«Al parecer, publicaste contenido que infringe nuestras normas comunitarias»

«Al parecer, publicaste contenido que infringe nuestras normas comunitarias»

Recientemente tuve la oportunidad de ser víctima del algoritmo impersonal e inhumano de la red social más popular de los últimos años, Facebook, que con su CEO Mark Zuckerberg intenta a toda costa censurar cualquier parte de la historia que recuerde a los alemanes bajo el Tercer Reich instaurado por Hitler y compañía.

Pues bien, también esta red social ha ido con el tiempo evolucionando hacia una maligna forma de comportamiento cibernético, que ha sido atacada por el congreso norteamericano no hace mucho en el que se ha visto siendo indagado el propio creador, ideólogo y dueño accionista mayoritario.

Es que Facebook, como otras redes sociales, con el tiempo se ha visto obligada a censurar las publicaciones de sus usuarios por denuncias de violencia, discriminación, etcétera; un océano que comprende lo políticamente correcto. Hay publicaciones que infringen normas comunitarias supuestamente, normas que no han estado vigentes al momento en que este servidor que escribe este descargo en su favor, ha solicitado unirse a dicha red social, o de vigilancia, como quieran llamarla.

Es cierto, Google, y las redes sociales, son elementos de vigilancia para el FBI, la DEA, la CIA, McDonald’s, toallas higiénicas de uso femenino, Hello Kitty, calzados internacionales puretotes y bien caritos, o el estado paraguayo (el famoso “pyrawebeato”), para saber o intentar saber qué gustos y aficiones, o preferencias singulares el común de la gente tienen, para poder en su defecto, atormentarnos con indagaciones, ciber-ataques o propagandas insólitas sobre los más estrafalarios y coquetos juguetes o artículos de consumo masivo.

¿A dónde voy?

El gran problema que tenemos actualmente no son las redes sociales sino la monopolización de las mismas: esto directamente apunta a que dentro de poco el que quiera publicar algo, por más minúsculo que sea deba pagar para hacerlo. Independientemente a si infringe o no las normas comunitarias.

Que desde un comienzo los dueños de estas plataformas de entretenimiento han tenido en su haber el peso de la “verdad” de su parte, nunca de parte de sus eventuales clientes.

Es decir, según lo que ha comentado Byung-Chul Han en su libro “La Era de la Transparencia” todo debe ir colgado de los preceptos falaces de lo políticamente correcto, no importa lo que pienses, no importa lo que compartas, ni ideas ni historia universal pueden ser reales o verdaderas si no pasa por el cedazo cibernético de una inteligencia artificial construida a partir de premisas erróneas. Así, es más fácil controlar las tormentas de mierda que la información que genere debate o despierte en las personas ese celo irreductible por el pensamiento crítico, a partir del desnudamiento completo de la información.

Sin embargo, estas plataformas cada vez se han vuelto más enconadas represoras de la libre expresión, censurándolas a como dé lugar, no importa las circunstancias, el estilo y la conducta virtual es la misma: torcer la voluntad popular de las masas cibernéticas hacia un tipo de juego mediático que conforme conjuntos de información y noticias que sean del gusto de los que ostentan el imperio de estos nuevos tiempos.

Así, en este panóptico virtual en el que todos nos controlamos y dejamos que nos controlen, donde nuestros sueños más recónditos son publicados en forma de memes o mientras cantamos bajo la ducha, asimilando las miradas de extrañeza sobre el fondo de la transparencia, estamos condenados como el Monstruo de Frankenstein, a vagar por el mundo como zombis cibernéticos, en una vida virtual que nos tuerce el sentido común, que no es el más común de los sentidos, hacia la repetición constante de lo políticamente correcto, para no perecer virtualmente, ¿se entiende que no estamos bregando con fuerzas naturales reales, como el ingenio, el amor, el odio o la ambición?

Los sueños e ideales se vuelcan a lo virtual, nuestros más profundos sueños e ideales se convierten en la búsqueda incansable por el reconocimiento virtual, no real, porque esta patética forma de vida a la que nos tienen esclavizados las redes sociales, son la única manera de vivir interconectados con extraños, asumiendo su control sobre nuestras vidas, creyendo en mentiras y falacias que van convirtiendo las noticias e informaciones en lo único por lo que valdría la pena morir, virtualmente.

Los extraños se convierten en millones de padres y madres, hermanos y hermanas, entre ellos amigos de la vida real, que convierten las costumbres de antaño de la visita a las casas, en reclamos o puteadas por inbox, por determinadas publicaciones que pueden herir sus susceptibilidades y creencias. Donde brindamos con birras bien frías vía Skype (en el viejazo) o por vídeo llamadas del Whatsapp; qué gran modernidad la que nos atañe.

Estas cosas se le vienen a uno a la mente cuando se lo bloquea de estas funciones, hecho sin lugar a dudas, positivo y que genera una serie de ideas sobre cómo vivir, fuera de esta esclavitud virtual a la que animosa y conscientemente, como si fuera una balsa a la que nos amarráramos para llegar a la isla del tesoro que nos ayudará a encontrar la verdad o la riqueza que debe ser nuestra, a toda costa.

