Hemiplejía ideológica contra la historia

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Antes de empezar, una advertencia: mi posición en lo referente a las ideas políticas es muy similar, si no idéntica, a la siguiente frase de uno de mis autores favoritos, el Barón Julius Evola, que dice:

«Mis principios son todos aquellos que, antes de la Revolución Francesa, eran vistos como naturales y sanos«.

En pocas palabras: si me acusarán de algo que no soy… ¡cuidado! No sea que ustedes estén parados en aguas turbias sin saberlo siquiera, lo que sería mucho peor.

Fuente: DW.

Habiendo dicho todo eso, voy a la idea central de este artículo, que será breve, con un pedido de mesura, moderación, prudencia y cautela: en este mismo momento se desató una especie de «Primavera Sudamericana» que tiene, a todas luces, elementos que pudieran ser vistos como de notable «infiltración» desde ambos bandos (izquierda y derecha, que son brazos del mismo cuerpo por igual e igual de nefastos). Y al menos yo, parafraseando con ciertas libertades al personaje de claroscuros Winston Churchill, agregaré ante la situación que se ha desatado:

Fuente: The New York Times

«No confío en ninguna infiltración y en ningún estallido social, mucho menos en organismo e institución internacional que no sea administrada por mí mismo o por mis hombres de confianza» (la frase original de Sir Winston es algo así: «no confío en ninguna estadística que no haya manipulado yo mismo«, evidentemente era un hombre de genio con todos sus defectos y horrores).

Ah, que no nos tomen por tontos, amigos y lectores del Parlante. Las cosas siempre son mucho más complejas y profundas de lo que parecen, las raíces de los problemas están metidas bien al fondo y no se pueden hacer delimitaciones basándonos netamente en esas simplistas visiones ideologizadas. Es cierto: el marxismo en todas sus formas es la mayor catástrofe que se haya desatado en la historia humana, causó 100 millones de muertes de manera directa (sin contar las indirectas) y hasta hoy sus efectos se sienten y presienten devastadores.

Fuente: RTVE.es

Pero no menos cierto es que la alternativa que el sistema presenta en su juego de «síntesis/antítesis» es igualmente macabra: el supracapitalismo más desalmado y salvaje, que reduce al hombre a mercancía y utilitarismo, a números en la planilla de Excel que hablan de consumo y dólares per cápita, a seres meramente descartables como las botellitas de Coca Cola, en borregos adiestrados en el simbólico y poco útil acto que llamamos «democracia moderna», farsa estrepitosa que ha otorgado el espejismo de una supuesta «libertad de conciencia», «libertad de elección» que no es otra cosa sino mayores facilidades para la manipulación y el control de las masas. Ya lo había señalado correctamente Platón en su más conocida obra «La República» que la democracia es, en apariencia, el más bello de los sistemas pero en la práctica, el más corruptor y más corrompible de todos, que siempre degenera en oligarquía, plutocracia, timocracia y los demás vicios.

Desde luego que existen algunos degenerados que se atreven a criticar a Platón simplemente por señalar una verdad con casi cuatro milenios de vigencia y demostración histórica. Lo tildan de ser un «totalitario», pero la pregunta es otra: ¿acaso hoy no vivimos en un sistema totalitario, que impone la esclavitud política y personal con los gulags y campos de concentración del socialismo/comunismo tanto como la esclavitud socioeconómica de las finanzas rapaces y usurarias, de los créditos impagables y el dominio a naciones enteras a través del poder del dinero, como en el supracapitalismo?

Fuente: BBC

En inglés, algunos dirían «pick your poison». Pero yo, con impronta española y guaraní (paraguaya, en resumen) diré: ningún veneno para mí, che tavyvétama si termino eligiendo algo que me somete ante los poderes del mundo.

Por mero pragmatismo, muchas veces es mejor aliarse con el «menos peor» para combatir al «más maligno», pero en este momento las cosas se han tornado excesivamente nebulosas, complicadas, difíciles de descifrar. Por ello, queda hacer una humilde recomendación a los lectores de este también humilde pero valiente medio: desactivemos todo el ruido, vayamos a sentarnos bajo la sombra de un árbol de mango o tajy, preferiblemente en soledad, respiremos profundamente llevando la mano derecha bajo el mentón y reflexionemos. Hagamos una detenida meditación aprovechando el silencio de la pradera y alejémonos de la tormenta de sonidos ininteligibles, de confusión ensimismada, encerrada en sí misma.

No es cuestión de abandonar los nobles y sanos principios, sino de observar si estos no están algo manchados por tanto barro y podredumbre sistematizada. Quizás esos bellos e iluminadores candelabros de nuestros espíritus necesiten algo de limpieza…

 Foto: AP/Miguel Arenas

Sólo así podremos ver con mucha mayor claridad, y la claridad que corresponde a cada caso particular, todos los entretelones de los estallidos sociales en Perú, Ecuador y más recientemente en Chile y Bolivia, sin mencionar los ocurridos en el Caribe y las convulsiones dramáticas que actualmente vive el Viejo Continente, especialmente en España. Porque para todo, siempre existe un hilo conductor aunque muchas veces preferimos concentrarnos en el color del traje y no en dónde este fue adquirido…

Más allá de socialismo o capitalismo, más allá de izquierdas o derechas posmodernas, el análisis debe enfocarse en las causas más íntimas, en el tejido más entramado y no en lo que es mera apariencia.
Quizás de esa manera, veremos que entre Evo Morales y Sebastían Piñeira no existe gran diferencia más allá de sus orígenes o supuestas afiliaciones partidarias, que Margaret Thatcher y Cristina Kirchner tal vez tienen muchas más coincidencias que diferencias (las Malvinas son paraguayas, he aquí mi Tercera Posición, dicho sea de paso).

Por lo demás y como diría el Vizconde de Bonald, la máxima que todo buen patriota debería seguir respecto a la administración de su país debe ser, en la medida de lo posible: «Todo Gobierno debe hacer: nada para los placeres del pueblo; lo justo para atender sus necesidades y absolutamente todo para elevar sus virtudes».

Lo que nos lleva a más planteamientos filosóficos: ¿hablar de «virtudes» en esta era de los vicios más horrendos?

Sí. ¿Acaso no somos políticamente incorrectos?

Es tema para otra discusión, sin embargo…

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