serpientes y otras alimañas que las mordían dolorosamente. Los gritos de espanto de las almas casi podían escucharse por todo el infierno. Gritos como esos, provenientes de hombres y mujeres, nunca se habían escuchado antes. Las serpientes salían no sólo de sus genitales, sino de todos sus miembros: de la cabeza y los pies, de las espaldas y costados, de los brazos y las piernas, de los úteros y pechos, y de todas las partes que hallaban a su paso. Y lo hacían con gran rapidez, sin dejar libre ni carne ni hueso. Las serpientes eran enormes y largas, con cabezas de hierro. Tenían bocas que ardían como el fuego y lenguas candentes y pegajosas. Sus colas estaban dotadas de pequeñas púas y puntas semejantes a los ganchos de los pastores. Cuando penetraban por los agujeros que habían abierto, les resultaba imposible sacar afuera sus colas, que se enganchaban firmemente como garras torcidas, por lo que no tenían más remedio que girar las cabezas desgarrando a su paso cuantos miembros podían. Mordían y corroían a sus víctimas desde dentro sacando de los cuerpos los entresijos. Devoraban las cabezas por dentro y por fuera, y como digo, siempre resultándolas imposible sacar sus colas afuera. Cuando tiraban de sus colas como ganchos, se daban la vuelta y mordían. Mordían de la cabeza a los pies arañando, rayendo, despellejando y picando. Los espantosos gritos de las almas torturadas podrían escucharse hasta en el cielo. No dejaban de llorar de angustia y dolor y lamentar amargamente los pecados cometidos en vida. Era imposible que pudieran librarse de ese castigo, pues una vez terminado, volvía a empezar de nuevo una y otra vez. Entonces Tundal le dijo al ángel resplandeciente:

-Señor, ¡Qué escena tan espantosa! Ese es el castigo más horrible de los que he visto hasta ahora.

Detalle de “La Visión de Tondal” del Museo Lázaro Galdiano

Y el ángel le respondió:

-Tundal, este castigo está reservado para los hombres de religión que no supieron cumplir con sus votos; para monjes, canónigos, sacerdotes y clérigos, y, en general, para los hombres y mujeres de la Santa Madre Iglesia que se dejaron llevar por la lujuria y otros pecados, y no acataron como deberían haber hecho las reglas de sus respectivas órdenes al inclinarse por una vida desordenada al margen de ellas y siguiendo su propia voluntad.  Eterno será su castigo a menos que se enmienden. Y en cuanto a vos, Tundal[11], por vuestra lujuria padeceréis todo aquello que habéis visto.

Cuando el ángel terminó de decir esto, los demonios, que eran espantosos de ver, condujeron a Tundal al interior de la bestia y allí fue castigado; allí fue torturado hasta la saciedad y quemado en fuego ardiente. Después la bestia lo expulsó de ella. Estaba hinchado y como si estuviera a punto de reventar. En su interior había infinidad de serpientes. Entonces apareció el ángel delante de sí con ánimo apacible. Tocó a Tundal con la mano y lo libró de ese castigo. Y después le dijo:

-Venid y seguidme, pues os conviene ver otros castigos.

Y sin muchas ganas, Tundal se dispuso una vez más a seguir al ángel. Al cabo de un rato llegaron a un camino oscuro que desagradó profundamente a Tundal, pues allí no había más luz que la que provenía del ángel resplandeciente. El camino era, además, estrecho e interminable. Era el peor de todos los que habían recorrido hasta entonces. Apenas podían caminar por él de lo estrecho que era, y a Tundal le pareció que cuanto más caminaba por ese camino más largo e interminable se hacía. De pronto Tundal sintió un hedor pestilente y comenzó a sentirse muy mal. Suspiró y rompió a llorar amargamente. Después le preguntó al ángel:

-Señor, ¿A dónde conduce este camino? Creo que no tiene fin.

Y el ángel le respondió cortésmente:

-Este es el camino que conduce a los muertos.

-¿Cómo puede ser eso?- preguntó Tundal. En la Biblia[12] puede leerse que el camino que conduce a la muerte es muy ancho y grande. Este, sin embargo, es un camino largo y estrecho.

Y el ángel le respondió:

-Bien sé que la Biblia no habla sino del camino de la impureza y de la lujuria carnal que es mortal. ¡Ay! Los hombres suelen recorrer con ligereza ese camino hacia la muerte eterna.

Passus IX

Prosiguieron Tundal y el ángel su viaje por aquel camino oscuro hasta llegar a un profundo valle. ¡Qué poco le gustó a Tundal lo que allí vio! En el valle había muchas forjas, así como innumerables herreros que iban por todas partes de aquí para allá sosteniendo martillos y tenazas candentes en las manos. Qué espantosos eran aquellos herreros de cuyas bocas salía humo. Las forjas contenían en su interior muchas almas que lloraban y gritaban desconsoladamente, y que arrojaban al fuego los herreros para golpearlas después con los martillos con gran violencia. El jefe de la forja era audaz y se llamaba Vulcano.

-¡Mirad allá!, ordenó el ángel-, por medio de sus tretas aquella criatura ha hecho que los hombres cometan toda clase de pecados ignominiosos por los cuales, tras su muerte, serán castigados en este lugar.

Tundal preguntó entonces:

-Gentil Señor, ¿Sufriré yo también la tortura de estos demonios como los otros pecadores?

Y el ángel le respondió:

-Tundal, vos también habéis pecado, de modo que tendréis que padecer aquel mismo tormento.

El caballero, la muerte y el diablo. Grabado. Alberto Durero

Y al llegar a una de las forjas, los torturadores comenzaron a correr hacia Tundal con atizadores y tenazas candentes. Entre todos lo prendieron y se lo llevaron, dejando solo al ángel. Después lo arrojaron a la forja, en el centro del fuego, como a ellos les gustaba más. Seguidamente avivaron el fuego con fuelles como se hace con el hierro recién fundido y junto con miles de almas Tundal comenzó a arder también. Algunas de aquellas almas se volvían fláccidas como el agua fresca, otras se fundían como el plomo, y otras ardían como el hierro. Y una vez más arrojaron con fuerza y a toda prisa a la forja a unas mil lastimeras almas que eran golpeadas sin piedad por frenéticos martillos de hierro. Escucháis bien, mil almas juntas eran vapuleadas salvajemente en una enorme olla tal como hacen los hombres cuando tratan de templar el hierro y el acero. Qué tormento más horrendo y prolongado, aunque no causara la destrucción de las almas. Los torturadores eran horribles y negros, y entre ellos discutían qué tormentos debían aplicarse a las almas. Parecían no cansarse nunca con ese terrible trabajo queriendo causar el mayor daño posible. Sin contemplaciones golpeaban a las almas hasta hacerlas pedazos. Y a algunos herreros de una forja próxima se les oyó comentar:

-Ya os habéis divertido. Arrojad aquí a las almas. Ahora nos toca a nosotros hacernos cargo de ellas.

Y saltaban, rugían, gritaban y pedían que se les lanzaran a ellos las almas de la forja vecina. Los herreros realizaban su trabajo con gran maestría. Cogían las almas con los ganchos y tenazas candentes que sostenían en sus manos, y cuando pensaban que las almas no habían sido golpeadas lo suficiente, entonces las zarandeaban de aquí para allá y volvían a arrojarlas de nuevo al fuego ardiente hasta que casi se habían consumido ya. Pobre Tundal, no pasó mucho tiempo antes de que se le librase de ese castigo en contra de la voluntad de los espantosos herreros, sin embargo, el resto de las almas se quedó allí donde estaban. Y pronto escuchó la voz del ángel que le preguntó cómo se encontraba, y después le dijo así:

-Tundal, ahora podéis meditar acerca de hacia dónde os llevaron vuestros pecados en la tierra. Sin duda alguna, merecéis sufrir por todos vuestros desatinos, por eso a aquellos demonios de los que se os ha librado se les ordenó que os castigasen a vos y a quienes os siguieron en vuestras locuras.

El Bosco. El carro de heno. Museo Nacional del Prado. Detalle

Tundal se quedó en silencio sin decir nada, pues casi llegó a perder el juicio debido al castigo recibido. Y viendo esto le dijo el ángel:

-Os esperan aún por ver grandes castigos, mas si os sirve de consuelo, aunque debéis padecer algunos de ellos, de la mayoría os libraréis. Por el camino os encontraréis con almas atormentadas para toda la eternidad y condenadas por sus malas acciones, almas cuya eterna endecha será siempre: -¡Ay, cuanto sufro!-. No obstante, aquellas que buscaron la misericordia de Dios padecieron tales castigos sin sufrir daño alguno.

Al terminar de decir esto, el ángel puso su mano sobre Tundal para que este se sintiese mejor y seguidamente prosiguieron su viaje.   

Passus X

De súbito se sintió un frío intenso, tan intenso que apenas pudo Tundal mover algunos de sus miembros. Casi estuvo a punto de congelarse. ¡Y qué oscuro estaba todo! ¡Y qué miedo se apoderó de Tundal! Comenzó a temblar de pies a cabeza. Fijaos que el último castigo al que había estado sometido le pareció pequeño en comparación con el que pensó iba a sufrir ahora. Se dirigió al ángel y le preguntó:

-Señor, ¿Qué es lo que pasa? Mis pies y manos están entumecidos, y apenas puedo mantenerme en pie.

El ángel no dijo nada y Tundal se puso a llorar debido al miedo que sentía. Apenas era capaz de mover miembro alguno de su cuerpo o articulación. Poco a poco el ángel se fue alejando de Tundal y cuando éste ya no pudo verlo, comenzó a desesperarse y no tuvo más remedio que continuar solo por el camino que conducía al infierno. No pasó mucho tiempo antes de que escuchara los gritos de dolor de las almas que estaban siendo castigadas y que habían sido condenadas para toda la eternidad por sus pecados y malas acciones. Además, escuchó un enorme estruendo semejante a un trueno. Nadie en la tierra sería capaz de imaginar o describir jamás cómo eran los espantosos ruidos que provenían del infierno. Tundal cayó en un profundo estado de ansiedad y comenzó a mirar en todas las direcciones. Siempre que escuchaba esos ruidos tan espantosos le parecía haber sido engullido en lo más hondo del infierno.

El Bosco. Tríptico del Carro de Heno

Cerca de él vio que había un profundo foso del que emanaba un fuego pestilente difícil de soportar y en el que había una inmensa columna rodeada de fuego. Demonios y almas volaban alto y bajo con gran rapidez alrededor de ella como chispas de fuego avivadas por el viento. Y cuando las almas se habían consumido del todo, caían hechas cenizas al centro del foso. Entonces, volvían a recuperar su estado normal con el fin de ser castigadas de nuevo. En ese momento sintió Tundal tanto miedo que quiso dar la vuelta y marcharse, pero no puedo hacerlo, pues era incapaz de mover ni un solo miembro de su cuerpo. A esto se unía el hecho de que se sentía bastante débil, y del miedo que tenía casi estuvo a punto de perder el juicio. A pesar de todo, trató de moverse con todas sus fuerzas. ¡Ay! cuánto se lamentó, rugió y sufrió, pero todo en vano, porque le fue imposible moverse e irse. -¡Ay! -se dijo-. ¿Qué debo hacer? Ahora sé con certeza que estoy muerto. Los malvados demonios que volaban en torno a la columna escucharon los lamentos y llantos de Tundal y se apresuraron hacia él. En las manos sostenían ganchos ardientes que habían fabricado ellos mismos con el fin de castigar a las almas. La cohorte de demonios saludó a Tundal y comenzó a hablar así:

-Miserable criatura, estáis rodeado. Estaréis bien con nosotros. Decidnos de dónde venís. Merecéis arder en el fuego por vuestras malas acciones y desatinos. Todavía no habéis sido castigado de verdad. Ahora vendréis con nosotros para morar en el infierno eternamente y en su fuego os mantendremos fresquito. En verdad aprenderéis nuestras costumbres y arderéis para siempre en el infierno ya que nunca habréis de abandonar este lugar. Y no se os ocurra pensar que os vais a librar de este castigo. Viviréis siempre en la oscuridad y jamás veréis la luz. Olvidad que alguien os vaya a ayudar. No habrá compasión. Desgraciado espíritu, os conduciremos a las puertas del infierno por vuestras malas acciones ya que en vida pecasteis y actuasteis en contra de la voluntad de Dios. Os llevaremos hasta nuestro Señor, Satanás, que mora en las profundidades del infierno para que podáis vivir con él. Mal os aconsejó y por eso estáis en este lugar. Y ya es muy tarde para que alguien os saque de él, estad seguro de ello.

