El Parlante

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Opinión

2020: Peste, un nuevo dios y el simio deicida

Con algo menos que abrir los ojos ampliamente en un gesto de anonadamiento no se podría reaccionar cuando nos damos cuenta de que queda poquito más de dos meses para el final de un año pandémico, pestilente, digno de la profecía del apocalipsis bíblico en el que uno de los cuatro jinetes llegó al mundo para azotar a una humanidad ociosa y soberbia; para destruir nuestros complejos de dioses y demostrarnos de la forma más cruda posible lo frágiles que somos como raza mortal.

Mientras escribo estas líneas resuena en mi mente la canción “Happy Xmas War is Over” de John Lennon en la que nos interpela preguntándonos: “Así que es Navidad, y tú, ¿qué has hecho? Otro año se va y otro inicia”.
Otro año se va y pocas personas por la situación pandémica han podido realizarse debido a una compleja serie de situaciones que estancaron el crecimiento global. Pero el complemento pedagógico de los fracasos es el punto que no se debe dejar pasar por alto: No somos dioses; los dioses no mueren de gripe.

Es que los años felices, los de bonanza, de dicha y fortuna, efectivamente nos llenan de júbilo, pero a la par nos anestesian, nos embriagan tanto, que en los momentos crudos no soportamos la dura realidad. Porque se equivoca el que piensa que la vida es bella: La vida es salvajismo, es caos, es simplemente naturaleza. Y justamente en eso radica su atractivo, en que es una fuerza que se equilibra a partir de la violencia, del azar, a partir de lo imprevisto, de lo “fuera de control”.

Consideramos como vida bella a aquella domesticada, adaptada a una ficción establecida por el consenso instituido acerca de la dignidad humana, hacemos de la vida lo que la mujer hizo con el león enamorado: obligarlo a cortarse las uñas y a extirparse los colmillos.

Entonces tenemos a una vida blanda, dulce, liviana, “pacífica”. Y ese efecto prolongado lo único que genera es que como raza nos demos más y más licencias y facultades para transformarlo todo en base a nuestros relatos. Porque la soberbia posee a quien logra sobreponerse a las dificultades y no cuente con la suficiente humildad para reconocer lo fortuito de su condición, de esa forma, aprovecha esta condición y busca predicar su ejemplo a quienes estén cerca suyo.

«La Meditadora«. Monumento conmemorativo diseñado y erigido por Escif para las Fallas de Valencia, las fiestas que van del 15 al 19 de marzo en la ciudad de Valencia – España. Este año, debido a los brotes de Covid-19 tuvieron que suspenderse. El artista Escif entonces, colocó sobre el rostro de la mujer en posición del Loto, meditante, un tapabocas. Fuente: eldiario.es

Se considera el humano exitoso como la apoteosis de la creación, pero no contento con esto busca divinizarse, saltar por encima de la norma, ubicarse más allá de su entendimiento. Sus logros en la ciencia lo hacen cada vez más seguro de que sigue por el camino de la divinización, puede hacerles frente a todos los fenómenos naturales con su escudo y lanza matemáticos, lógicos, filosóficos…

Pero un día llega un enemigo invisible, diminuto, pero no por eso débil. Llega un virus a demostrarle lo que es: un simio no distinto ni más especial que cualquier otro ser vivo. Le devuelve su condición mortal, le devuelve el temor a la muerte, lo retrotrae a niveles de supervivencia básicos, dignos de sus antepasados en la línea de la evolución a quienes hasta entonces los miraba por encima del hombro.

La dupla del virus y un año absolutamente vivido en función a él, desplazó al hombre del centro del universo, ya no se actúa pensando en el hombre sino en el virus, se convive con él. El virus es ahora el nuevo dios al que no debemos encolerizar porque está comprobado que mata sin dar muchas vueltas.

No salgas de tu casa sin hacer las medidas sanitarias correspondientes, de lo contrario, el virus te llega. No visites muchos amigos, porque de lo contrario el virus te llega. No frecuentes lugares acostumbrados, porque, de por ahí, el virus te llega. No saludes con la mano, ni con besos, porque el virus te llega…El virus creó unos nuevos mandamientos que, de ser incumplidos, se castigan con la vida, en muchos casos. Su largo brazo llega a todas partes, pero a veces, el nuevo dios también se muestra misericordioso y no castiga a quienes lo desafíen con su ateísmo.

Y es que tal vez no le parece necesario hacerlo ante cada incumplimiento porque, de una u otra manera, su imperio ya está instalado y se vive con los efectos de su presencia; no importa quien crea en él o no. Pero el nuevo imperator no será eterno, claro. Porque en algún momento el ser humano, como no puede soportar su naturaleza frágil, encontrará la forma de inmunizarse contra el dios y matarlo, como ya lo ha hecho antes, porque no puede concebir vivir bajo el yugo de alguien más implacable.

Pero esto no implica que se rompa el bucle, el eterno retorno, ese lapsus del hombre siendo sometido y levantándose contra su dios y así eternamente, porque el éxito lo volverá a embriagar y el ciclo volvería a repetirse. Además, ¿hasta cuándo tendremos éxito con nuestro “deicidio”?
Y sí… efectivamente el 2020 ya está por irse, y tú, ¿qué has hecho?

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