Catalunya y España

Catalunya y España

Soy valenciano. Eso significa que hablo la misma lengua que los del norte de mi tierra, ese lugar llamado Cataluña. Soy de la España plural, de una porción de tierra muy diferenciada de otras. Aquí no conocemos el flamenco: tenemos nuestros propios bailes folclóricos. Aquí no se han compuesto zarzuelas y nuestro signo escénico popular es el sainete y las variedades. Hablamos dos lenguas, como los paraguayos. Mi pasaporte dice que soy español, pero en realidad me siento más valenciano que español.

Aclaro esta cuestión porque estoy distante de ese nacionalismo rancio que considera España como la gran madre que nos cobija y que es heredero del caciquismo. Pero mantengo la misma distancia con quienes propugnan otro modelo nacionalista que en el fondo acoge las mismas raíces excluyentes de toda cultura que no sea la atávica. Por eso, quien piense que voy a defender el independentismo catalán y a maldecir a España, es libre para no seguir leyendo este artículo.

Creo en el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Pero creo mucho más aún en la democracia y en la convivencia pacífica entre las personas. Creo en la vida y en la cultura como arma de progreso del individuo y de la sociedad. Y, queramos o no queramos, la historia española, incluyendo la catalana, está repleta de episodios sangrientos desde sus orígenes. 

La Constitución de 1978, tan denostada por el independentismo catalán y por una nueva izquierda que la confunde con el Franquismo olvidando a sus muchas víctimas por vejestorios, nos ha permitido vivir cuarenta años de paz y en plena libertad. Fue signo de reconciliación entre los españoles y un germen que ahora se ha roto, por obra y gracia de quienes no recuerdan que hubo cárceles por defender la libertad de expresión y una Constitución como la que tenemos. Es una ley mejorable –y mucho- pero es la base de nuestra convivencia.

Desde hace años se percibe el aumento de un nacionalismo catalán. Lo que en principio parecía una diferencia cultural o una pugna entre las dos ciudades más grandes del país, Madrid y Barcelona, escondía ideologías que el tiempo ha convertido en excluyentes y hasta xenófobas. 

Por un lado, esa España incapaz de asimilar que somos un estado con distintas culturas no uniformes con una derecha a la que el anticatalanismo le daba rédito electoral, mientras la izquierda veía progre el nacionalismo. Por otro, una Catalunya que ante los difíciles años de la crisis económica iniciada en 2008 optó por fomentar su separación como si no tuviese la culpa del desastre y la corrupción, a pesar del olor andorrano de la familia del expresidente Pujol , y que repitió mantras como “España nos roba” hasta que, al mejor estilo de Goebbels, la insistencia los clavó en los cerebros.

Y entonces comenzó el delirio. Mientras el nacionalismo español dormía con los éxitos futbolísticos, el catalán fue creciendo. Pero si al principio tenía sus razones comprensibles para el enfado, con el tiempo fue degenerando porque así convenía a una burguesía política que se sentía amenazada por los efectos de la globalización económica. Y lo hizo sin mesura, perdiendo el “seny”, palabra que tanto caracterizó el sentido común catalán, un modelo que debió extenderse al resto de España.

El delirio fue alimentándose durante casi una década hasta septiembre pasado. En una bochornosa y antidemocrática sesión del parlamento catalán, se votó el camino hacia la independencia con maniobras alejadas de la Ley, incluso del reglamento de la propia cámara. La ambigüedad propia de trileros con la que habían jugado los políticos catalanes para obtener mejores réditos del gobierno de turno en Madrid durante años, pasó a ser ideología de base: pensamiento único. Y desde ese momento la fractura creció y las diferencias se radicalizaron. 

La torpeza del gobierno de Rajoy –una más- dio al independentismo la foto de la violencia que buscaba el día 1 de octubre, cuando se celebró un pseudoreferéndum donde no existía ni censo electoral cuando se convocó y que se iba a convertir en un acto folclórico más de un nacionalismo decimonónico.

Los políticos catalanes siguieron jugando con la ciudadanía hasta convertirla en rehén capaz de creerse las miles de mentiras que circulan por las redes sociales y por su prensa devota. 