Y después esta misma cohorte de demonios añadió:

-Nos llevaremos esta alma que gimotea lastimeramente. Arrojémosla a Satanás para que la devore cuanto antes.

Y una y otra vez continuaron amenazándolo con arrojarlo a Satanás que mora en las profundidades del infierno. Después comenzaron los demonios a hacer un ruido atronador. Sus ojos eran enormes y ardientes como teas. ¡Qué espantosa era su mirada! Sus dientes eran negros, afilados y largos. Sus colmillos grandes y duros. Sus cuerpos eran como dragones y sus colas como escorpiones. Sus garras eran como afilados ganchos de acero y estaban dotados de enormes alas parecidas a las alas de los murciélagos y siempre que así lo deseaban, las utilizaban para volar alto o bajo. Los demonios gruñeron y comenzaron a sacar sus ojos de las órbitas. Milagro es que no despedazaran a Tundal, pues de súbito apareció el ángel y los demonios salieron huyendo.

El Bosco. El hombre-árbol

-Tundal –dijo-, habéis pasado mucho miedo, pero alegraos. Habéis dejado de ser el hijo del castigo, para convertiros en el hijo de la luz. Ahora estáis a salvo. La misericordia de Dios os ha ayudado. Celebrad que el Señor os ha concedido la gracia de que no habréis de sufrir más castigos, sin embargo, ya sabéis que tendréis que ser testigo de otros tantos tormentos. Venid conmigo en seguida. Os mostraré al peor enemigo de la humanidad que se encarga de arrastrar a los hombres al pecado.

Al terminar de hablar el ángel, ambos se pusieron en marcha hasta apostarse ante las mismísimas puertas del infierno. Allí vio Tundal un enorme foso que ni toda la tierra podría llenar del todo.

-Venid aquí-le conminó el ángel resplandeciente-. Seréis testigo de algo espantoso. Acercaos a este foso y mirad hacia abajo. A pesar de que el foso está oscuro y no hay en él ninguna luz ni jamás la habrá veréis un terrible demonio. En su interior habitan demonios y almas por igual y, sobre todo, habita Satanás, que permanece confinado en el infierno para siempre, y a quien veréis en seguida. No empero, ninguna de esas almas y demonios os podrá ver a vos.

Por mandato del ángel, Tundal se acercó al foso y miró hacia abajo con mucho miedo. En su fondo vio a Satanás. ¡Qué criatura más repugnante! Y el sufrimiento que se provocaba en torno a éste era tan espantoso que ni siquiera alguien dotado de cien cabezas en un solo cuerpo y de numerosas bocas con cien lenguas cada una podría describirlo. Tundal no perdió detalle de cómo era Satanás, y pensó que si tuviera que describirlo no podría hacerlo de lo espantoso que era. Le pareció una bestia horrenda que tenía un cuerpo ancho, grueso y negro como la brea. Pensó, además, que tenía la forma de un hombre enorme y fuerte, de unos cien codos de largo, veinte codos de ancho y diez codos de espesor. Cuando abría la boca de par en par era capaz de engullir a mil almas de un solo bocado. Delante y detrás de su cuerpo tenía mil manos. Y en cada una de ellas tenía veinte dedos, largos y gruesos, dotados de afiladas garras. Sus garras parecían de hierro, estaban bien afiladas y eran más largas que las lanzas de hierro de los soldados. Tenía muchos dientes con los que trituraba a las almas y una nariz muy larga y muy ancha. Su boca era enorme y tenía labios que colgaban de ella a cada extremo. Su cola era gigantesca, muy larga y muy resistente. Con los afilados ganchos de su cola pinchaba con fuerza a las almas. Satanás estaba situado encima de una plancha candente, y debajo de ella había siempre ascuas que numerosos demonios avivaban constantemente con fuelles. En torno a Satanás y en el centro del fuego había muchas almas, tantas que Tundal se preguntó como podía el mundo dar cabida a todas ellas. Después observó que el horrendo Satanás permanecía fuertemente encadenado a esa gigantesca plancha, y le pareció que las cadenas estaban rodeadas de latón hirviendo. Y cuando Satanás cogía a las almas, las destrozaba con sus garras tal como hacen los hombres con las uvas al extraer su jugo. Después de hacerlas trizas, las arrojaba al fuego y posteriormente las sacaba de nuevo de allí para que padecieran una y otra vez ese mismo castigo. Tundal escuchó y vio también como se quejaba Satanás por estar fuertemente encadenado. Cada vez que lo hacía, arrojaba de su boca mil almas al fuego y después las despedazaba. Pero como ese castigo no parecía ser suficiente, después de despedazarlas y arrojarlas al fuego, las volvía a engullir en medio de un hedor a brea y a azufre. Las almas que no lograba atrapar caían al fuego. Y cuando las almas eran sacadas del fuego, Satanás las golpeaba con la cola con todas sus fuerzas. El sufrimiento que sentían las almas también lo sentía Tundal. Y cuanto más sufrían las almas, más sufría él.

Entonces, el ángel le dijo a Tundal:

-Mirad todo este sufrimiento, y dejad que os diga que Satanás, esta horrible criatura que veis ahora, fue la primera criatura que hizo Dios. Por su soberbia fue arrojada del cielo a esta profunda mazmorra. En este lugar ha sido confinada hasta el Día del Juicio Final. ¡Ay! Y desde el día de su caída, comenzaron las penas para el cielo y la tierra. Algunas criaturas que veis con él son de la rama de Adán y otras son ángeles que fueron expulsados del cielo con él y condenadas para toda la eternidad. Muchos hombres, tanto legos como clérigos que en la tierra desobedecieron las leyes de Dios y amaron el pecado y las malas acciones, llegarán aquí antesdel Día del Juicio Final y, por lo tanto, no conocerán las obras de Dios. Las almas que habéis visto han sufrido todos los castigos posibles antes de ser arrojadas a Satanás para que continúe su tormento. Y todos quienes hayan sido traídos aquí para sufrir, permanecerán en este lugar para siempre. Y aquellos que gozaron de un enorme poder en la tierra y que fueron crueles con los pobres e hicieron lo que les vino en gana serán castigados como príncipes del mal por los demonios que sobre aquellos ejercen un gran poder.

-Señor -asintió Tundal-, es mejor cumplir la voluntad de Dios. Y una cosa me gustaría saber. ¿Por qué Dios no dio poder a los hombres buenos por cuyas acciones aprenden otros tantos como hizo con los malvados que siempre hacen el mal?

El Bosco. Mesa de los Pecados Capitales

Y el ángel le respondió:

-Dios castiga como conviene a los que hacen el mal y no desean ser gobernados por el bien, y no permite que los hombres buenos tengan demasiadas posesiones o poder para que no dejen de serlo. Satanás, esta desgraciada criatura, no es el príncipe del bien, sino de la oscuridad. Los castigos que habéis visto hasta ahora y que fueron reservados para los pecadores son pocos en comparación con estos[13].

-En verdad así es-dijo Tundal-, y dejad que os diga que por todo lo que estoy viendo ahora siento más miedo que antes. Por lo tanto, os ruego que me saquéis de aquí. En la tierra traté de cerca a algunos de los hombres que he visto aquí. Mirad las profundidades en las que moran. Aunque no deseo su compañía, yo también soy merecedor de sufrir sus mismos castigos y de morar para siempre aquí con ellos a menos que Jesús tenga piedad de mí.

El ángel escuchó las palabras de Tundal y después le dijo con semblante apacible:

-Ahora os considero un alma bendecida, pues habéis pasado todos los castigos. Dejad ya de tener miedo. Hasta este momento habéis sido testigo del dolor y del sufrimiento de quienes vivieron en pecado, pero a partir de ahora alegraros, pues seréis testigo de la felicidad que Dios ha otorgado a Sus elegidos[14]. Seguidme.

Gaudium I

Tundal obedeció al ángel y se marchó tras él. Pronto desapareció la oscuridad dejando paso a un día resplandeciente, y con ella desapareció también el miedo que sentía Tundal, de lo cual se alegró enormemente. Dio, pues, gracias a Dios por su misericordia y continuó caminando detrás del ángel. Al cabo de un rato vieron una hermosa muralla circular que era bastante elevada. Entraron en ella y en su interior Tundal fue testigo de la presencia de hombres y mujeres que lloraban de frío, hambre y sed, pues carecían de vestimentas y sustento y estaban desnudas como las bestias. Aunque tenían luz de sobra, su dolor era grande.

Detalle de ‘El Jardín de las delicias’, El Bosco.

-Estas gentes -explicó el ángel-, han sido salvadas, pero todavía deben purgar sus pecados. Todas ellas vivieron de manera honesta en la tierra, sin embargo, agraviaron a Dios por mostrarse poco generosas con los pobres y menesterosos que carecían de vestido y alimento. Así pues, decidió Dios que durante algún tiempo fueran castigadas a pasar frío bajo tormentas de viento y lluvia y a tener hambre y sed.

Dicho esto, el ángel calló y continuó caminando de prisa seguido por Tundal.  Poco después llegaron a una puerta que estaba abierta. Por ella entraron y accedieron, para alegría de Tundal, a un campo cubierto de hermosas flores de diferentes colores que despedían uno de los aromas más dulces que pudiera imaginarse. El lugar era tan resplandeciente y el sol brillaba con tanta claridad que Tundal experimentó una inmensa alegría. La verdad es que no le hubiera importado vivir allí. El lugar albergaba muchos árboles hermosos que contenían deliciosos frutos e invitaba a escuchar el dulce canto de las aves silvestres. Allí moraban las personas que estaban libres de pecado y exentas de castigo. Iban de aquí para allá alegres y despreocupadas. En medio de aquel lugar se encontraba situado el pozo más hermoso que jamás se hubiera visto. De él brotaban numerosos arroyos de agua hermosa y clara. Tundal no cabía en sí de gozo:

-Señor, ¡Qué delicioso lugar para descansar! No nos marchemos nunca de aquí.

 El ángel le respondió:

-Eso no es posible. Debemos irnos. Las almas que veis aquí dentro han sido castigadas por sus pecados, pero se han purificado por la misericordia de Dios y ahora moran en este lugar. Sin embargo, no pueden ir todavía al cielo, y aquí deben esperar la voluntad de Dios hasta que El decida qué hacer. El pozo de agua tan clara que habéis visto recibe con toda razón el nombre de El Pozo de la Vida. Este nombre es muy conocido. Quienquiera que beba de él jamás sentirá hambre o sed y experimentará un enorme gozo. Y quienquiera que siendo anciano beba de él, se volverá joven de nuevo.

Gaudium II

Al cabo de un tiempo caminando, Tundal y el ángel pasaron por un lugar donde se hallaba un buen número de personas comunes. Tundal ya había visto antes a algunas de esas personas y sabía perfectamente a qué se dedicaban. Entre ellos vio a dos reyes que en vida gozaron de gran poder y que vivían con extrema humildad. Ambos eran hombres de honor. El primero se llamaba Cantaber y el segundo Donatus. Entonces Tundal le preguntó al gentil ángel:

Detalle de ‘Mucho hay que chupar’, de Francisco de Goya.

-Señor, ¿Qué es esto que veo? Estos dos reyes fueron muy poderosos en vida, valientes y acérrimos, aunque poco compasivos el uno con el otro, pues se odiaban a muerte tanto como Caín odiaba a su hermano Abel. No entiendo como fueron merecedores de venir a este delicioso lugar.

El ángel consideró oportuno darle a Tundal una explicación y le dijo:

-Os diré por qué Dios tuvo piedad de ellos. Antes de morir, estos dos reyes se arrepintieron de corazón de sus pecados. En el caso de Cantaber, cuando éste enfermó, abrió su corazón a Dios y prometió con lágrimas en los ojos ponerse en manos de Éste y hacer penitencia durante el resto de su vida cuando recobrase la salud. En cuanto a Donatus, éste estuvo mucho tiempo viviendo en una celda antes de su muerte. Un buen día repartió todos sus bienes entre los menesterosos para que rezasen por él y se fue a vivir pobremente a una celda. Es verdad que, aunque ambos llegaron a convertirse en poderosos reyes, ambos murieron pobres. Además, los dos hombres confesaron sus pecados y Dios tuvo misericordia de ellos. Por lo tanto, Dios no los abandonó y los trajo a este lugar de dicha.

