El hombre rutinario y la condena de Sísifo

El hombre rutinario y la condena de Sísifo

Cuenta Camus en su libro “El mito de Sísifo” que había un hombre condenado por los dioses a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña. Lo trágico de esto es que cuando el hombre llegaba al tope, la roca volvía a caer, generando una opresiva frustración en el individuo que veía todo su esfuerzo caer al abismo. Las malas decisiones que Sísifo tomó en su vida le valió uno de los castigos más terribles que puede sufrir un hombre. El trabajo inútil, sin recompensa y sin esperanza.

Así como nuestro héroe absurdo Sísifo existen personas que están condenadas a la misma suerte que este hombre, puesto que hacen de su existencia una rutina monótona. Suele suceder que estos individuos existen en este mundo sólo para subsistir, convirtiendo muchas veces su vida en una experiencia sin sentido.

Para ser un poco más claro, pongamos como ejemplo al empleado de una empresa. Este ciudadano trabaja intensamente 8 horas diarias, con la carga de horas extras, inclusive. Debe cumplir un horario estricto de entrada y salida; un esclavo moderno de un sistema que nos induce y nos obliga desde niños, a participar de toda esta vida forzada de trabajar hasta morir. 

Sísifo de Tiziano. Imagen Fuente: De Tiziano – [2], Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3860214

A pesar de la voluntad y esfuerzo que le pone a su labor, el mismo no se siente retribuido con el salario que obtiene de su empleo lo que resulta una experiencia frustrante para él. 

Después de una jornada desgastante el empleado llega a su casa y reflexiona acerca de su situación laboral, con suerte, y sin ella, solamente puede arremolinarse en su sofá y tomar una cerveza mientras ve el programa “Baila conmigo Paraguay”, para luego, ser recriminado por su esposa porque hasta altas horas de la noche se ha encaramado de su frustración manejando la situación como todos, no haciendo nada para revertir su patética realidad. 

No se anima a pensar fuera de la caja. No quiere salir de esta zona de confort y emprender un negocio nuevo que tal vez podría resultarle más eficaz y le genere más dinero; y, por sobre todas las cosas, un encuentro consigo mismo ante la gran montaña, el sentirse bien consigo mismo es realmente, o debería serlo, el punto culminante de cualquier vida que merece ser vivida, es como diría Camus: “convertirse en la cosa misma”. 

Como bien se expresaba Kierkegaard:

«Si el hombre no tuviese conciencia eterna; si un poder salvaje y efervescente productor de todo, lo grandioso y lo fútil, en el torbellino de las oscuras pasiones, no fuese el fondo de todas las cosas; si bajo ellas se ocultase el vacío infinito que nada puede colmar, ¿qué sería la vida sino desesperación? Y si así no fuese, si un vínculo sagrado no atase a la humanidad; si se renovasen las generaciones así como se renueva el follaje en los bosques; si unas tras otras fuesen extinguiéndose como el canto de los pájaros en la selva; si cruzasen el mundo como la nave el océano, o el viento el desierto, acto estéril y ciego; si el eterno olvido, siempre hambriento, no se hallase con una potencia de tal fuerza que fuese capaz de arrebatarle la presa que acecha ¡qué vanidad y qué desolación serían la vida! Pero no es este el caso; pues Dios ha formado al héroe y al poeta o al orador del mismo modo como creó al hombre y a la mujer. El poeta no puede cumplir aquello que el héroe ha realizado; únicamente puede amarlo, admirarlo y gozarse en ello. Sin embargo, no está menos favorecido, porque el héroe es por decirlo así lo mejor de su ser, aquel de quien está prendado; y será feliz no siendo héroe él mismo para que su amor esté hecho de admiración. El poeta es el genio del recuerdo; no puede nada sino recordar; nada sino admirar lo que fue cumplido; no saca nada de su propio fondo; pero del depósito entregado a su custodia es guardián celoso. Sigue lo que su corazón ha elegido; hallado el objeto de su búsqueda, va de puerta en puerta a recitar sus cantos y sus discursos con el fin de que todos participen de su admiración por el héroe así como de su orgullo. Ésa es su actividad, su tarea humilde, su leal servicio en la mansión del héroe. Si fiel a su amor lucha día y noche contra las asechanzas del olvido ávido de arrebatarle su héroe, una vez cumplida su misión entra en la compañía de él, que lo ama con amor igualmente leal; porque también para el héroe el poeta es lo mejor de su ser; como un débil recuerdo seguramente, pero tan transfigurado como él. Por eso nada será olvidado de aquellos que fueron grandes; y si es menester tiempo, si aún las sombras de la incomprensión disipan la figura del héroe, su amador aparece, sin embargo; y tanto más fielmente se unirá a él cuanto mayor sea su tardanza». (1)

