El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Opinión

El mejor castigo de mi vida

Escribo esta anécdota porque sencillamente no se me ocurre nada sobre lo cual escribir últimamente. Hurgando en una maraña de ideas que no se conectan con nada, me vino a la mente el recuerdo de la mejor maestra que tuve en mi periodo de educación básica: la famosa profesora Fernanda.

Recuerdo que cuando pasé al sexto grado, allá por el 2004, la decisión para mamá fue un tanto complicada: inscribirme con el popular y querido profesor Tomás, o con la estricta profesora Fernanda. Decidió decantarse por la última. De hecho, se conocían porque mamá también era docente en la escuela en donde cursaba y sabía de la trayectoria de la profe Fernanda que ya estaba en sus últimos años de servicio. Se jubilaría en el 2005, si no me traiciona la memoria.

Desde el primer día me di cuenta de que era una docente de “la vieja escuela”. De aquella camada de maestras formadoras por excelencia, y mi prejuicio me indicaba que sería como la temida profesora Concepción, con quien cursé mi cuarto grado. La profe Concepción era una maestra implacable, rigurosa, y con mano dura castigaba la ignorancia. Uno debía aprender sino quería pasarla “mal” con ella. No me malinterprete, estimado lector, con todos esos ingredientes la profesora Concepción era una docente de aquellas que rectifican a los alumnos “problemáticos” reencauzándolos hacia el objetivo que se supone que debían perseguir al entrar a la escuela: aprender.

Pero la profesora Fernanda era distinta. Si bien era una profesora exigente, lo que mejor recuerdo de ella fue su forma singular de castigarme. Nunca fui un alumno problemático porque, como mencioné antes, mi madre era docente en la escuela donde entraba, por lo que mantener un comportamiento ejemplar era mi obligación inherente.

Pero a pesar de que nunca tuve un mal comportamiento con la profesora Fernanda, y de hecho, me resultaba muy fácil el aprendizaje con ella a causa de su espectacular enseñanza, el niño como es niño, en algún momento cede ante el imperio de su inmadurez y sus ganas de jugar, aunque eso implique a veces ciertos roces con otros compañeros.

Durante una de las reuniones de profesores en la dirección, de esas que tardan por lo menos media hora y que propician una acefalía de poder dentro del aula, se ocasionó lo que explica magistralmente José Ortega y Gasset cuando el maestro abandona a su alumnado: se origina una turba parvular encabritada e indisciplinada. Y fue en esa ocasión en que mi pasatiempo de poner “marcantes” a la gente me puso en problemas. Le había acusado a mi compañero, de orejas un poco prominentes, su parecido con Piccoro Daimaku, de Dragonball.

La natural respuesta de mi compañero fue ajusticiarme con algún “tuque” o “saple”, pero como era muy chico para mi edad, lograba escaparme con habilidad correteando por toda el aula. Hasta que finalmente, debido a esas desdichas, me había tropezado con alguna mochila que oficiaba de escollo en el camino, y caí como presa de un colérico depredador. Y en el momento en que nos estábamos empujando y desafiando llega la profesora Fernanda, cuando el conflicto estaba en su clímax. Vio cómo mi compañero me empujó contra una silla y cuando yo quise devolverle un fuerte empujón, la vi a la profesora observándonos desde la puerta, con una mirada similar a la que profieren las madres cuando te atrapan haciendo una travesura in fraganti.

“Vengan acá, los dos”, nos había dicho con voz de sargenta y nosotros, cabizbajo, nos fuimos hasta ella a explicar todo aquel alboroto. Mi compañero le contó que yo había iniciado la escaramuza por mis comentarios contra sus singulares características, y yo me defendí diciendo que era una simple broma y no buscaba generar ninguna pelea. Nos observó uno a uno por unos breves minutos que, en aquel momento, se sintieron como largas horas. Luego, la maestra se invistió de jueza y determinó un castigo que nunca olvidaré.

Primero, nos pidió nuestros cuadernos de avisos, y escribió en cada uno un detallado informe de nuestro comportamiento dirigido a nuestros padres. Nos había dicho que el requisito para entrar a clases al día siguiente era que lo escrito debía de estar firmado por nuestros padres. Pero eso no quedó ahí, y aquí llega lo interesante. Nos dijo que debíamos escribir un ensayo sobre el respeto y la tolerancia para mañana, en no menos de una hoja de oficio.

En ese momento me sentí alarmado porque todo ese castigo implicaba comunicar a mi madre mi vergonzoso comportamiento en clase y ganarme un regaño maratónico. Confieso que la cobardía me llevó a falsificar su firma para ahorrarme un castigo doméstico.

Luego me dediqué al ensayo. No sabía ni cómo hacerlo y ni qué era un ensayo. Pero en una época en la que el internet parecía aún una leyenda para nosotros los de clase media – baja, escribir un ensayo sobre la tolerancia y el respeto era toda una hazaña, y más para un niño de 11 años. Así que había recordado que en películas americanas a los alumnos se los castigaba de la misma forma y debían escribir un pensamiento sobre su comportamiento.

Entonces había tomado el diccionario y busqué los significados de la tolerancia y el respeto y de a poco comencé a escribir. También tomé mi libro de fábulas de Esopo y busqué alguno relacionado con los temas que debía escribir, y creo que encontré alguno. No recuerdo exactamente lo que escribí, pero recuerdo haberlo terminado y con ello también tuve una visión diferente acerca de las cosas. Me sentí menos avergonzado y más animado.

Al día siguiente, le entregué a la profesora mi aviso con la firme que falsifiqué. Hoy día pienso que no existía forma de engañar a una maestra de carrera con cerca de dos décadas de experiencia. Creo que habrá sentido cierta piedad de mí, por lo que habrá decidido pasar de largo mi burdo intento. Luego leyó mi ensayo sobre la tolerancia y el respeto y recibí sus felicitaciones porque se dio cuenta que me tomé el tiempo para cumplir con mi castigo con seriedad. Tal vez por eso habrá decidido dejar pasar mi vergonzoso intento de engañarla.

No obstante, me dijo que a partir de ahora debía pensar dos veces en señalar las peculiaridades de la gente e incluir la tolerancia y el respeto en mi comportamiento social.

Más de diez años después volvería a escribir ensayos, pero ya como materia en la universidad. Recién hoy me vino a la mente la anécdota y recordé cuándo escribí, en realidad, mi primer ensayo y bajo qué circunstancias. Fue sin dudas el mejor castigo de mi vida.

Ignoro cómo los docentes en la actualidad han de manejar casos similares, pero tengo la ligera impresión que maestras así como la profe Fernanda ya casi no hay. Profesoras con tremenda vocación y que se encargaban también de la difícil tarea de formar, de completar la educación que en la casa se falla o no se logra transmitir.

Hoy la recuerdo a la profesora Fernanda con mucho cariño, y agradezco profundamente su labor de enseñar a los alumnos verdaderas lecciones de vida, por haber sido una profesional comprometida con que sus estudiantes no solo sean alfabetizados, sino que al culminar el año lectivo pasen a instancias superiores con una formación civil integral.

Ojalá regresen a las aulas docentes comprometidos con la educación y no así gente que sólo busca cumplir con las horas de forma fría y mecánica.

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