Al terminar de decir esto, Tundal siguió gozando de aquel hermoso lugar.  Después tanto él como el ángel continuaron su camino hasta toparse con una suntuosa mansión. Tundal nunca había visto en vida una como aquella. Las murallas parecían estar hechas de oro y tenían incrustadas en ellas piedras preciosas. El techo de la mansión parecía estar fabricado con carbunclos y no tenía ni puertas ni ventanas, sino numerosas entradas que permanecían abiertas para quienes desearan entrar. ¡Y cómo resplandecía esa mansión! Sus habitaciones eran amplias y circulares, el suelo estaba cubierto de piedras preciosas y carecía de columnas.  Sin duda alguna, tendría un valor incalculable, sobre todo porque brillaba con gran esplendor tanto fuera como dentro. Tundal se fijó en todos los detalles de aquella mansión. Notó que había una silla suntuosamente adornada y decorada con oro rojo y abundantes paños de oro y seda. Y sentado en esa silla vio al poderoso rey Cormac. Claro está que Tundal sabía muy bien quien era ese rey. Sus atuendos eran de variados y ricos colores. La gente se acercaba a él para traerle numerosos presentes y manifestarle su alegría al verlo. Tundal se acercó a la multitud para no perder detalle de nada. Se fijó especialmente en las reverencias que hacían al rey aquellos que una vez lo tuvieron como señor en vida. También estaban reunidos allí muchos sacerdotes y diáconos vestidos con ricos atuendos sagrados como si fueran a dar misa y rodeados de grandes riquezas como copas y cálices ricamente ornados, brillantes incensarios de oro y plata, palanganas apropiadas para la ocasión fabricadas con rico oro y mesas pintadas con gran colorido. ¡Cuánto gozo y dicha había allí! Los que llegaban a aquella mansión se arrodillaban ante el rey y le decían:

-¡Qué la felicidad y la prosperidad[15] os acompañen siempre! Por vuestras obras henos aquí.

Tundal, maravillado de lo que veía, le dijo al ángel:

-La mayoría de los que aquí se hallan presentes no fueron nunca vasallos del rey, me sorprende que le rindan pleitesía.

Y el ángel le respondió cortésmente:

-En efecto, la mayoría de los que aquí veis no perteneció a su séquito. Muchos son pobres peregrinos a los que el rey dio limosna en vida o miembros de la Santa Madre Iglesia a los que él ayudó siempre. Quiera Dios Todopoderoso que su fidelidad para con su señor sea sincera.  

-Señor-preguntó Tundal- ¿Sufrió algún castigo este rey tras su muerte?

Y el ángel le respondió:

-Sufrió muchos castigos y aún no está libre de ellos. Mirad.

La visión de Tundal. Wikimedia. Hieronymus Bosch

De súbito la mansión, que antes resplandecía como el sol, se oscureció como la noche. Quienes se encontraban allí se quedaron en silencio. El rey se dio la vuelta en su silla y comenzó a lamentarse profundamente. Vio entonces a muchos hombres arrodillados en actitud orante que decían:

-Señor del Cielo, hágase Vuestra voluntad. Tened piedad de él.

Seguidamente vio Tundal al rey vestido con un atuendo de afilado y doloroso pelo de cabra por encima del ombligo dando gritos de dolor. Por debajo del ombligo unas llamas lo quemaban y devoraban sin cesar.

-El rey-dijo el ángel- debe padecer este tormento todos los días. Así lo mando Dios, pues Cormac no mantuvo la promesa matrimonial de guardar fidelidad a su esposa y ordenó dar muerte junto a la iglesia de San Patricio a un conde a quien odiaba y tenía como enemigo. Todos los días arderá en llamas hasta el ombligo y todos los días tendrá que llevar un doloroso y afilado atuendo de pelo de cabra. Este rey se libró de todos los castigos menos de estos dos.

Entonces, preguntó Tundal:

-¿Y cuándo y por cuánto tiempo tendrá que padecerlos?

Y el ángel le respondió:

-Cada día durante tres horas. El resto de las veintiuna horas será feliz y será agasajado por multitud de personas.

Y al terminar de decir estas palabras, Tundal y el ángel se pusieron en camino hacia otro hermoso lugar de felicidad.

Figaro In London. Fuente: Memim Encyclopedia/Visio Tnugdali/https://memim.com/visio-tnugdali.html

Gaudium III

Poco después Tundal y el ángel se acercaron a una muralla extraordinariamente elevada que estaba hecha de resplandeciente platay que no tenía ni puertas ni entradas. Sin saber cómo, accedieron a su interior, y allí fueron testigos de un delicioso lugar apto para el goce y el descanso que estaba habitado por hombres y mujeres que cantaban alabanzas a Dios y se divertían alegremente sin cesar, cantando y riendo. Se las podía oír decir:

-Bendito sea Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Estas personas llevaban hermosas y relucientes vestimentas de color blanco como la nieve. Alababan a la Trinidad haciendo gala de unas voces armoniosas y llenas de encanto. Todo aquel lugar irradiaba dulzura y amor, honestidad, hermosura, pureza y bienestar. Allí no había cabida para la enfermedad. Los hombres y mujeres eran libres, y los unía el amor perfecto y la caridad. Y difícilmente se podría escribir con palabras el dulce aroma que se respiraba allí y que excedía a cualquier otro en la tierra.Y dijo el ángel resplandeciente:

-Dios ha reservado este lugar dichoso para los hombres casados que fueron fieles a sus esposas y apartaron de sus cuerpos el engaño y la infidelidad; para quienes entregaron sus bienes a los pobres que vivían en la aflicción y sufrimiento; para quienes enseñaron diligentemente el amor a Dios Todopoderoso y castigaron a quienes pecaron e hicieron el mal; y para quienes ayudaron a sostener y mantener a la Santa Madre Iglesia. Todos aquellos que hicieron el bien en vida escucharán el Día del Juicio Final la voz de Dios que dirá:

-Acercaos, hijos míos, y recibid mi Reino, Reino que fue destinado para el hombre desde el comienzo de la palabra.

Tundal rogó al ángel que pudieran permanecer algún tiempo en aquel lugar, pero el ángel no le respondió, pues Tundal se había olvidado de rezar allí.

Gaudium IV

Tundal y el ángel echaron a andar de nuevo y a medida que caminaban plácidamente, las gentes que habitaban en aquel lugar se inclinaban y los saludaban por su nombre. Todas se mostraban alegres ante su llegada y daban gracias a Dios Todopoderoso por haber librado a Tundal del infierno. Todos decían al unísono:

-Bendito sea el Señor por su majestad y misericordia que no desea la muerte de los pecadores y ha ordenado sacar a esta alma del infierno para traerla aquí ante estas criaturas santas[16].

Matthias Grünewald, Isenheim Altarpiece. Detalle.

Gaudium V

Continuaron su andadura Tundal y el ángel, y allí por donde iban tomaba el primero buena cuenta de todo cuanto veía y escuchaba. Por el camino vio aquel una muralla más alta que la anterior que parecía estar construida con un oro más reluciente que el que pudiera hallarse en la tierra. La contemplación de aquella muralla le causó a Tundal una inmensa alegría por su esplendor, y le hizo recordar toda la dicha de la que había sido testigo anteriormente. Sin dilación entraron en esa muralla. Ni Tundal ni ningún otro hombre vivo en la tierra habían visto antes un lugar tan hermoso como aquel. Había allí muchos tronos de oro engarzados con piedras preciosas de diferentes maneras que estaban cubiertos con ricos paños. La riqueza y ornatos de tales tronos no tenían parangón en ningún otro lugar. En ellos estaban sentados hombres y mujeres santos que vestían hermosos atuendos y estaban rodeados de hermosos adornos de gran esplendor. Nadie nacido en la tierra podría haber sido capaz de imaginar un lugar como aquel. El resplandor del rostro de Dios brillaba entre ellos con más intensidad que el sol. ¡Qué hermoso y reluciente era todo aquello! Aquellos hombres y mujeres estaban coronados con coronas de oro y piedras preciosas de diferentes colores. Parecían reyes y emperadores. Coronas como aquellas jamás tuvieron los reyes y las reinas de la tierra. Delante de ellos vio colocados algunos atriles de oro con algunos libros sobre ellos. Todos cantaban con semblante sereno y voces nítidas el aleluya. Y lo hacían con tanta dulzura y pureza que Tundal pensó que de todo lo hermoso que había visto hasta entonces aquello era lo mejor. La dicha que le produjeron esos cánticos le hizo olvidarse de todo lo que había experimentado recientemente. Entonces, le dijo el ángel resplandeciente:

-Estos hombres son santos varones a los que Dios amó mucho. Por amor a Él sufrieron martirio en la tierra y renunciaron el mundo con santidad con el fin de servirlo, lavando sus vestimentas con la sangre del cordero con ánimo sereno y apartando de sus cuerpos la lujuria. Tales hombres amaron siempre la mesura y nunca faltaron a la verdad. Así pues, Dios los ama mucho.

Entre todo ese gozo y serenidad Tundal vio también un lugar repleto de pabellones hermosos y resplandecientes. Los pabellones estaban cubiertos de púrpura y gris. Y a buen seguro que tendrían un gran valor, pues estaban ricamente decorados con relucientes monedas de oro y planta y otros hermosos atavíos.

Las cuerdas de fijación eran relucientes y nuevas, estaban hechas de seda, tenían colores brillantes, y estaban entrelazadas con plata y caladas con resplandeciente oro. Además, podía verse en ellas instrumentos musicales que producían una música dulce y clara, tales como órganos, platillos, tambores, harpas y otros instrumentos que hacían sonar una música deliciosa, ya fuera atiplada, media o baja. En el interior de los pabellones se podía escuchar varios tipos de música, ninguno de los cuales tenía parangón en la tierra. ¡Y cuánta gente había en ellos que cantaba con voz alegre y dulce!  ¡Cuánta alegría se respiraba allí y qué difícil de describir! Tundal pensó que la felicidad que allí se sentía era diferente a la felicidad de la que había sido testigo en los paraísos anteriores. Entonces, el ángel resplandeciente le dijo:

-Las personas que veis cantando en los pabellones fueron en vida buenos frailes, monjes, monjas y canónigos que supieron cumplir con sus votos con buena disposición de ánimo y sirvieron siempre a Dios obedeciendo sus mandamientos tanto de día como de noche, sin dejar de amarlo, acatando las reglas de sus órdenes, y llevando una vida casta alejada de los pecados de la carne. En definitiva, supieron guardar respetuoso silencio en lugar de romperlo con nimiedades y, sobre todo, amaron a Dios por encima de todas las cosas.

Y Tundal le respondió:

-Señor, os lo ruego, acerquémonos para que pueda ver mejor la alegre atmósfera de esos animados cantos.

Y el ángel, siempre tan hermoso y resplandeciente, le respondió así:

-Desde aquí veréis todo el espectáculo, pues no se os permite entrar en los pabellones ni que se os muestre la Trinidad. A este lugar sólo pueden acceder aquellos que por la gracia de Dios vivieron una vida honesta y casta, como las vírgenes puras. Tales criaturas vivirán aquí para siempre en compañía de los santos y ángeles, vivirán felices y verán a Dios en su trono.

El jardín de las delicias. Detalle.

Gaudium VI

Al terminar el ángel de decir estas palabras, tanto él como Tundal se marcharon por un hermoso camino en el que se encontraron con numerosos hombres y mujeres que se asemejaban a resplandecientes ángeles de lo bellos que eran. A su alrededor podía respirarse un dulce aroma imposible de describir y escucharse encantadoras voces y canciones que hicieron que Tundal se olvidase del gozo de los lugares anteriores[17]. Los diversos instrumentos musicales que allí podían verse producían por sí solos, sin que fueran tocados ninguna mano, diferentes tipos de música dulce y clara. Y las voces de los espíritus sobrepasaban todas las maravillas[18] que en aquel lugar existían. Al cantar, sus labios no se movían ni hacían gestos con las manos.