Søren Kierkegaard. Imagen Fuente: De Alvaro Marques Hijazo – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=70009819 efter blyantstegning udført ca. 1840 af N. C. Kierkegaard

Volviendo a nuestro querido amigo Camus podemos afirmar con él:

«También la inteligencia me dice, por lo tanto, a su manera, que este mundo es absurdo. Es inútil que su contraria, la razón ciega, pretenda que todo está claro; yo esperaba pruebas y deseaba que tuviese razón. Mas a pesar de tantos siglos presuntuosos y por encima de tantos hombres elocuentes y persuasivos, sé que eso es falso. En este plano, por lo menos, no hay felicidad si no puedo saber. Esta razón universal, práctica o moral, este determinismo, estas categorías que explican todo son como para hacer reír al hombre honrado. Nada tienen que ver con el espíritu. Niegan su verdad profunda: que está encadenado.» 

«En este universo indescifrable y limitado adquiere en adelante un sentido el destino del hombre. Una multitud de elementos irracionales se ha alzado y lo rodea hasta su fin último. En su clarividencia recobrada y ahora concertada se aclara y se precisa el sentimiento de lo absurdo. Yo decía que el mundo es absurdo y me adelantaba demasiado. Todo lo que se puede decir es que este mundo, en sí mismo, no es razonable. Pero lo que resulta absurdo es la confrontación de ese irracional y ese deseo desenfrenado de claridad cuyo llamamiento resuena en lo más profundo del hombre. Lo absurdo depende tanto del hombre como del mundo.» 

«Es por el momento su único lazo. Une el uno al otro como sólo el odio puede unir a los seres. Eso es todo lo que puedo discernir claramente en este universo sin medida donde tiene lugar mi aventura. Detengámonos aquí. Si tengo por cierto este absurdo que rige mis relaciones con la vida, si me empapo de este sentimiento que me embarga ante los espectáculos del mundo, de esta clarividencia que me impone la búsqueda de una ciencia, debo sacrificar todo a estas certidumbres y debo mirarlas de frente para poder mantenerlas.» 

«Sobre todo, debo ajustar a ellas mi conducta y seguirlas en todas sus consecuencias. Hablo aquí de honradez, pero quiero saber antes si el pensamiento puede vivir en estos desiertos.
Sé ya que el pensamiento ha entrado por lo menos en esos desiertos. Ha encontrado en ellos su pan. Ha comprendido en ellos que hasta ahora se alimentaba con fantasmas. Ha dado pretexto a algunos de los temas más apremiantes de la reflexión humana.»

«Desde el momento en que se le reconoce, el absurdo se convierte en una pasión, en la más desgarradora de todas. Pero toda la cuestión consiste en saber si uno puede vivir con sus pasiones, en saber si se puede aceptar su ley profunda que es la de quemar el corazón que al mismo tiempo exaltan. No es, sin embargo, la cuestión que vamos a plantear ahora. Está en el centro de esta experiencia y ya tendremos tiempo de volver a ella. Examinemos más bien los temas y los impulsos nacidos del desierto.»