Esta es la misiva que envié ni bien fui “informado aleatoria como injustamente” del bloqueo arbitrario del que fui objeto, más abajo alzo el screen de pantalla de la publicación que fue la que provocó la inquisición virtual de mi perfil facebookiano y mi posterior “condena”.

Es más que meritorio justificar este plagueo que no lleva a nada, más que a reírnos de nosotros mismos eventualmente con el arma que nos resta: El Meme todopoderoso y salvador.

«El problema esencial que estoy encontrando en esta red social que antes era interesante para conectarte con otras personas afines o amigas y que actualmente persigue y bloquea cualquier publicación que infrinja las normas comunitarias ideadas por humanos pero aplicadas por algoritmos,  y que han ido evolucionando y mejorando a lo largo de los años, pues bien, ahora tengo un bloqueo por una publicación que no incita al odio, no discrimina, no es violenta, no exalta ninguna figura mundial que vaya en contra de los intereses de la empresa Facebook, y además no es ninguna apología. Entiendo en parte su temor al libertinaje pero el caso es que desde que comenzó el internet y luego, las redes sociales, el mundo tal y como lo conocíamos se fue abajo y cayó para peor. Las redes sociales han quitado lo bueno pero lo más malo de las personas».

«El caso es como sigue, sobre una publicación que recordaba el cumpleaños de Stalin en la época en que Alemania y URSS eran aliados. Es como sigue: Esta publicación por la que me bloquean tres días no es un atentado a los derechos humanos ni una exaltación de ninguno de los líderes políticos participantes de la Segunda Guerra Mundial. Es y forma parte de la historia, es un hecho comprobado que ambos países, la Alemania nazi como la URSS, firmaron un pacto o convenio de colaboración y de no agresión cuando sus ministros de exteriores, Molotov por el lado soviético y von Ribbentrop por el lado alemán suscribieron dicho tratado».

«La misiva que aquí se comparte es real y ocurrió mientras ambos países eran «aliados»; además, está la fuente de la página en Facebook de donde extraje dicha publicación, en la que tampoco, se hace mención honorífica a ninguno de los dos líderes. Lo más probable es que porque sale la foto de Hitler el algoritmo de la estupidez que controla las publicaciones del Facebook haya censurado dicha publicación».

«Evidentemente, ustedes, los informáticos que trabajan en Facebook, no saben absolutamente nada de historia y peor que analfabetos funcionales, son idiotas. La Fuente es de la siguiente página: “Así fue la Segunda Guerra Mundial”. Pueden buscarla si es que realmente son personas de carne y hueso, la que están detrás de este bloqueo miserable».

La respuesta no se hizo esperar: Aquí el mensaje de correo enviado por una computadora.

«La historia debe difundirse, divulgarse, discutirse y asimilarse por las nuevas generaciones para que no vuelvan a ocurrir los errores que se han cometido, son unos perfectos imbéciles».

«Discúlpenme por ponerlo así, pero ya me bloquearon de manera absurda una vez por tres días por supuestamente haber infringido sus normas comunitarias, (tomadas de los pelos cuando se trata de la historia pero no, para la exaltación de movimientos culturales e ideológicos afines a sus intereses)».

«Por lo que me parece una injusticia la que cometen con mi cuenta al convertirse en «inquisidores modernos» por publicaciones que escapan a su conocimiento y a su comprensión por ser unos ignorantes. No hace falta ser un idiota, para comprenderlo, estimados amigos. Realmente estoy muy nervioso este nuevo atentado hacia mi integridad intelectual».

«Deberían corregir este mal funcionamiento, hay gente que publica cosas peores, yo solamente publico parte de la historia y con fuentes».

«Atentamente pueden irse al carajo si no me corrigen este error garrafal y me vuelven a habilitar la cuenta. Lamentable la gestión de Facebook».

Publicación eliminada del Facebook porque supuestamente infringe sus normas comunitarias. Simplemente se cuenta la verdad histórica que muchos quieren ocultar, no sabemos por qué razón.

Sencillo es el tema: para Zuckerberg todo lo que a él no le convenga o le parezca innecesario o violento, será vaneado sin contemplaciones. Aquí se nota la ignorancia supina del dueño de Facebook y sus asesores, quienes pueden saber mucho de informática pero muy poco, de la vida y de la historia de la humanidad. Mientras más censures, más violentamente emergerá la rebelión; es más sencillo controlar a las masas con sus propias creencias e ideas, que obligándolas a realizar lo que a ti te guste.

La próxima y eventual plataforma de entretenimiento esclavizante virtual será del estilo:

“Pague por publicar lo que se le antoje sin censuras de ningún tipo: únase a Playstrick”…

Porque estoy seguro, que si tuviese el conocimiento informático, ya lo había creado.

La extensa y atenta carta que envié al algoritmo del Facebook sólo sirve para reírnos de nuestra propia estupidez.

Probablemente ya se la haya ocurrido al Dios Zuckerberto…

Gabriel Ojeda

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