Del firmamento situado por encima de sus cabezas emanaba una gran cantidad de rayos de luz resplandecientes que caían en aquel lugar y del cual colgaban, a su vez, por todas partes, cadenas a modo de suntuosa decoración que resplandecían como el oro.Todas esas cadenas estaban firmemente unidas entre sí a través de varas de plata que estaban decoradas con gran belleza. ¡Nunca pudo verse en la tierra una luz tan hermosa! Asimismo, de las cadenas pendían suntuosas y hermosas joyas, tazas y copas de gran valor, platillos de plata, flores de lis y campanas de oro que tañían alegres campanadas. Y en torno a ellas volaban los ángeles con sus relucientes alas de oro. Ningún mortal fue jamás testigo de una visión así. Los ángeles volaban en el aire fundiéndose con los hermosos rayos de luz. Nadie en la tierra podría jamás imaginar ni describir las alegres melodías, tañidos de campanas, celebraciones, y cantos y riquezas de aquel lugar. Tanto disfrutó Tundal con la alegría y el regocijo de aquel lugar que si de él hubiera dependido no se hubiera marchado de allí jamás y se hubiera quedado a vivir en aquel lugar para siempre. Después llamó el ángel a Tundal con semblante afable y le dijo:

-Venid aquí.

La visión de Tundal. Lucifer torturando a las almas pecadoras en el infierno. Wikimedia.

Tundal se acercó hacia donde estaba el ángel, y vio un gigantesco árbol cargado de deliciosas frutas de todas las variedades, con toda clase de aromáticas flores de diferentes colores: algunas blancas y rojas, otras amarillas y azules, y con toda clase de poderosas y hermosas hierbas y especias de gran valor que despedían un olor muy agradable y crecían y florecían cerca de él. También vio posados en las frutas y flores de las ramas de aquel árbol muchas aves de diferentes colores que entonaban con gran entusiasmo toda suerte de melodías, cada cual como mejor podía. Tundal escuchó todas esas melodías con atención y rió de buena gana pasándoselo muy bien. Debajo de aquel árbol, viviendo en celdas, vio a muchos hombres y mujeres que resplandecían como el oro y estaban ricamente ataviados. Amaban a Dios con todo su corazón en virtud de todos los dones que Él les había otorgado. Los hombres llevaban en la cabeza una corona de oro al uso que tenía engarzadas de diferentes maneras piedras preciosas de gran valor y portaban cetros en las manos. Estaban vestidos con atavíos resplandecientes de bellos colores y estaban espléndidamente adornados con oro como si acabasen de ser coronados reyes. Dudo mucho que entre los hombres de la tierra existiese alguien ataviado con tanta majestad como cualquiera de ellos. Y el ángel se dirigió muy circunspecto a Tundal, que estaba muy alegre, y le dijo:

-Este árbol que veis aquí puede compararse con la Santa Madre Iglesia. Y las personas que están viviendo en celdas debajo del árbol son hombres y mujeres que por su devoción mandaron construir casas para religiosos, contribuyeron a sostener con generosidad el culto a Dios, fundaron iglesias y capillas, mantuvieron el estado del clero, y donaron bienes a la iglesia con gran generosidad en forma de tierras, rentas, y hermosos objetos destinados al culto. Todo esto hicieron al abandonar las veleidades del mundo para dedicarse a servir a Dios. Así pues, como veis, todos ellos reinan en una sola hermandad, gozando de paz, descanso y felicidad para toda la eternidad.

Tondalus der Ritter El Caballero. (1514)

Gaudium VII

En breve se marcharon de allí y continuaron su viaje hasta toparse con otra gran muralla que relucía con enorme intensidad y sobrepasaba en belleza a las anteriores murallas. Tundal la miró de cerca, y se puso a pensar de qué material podría estar hecha. Le parecía que estaba construida con diferentes piedras preciosas que brillaban como el oro rojo y eran muy blancas y relucientes. Pensó que se trataba de berilios, crisolitos, zafiros, esmeraldas, diamantes, jacintos, rubíes, sanguinarias, carbunclos, ónices, y topacios. Vio muchas otras piedras con diferentes colores, pero no supo reconocerlas. Entonces le dijo el hermoso y cortés ángel:

-Tundal subid aquí y ved esto.

Subieron a lo alto de la muralla[19] y una vez en lo alto miraron hacia abajo. ¡Cuántas maravillas contemplaron desde lo alto! Todas imposibles de describir por el ingenio más agudo y ninguna de ellas comparable a las cosas bellas que habían visto antes. ¡Cuánta gloria y dicha dispuesta por Dios para Sus elegidos! Allí fueron testigos, como cuenta el libro de Marcus[20], de las nueve órdenes de ángeles que resplandecían como el sol, de los espíritus sagrados que vivían entre ellos, y de muchas otras cosas que son secretas y están prohibidas al hombre. Al cabo de un rato le dijo el ángel:

-Tundal, no olvidéis nada de lo que aquí escuchéis. Dios, que es eterno, se dirigirá a vos y será vuestro amigo. Mirad todo el gozo y felicidad que aquí se disfruta y del que gozan todos los que moran en este lugar.

Y después de contemplar a los ángeles, Tundal y el ángel contemplaron la Sagrada Trinidad y a Dios sentado en la majestad de su trono. Contemplaron su rostro cuyo resplandor iluminaba todo aquel lugar. Los ángeles que allí se encontraban corrían en todo momento a contemplar ese mismo rostro por su esplendor y hermosura, el cual era siete veces más brillante que el sol. Su visión constituía el sustento para los propios ángeles y la vida para los espíritus. Desde lo alto de la muralla lo vieron todo, tanto lo bueno como lo malo, la felicidad de los paraísos que habían visto y también los castigos que había sufrido Tundal. Vieron todo el ancho mundo y todas las criaturas que Dios había creado. Y hago un inciso para decir que a aquellos que han visto a Dios Todopoderoso, se les permite ver parte de las cosas sutiles y secretas del mundo. Aquellos cuyos ojos han visto a Dios Todopoderoso, no dejarán de ver jamás. Aquellos que hayan subido a lo alto de esa muralla resplandeciente podrán ver con toda claridad todas las cosas hechas por Dios. En cuanto a lo aprendido por Tundal allí no es menester contar mucho, pues en lo alto de aquella muralla aprendió todo lo que quiso sin necesidad de leer ningún libro. Y estando en ella se le acercó uno llamado Ruadan[21] que, con ánimo alegre, saludó a Tundal efusivamente, lo abrazó con cariño y afecto y le dijo así:

Muestran a Tundal una parte del cielo. 1514

-Hijo, bendita sea vuestra llegada aquí. Dejad que os diga, para consuelo vuestro, que a partir de este momento tendréis un final feliz en el mundo. Algunas veces yo fui vuestro patrón, por lo que debéis mostraros cortés conmigo y arrodillaros ante mí. Y al terminar de decir esto, guardó silencio.

Entonces, Tundal miró en todas las direcciones, de cerca y de lejos, y vio a San Patricio de Irlanda vestido con resplandecientes atuendos y a muchos obispos vestidos noblemente que se mostraban alegres y felices. Y entre esa bendita compañía reconoció a cuatro obispos a los que ya había visto antes en vida. Se trataba de hombres bondadosos que vivieron en la tierra honestamente. Uno de ellos se llamaba Celso[22], que llegó a convertirse en obispo de Armagh, y que se dedicó a hacer el bien en vida por amor a Dios. Otro que iba detrás de él se llamaba Malaquías, a quien el Papa Celestino nombró arzobispo de aquel mismo lugar. Malaquías dio en vida a los pobres cuanto tenía de corazón. Fundó innumerables colegios y unas cuarenta y cuatro iglesias, especialmente para los religiosos con el fin de que pudieran servir a Dios con devoción. Además, hizo entre ellos donaciones y dio muchos bienes a los menesterosos. Él se quedó con lo justo para sostenerse. El tercer obispo se llamaba Cristino, un santo varón que fue algún tiempo obispo de Lyón y dueño de muchas posesiones. A pesar de ello, se mostró siempre manso de corazón y bondadoso, y vivió cuanto pudo en la pobreza. Era hermano de Malaquías, a quien amaba mucho. El cuarto obispo se llamaba Nehemiah[23]. En vida fue siempre honrado y justo. Llegó a convertirse en obispo de Cluny y de entre todos los obispos mencionados, fue el que más se destacó por su inteligencia e ingenio. Y junto a ellos vio Tundal una silla muy brillante que estaba vacía, por lo que preguntó a quien estaba reservada. Malaquías le contestó así:

-Esta silla está destinada para uno de nuestros queridos hermanos que habrá de sentarse aquí cuando muera.

El alma regresa al cuerpo de Tundal.

A Tundal le gustó mucho esa hermosa silla y estando éste de buen humor se le acercó el ángel con rapidez y le preguntó:

-Tundal, ¿Os gusta estar aquí? Ya habéis visto muchas cosas bellas y habéis visitado muchos lugares.

-Es cierto, señor -respondió Tundal riéndose-. He visto mucha dicha. Y ahora os ruego, señor, que me permitáis quedarme en este lugar para siempre. No deseo irme de aquí.

-Habláis en vano-le respondió el ángel-, puesto que volveréis de nuevo a vuestro cuerpo. Y no olvidéis lo que habéis visto y oído.

Al terminar de hablar, Tundal se entristeció, comenzó a llorar, y dijo:

-Señor, ¿Qué es lo que he hecho para volver tan pronto a mi desgraciado cuerpo y dejar toda esta felicidad?

Y el ángel le respondió:

-Aquí no pueden morar más que las vírgenes santas que voluntariamente fueron puras en vida y mantuvieron sus cuerpos inmaculados y que, por amor a Dios Todopoderoso, abandonaron el mundo con santidad. Tras su muerte, fueron traídas aquí, al seno de Dios, y libradas de todo mal. Vos no tuvisteis su predisposición de ánimo para servir a Dios en vida cuando pudisteis hacerlo. Jamás os arrodillasteis ante Dios ni escuchasteis mis consejos. No sois merecedor de vivir en este lugar. Por tanto, regresaréis a vuestro cuerpo y limpiaréis vuestros vicios. A partir de entonces os mantendréis alejado del pecado. Sin embargo, permaneceré junto a vos para ayudaros y aconsejaros con el fin de que podáis ir al cielo.

Cuando terminó el ángel de decir esto, Tundal abandonó la felicidad y la gloria del cielo[24].

Reversio Anime

Y de repente Tundal abrió los ojos y sintió su alma pesada tras haber recuperado el cuerpo. Y sin decir nada, lanzó un profundo suspiro mientras trataba de moverse. Aquellos que lo amaban y lo vieron volver a la vida se maravillaron y alegraron de ello sobremanera.        Vedle ahora, llorando amargamente y con ánimo abatido, vistiéndose como puede mientras dice:

-Señor Jesucristo, ¡Tened piedad de mí! ¿Quién nacido de mujer puede ser más pecador que yo? Sin embargo, ahora que dispongo de tiempo, trataré de enmendar mis pecados con la ayuda y gracia de Dios que sufrió por todos nosotros para que no castigue mi alma.

Detalle de la tentación de San Antonio. El Bosco.

Después se dijo para sí:

-¡Ay, miserable! ¿Por qué habéis vivido una vida de pecado? ¿Por qué habéis sido tan malvado?

Escuchad cuánto se acuso Tundal por sus pecados, pues en ningún momento dejó de pensar en todo lo que había visto[25]. Todos quienes lo conocían se maravillaron del cambio experimentado en su forma de ser, dado que siempre se había mostrado cruel con muchos hombres. Alguien le preguntó si deseaba ver a un sacerdote para que pudiera confesarle todos sus pecados y poder darle la eucaristía.

-¡Sí! –respondió-, me gustaría que un sacerdote me confesara en privado y me administrara la Eucaristía. Os ruego que llaméis a uno, pues a partir de este momento dejaré de pecar.

Sin demora se llamó a un sacerdote para que pudiera darle a Tundal el cuerpo de Cristo. Y cuando Tundal terminó de confesar todos sus pecados, recibió la comunión con sumo agrado.

-Señor-dijo- sed amado, pues Vuestra misericordia y Vuestra bondad sobrepasan los pecados de los hombres.

