El Último Akã Karaja: Una Historia sobre la Sublevación de 1989

El Último Akã Karaja: Una Historia sobre la Sublevación de 1989

Muchos relatan tantas historias, que respeto, sobre lo ocurrido el 2 y 3 de Febrero de 1989. Cada quien, zurdo o diestro, blanco o negro, dará a sus experiencias y a las del resto, el valor que les parezca adecuado. Mi intención no es erigirme en juez, abogado o fiscal de la historia, sino simplemente hacer oír mi voz. La hice escuchar entonces, y lo haré ahora:

Mi joven sobrino me visitó el día anterior, acompañado de sus padres. Me hicieron obsequios que aprecié mucho, pero no disfruté debidamente porque no quería que me vieran comiendo galletitas en plena guardia. Acababa de ingresar en el «Regimiento Escolta Presidencial», un verdadero honor para cualquier soldado paraguayo. Era tomar la antorcha de los antiguos «Akã Karaja», los que fueron creados y entrenados personalmente por el Dictador Francia, y quienes sirvieron fielmente a los López, cayendo todos ellos junto al Gran Mariscal en nuestra gloriosa epopeya.

Luego, los Akã Karaja seguimos existiendo, aunque con nombre distinto, más formal y menos patriótico: «Regimiento Escolta». Y todavía quisieron los caprichos del destino que se bautice al R.C.4 con el nombre que legítimamente nos pertenece… Son las ironías de la vida…

Siempre pensaba en eso como joven soldado que era. Y entre camaradas nos decíamos «nosotros somos los verdaderos Akã Karaja». Esperábamos que llegara el día para demostrarlo.

Cuando mi sobrino y familia se retiraron de la visita inesperada que me hicieron, agradecí a mi comandante que me haya dado la posibilidad de compartir unos minutos con mis parientes. «Al final, eso es el Paraguay: una gran familia» me dijo mientras regresaba a mi puesto, y él al suyo. Todo parecía más pacífico que nunca, sólo algunos rumores daban un tono extraño al ambiente. Decían que nuestro Comandante en Jefe, Gral. Alfredo Stroessner, había recibido informaciones de que su propio consuegro, Gral. Andrés Rodriguez, tenía intenciones de derrocarlo. 

Esto ya lo habíamos escuchado tantas veces, y tantas veces fue mentira. No nos preocupó en demasía. Pensamos todos que el consuegro no se atrevería a llevar a cabo semejante maniobra, que requería no sólo de fuerza, intención y osadía, sino que la única fuerza con poder para derrotar a Stroessner, el Ejército Paraguayo, se sublevara contra su Jefe. «Somos una gran familia» pensé recordando la frase de mi comandante, y descarté al rumor.

Anochecía. Era el 2 de Febrero de 1989. Nos avisaron que algo curioso ocurrió: el técnico extranjero que controlaba la moderna artillería de nuestro regimiento estaba desaparecido hacía varias horas. Sin él, no se podrían manejar correctamente las nuevas piezas. 

Un compañero de guardia me había hablado ese anochecer, largo y tendido. Pero sólo recuerdo de sus últimas palabras que «quería ir al concierto de Luis Miguel junto a su novia, quien tuvo que ir a dicho evento acompañada de un extraño primo que llegó para la ocasión». No quise romper la burbuja de mi camarada, quien estaba muy convencido de la lealtad de su amada. Pero para mí la cosa era muy clara. Desgraciadamente, él ya no supo la verdad… Al día siguiente cayó cumpliendo con su deber.

Empezamos a oír disparos. Era el crepitar de ametralladoras. Y los aviones de la Fuerza Aérea volaban amenazadores sobre nosotros. «¿Será el tan hablado golpe?» nos preguntábamos. Y no lo creímos hasta que cayeron las primeras bombas, cerca de nuestra posición…

«Regimiento Escolta, a las armas, golpe, golpe, golpe» gritó mi Comandante. Todos fuimos a nuestros puestos de combate, era la llamada del deber. Era el momento que todo «Akã Karaja» esperaba. Hicimos sagrados juramentos de defender a nuestro General de Ejército hasta en las últimas circunstancias, hasta con el último aliento, hasta en el último palmo de terreno.

Pero la sublevación de los sediciosos, a quienes me rehuso a llamar «camaradas» por mi honor de Akã Karaja (y de los verdaderos), nos tomó totalmente de sorpresa. No tuvimos tiempo de alistar nuestros planes defensivos para proteger al Gral. en Jefe.

No obstante, sí teníamos nuestros corazones preparados. Eramos el Regimiento Escolta. Los legítimos Akã Karaja. Hicimos un sagrado juramento y nuestro honor, nuestro máximo honor, siempre será salvaguardarlo. 

Avanzaron los insurrectos. Eran muchos los «Carlos» y los «Víctor». Muchos más que nosotros, eran demasiados… Se dice que uno de ellos, con una granada en la mano, consiguió que el viejo General Stroessner, quien ya no estaba para combates, aceptara rendirse.

Pero nosotros, y los sediciosos que nos combatían, no lo supimos sino mucho después. Sí teníamos en claro que seríamos derrotados, que no podríamos contra tantos y tan bien pertrechados adversarios. Y de todas formas seguimos luchando, hasta que nos quedamos sin munición… Hasta la mañana siguiente incluso, el 3 de Febrero… 

Tuve la desgracia de no haber muerto…

Cuando nos enteramos que el líder del golpe fue el Gral. Rodriguez y que nuestro Comandante en Jefe se había rendido, el mundo se nos derrumbó. Decenas y decenas de cadáveres de los nuestros, los únicos dignos, los leales a su juramento, estaban allí, honrando al honor del Regimiento Escolta y nuestros antepasados, los Akã Karaja. Y también estaban los muertos sediciosos, quienes manchaban con su traición al uniforme… Pero ellos lucharon por otra cosa, y festejaban… «Democracia» gritaron. 

Y nadie les recuerda… Aparecieron pronto los bufones. Los ladrones de la escena. Los rostros que hoy, 30 años después, se enquistaron en nuestras retinas. Ellos fueron las únicas víctimas y los únicos vencedores. Los soldados muertos, sólo eran soldados muertos…

Quizás ese fue el castigo para todos los que obedecieron las órdenes de los comandantes sediciosos… El olvido de sus propios «camaradas» civiles e incluso militares.

Yo, soldado en ese entonces del Regimiento Escolta, lo único que recuerdo claramente tras el anuncio de la victoria de los insurrectos, es que un ligero chorro de sangre me corría en una mejilla, que me había puesto de rodillas y, dejando caer el fusil de mis manos, me puse a llorar amargamente…

Mi único consuelo hasta hoy sigue siendo que, como un verdadero Akã Karaja, hice todo lo posible para honrar mis sagrados juramentos.

Mi único consuelo y mi heroico orgullo.

IMAGEN: RC4 «Akã Karaja» en un desfile. Internet.

BASADO EN UN TESTIMONIO REAL (recogido por A.A.D.).


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Emilio Urdapilleta

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