Estas falsas creencias se multiplicaron: el problema es que el de a pie se creyó el falseamiento de la Historia, falacias como que Santa Teresa de Jesús era catalana o que los árabes no entraron en Asturias en el siglo VIII porque ahí sólo había ovejas; consignas en pro de la demostración de que los catalanes eran más sabios, inteligentes y superiores a los españoles. 

Y durante estos meses notamos cómo se despreciaba a los españoles con una xenofobia que no habíamos visto desde que España le ganó a Inglaterra en un Mundial de fútbol de los años cincuenta. Por otro lado, la moribunda ultraderecha española encontró el oxígeno necesario para renacer. Claramente dos bandos enfrentados, como en 1936. El cainismo español.

La política de vendedores de crecepelo del Govern de Cataluña se ha basado en el engaño permanente. Ni siquiera sabemos el resultado real del pseudoreferéndum del 1 de octubre, pero repiten que si declaran la independencia es por el mandato de este referéndum sin garantías democráticas. Ni si el viernes día 27 de octubre el Parlament se proclamó la independencia, porque se limitó a instar al Govern a poner en práctica unos acuerdos donde se caminaría hacia la proclamación de la República Catalana (¿quitarán la corona de principado al escudo de su nación?). 

Puidjemont y Rajoy. Fuente Imagen: 20minutos.es

Ni siquiera sabemos si hubo en el fondo una componenda entre los presidentes Rajoy y Puigdemont para buscar una salida a una situación insostenible, dado que las empresas y el mundo financiero trasladan sus domicilios sociales a otros lugares de España, lo cual significará a medio plazo el empobrecimiento extremo de la ciudadanía catalana. Y la Unión Europea o Estados Unidos tienen claro que no quieren independentismos vacuos que puedan caer en manos de influencias como la de Rusia, quien, curiosamente se ha visto nombrada en este asunto por la injerencia de las repúblicas caucásicas de Abjasia y Osetia, situadas en territorio georgiano.

El catalanismo, siempre victimista y con la frase “España nos roba, es franquista y nos reprime” en su boca, es incapaz de encontrar un relato que salga de la ficción, del autoengaño al fin y al cabo, y se establezca en la realidad. No tiene más proyecto que el del canto a las glorias y la proclamación de un estado pequeño, aunque no tenga peso específico, del que sentirse orgulloso, como si no lo pudiese estar antes de este proceso. Algo que suena a romanticismo decimonónico y que contradice las aspiraciones universales de la civilización europea culta. La Catalunya admirada por tantos españoles se ha esfumado. Las mentiras del independentismo han eliminado su credibilidad. Y es un elemento necesario para que una idea se comprenda y se pueda desarrollar.

El puzle es difícil de recomponer. La herida ha quedado abierta y tendrán que pasar generaciones para que se vuelva a cerrar, si es que alguna vez se cierra. Soy testigo y he sido víctima de amistades perdidas por un asunto que no arregla nuestros problemas cotidianos. He visto dividirse a más de una familia. Purgas en los periódicos y en puestos de trabajo. 

Sé que hay personas a las que no le hablan sus vecinos por ser antiindependentista. Sé que hay gente que elude comprar en el establecimiento de un españolista por miedo. Y, lo que es más grave, también son marginados y apestados quienes no se decantan hacia ninguno de los dos bandos. Puedo dar nombres y apellidos de tantas víctimas del dedo acusador en Catalunya simplemente por manifestar su disconformidad o simplemente callar por prudencia racional sin tomar partido por algo que no acaban de entender. ¿No suena esto al ambiente de la Alemania de 1933?

Las elecciones del día 21 de diciembre arreglarán el problema político pero no la fractura social existente. Sólo esperamos en Valencia no convertirnos en Bosnia o Kosovo dada nuestra vecindad y la existencia de una reivindicación del catalanismo radical para pasar a ser territorio suyo. 

Sólo espero el retorno del “seny”, del sentido común, y que podamos volver a admirar a Catalunya, igual que esperamos que esta lección le sirva a España para entender que nuestras diferencias nos hacen más fuertes. Pero me temo que son ilusiones.

José Vicente Peiró

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