El Parlante

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Especiales Opinión

¿Cuál es el sentido de la vida?

Cuentan los antiguos griegos una pequeña famosa leyenda, que aún perdura entre nosotros, los modernos, aquella que cuenta que los dioses castigaron a un hombre con un suplicio terrible por haberse revelado de manera brutal: “quiso engañarlos y lo logró”. 

Este hombre fue castigado con el mayor de los infortunios posibles que los dioses pensaron alguna vez, imponer, llevar una roca gigantesca hasta la cima de una montaña, luego de llegar a la cima, la roca de nuevo caía ladera abajo hasta el punto inicial, y Sísifo, ni corto ni perezoso, bajaba una y otra vez, a cargar con la pesada roca para volverla a subir en lo más alto de aquella montaña repitiéndolo por una eternidad. Tal fue el gran castigo por desafiar el poder de los dioses.

Intentemos imaginar por tan solo un segundo el suplicio de nuestro amigo Sísifo, que sin duda es un castigo terrible pero aseveremos que dentro de su acción rebelde, existe algo de nosotros, miserables mortales, que se identifica con nuestros mayores ideales o nuestra capacidad para entender nuestra existencia, a veces en armonía y en otras, con sufrimientos indescriptibles. 

Fuente de la Imagen:
Sisyphus_Gert_Sennema_Assen / Gouwenaar (Wikimedia Commons)

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. 

Se trata de juegos; primeramente hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras para el espíritu”. (1)

No importa cuánto esfuerzo le ponga Sísifo en subir la roca, no importa de qué manera lo haga, la roca caerá hasta abajo nuevamente. A simple vista podemos deducir que la vida de Sísifo perdió todo su sentido, pues, estuvo condenado a repetir una y otra vez aquel tortuoso suplicio. Como decía Camus: “Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo”. (2)

¡Quizás si tuviese una pistola a su disposición sin dudarlo se quitaría la vida! Pero en contra de sus intereses, él ya estaba en el suplicio por la eternidad, donde la vida o la muerte, no tiene diferencias sustanciales. 

Eso lo haría acabar con su vida absurda y tediosa condenada a esforzarse en ascender por los peldaños del éxito pasajero solo para encontrarse que el trabajoso esfuerzo descomunal ha de tropezarse con una realidad maldita que regresará al lugar inicial. 

Cabría pensar que no tiene objeto una vida plagada de esfuerzos para llegar al éxito si todo ello decae en la muerte, que es el peor fracaso de todos pero podemos en este lugar hacer notar lo que para Camus es el secreto de Sísifo, que desde su absurda acción, demuestra el ideal mayor por el que debe luchar todo hombre que se conozca a sí mismo: 

“Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su miserable condición: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio. Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poder sobrellevarla. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen de ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desmesurada: «A pesar de tantas pruebas, mi avanzada edad y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien». El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno. No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la felicidad. «¡ Eh, cómo! ¿Por caminos tan estrechos…?» Pero no hay más que un mundo. La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. “Juzgo que todo está bien», dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del nombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y la afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres».(3) 

Pero antes de sentir compasión por este hombre, consideremos que nosotros no estamos en una situación muy distinta que digamos. Diariamente realizamos tareas que al analizarla muchas veces cuesta encontrarle sentido. Montones de estas actividades son claramente superficiales. Un ejemplo claro es: Coleccionar figuritas del mundial o ir al shopping para comprar ropa. 

Pero incluso, otras actividades que a simple vista no resultan tediosas pueden también resultar sin sentido, por ejemplo: ¿Cuál es el objetivo final de levantarse temprano en la mañana para ir al trabajo o ir a la universidad, solamente ganar unos pesos de más para sobrevivir y llegar a fin de mes, haciendo préstamos para pagar las cuentas? ¿Dónde está el significado de criar a los hijos? ¿Cuál es el sentido de tratar de salvar a los bosques de las desforestaciones que hay en nuestro país? 

¿Por qué simplemente no nos suicidamos si no hay nada ni nadie al final del camino tortuoso de la vida que nos toca en suerte, vivir? ¿No sería una mala idea? De esta forma, huir de los problemas o huir de la realidad, de la patética realidad que se desprende de la gran filosofía de Cioran, tendría que ganar al final de la partida, porque nadie ni nada sirve. 

La mayoría de las personas que se suicidan lo hacen porque no encontraron un sentido en este “injusto sufrimiento”, en este “injusto sacrificio” que solamente nos otorga silencio y oscuridad. 

Según este criterio al reconocer que nuestra existencia es finita y temporal todo carece de sentido. Da “igual” si nos levantamos temprano o no para ir al trabajo o a la universidad; después de todo, ese trabajo se acabará algún día igual que la universidad. Es lo mismo cuidarme de las enfermedades que no cuidarme, si, como decía mi abuelo –ñamanotantevoi luego–. Da lo mismo cuidar al planeta o no, ya que después de todo, el sol colapsará en unos cinco mil años. 

No importa, si todo se acabara en cinco minutos o en diez billones de años, el hecho de que efectivamente todo llegará a su fin hace de nuestra vida, algo absurda, de por sí, una verdadera tragedia sin sentido. Implica lo mismo, vivir que morir. 

Pues bien, para evadir tan drástica decisión de pensar de esta forma o perecer bajo el suicidio, debemos intentar encontrar algún sentido a nuestra existencia. Algunas personas han creído encontrarla en Dios y en la vida eterna. 

Dios y la vida eterna según este criterio nos garantizan el propósito por el que fuimos creados, califica a nuestra existencia como la acción del destino divino, pues al tener una garantía de que nuestras acciones perdurarán en el tiempo, éstas ya no resultan tan absurdas. 