Y en torno a Tundal se reunieron hombres y mujeres a los que contó dónde había estado y todo lo que había visto, sentido, y escuchado, pues no se había olvidado de nada de lo que le había sucedido, exhortando a todos los allí presentes a que tuvieran miedo de los tormentos del infierno y animándolos a que enmendasen sus pecados antes de morir. Les aconsejó que fueran buenos y les pidió que se apartaran del pecado para poder servir a Dios Todopoderoso con devoción. Les hizo saber, además, las palabras que dijo Dios en el cielo y que nunca antes habían escuchado en los sermones.A los pecadores, especialmente, les reprendió, tal como lo harían las leyes de Dios, y a los que eran bondadosos y limpios de corazón les reconfortó hablándoles de la felicidad de la que había sido testigo en el paraíso y en el cielo. Desde ese momento, Tundal se apartó del pecado y llevó una vida de santidad, haciendo penitencia y entregando todos sus bienes a los pobres para que rezasen por él. Y cuando llegó la hora de su muerte, al disponerlo así Dios Todopoderoso, su alma abandonó el cuerpo para ir al cielo y vivir plenamente gozoso junto a Él. Y ahora, por caridad, todos los que habéis escuchado esta historia, decid: -¡Amén!

Explicit Tundal -dijo Heeg. Y ya sea esta historia verdadera o falsa, he aquí lo que se escribió en la copia[26].

Las Tentaciones de san Antonio
Tabla central

Fragmento en inglés medio-medieval (Middle English) de La visión de Tundal.

El texto entero está disponible en: https://d.lib.rochester.edu/teams/text/foster-three-purgatory-poems-vision-of-tundale

Edición digital a cargo del profesor Edward E. Foster.

X Passus

As the angyll and he went in company,
Ther com a cold all sodenly.
Suche a cold Tundale feld
That his lymes myght hym not weld.
He was ner froson to dedde.
Strong darkenes was in that stedde.
Then was Tundale full ferd,
For more peyn never he hade.
For drede of peyn full sore he qwoke.
Hym thoght his hedde all toschoke.
All his peyn byforyn, hym thoght,
So muche as that grevyd hym noght.
Then he spake to tho angyll sone
And seyd, «Lord, what have Y done?
Y am so combret fott and hond
That Y may not upryght stond.»
Then the angyll hym not onsweryd.
Then wept Tundale and was ferd.
He myght not steron lythe nor lym.
The angyll went away from hym.
When he myght not the angyll see,
Dele he made that was pyté.
He went forthe ay furdurmare.
To Helle the way lay evyn thare.
A deelfull criye he hard sone
Of sowlys that wer in peyn don,
That dampnyd wer in peyn endles
For hor synne and hor wykkydnes.
He hard a strong noyse of thondur;
To here that dyn hit was grett wondur.
Noo hart myght thenke, nor no tong telle
How hydous was the noyse of Helle.
Then was that sowle in grett dowtte.
He lokyd in every syde abowtte.
Ever whan come that hydous dyn,
He lokyd to have be takyn in.
Butt he saw hym besyde
A deppe putt muckyll and wyde.
Owt of that pyt he saw comand
A grett flam of fyr all stynkand.
Suche a stynke com of that hole
That he myght not long hit thole;
Owt of that dyke ther ros evon
A pylar that ner raght to Hevon.
All brannand that pylar was
With lye abowtte as a compas.
He saw fendys and sowlys flye
On that pylar bothe low and hye.
Thei flow ay up and don fast,
As sparkelys of fyr thoro wyndus blast.
And when the sowlys wer brent to askus all,
In myddys the dyke they con falle.
They keverdyn that and wer broyght agayn;
On this wyse was ever newyd hor payn.
Tundale had lever than all myddelerd
Have turned ageyn, soo was he ferd.
But ageyn myght he not goo,
Ne styr hys lymus to nor froo.
As he was clomsyd, styll he stod.
He was so ferd he was ney wod.
With hymselffe he began to stryve
And his owne chekys all toryve.
He grevdde, he gowlyd, hym was full woo;
For he myght not ageyn goo.
«Alas,» he seyd, «what is tho best red?
For now Y wot, Y am but dedde.»
Tho wykyd gostus, as thei flow
Abowt the peler in that low,
Thei hardon that gowlyng and that crye;
Thei come to hym full hastyly.
Brennand hokys with hom thei broght;
To turment sowlys wer thei wroght.
Thei gretton hym, that sowle that meyné,
«Kaytyfe, wealand myght thu bee.
Thu metust well with us at home;
Tell us now fro wennus thu come.
For thi wykkydnes and thi foly
In fyr to brenne art thu worthy,
For thu come in noo peyn yet to fele.
Here in Hell fyr we woll the kele,
For now with us schalt thu wende
And dwell in Hell withowtyn ende.
Of owre maneres we schull thee kenne.
Withowt kelyng schalt thu brenne,
Evermore to brenne in fyr reed,
For thu schalt never passe this steed.
Thee tharre not thynke, on no wysse,
Too be delyvered of this angwysse
In darknes schalt thu ever bee,
For lyghtnes schalt thu never see,
Trust thu not helpe to have,
For noo mercy schall thee save.
Wrechyd gost, we schull thee lede
To Hell gatys for thi mysdede,
For in thi lyffe thu bare thee ylle
And wroghttust all ageyn Goddus wyll.
Wherfor we wyll thee with us bere
Too Satanas owre mastere,
That lythe depe in tho pytt of Helle,
And with hym schalt thu ther dwelle.
He gaffe thee full evyll reyd,
That broght thee heddur to this steyd.
Ovur late to com woll hym falle
To delyver thee from us alle.
But now sykyr may thu bee
That thu schalt nevur more hym see.»
The wykkyd gostus togedyr spake
And seyd, «This sowle wolle we take.
To Satanas cast we hym, that grymly groonus.
He schalle hym swolow all attoonus.»
They brawneschedyn hym and manast fast
To Sathanas that sowle to cast.
Ther he lay depe in Helle pytte.
Thydour they saydon thei wold hym flytte.
A hydous noyse the fendys made.
Hor eyn wer brannand and brade;
As brennand lampus glowand they ware.
Full grymly con they on hym stare.
Hor teyt wer blacke, scharpe, and long.
With tuskus both grett and strong,
Her bodyus wer lyke dragonys;
Hor tayles wer lyke schorpyonys.
They had naylys on her krocus,
That wer lyke ankyr hokys
As they wer made all of stele;
The poyntus wer full scharpe to fele.
They had wyngus long and brade;
As backe wyngus wer thei made.
Whedur they wold, low or hye,
With hor wyngus myght they flye.
They grennyd on hym and bleryd here yye.
That wondur hit was that he dyd not dye.
Then com the angyll that hym ladde;
Tho fendys than fast away fledde.
«Tundale,» he seyd, «thu wer full radde.
Now may thu make joy and be glad.
Thow was the sone of peyn full ryght,
And now thu art the sone of lyght.
For now forward sycur thu bee;
Goddus marcy schall helpe thee.
God hathe thee grantyd, thu mayst be feyn,
That thu schalt fele noo more payn,
But Y woll well that thu wette
Moo peynus schalt thu see yette.
Com foryt with me smertly;
Y schall thee schew thi most enmy
To monkynd that ever was,
That tysus al men to trespas.»
A lytull furdurmore they yode,
And sone at Hell gatus thei stode.
Ther Tundale saw a greyt pytte,
That all this world myght not hit dytte.
«Com hydour,» quod the angyll bryght.
«Thu schalt here see an hydous syght.
Stond ner this pytte, and loke adon.
Thu schalt see her an hydous demon.
That pytte is ay darke as nyght
And ever schall be withowttyn lyght.
Bothe fendys and sowlys, that therin is,
Thu schalt see bothe more and lesse.
And Satanas, that lythe bound in Helle grond,
Thu schalt hym see in a lytull stond.
But they schall soo ywrekyd bee
That non of hem schall see thee.»
Tundale than to the pytte wentt
Throw the angyll commandmentte.
He lokyd don with grett aw.
Sathanas at the grond he saw.
So ugly was that loghtly wyght
Nevur ar was seyn so hydous a syght.
And so orybly he fard,
And such dull he saw ther and hard,
That yeffe a mon had varely
An hundryd hedys on won body
And as mony mowthus withall,
As to yche hed schuld falle,
And yche a mowthe above the chyn
Had an hundryd tongys within,
And ylke a tong cowthe all the wytte
That all men have that lyvythe yette,
All wer not ynow to tell
The peyn that he saw in the pytte of Hell.
But Tundale toke full gud kepe
On Satanas, that lay soo depe,
And avysede hym of that syght
On what maner he myght dyscrivyn hit aryght.
He cowthe not wetton, he was so grym,
In what maner he myght dyscryvyn hym.
Hym thoght he was as grett to know
As any best that ever he saw.
His body was bothe brood and thykke,
And as blakke as ever was pykke.
So blakk was non, as hym semyd than.
Hym thoght he had the schappe of a mon.
He was bothe grett and strong
And of an hundryt cubytes long.
Twenty cubytes was he brad,
And ten of thyknes was he mad.
And when he gaput, or when he gonus,
A thowsand sowlys he swoluwys attonus.
Byfor and behynd hym was kende
On his body a thowsand hande.
And on ylke a honde was ther seyn
Twenty fyngrys with nayles keyn,
And ylke a fyngur semud than
The leynthe of an hundryt sponne
And ten sponne abowt of thyknes;
Ylke a fyngur was no les.
Hys nayles semyd of yron strong.
Full scharpe they wer and full long,
Lengur than evur was spere of werre,
That armyd men wer wont to berre.
Mony teght he had that was so wondur.
With hom he gnew sowlys insondur.
He had a muche long snowt,
That was ful large and brod abowt.
And hys mowthe was full wyde
With hongyng lyppus on eyther syde.
Hys tayle was greyt and of gret lenthe,
And in hit had he full gret strynthe.
With scharpe hokys that in is tayle stykythe
The sowlys therwith sore he prekydthe.
Apon a gredyron full hot glowand
That fowle fende was ay lyggand.
Brennand colys lay ay undur,
But they wer dym, and that was wondur,
Many fendys as gloand folus,
With balys blowyng ay at tho colys.
So many a sowle abowt hym flow,
In myddys the fyr and in the low,
That Tundale had full gret farly
How the world myght bryng forthe so many.
Satanas, that is soo grym,
Lay ther bondon yche a lym.
With yron cheynus gret and strong
On that gredyron that was so long.
As Tundale thoght, the cheynus was
Lappud abowt with walland bras
And the sowlys that he hent
With hys hondes wer all torent.
He thrast hom insondur, as men dos
Grapbys, thrastyng owt the wos.
When he had grond hom alle
Into the fyr he lette hom falle.
And yeyt they kevered all ageyn,
And ever putte to new peyn.
Tundale hard and saw allsoo
How Satanas gronod for woo,
Forwhy that he was bond so fast.
At ylke a sykyng he con owt cast
A thowsand sowlys; from hym they flow
Owt at his mowthe into the low.
They wer sone scateryd wyde
Abowt hym ther on ylke a syde.
But that peyn was not ynow.
When he ageyn his ande drow,
Alle the sowlys he cast owt,
That wer yscateryd rond abowt,
He swalowyd hom ageyn ychon
With smoke of pycche and of brymston.
The sowlys that passyd owt of hys hond
Fellon into the fyr and brand.
When thei ageyn keveryd wor,
With his tayle he smot hom sore.
Thus peynyd he tho sowlys and dud hom woo
And hymselfe was peynyd allsoo.
The more peyn that he thare wroght
To tho sowlys that thydur were broght,
The more peyn his owne was,
And fro that peyn may he not passe.
The angyll seyd to Tundale,
«Here may thu see muche bale.
Satanas,» he seyd, «this ugly wyght
That semyth soo muche unto thy syght,
He was the furst creature
That God made aftur His fygure.
Fro Hevon throw pryd he fell adon
Hydour into this depe donjon.
Here ys he bounde, as thu may see,
And schall tyll Domusday bee.
For yeffe they faylyd, that hym schuld hold,
Heyvon and erthe trobull he wold.
Of tho that thu mayst see with hym,
Sum they ar of Adames kyn
And odur angells, as Y thee telle,
That owt of Hevon with hym felle.
Ther ys neydur sowle ne fend,
But they ar dampnyd withowttyn ende.
And mony mo hydur schulle come
Or that hyt bee the Day of Dome,
That forsakyth Goddus law
And Hys warkys wyll not know,
Bothe lewyd men and clarkys,
That lovyth synne and cursyd warkys.
Thesse sowlys, that thu hast here yseyn,
In all the peynus they have beyn.
Now ar they cast on this manere
To Satanas to thole peyne here.
And whosoo is broght to thys kare
Schall dwelle therin forevermare.
Men that ar of muche myght,
That don to pore men wrong and unryght,
And woll algate fulfylle hor wyll,
Whedur hyt be gud or ylle,
And streyn the pore, that ar lesse,
Thei aron prynces of wykydnes.
In strong turment schull thei bee
With fendys, that have of hom posté.»
Tundale seyd to the angyll sone,
«Syr, Goddus wylle behovys to be don,
But o thyng wolld Y fayne lere.
Why gevyth not God suche power
Too all they that aron hold gud men,
That throw ryght wollyn odur ken,
As He dothe wykkyd men tylle
That evermore wykkydnes wyll fullefyll?»
The angyll seyd that, «Sumtyme lettus
The wykkydnes of suggettus
That wolle not be reulyd welle,
Therfor gret peynus behovus hom to fele,
And for sumtyme God wolle noght
That the gud men of this world wer broght
To over muche worldys guddus havyng,
Lest here tyme of gudnes thei wold lesyng.
Thes fowle kaytyf, for all his myght,
His not callyd prynse of ryght,
But hys men mey hym calle
Cheffe of markenes and pryncypalle
All theys peynus that thu hast sene,
To reckyn hom all bedene,
That ordeynyd ben for monnus mysse,
Ar but lytyll to the regard of thys.»
«Sartus,» quod Tundale, «ye say well.
Y have more dred now as Y fele,
Of this syght and more awe
Then of all the peyn that evur Y sawe.
Therfore, Y pray yow that ye me lede
Fro this syght and fro thys drede.
Sum felows have Y here ysee
That sumtyme with me prevey have bee.
Now is hor wonnyng here full depe;
Y cleyn forsake hor felyschepe.
And to that had Y ben worthy
Ner that Jesu on me had mercy;
To that same peyn schuld Y have goo
And dwellyd therin forevur and oo.»
This worde the angyll hard, that ther stood,
And spake to hym with myld mod,
«A blessyd sowle Y may thee calle,
For thu art passyd thy peynus all.
And all the syghttus that thee have deyred,
Therof now thar thee never be aferd.
Thu hast now seyn in sorow and stryffe
Men that wer of wykyd lyffe.
And now schalt thu see that blysse
That God hathe holy choson for Hys,
And therfor glad may thu be.
Cum now forthe and folow me.»

