El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Opinión

Boomers vs Millenials o el ndopavéi intelectual

Considero necesario arrancar este escrito aclarando que no tengo ningún problema personal con mis coetáneos millennials ni que me desagrada su presencia o sus modos. Honestamente, no me podrían importar menos.

Pero como el debate es una de las pasiones más satisfactorias que he encontrado en esta vida, me animé a escribir unos pareceres sobre dos columnas de opinión en uno de los medios más grandes del país y el otro en un medio nuevo pero pujante. No creo que sea necesario especificar a los autores, puesto que no deseo que la crítica se considere como algo personal.

Si hay algo que definitivamente ha dado de qué hablar, al menos a la masa cibernética, ha sido el sobrexplotado tema de las generaciones. Que si los de la generación X fueron mejores, que si los millennials son más transgresores, que si esto, que si aquello…

Todo inició cuando un cuestionado comunicador amaneció sin ideas y decidió apuntar sus dardos a gente que no tenía nada que ver con los problemas del país, al menos en ese momento, en el que el Paraguay estaba tratando de sobreponerse a las alteridades que supone una reactivación económica con la amenaza del virus a los hombros.

El autor en cuestión realizó una crítica digna de quien te mira por encima del hombro, más haciendo gala de su imperio personal que buscando emitir un mensaje constructivo o que sirva al menos para un debate interesante en el que se pueda dejar ir estos temas absurdamente desarrollados y que no conducen a ninguna parte. Básicamente explicó que la generación actual es una basura porque no tolera cuestiones que otrora se debían soportar. Más nada.

El artículo tuvo su reacción dentro de todo justa, porque ¿qué sabe un magnate como él acerca del día a día de quienes deben sortear un sistema hecho para mantener un status quo entre clases sociales e intentar aspirar a no quedar debajo de la norma que establece el nivel de dignidad actual? Poco y nada podría hablar al respecto, por tanto, su crítica carece de fundamento práctico, es pura chatarra intelectual digna de quien escribe por obligación más que por vocación.

Uno esperaría, honestamente, una vapuleada de algún periodista o pensador millennial que, orgulloso de serlo, destrozaría parte por parte una opinión maliciosa y con la pobre ambición de generar ruido en las redes sociales. Imaginaba que la pluma ajusticiadora de algún millennial intelectual se haría sentir con la altura que se esperaría al ser parte de los grandes medios.

Pero la réplica fue más de lo mismo. Un relato en el que, a partir de experiencias personales se busca explicar lo general. El autor se auto invistió de embajador de la generación comprendida entre 1980 y 1995 y explicó básicamente que el millennial sabe de sus limitaciones, pero se siente feliz de fracasar una y otra vez porque el fracaso “depende de la óptica”.

Con su escrito denotó que el millennial no tiene aspiraciones similares a los de épocas pasadas porque su máxima es el carpe diem. Sólo está para disfrutar el momento. Disfrutar, disfrutar, disfrutar… Adopta el hedonismo como religión y se convierte en sacerdote inquisidor de quien considere que la persecución eterna del placer como sinónimo de libertad no es otra cosa que un consumismo exacerbado que se enmascara de libertad.

En el ejemplo, el autor señala que el millennial “saca préstamos para viajar, conocer calles distintas”, lo que evidencia que su concepto de libertad tiene connotaciones consumistas. Mientras más consumas, más libre eres, te dicen entre líneas los influencers millennials que hacen culto a su yo y sólo tienen en común un consumo exagerado. El yo es la prisión del millennial, sólo busca concentrarse en sí mismo, pero cuando le conviene utiliza el “nosotros” pero para legitimar las exigencias de su “yo”.

Esto explica que sus publicaciones de “normalicemos esto o aquello” tenga tanto impacto en las redes sociales, que son una caja de resonancia de su yo mismo, un lugar de encuentro con su yo y sólo su yo, debido a que sus amigos son su reflejo porque el algoritmo de Facebook selecciona y te muestra sólo lo que “te gusta”.

Pero en la redacción millennial, critican una moral coaccionante, juzgadora, pero en su afán de deslindarse de la acosadora moral, crean una nueva y más exigente, y es la moral de esclavo que explica Nietzsche en “Genealogía de la moral”. Una moral envanece al individuo de su debilidad y hace que grite a los cuatro vientos que es débil y que los fuertes son los malos.

La moral millennial, similar a la moral de esclavo, rechaza que la palabra “éxito” continúe con su tradicional significado y entonces consideran que el “fracaso” es sólo un punto de vista, lo que puede que sea cierto. Pero la diferencia entre ambas acepciones está en que el “éxito” anteriormente fue producto de un consenso social, en épocas en que la sociedad compartía objetivos comunes.

Sin embargo, el éxito millennial transita por un terreno que linda entre el consumo y la demagoga filosofía del “yo puedo si yo quiero”. Por eso podrá, como señala el autor, fracasar y volver a empezar como un Sísifo emprendedor que sólo empuja la piedra para volver a iniciar cada día por los siglos de los siglos, sin conocer un cierre, un final, porque la tendencia actual consiste en eliminar los cierres porque son un límite para el consumo travestido de libertad. La ausencia de un final sugiere un consumo eterno.

El millennial “debe poder poder” (valga el juego de palabras) reinventarse cada vez que pueda, debe volver a comenzar cada vez que considere porque ese es el “modelo de éxito actual”, el mismo que te venden en libros de autoayuda y “coaching”, que tendrán decenas de millones de ventas pero el éxito de sus lectores no es nada proporcional pues, si fuera todo tan fácil como lo dicen los libros de autoayuda, ¿por qué los nuevos millonarios son contados con los dedos de una mano?

Pero lo curioso es que no tolera la crítica, manifiesta que nadie es quién para criticar o juzgar pero se contradicen en el momento en que critican viejas costumbres, viejos modos de vida que tuvieron su sentido para generaciones pasadas, así como las actuales tienen su sentido para la época contemporánea.

Pero es intrigante la incapacidad que tienen de sobrellevar las críticas hacia su modo de vida, no pueden soportarlo, no saben convivir con la disidencia. Creen que las opiniones distintas o desalentadoras tienen la capacidad de devastarlos, de dejarlos fuera de combate, cuando en realidad sus voluntades sólo dependen de ellos y se afecta sólo en la medida que ellos lo permitan.

Es curioso que personas que, según ellos, están mejor educadas que generaciones anteriores, no tengan el espíritu los suficientemente forjado como para que una sociedad a la que consideran inferior les devaste el ánimo, o les genere un golpe duro. Y es la pregunta que me hago cuando, ante una crítica muy débil argumentalmente, se defiendan con otra aún más débil.

La lucha entre estas dos generaciones tiene cierto atractivo, pero cuando se la realiza de forma precaria, sin ideas, sin argumentos sólidos, sólo es un ruido que sirve de ardid para distraer de las cosas que realmente importan, al menos en una época donde hay más interrogantes que certezas sobre el porvenir de la sociedad.

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