«Bastará con enumerarlos. A éstos también los conocen todos en la actualidad. Siempre ha habido hombres que han defendido los derechos de lo irracional. La tradición de lo que se puede llamar el pensamiento humillado nunca ha dejado de estar viva. Se ha hecho tantas veces la crítica del racionalismo que parece innecesario volver a hacerla. Sin embargo, nuestra época ve el renacimiento de esos sistemas paradójicos que se ingenian para hacer que tropiece la razón como si verdaderamente ésta hubiese andado siempre con paso seguro. Pero esto no es tanto una prueba de la eficacia de la razón como de la vivacidad de sus esperanzas. En el plano de la historia, esta constancia de dos actitudes ilustra la pasión esencial del hombre, desgarrado entre su tendencia hacia la unidad y la visión clara que puede tener de los muros que lo encierran.»

«Pero quizá nunca haya sido más vivo que en nuestro tiempo el ataque contra la razón. Desde el gran grito de Zaratustra: ‘»Por casualidad, es la nobleza más vieja del mundo. Yo se la he devuelto a todas las cosas cuando he dicho que por encima de ellas ninguna voluntad eterna quería»; desde la enfermedad mortal de Kierkegaard,» este mal que conduce a la muerte sin nada después de ella», se han sucedido los temas significativos y torturantes del pensamiento absurdo. O, por lo menos, y este matiz es capital, los del pensamiento irracional y religioso. De Jaspers a Heidegger, de Kierkegaard a Chestov, de los fenomenólogos a Scheler, en el plano lógico y en el plano moral, toda una familia de espíritus emparentados por su nostalgia, opuestos por sus métodos o sus fines, se han dedicado con afán a cerrar la vía real de la razón y a volver a encontrar los rectos caminos de la verdad». (2)

Albert Camus en 1957. Imagen Fuente: De Robert Edwards – http://books.atheism.ru/gallery/kamu/, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=9546871

Pensar que el empleo que tiene le brinda seguridad, es la fuerza que le da fuerzas para seguir elevando la roca a pesar de saber que va a caer (y será así siempre), a menos que haga algo para remediar las cosas para por fin incrustar la piedra en la cima y alcanzar la libertad.

El día a día en el trabajo es la roca que eleva esté empleado y es en este preciso momento, en el instante de la reflexión, que el mismo observa caer la piedra.

Esta realidad no es una plena imposición de la existencia, al contrario, la existencia ofrece alternativas para que cada ser opte por que caminos transitar, ya que esto es una cuestión individual. En el caso del trabajador citado en el parrado anterior, el mismo tiene la posibilidad de cambiar su forma de existir, del existir a la vivir.

Lo que sucede en la mayoría de los casos es que nos invade el temor para experimentar cosas nuevas. El desconocimiento es el dios que nos condena, por lo tanto preferimos seguir infligiéndonos a encontrar la luz de la salvación en efecto, nos quedamos incrustados sin hacer algo al respecto, nos quedamos elevando la roca sin llegar a la cima.

Sería magnífico que salgamos de lo convencional, que saltemos de esa rueda que no deja de girar nunca, de esa línea infinita que nos lleva a la nada, que no solamente nos pongamos a pensar, si no actuar. De lo contrario será siempre lo mismo, elevaremos la roca hasta la montaña, pero al llegar a la cima esta caerá nuevamente y al igual que Sísifo, nuestro trabajo será inútil y desesperanzado y frustrante. 

Notas 

(1) Sören Kierkegaard, Temor y Temblor. Losada. Pág. 11
(2) Albert Camus, El Mito de Sísifo. Altaya Editorial. págs. 36, 37, 38 y 39.

Fuentes:

-Sören Kierkegaard, Temor y Temblor. Losada.
-Albert Camus, El Mito de Sísifo. Altaya Editorial.
-Byung-Chul Han, En el enjambre. Herder

Héctor Giménez

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