Primum Gaudium

Tundale dyd hys commandment
And with the angyll forthe he went.
Sone wax hit bryght as the day,
And the darkenes was sone away,
And the drede that Tundale hadde
Was awey; than was he glad.
Sone he thonkyd God of Hys grace
And folowyd forthe the angylls trace.
By that they hadon gon a lytull stonde.
They saw a walle was feyr and rounde.
Full hye hit was, as Tundale thoght;
But sone within the angyll hym broght.
Men and wemen saw he thare
That semud full of sorow and care,
For they had bothe hongur and thurst
And grett travell withowttyn rest.
Gret cold they hadon alsoo,
That dudde hom sorow and made hom woo.
Hem wantedyn clothys and foode;
As dowmpe bestys, nakyd they yode.
Her penanse was hard to see,
But lyght they had grett plenté.
«Thys folke,» quod the angyll, «aryn all save,
But penance yett behovys hom to have.
All leved they well in honesté,
Yette grevyd they God in sum parté.
Honestely and well wold they leve,
But ovur lytull gud wold they geve,
Nowdur to clothe nor to fede
The powre men that had gret nede.
Therfor wolle God sumtyme that they had peyn,
Thoro wykyd stormus of wynd and reyn,
And throw greyt hongur and thurst
But aftur He woll that they com to rest.»
The angyll wold noo more say,
But went forght fast upon his way,
And Tundale folowd aftur fast.
They come to a gate at the last.
That gate was openyd hom ageyn,
And in they went. Tundale was fayn.
A feld was ther of feyr flowrys
And hewyd aftur all kyn colowrys.
Of how com a swete smylle,
Swettur than any tong may telle.
That plase was soo clere and soo bryght
Tundale was joyfull of that syght;
Full clerly ther schon the sonne
That well was hym that ther myght wonne.
Mony feyr treus in that place stood
With all kynnus fruyt that was gud.
That Tundale hard ther ay amonge
Full swet noyse of fowlys song.
Full mekyl folke ther was seen
That of all kynne syn wer mad clene
And delyvered owt of all kyn peyn.
They wer joyfull and full feyn.
In myddys that plase was a welle,
The feyryst that any mon might of telle.
From that ran mony stremus sere
Of watur, that was both feyre and clere.
Tundale thoght ther joy ynooghe.
He spake to the angyll and looghe.
«Lord,» he seyd, «here is greyt solace.
Leyt us never wynde from this place.»
The angyll seyd, «Hit beys not soo.
Furdurmore behovus hus to goo.
The sowlys that thu syst here within
Han ben in peyn for hor syn,
But they ar clansyd throw Goddus grace
And dwellon here now in this place.
But yett hennus may they noghyt
To the blysse of Hevon to be broght.
Thawye they ben clansyn of all ylle,
Here mot thei abydon Goddus wylle.
The well that thu hast seyn here,
With the watur that spryngus soo clere,
Ys callyd be scylle the well of lyfe.
The name of that welle is full ryfe.
Whosoo drynkyth of hit ryght weyll,
Hongur schall he never yfeyll.
Ne thrust schall he neyvermare,
But lykyng have withowttyn care.
Yeffe he wer old, withowttyn peyn
Hyt wold make hym yong ageyn.»

II Gaudium

Yett fordurmore the angyll yede,
And Tundale folowyd with gud spede.
Sone then aftur, as they went,
He beheld and toke gud tent
Tyll a plas wer they schuld passe,
Wer mony a lewde mon wasse.
Tundale hade seyn sum of hom are
And knew full weyll what thei ware.
Among hom too kynggus saw hee,
That wer sumtyme of greyt posté.
Tho whyle they lewyd on bon and blod,
Bothe they wer men of truthe full gudd.
The ton of hom Cantaber hyght;
That todur was callyd Donatus ryght.
Then Tundale spake to the angyll free,
«Lord,» he seyd, «what may thys bee?
These too kynggus, that Y see here,
They wer men of greyt powere.
They wer bothe stowt and kene.
In hom was lytull mercy aseen.
Aydur of hem hatyd odur,
As cursyd Caym and his brodur.
Sertus, syr, me thenkyth ferly,
How they myght be so worthyly
To come to thys joyfull stedde.
Me thynkyght they wer worthy to be dedde.»
The angyll thoght hyt gret nede
To bryng hym owt of that drede
And seyd, «Thu schald wytte why
That God of hom hathe marcy.
Byfor hor deythe ther fylle suche schanse
That they had verey repentanse.
For Cantaber, when he felle seke,
To God con he hys hart meke.
He made a vow with delfull cry
To yeld hymselfe to God allmyghtty
And all hys lyffe in penans to bee
When he wore hole and had posté.
Donatus was in a preson strong;
Beefor hys dethe ther was he long.
All hys guddus gaffe he away
To pore men for hym to pray.
In grett pevertté was he withstadde,
And in preson hys lyffe he ladde.
Yeffe all they wer kynggys of myghtt,
Yette they dyodon in povertté dyghtt.
Therfor God wold not hom forsake,
But to Hys blysse He wold hom take.
Of all hor synnus they con hom scryve,
Therfor marcy behovus hom have.»
Full mekyll joy saw Tundale thare,
But yett went they bothe furdurmare.
They saw an halle was rychely dyght;
Tundale saw never so feyr a syght.
The wallys semyd gold of that hows
Full well ysett with stonus full precyous.
The rofe semyd of carbunkyll ston.
Dorrus nor wyndows was ther non,
But mony entrys and thei wer wyde,
That stodon ay opon on every syde,
For all tho that wold in passe
Was non lattyd that ther was.
Hyt semyd as bryght, bothe far and ner,
As evur was sonne that schon here,
Large and round were the wonys.
The flore was paved with precyous stonus.
The halle was withowtton post.
Hyt semyd an hows of gret cost.
Hyt schon within and withowtte.
Tundale lokyd over all abowtte.
He saw a seyt ryche aparalyt,
Of red gold fynly ennamelyd
Clothus of gold and sylke gret plenté
Saw he ysprad apon that seytté.
He saw sytte on that seytt
Kyng Cormake, that was full greytt.
Hys clothyng was of ryche hew.
Tundale full well that kyng knew.
Meche pepull to hym soghtt,
And ryche gefftus they hym broghtt.
Befor hym stodde they full gladde,
And muche joy of hym thei made.
Tundale stood ner and toke gud kepe,
And byheld that grett worchepe
Tho men to Kyng Cormake thus dydde,
That sumtyme was hys lord kydde.
For he was sumtyme with hym of meyné,
Therfore farly of that syght had hee.
Prestus and deykenus come ther mony;
Befor hym a greyt company
All revescyd, as they schuld syng Mas
With ryche clothus of holynes.
That halle was seytte, within and withowtte,
With greytt rychesse all abowtte,
With cowpus and chalys rychely dyghtt,
With sensowrys of selver and gold bryghtt,
With basseynus of gold fayr and seemly,
And with tabyllys peyntyd rychely.
Tundale thoght, yeffe he had no mare
But that joy, thatt he saw thare,
He had of joy greytt plentté,
So greyt murthe and joy ther saw hee.
They knelyd befor that kyng alle,
Tho folke that comyn into the halle,
And seyd, «Weyll is thee on yche a syde,
And weyll thee mott evur betyde.
For tho warkys of thi hondys free
We have now presented here to thee.»
Then spake Tundale to the angyll bryght,
For he was amerveld of that syght,
And seyd, «Of all tho that Y here see,
Non hym servyd in lege posté,
Therfor grett farly have Y here
That they hym worscheppe on this manere.»
Then answerd the angyll curtesly
And seyd to hym, «Well wott Y
That of all tho that thu may see
Was nevur non of hys meyné,
But sum wer pore pylgrimus kyd
Too whom oft hys charyté he dyd,
And sum wer men of Holy Chyrche,
To hold hom was he nevur yrke.
Therfor wold God, full of myght,
That hyt be yold throw hor hondus ryght.»
«Syr,» quod Tundale, «haght he no turment
Sothen that he owt of the world went?»
Then answerd the angyll ageyn
And seyd, «He sufforyd mony a peyn,
And in more turment schall he bee.
Thu schalt abyde and the sothe ysee.»
Anon the hows wax darke as nyght,
That before was clere and bryght.
And all the men that therin wer,
They laft hor servyse and dyd no more.
The kyng turnyd then from hys seyt.
He grevde, he gowlyd, hys dull was gret.
Tundale folowyd aftur sone
To wytte wat schuld be with hym ydone.
He saw mony men sytte kneland,
With hor hondys up to God prayand,
And seyd, «Gud lord, and Thi wyll hit bee,
Have mercy on hym and pyté.»
Then saw he hym in gret bareyt
And in a fyr to the navylle yseytt
And above from the navyll upward
Clothed with an hayre scharpe and hard.
«This peyn,» quod the angyll, «behovyth hym to have
Yche a day onus, as God vochesave,
Forwhy he kept hym not clene
Fro that tyme that he weddyd had bene,
And also he breke hys othe
That he had made to wedlocke bothe.
Yche day by ryght he brent schall bee,
Sette unto the navyll, as thu myght see,
And forwhy that he commandyd to sloo
An erle that he hatyd as his foo,
That was slayn for hatered
Besyde Seynt Patrycke in that sted.
Therfor he tholuth, as thu wottus wele,
This hayre that is full hard to fele,
That grevys hym wher the knottus lyes
And dothe hym full grett angwys.
Of all odur peyn is he qwytte
Save of these too, as thu mayst wytte.»
Then seyd Tundale anon ryght thus,
«How longe schall he suffor thys?»
The angyll seyd, «Ilke a day owrys three
This grett peyn sufferyn schall hee,
And the space of won and twenty owrys
He schall have joy and gret honowrys.»
And with that the angyll went furdurmore
Too odur blyssys that was thore.