Con Dios y la vida eterna hay una motivación para vivir, pues presumiblemente asumimos la misión de cumplir los mandamientos divinos y conservar la esperanza de estar a su lado en algún momento, para algunas personas, esto sirve para encontrarle la excusa a esta existencia plagada de males y más frustraciones que felicidad.

Al contemplar la existencia de Dios, fomentamos el sentimiento de que no estamos solos en el universo y esto nos brinda satisfacción en nuestra vida diaria. Ciertamente esto funciona para muchas personas, pero la existencia de Dios y la vida después de la muerte están lejos de ser evidentes. Algunas personas aseguran que aun en el caso de que Dios no existiera abría que inventarlo para poder encontrar sentido a la vida. Pero quizás también hay espacio para colocar esto en duda. Quizás el sentido de la vida está precisamente en asumir, de que dios no existe y no hay vida eterna.

Al asumir que nuestra existencia es corta, aprovechamos más las oportunidades y apreciamos mejor la vida. Precisamente al contemplar que todo eventualmente se acabará algún día, buscamos asegurarnos de que la única vida que tenemos la vivimos al máximo pues no hay otra oportunidad. ¿Pero cómo es que exactamente podemos sacarle máximo provecho a la misma? Quizás sea necesario reconocer que sencillamente no hay ningún sentido global para nuestra existencia ya que después de todo, nuestra vida no es muy diferente de la de Sísifo. Pero quizás si podamos encontrar sentido a las pequeñas cosas que hacemos, al fin y al cabo todos buscamos el placer y en función de esto es plausible postular que el sentido de la vida es precisamente eso, la búsqueda de placer.

Porque como expresa Camus: 

“Habiendo partido de una conciencia angustiada de lo inhumano, la meditación sobre lo absurdo vuelve al final de su itinerario al seno mismo de las llamas apasionadas de la rebelión humana. Así saco de lo absurdo tres consecuencias, que son mi rebelión, mi libertad y mi pasión. Con el solo juego de la conciencia transformo en regla de vida lo que era invitación a la muerte, y rechazo el suicidio. Conozco, sin duda, la sorda resonancia que corre a lo largo de estas jornadas. Pero sólo tengo que decir que es’ necesaria. Cuando Nietzsche escribe: «Parece claramente que lo principal en el cielo y en la tierra es obedecer largo tiempo y en una misma dirección: a la larga resulta de ello algo por lo que vale la pena vivir en esta tierra, como por ejemplo la virtud, el arte, la música, la danza, la razón, el espíritu, algo que transfigura, algo refinado, loco o divino», ilustra la regla de una moral de gran porte. Pero muestra también el camino del hombre absurdo. Obedecer a la llama es a la vez lo más fácil y más difícil. Es bueno, sin embargo, que el hombre, al medirse con la dificultad, se juzgue de vez en cuando. Es el único que puede hacerlo. «La plegaria —dice Alain— se hace cuando la noche desciende sobre el pensamiento». «Pero es necesario que el espíritu se encuentre con la noche», contestan los místicos y los existencialistas. Ciertamente, pero no esa noche que nace bajo los ojos cerrados y por la sola voluntad del hombre, noche sombría y cerrada que el espíritu suscita para perderse en ella. Si debe encontrarse con una noche, ésta debe ser más bien la de la desesperación, que sigue siendo lúcida, noche polar, vigilia del espíritu, de la que surgirá, quizás, esa claridad blanca e intacta que dibuja cada objeto en la luz de la inteligencia. A esta altura, la equivalencia coincide con la comprensión apasionada. Entonces ni siquiera se trata de juzgar el salto existencial. Vuelve a ocupar su fila en medio del fresco secular de las actitudes humanas. Para el espectador, si es consciente, ese salto sigue siendo absurdo. En la medida en que cree resolver la paradoja, la restituye por completo. A este título, es conmovedor. A este título, todo vuelve a ocupar su lugar y el mundo absurdo renace con su esplendor y su diversidad. Pero es malo detenerse, difícil contentarse con una sola manera de ver, privarse de la contradicción, la más sutil, quizá, de todas las formas espirituales. Lo que precede define solamente una manera de pensar. Ahora se trata de vivir. (4)

Quizás nuestra justificación para no quitarnos la vida es sencillamente porque vivimos para el placer. Es irrelevante si eventualmente todo se acabará, ver una película por ejemplo no deja de ser placentera por el hecho de que esta solo dura una hora. 

En vez de mortificarse demasiado con la pregunta ¿qué sentido tiene mi vida? es mejor dedicarse a actividades diarias que nos resulten placenteras y que en cierto momento, desvíen nuestra atención de este tipo de cuestionamientos. 

Llevar una vida sana y diversificada parece suficiente. Tal vez el sentido de la vida se encuentre en el estudio, en el ejercicio, la caridad, la crianza de los hijos, la amistad, las artes y otras tantas actividades que nos hacen pasar un buen rato.

Notas
-(1)El Mito de Sísifo, Albert Camus. Pág. 11 Grandes Obras del Pensamiento. Altaya editorial. 1994
-(2)Ibid.
-(3)Ibid. Págs. 159, 160 y 161.
-(4)Ibid Págs. 86 y 87. 

Fuentes:
-El Mito de Sísifo, Albert Camus. Pág. Grandes Obras del Pensamiento. Altaya editorial. 1994

-Del inconveniente de haber nacido. Segunda edición, 1998. Taurus, Madrid, 1981, E. M. Cioran. Pdf en siguiente link de acceso gratuito: http://crimideia.com.br/blog/wp-content/uploads/2010/02/em-cioran-del-incoveniente-de-haber-nacido.pdf

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