Scott Fitzgerald desde la óptica de Hemingway

Scott Fitzgerald desde la óptica de Hemingway

La figura de Scott Fitzgerald siempre resulta un tanto ignota en estas épocas de best sellers pero incluso para quienes lo conocen, los pormenores de su vida generan más dudas que certezas cuando uno se pone a pensar cómo alguien con aquel talento pudo haber tenido un final tan indigno.

Para comprender la imagen de Fitzgerald, buena idea es acudir a alguien que lo conoció en persona: Ernest Hemingway. París fue el escenario en el que Hemingway conoció por primera vez a Scott. Una ciudad a la que debía acudir todo aquel que tenga pretensiones artísticas porque París en los años 20 era la Meca cultural del mundo occidental. Todos los grandes exponentes de diversas disciplinas artísticas congeniaron en la Ciudad de las Luces en la Era del Jazz y esa convergencia hizo que toda aquella generación sea hasta hoy día admirada y con buenas razones.

En París era una fiesta (1961), Hemingway expresa que la primera vez que lo vio fue en el Bar Dingo de la Rué Delambre, y al conocerlo no le dio la impresión de que sería tan bueno como lo que su reputación sostenía. Como Hemingway era una persona competitiva y ese carácter lo imponía hasta en la literatura, sus prejuicios le daban la idea de que Fitzgerald era un autor bueno, pero nada más.

Sobre el hecho escribe Hemingway:

“Hablaba con desdén, pero sin amargura de todas sus cosas publicadas y comprendí que su nuevo libro tenía que ser muy bueno para que pudiera reconocer sin amargura los defectos de los libros anteriores. Dijo que me daría a leer el libro nuevo, The Great Gatsby, en cuanto recuperara el único ejemplar que tenía, y que había prestado a no sé quién. Oyéndole hablar del libro no imaginaba uno lo bueno que este era, salvo precisamente porque él hablaba con la timidez que muestran todos los escritores no fatuos cuando muestran algo que está muy bien”.

Pronto Hemingway conocería a Zelda Fiztgerald y llegaría a la conclusión de que la mujer de su amigo distaba mucho de ser una musa inspiradora. De hecho, Ernest Hemingway escribe en su libro que Zelda hacía todo lo posible para distraer a Scott porque “tenía celos de su talento”.  Lo que sucedía, según el autor, es que Scott no comprendía, o no quería ver, que su mujer le impedía desenvolverse. Estaba tan perdidamente enamorado de Zelda que no se dio cuenta de aquellos momentos en que soltaba la pluma para ir tras ella ya se en arranques de celos o engatusado por aquel espíritu de los años 20 tan fidedignamente encarnado en su mujer.

Al respecto escribe Hemingway:

“Continuamente intentaba trabajar. Cada día probaba y fracasaba. Echaba la culpa a París, la ciudad mejor organizada para que un escritor escriba, y continuamente pensaba en encontrar algún buen lugar donde él y Zelda podrían volver a ser felices juntos. (…) Pero según iban las cosas, suerte tenía si podía escribir de cualquier manera. No es que Zelda hiciera nada para atraer a la gente que la rondaba, y no había peligro de que se liara, a lo que ella decía. Pero la divertían y Scott se ponía celoso y tenía que acompañarla a todas partes. Aquello hacía polvo su trabajo, y ella también tenía sus celos, y precisamente del trabajo de Scott más que nada”.

Pronto Hemingway leería el Gatsby y confirmaría que Scott contaba con un talento singular y con grandes proyecciones. En ese momento, supo él que debía cuidar celosamente de él porque ese talento debía perdurar y seguir siendo fructífero. Hemingway se lo tomó como si fuera Scott uno de aquellos tantos pacientes a los que durante la Primera Guerra Mundial debía salvar a como dé lugar cuando conducía ambulancias en plenos campos de batalla.

Dice Hemingway:

“Cuando terminé de leerlo, comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad, y ayudarle en todo lo que pudiera y procurar ser buen amigo suyo. Scott tenía muchísimos buenísimos amigos, más que nadie que yo conociera. Pero me alisté como uno más, tanto si podía serle útil como si no. Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro todavía mejor.”

Pero poco puede ayudar quien auxilia al que se pica la sarna con gusto. Hemingway comprendió que el irrefrenable amor de Scott hacia Zelda era algo con lo que no se puede lidiar, por lo que poco a poco se concentró en sus propias aspiraciones literarias. De hecho, a partir de la lectura de El gran Gatsby, Hemingway decidió que su siguiente trabajo sería una novela. Y así es como en 1926 publica Fiesta o The Sun Also Rises, en su idioma original.

Hemingway vio la ruptura de Fitzgerald en primera persona, aquel desmoronamiento sobre el que el propio Scott diría:

“Sin duda que la vida entera es un proceso de derrumbe, pero los golpes que desempeñan la parte dramática del trabajo –los grandes y repentinos golpes que vienen, o parecieran venir, del exterior- los que uno recuerda y lo hacen culpar a las cosas, y de los cuales, en los momentos de debilidad, se habla con los amigos, no muestran sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpe que bien de adentro y que uno no siente hasta que es demasiado tarde para impedirlo, hasta que comprende positivamente que de algún modo no volverá a ser el mismo. El primer tipo de quebrantamiento parece ocurrir rápido; el segundo ocurre casi sin que uno lo sepa, pero se le percibe en realidad muy de repente”.

La descripción más precisa sobre lo que Scott Fitzgerald fue y pudo ser la dio Hemingway, quien compartió con el apogeo ya decadente de su talento. Vio lo que Scott podía haber dado al mundo y no pudo hacerlo por su propia forma de vida.

Como corolario, dejo las prosas que escribió Hemingway sobre Fitzgerald como prolegómeno de todo el capítulo que le dedicó en París era una fiesta:

“Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde, tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar, pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo”.

 

Rodolfo Sosa