III Gaudium

Sone they saw thro syght of yye
A wall that was wondur hye,
All of bryght sylver all to see,
But hit had no yatys nor entré.
Within that wall they wer sone togedur,
But he west not how they com thydur.
Ther they fwond a full delyttabull place
That was fulle of murthe and solace.
Tundale lokyd abowtte hym thanne
And saw mony a mon and woman
Synggand ay so muryly
And makand joy and melody.
Ther they honowryd God allweldand
And pleydon and song to not cessand,
«Blysse be to God of myghttus most,
Fadur and Son and Holy Gost.»
Hor clothus wer precyows and new,
As whytte as snow that ever dyd snew.
They wer joyfull and blythe ynogh
And song and made myrthe and logh.
They lovyd God in Trynité,
Nott cessand of that solemnyté,
And ay as they wer syngand
Her vocys was ever acordant,
As melodyes of musyk clere,
That full delectabull was to here.
Ther was gret swetnes and lykyng
And joy and murthe withowttyn sesynge,
Honesté, beawtté, and clennes,
And helthe withowttyn sekenes.
They weron all off wylle free
In parfyte love and charyté.
The swette savour that ther was
All the swetnes of eyrthe dud it passe.
«This joy,» quod the angyll bryght,
«Hathe God ordeynyd for weddyd men ryght
That levon in cleyne maryage
And keputhe hor bodys from owttrage,
And for hom that hor guddys gevyn
Too the pore that in myscheff levyn,
And for hom that techon dylygenly
Hor sogettus to lovyn God allmyghty
And chastyn hom aftur hor myght
When they don wrong and lyffe not right,
And for hom that Holy Chyrche honowrys
And mayntenyth hom and sockors.
For thoo that don wylle schall at gret Dom here
The voys of God that woll say, ‘Com neer
My Fadur, blessyd chyldyr free,
And receyve My kyndam with Mee
Ordeynyd and dyght for man
Seythyn the tyme that the word began.'»
Tundale prayd with gud wylle
The angell that he myght dwell stylle.
The angell gaff hym noo onswer,
For he wold not doo hys prayer.

IV Gaudium

Furdurmore yett then went thay,
Withowttyn travayll or peyn, her way,
And ylkon, as they went abowte,
Come to Tundale and to hym dyd lowtte
And haylsyd hym and callyd hym ryght
By hys name, as he hyght.
They made gret joy at is metyng,
For they wer fayn of his commyng
And thonkyd God allmyghtty,
That hym delyvered thoro Hys mercy,
And seydon. «Honour and lovyng myght bee
To the Lord of blys and pyté,
That wold not the deythe of synfull men,
But that they turne and leve ageyn;
And throw Is mercy wold ordeyn
Too delyver this sowle from Helle peyn
And wold bryng hym thus gracyously
Among this holy company.»

V Gaudium

The angell and Tundale yett furdur went,
And Tundale lokyd and toke gud tent.
They saw a walle, as they schuld passe,
Well herre than that todur wasse;
That wall semyd to Tundale syghtt
As hyt wer all of gold bryght,
That was schynand and more clere
Than ever was gold in this world here.
Tundale thoght more joy of that walle
To behold, that bryght metalle,
Then hym thoght of the solemnyté
And of the joy that he had see.
Within that wall come they sone,
As they hadon erward done.
Tundale beheld that place thare.
So fayr a plas saw he never are,
Ne he, ne noo eyrthely mon,
As that was, that he saw anon.
Therin saw he, as hym thoght
Mony a trone all of gold wroght
And of precyous stonus seer,
That wer sette ther on dyverse manere.
With ryche clothus wer they kevered ychon,
So ryche was ther, eyr never see he non.
Holy men and wemen bothe
Saten in hom, clad in ryche clothe.
He saw abowt hom in that tyde
Fayr honourmentys on yche a syde.
All that he saw wer full bryghtt.
Tundale saw never suche a syght.
Ne noo hert myght thynke of eyrthely man
Soo fayr a syghtte, as saw he than.
Tho greytt bryghtnes of Goddus face
Schon among hom in that place.
That bryghtnes schon more cleer
Then ever schon any sonne here.
Allwey hit was fayr and schyre
And semyd as hyt had ben gold wyr.
Crownus on hor heddus they had ychon
Of gold with mony a prescyous ston,
Of grett vertu and dyvers colowrys.
They semyd all kyngys and emperowrys.
Soo feyr crownus, as ther was seen,
In this world weron kyng ne qwene.
Lectornes he saw befor hem stande
Of gold, and bokys on hem lyggande,
And all the lettornes that he saw thare
Wer made of gold, bothe lasse and mare.
They song all ther with myld chere,
«Aleluya» with vocys soo clere.
Hym thoght they song so swete and clene
Hyt passyd all the joyes that he had seen,
And soo mykyll joy had he of that
That all odur joyes he forgatte.
«These men,» quod the angell bryght.
«Ar holy men that God loyvyd ryght,
That for Goddus love wer buxum
In eyrthe to thole martyrdum,
And that waschyd hor stolys in the blod
Of the lombe wyt myld mod,
And had laft the world all holely
For to sarve God allmyghty
And to kepe hor boddys ay fre
Fro lechery to chastyté.
And they lovyd soburnes ay
And wold not lye, but sothe to say.
Therfor they ar to God full dere,
As hys darlyngys that bee thus here.»
Among all that joy and solas
Tundale lokyd and saw a plas
Full of pavelons schynand;
Soo fayr wer never non seyn in land.
They wer keveryd with purpull and grys,
That wer full ryche and grett of pryse,
The whylk was oversette and dyght
With besantes of gold and selver bryght,
And all odur thyngus of beawté
That hart myght thynke or eyne myght see.
The cordys therof wer bryght and new.
They wer of sylke and of rych hew.
They wer all with sylver twynud
And freyt with gold, that bryght scheynod.
On tho cordys wer instrumentus seer
Of musykys that hadon swette sond and clere,
Orgons, symbals, and tympanys,
And harpus that ronge all at onys;
They geve a full delectabull sond,
Bothe trebull and meyne and burdown,
And odur instrumentus full mony
That madon a full swette melody.
All maner of musyk was ther hard thanne.
Soo muche in eyrthe hard never no manne,
Not by an hundrythe thowsand part,
As this was to any monnus regarde.
Within the ryche pavelons, whyte schynande,
Ay mekyll folke wer syngande
Full swetly with a mery stevon,
With all maner of musyk accordant eyvon.
So muche myrthe as thei made within,
No wordlyche wytte may ymagyn.
Tundale thoght that all the blys
That evur he had seyn was not to thys.
Then spake the angyll with myld chere
Unto that sowle on thys manere.
«These folke,» he seyd, «that murthe makyth thus,
They wer gud relygyous,
As frerus, monkys, nonnus, and channonus,
That welle heldon hor proffessyonnus.
The wyche to God wer beysy ay,
Too serve hym bothe nyght and dey,
Bothe blythelyche and with gud wyll
Hys commandementys to fullfylle,
And lovyd ay God in hor lyfe here
And to Hym ever obeydyand were,
And putte hom with clene conscyons
Undur the rewle of obeedyons,
And to chast lyfe hom toke
And all hor fleschely wyll forsoke.
Thei hyldon sylens withowtton jangelyng
And best lovyd God over all thyng.»
«Syr,» seyd Tundale, «Y pray thee
Lett hus goo nerre, that Y may see
The swete semland and feyr chere
Of the mury songus so schyll and clere.»
Then seyd the angell so feyr and bright,
«Hereof thu schalt have a syght
Of hem, as thu hast mee besoghtte,
Butt entré to hom getust thu noght.
The syghtt,» he seyd, «of the Trinyté
Schall not be schewyd unto thee.
But this Y wolle thee schewe, that Y have hight.
Thu schalt be unknowyn of that syght.
For all they in worlde here,
That have bee borne and children were,
That throw Godus grace have ben gud in levyng,
Ar now ordeynyd suche lykyng
That here they schulle dwell ever for sothe
With all halows and with angells bothe;
That in hor lyffe ay chast have bene
And levyd wylle, as vergynes clene,
Thei schall ever thus joyfull bee,
For they seen ever God in Hys see.»

VI Gaudium

They went then forthe and fordurmore
By a fayr way that they in wore.
Full greyt plenté then saw thay
Of men and wemmen by that way
That semyd all as angells bryght;
Soo feyr they semyd to hor syght.
Ther was soo swete savour and smyll,
That noo hart myght thenke, ne tong telle,
And swete voyse and melody
Was among that company
That made Tundale forgette clene
All odur joyes that he had seyn.
For all maner instrumentys seer
Of musyk that wer swete and clere
Gaffe ther sown and wer ryngand
Withhowttyn towchyng of monnus hand.
And the vocys of spyrytus thare
Passyd all joyes that ther ware
And made joy and wer gladde
And non of hom travell hadde
Hor lyppus wer not mevand,
Ne made no contynanse with hand.
The instrumentys rong ther full schryll,
And noo travaylle was don thertyll.
All maner of sownd was therin,
That hart myght thynke or ymagyn.
Fro tho fyrmament above hor hedde
Com mony bryght beymus into that sted,
Fro the wyche hyng chynus of dyvers fold
Schynand full bryght of fyn gold.
They hongyd full thycke on ylke a party
And annamelyd wondur rychely.
All wer they joynyd and fastenyd ryght
In yardys of selver full gayly dyght,
That hongud up full hye in the eyre.
Ther was noo eyrthely lyght never soo feyre.
Among them hong greyt plenté
Of ryche jowellys and of greyt beawtté,
Fyollys and cowpus of greytt prysse,
Symbals of sylver and flowre delyce
With bellys of gold that mery rong,
And angellys flewyn ay among
With whyngus of gold schynand bryght.
Noo eyrthely mon saw ever seche syght
As the angels that flewyn in the eyre
Among the beymus that wer soo feyre.
Ther was suche joy melody and ryngyng,
And suche murthe and such syngyng
And suche a syghtt of rychesse,
That all this world might hit not gesse,
Nor all the wyttus that ever wer sey
Cowthe hyt never halfe dyscry.
Tundale ever grett delyte had
Of that myrthe and joye that was soo glad,
That he wold never have gon away,
But ther have ydwellyd forever and ay.
Then spake the angell with myld mod
Unto Tundale ther he stode.
«Cum now,» he seyd, «hedur to mee.»
Anon he come and saw a tree,
That wonderly mykyll was and hye.
Suche on saw he never with yye.
Grett and hye that tre was,
And brod and round all of compas,
Chargytt on yche a syde full evon
With all kyn frytte that mon myght nemon,
That full delycyous was to fele,
With all kyn flowres that savoryd wele,
Of dyverse kynd and seer hew:
Sum wyte, sum reede, sum yolow, sum blew.
And all maner erbys of vartu
And of every spyce of valew,
That feyr was and swette smylland,
Growyd ther and wer floryschand.
Mony fowlys of dyverse colowrys
Seyt among tho fruyt and the flowrys
On the branchus syngant so meryly
And madon dyverse melody,
Ylkeon of hom on hys best manere.
That song was joyfull for to here.
Tundale lystenyd fast and logh
And thoght that was joy ynoghe.
He saw undur that ylke tree,
Wonand in cellys, gret plenté
Of men and wemen schynand bryght
As gold, with all ryches dyght.
They loved God with gret talent
Of the gyftus that He had hem sent.
Ychon had on hys hed a crowne
Off gold that was of semyly faschyon,
All sett abowtte on seyrwyse
With precyous stonus of full gret prise,
And septurus in ther hand they had.
With gold they wer full rychely clad,
With bryght clothus of ryche hew,
As they wer kyngys crownyd new.
So rychely as they wer dyght
Was never eyrthely mon of myght.
Than spake the angell as swythe
To Tundale, that was bothe glad and blythe,
And seyd, «Thys tree, that thu myght see,
To all Holy Chyrche may lykkynyd bee.
And tho folke, that thu seyste here dwelle
Undur tho tree in her scelle,
Tho ar men that throw devocyon
Made howssus of relygyon
And susteynyd well Goddus servyse
And fowndyd chyrchys and chantryse
And mayntened the state of clargy
And feffud Holy Chyrche rychely,
Bothe in londys and in rentys,
With feyr and worchepfull honowrmentys
As they that the world forsoke
And to clene relygyon hom toke;
Therfor they ar, as thu myght see,
All reynyng in won fraternyté
And ay schull have rest and pes.
And joy and blys that never schall ses.»

VII Gaudium

Noo lengur ther they stoode,
But furdurmore yett thei yood.
They saw anodur feyr wall stand
Of greyt heyght, full bryght schynand.
Passe that todur wer feyr ther they had ben,
But non so feyr as that was seen.
Tundale beehyld hyt and abadde
And avysud hym wharof hyt was made.
Hee saw this wall, as hym thoght,
All of precyous stonus wroght.
Hit semyd that the stonus brand,
So wer they of red-gold schynand.
The stonus wer full whyte and clere;
What stonus they wor ye schall here:
Crystall that was white and clere,
Berell, cresolyte, and saphere,
Emeraudus, dyamondus that men desyres,
Iacyntus, smaragdynes, and rubyes,
Emastyce and charbokull allsoo,
Omacles and tapaces and odur moo.
Strong stonus of dyverse hew,
Suche saw he never, ne knew.
Thcn spake the angell so feyr and free,
«Tundale,» he seyd, «cum up and see.»
They clombon bothe up on that wall
And lokyd don and seyyn over all.
The greyt joy that they saw thare
Semyd a thowsand fold mare
Then all the joy that they had seyn
Ther, as they befour had beyn.
For noo wytte myght tell of monnus mowthe,
Passe he all the wytte of the world cowthe,
Ne hart myght thynke, ne eyr yhere,
Ne ee see wer hee never soo clere,
The joy that ther was and the blysse,
That God had ordeynyd for all Hysse.
They saw ther, as the story doghthe tell,
The nyne ordyrs of angell.
They schon as bryght as the sonne,
And holy spyrytus among hom wonne.
Prevey wordys they hard than,
That fallyth to be schewyd to no man.
Then seyd the angell on this manere,
«Tundale, opon thyn eyrus and here,
And that thu herust, thu not foryete,
For in thi mynd loke thu hyt sett:
God, that ys withowttyn ende,
Wolle turne to thee and be thi frend.
Now see that here ys joy and blys,
That they that here aron schull never mysse.»
Over that yett sew they moore
Among the angelles that ther wore.
They seen the Holy Trynyté,
God syttyng in Hys majesté.
They beheld fast His swette face,
That schon so bryght over all that place.
All the angells that ther were
Renne to behold Hys face so clere,
For the bryghtnes and the bewté,
That they in Hys face myght see,
Was seyvon sythus bryghttur to syght
Then ever schon sonne, that was soo lyght;
The whyche syght is foode to angelles
And lyffe to spyrytus that ther dwelles.
In the styd wher they stode,
They saw all, bothe evyll and gud,
All the joy and the peyn beneythen
That they had beforon yseyyene.
They saw allsoo all the world brad
And all the creaturys that God had mad.
Ther saw they the ordur, here as wee wonne,
In a bryght bem of the sonne.
Ther may nothyng in this world bee
Soo sotyll, nor so prevé,
But that he may see a party
That hathe seyn God allmyghtty.
Tho eene that have seen Hym
Mow never be made blynd nor dym.
Bot they had suche power and myght,
Ther they stodon on the walle bryght,
That they myght see at a syght clere
All thyng that was bothe far and nere.
Alle that was behynd hom at that tyde,
Byfor hom and on ylke a syde,
All at onus, in that bryght place
Was schewyd ther befor her face.
Of thyngys that Tundale had knowyng thare
Hyt was myster to have noo mare.
He knew wat thyng that he wold
Withowttyn any boke to be told.
As Tundale stod, he saw com thanne
Won that hyght Renodan
That made joy and glad chere
And grett hym on fayr manere
And toke hym in hys armus lovely
And schewyd hym love and curtesy.
And seyd as they stod togedur,
«Son, blessyd be thi comyng hydur.
Fro this tyme forward thu may have lykyng
In the world to have gud endyng.
Y was sumtyme thy patron free
Too whom thu schulldust boxum bee.
Thu art holdyn, as thu wost welle,
Too me namly on kneus to knele.»
And when he had seyd thes wordys thare,
Hee lafft hys speche and spake noo mare.
Tundale loked with blythe chere
On ylke a syde, bothe farre and nere.
He saw Seynt Patryk of Yrland
Commyng in a bryght tyre schynand
And mony a byschop nobely dyghtt,
Then had he grett joy of that syght.
They wer full of joy and lykyng
Withowttyn dele or any sykyng.
Among that blessydfull company
He saw ther fowre byschopus namly
That he knew be syght of semland,
Whan he was in tho world dwelland.
They wer gud men and lyved with ryght,
And won of hom Celestyen hyght,
That was archebyschop of Armake
And muche gud dedde for Goddus sake.
And anodur hyght Malachye,
That come aftur hym full gracyouslye,
That Pwope Celestyen of hys grace
Mad archebyschop of that place.
In hys lyfe he gaffe with hart glad
Too pore men all that he had.
He mad colagys and chyrchys mony,
That nomburd wer to fowre and fowrty,
Namely for men of relygyon
Too sarve God with devocyon.
He feffyd hem and ynoogh hem gaffe
All that was nedfull hom to hafe,
Save that aght to hymselfe only,
Hee laft hym noght to lyve by.
The thrydde of hom that he knew than
Hyght Crystyne, that was an holy man,
That was sumtyme byschop of Lyons
And lord of mony possessyons,
But hee was ay meke in hert,
Symplyst of wyll and povert.
He was Malachynus owne brodur;
Aydur of hom loved well oodur.
The fowrte of hom, that he ther knew,
Hyght Neomon, that was full trew
And ryghtwyse whyle he levyd bodyly,
That sumtyme was byschop of Clemy
And passud all the todur thre
Of wytte and wysdam in his degré.
Tundale saw besyde hom stand
A sege, that was full bryght schynand,
But hyt was voyde wen he saw hyt,
For he saw non therin sytte.
He beheld fast that sege soo bryght
And askyd for whom hyt was ydyght.
Then spak Malachye and seyd
«Thys sege is ordeynud and purveyd
For won of owre bredur dere,
Wen he commthe schall sytton here,
The whyche is yette in the world levand.
Ay tyll he com hyt schall voyde stand.»
Tundale had delyte greytt
Of the syghtt of that fayr seytt,
And as he stod joyfull and blythe
Then com the angell to hym full swythe
And spake to hym with blythe chere,
«Tundale,» he seyd, «how lykuth thee here?
Thu hast mony a feyre syght seyn.
In dyverse places ther thu hast beyn.»
«That have Y lord,» he seyd, «and loogh,
Y have seyn joy ynoogh.
Dere lord, Y pray thee of thy grace
Leyt me not owt of thys place.
For Y wold never owt of this place wende,
But dwell here withowttyn ende.»
«Thu spekyst,» quod the angell, «all in veyn.
Thu schalt turne to the body ageyn.
That thu hast seyyn, hold in thy thoght;
And thatt thu hast hard, foryete hyt noght.»
When he had seyd on thys manere,
Then wept Tundale and made sory chere
And seyd, «Lord, what have Y done
That Y schall turne ageyn so sone
To my body full of wrechydnes
And leyve all this joy, that here is?»
The angell onswerd on thys manere
And seyd that, «Ther may non dwelle here,
But holy vyrgyns that have bene
Chast and kept hor bodys clene,
And for the love of God allmyghty
Have forsake the world all holely,
And to God ar gevyn fro all ylle
With all her thoghttus and all her wyll.
But suche a thoghtte and wyll was no in thee
When thu wast in thi nowne posté.
To God wold thu not the bowe,
Ne my conseyle wold thu not know.
To dwelle here art thu not worthy.
But turne agayn to thy body,
And of fylthe make thee clene,
And fro syn henforward thu thee absteyne.
My helpe thu schalt have and my consell,
So that thu schalt not of Hevyn fayll.»
When the angell had seyd thys,
Tundale turnyd from all that blysse.


[1]El texto dice literalmente: Padre y señor (Fader and lord).

[2]Why woldyst thu not er to me bow?

[3]En mis versiones al español anteriores, la traducción propuesta fue todo lo contrario (que quizá era la más horrible). Ahora lo he corregido aquí.

[4]Esta parte no menciona específicamente el término “purgatorio”, pero en mis traducciones anteriores asumí que se trataba de un primer viaje por el “purgatorio”, lugar muy parecido o igual al infierno.

[5]As the story beryth wyttenes. Asumo aquí que la fuente de autoridad más directa o inmediata es la del hermano Marcus, autor de la versión de Tundal en latín: Visio Tnugdali.

[6]En mis traducciones anteriores “Acherón”.

[7]En mis traducciones anteriores “prueba”.

[8]As the boke says. Cfr. 6. Ahora pienso que “el libro” es una nueva referencia al libro de Marcus y no a la Biblia como hice constar en mi traducción anterior.

[9]En mis traducciones anteriores: solitarios.

[10]En este punto el término “purgatorio” no aparece en el texto, pero estamos de acuerdo con el profesor Edward E. Foster que aquí se está hablando de alguna experiencia propia del purgatorio (o experiencia expiatoria) en un lugar no separado o distinto, o sencillamente, no especificado con claridad.

[11]No está muy claro por qué es castigado en esta parte Tundal o por qué debería recibir el mismo castigo que los religiosos corruptos, por lo que asumo que sería debido a la lujuria o lascivia de Tundal en vida.

[12]Ahora pienso que la referencia al “libro” (boke: book en inglés moderno) es la Biblia.

[13]En mis traducciones anteriores: con los Suyos.

[14]En mis traducciones anteriores: a los justos. En el texto original: for Hys.

[15]He querido añadir también el término “prosperidad” en esta nueva versión. El término en inglés medieval weyll en la grafía que aquí se presenta recoge varias acepciones. El glosario digital de la Universidad de Michigan reúne las siguientes (acortadas): (a) Sg.&coll. Worldly wealth, riches; possessions, goods; worldes (world, worldli) ~; (b) pl. riches; possessions, goods; also fig.; ertheli (world) weles; weles-yerninge, greed, acquisitiveness; (c) a source of prosperity, well-being, joy, etc.; a delight, a precious thing; (d) a display or demonstration of wealth, power, etc., splendor, ceremony. Source: https://quod.lib.umich.edu/m/middle-english-dictionary/dictionary/MED52107.

[16]En mis traducciones anteriores: noble compañía.

[17]En el poema el término en inglés medio es plural: joyes. Lit. gozos.

[18]El término usado aquí en inglés medio es también joyes.

[19]Asumimos que Tundal ha pasado del paraíso terrenal al paraíso celestial o cielo.

[20]Nuevo agregado. En el poema: as the story doghthe tell.

[21]San Ruadan (llamado Ruadán mac Fergusa Birn) fue un abadcristiano oriundo de Irlanda, que fundó el monasterio de Lorrha, en el Condado Tipperary, en Irlanda, cerca de Terryglass. Se lo considera uno de los “doce apóstoles de Irlanda”.

[22]San Celso, obispo de Armagh. Murió en Ardpatrick (Munster) en 1129.

[23]Se trata de Nehemiah O’Morietach, Obispo de Cloyne y Ross (1140-49).

[24]En el poema blysse.

[25]En esta nueva versión he suprimido estando muerto. No obstante, se asume o bien que murió o bien que perdió la conciencia. No olvidemos que el poema habla de “muerte”.

[26]Seguramente la del hermano Marcus. Una vez más, el poema medieval inglés pretende reforzar su autoridad mencionando, aunque sea indirectamente, la obra del monje irlandés.


*Breve biografía de José Antonio Alonso Navarro:

El profesor Alonso Navarro (Madrid, España, 1965) es filólogo, traductor, escritor y profesor universitario de lengua y literatura inglesa y literatura europea (especialista en literatura medieval inglesa e irlandesa). Es doctor con la mención Cum Laude en Filología Inglesa (Lengua y Literatura Inglesa) por la Universidad de A Coruña (España) y licenciado en Filología Inglesa (Lengua y Literatura Inglesa) por la Universidad Complutense de Madrid (España). Obtuvo el CAP con la calificación de SOBRESALIENTE en la Universidad de Málaga (España).En el año 2017 el profesor Alonso Navarro recibió un reconocimiento por parte del Excelentísimo Señor Embajador del Gobierno de su Majestad la Reina Isabel II del Reino Unido, Dr. Jeremy Hobbs, por su contribución a la traducción de textos medievales ingleses.

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