El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Grandes Batallas de la Historia Historia del Siglo XX Historia Universal Opinión Segunda Guerra Mundial

La Batalla de Berlín, una reflexión no poética

La conferencia de Yalta había finalizado un 11 de febrero de 1945, las tres potencias terminaron por dividirse Alemania como si fuera una torta de cumpleaños sobre la mesa de reuniones, los únicos que no estaban convidados para la repartija eran los mismos alemanes y Japón, éste último país estaba todavía por ser objeto de un plan macabro para borrarlo de la faz de la Tierra, —si era necesario—, Stalin astuto como viejo zorro, hizo pensar a los aliados que no tenía ningún  interés en Berlín y le salió bien la mentira; los aliados habían desembarcado en Normandía en 1944; además los soviéticos, ayudarían a los estadounidenses en su guerra de venganza hacia los nipones: estaba en marcha la división del mundo en dos concepciones distintas que terminarían co-existiendo durante otros 45 años, más o menos, hasta la caída de la URSS. Nunca una conferencia diplomática con los más altos dignatarios tuvo a un claro vencedor, el dictador soviético se hizo pasar como siempre, como el menos inteligente entre Churchill y Roosevelt; al final terminó prometiendo una cosa, y cuando le convenía, haciendo otra.

De izquierda a derecha: Churchill, Roosevelt y Stalin.

El pueblo alemán se enfrentaba a todas luces, al destino final, su destrucción completa y su rendición total, Hitler y su plana mayor, entendían perfectamente, que no saldrían vivos de esta última batalla, en la capital otrora orgullosa del Reichstag. Los bombardeos aliados fueron atroces, criminales, ninguno de ellos pagó su culpa por asesinar a cientos de miles de ciudadanos alemanes inocentes, los aliados simplemente miraron a otro lado mientras las mujeres alemanes eran violadas y sucumbían ante el terror del Ejército Rojo.

Nada debía quedar de pie, los prisioneros de guerra ya tendrían su reivindicación histórica en los gulags de Siberia, muchos desaparecerían en esa helada cárcel, otros morirían de hambre o de trabajos forzados, nadie se acuerda de los vencidos, nadie sabrá granjearse a la opinión pública a su favor, exigiendo un buen trato para los “malos de la película”, y es que a esas alturas, la guerra ya no era un conflicto armado de caballeros, sino de vengadores a los que no les importaba en lo más mínimo ningún salvo conducto para los alemanes sobrevivientes sino su exterminio.

DPA / Global Look Press

El 16 de abril comenzaría la carnicería, la Segunda Guerra Mundial libraría una de las últimas grandes batallas en Europa, Berlín tenía a 700 mil soldados, entre reservistas y ciudadanos, que defenderían con sus vidas, una de las ciudades más bellas del viejo mundo, ahora en ruinas por el bombardeo intenso de los días anteriores; los rojos, entre dos millones o más esperaban la orden para atacar.

22 mil cañones soviéticos dispararon toda su artillería en el comienzo, los cuerpos desmembrados volaban por los aires, la sangre teñía la tierra que horadaban los alemanes, los que sobrevivieron a la primera oleada del enemigo se preguntaban si seguirían vivos, mientras que la densa Humareda de la Muerte cubría el campo de Marte con gritos de dolor, personas desquiciadas, conviene mencionar, que los soldados soviéticos, también temían morir, en tal situación es matar o morir…luego, el día del cumpleaños del Führer, Zhúkov y Kónev sitiaban la ciudad, el desastre no tenía vuelta atrás.

Artillería soviética en las colinas de Seelow, abril de 1945. Fuente: Getty Images

El aniquilamiento estaba en marcha, Zhúkov, el criminal de guerra soviético, sin  piedad, no quería ver sobrevivientes, mientras más alemanes muertos, mejor, ya no importaba el respeto a la otra nación, sólo el conteo final de “malditos nazis” muertos, la Madre Rusia y el Camarada Stalin así lo requerían y harían cualquier cosa para que sus designios fueran cumplidos. Stalin sabía de la valía de Zhúkov, pero también sabía cómo manejar a sus generales, Kónev tendría el mando del Primer Frente Ucraniano, mientras que Zhúkov, aquel que sería ridiculizado en varias ocasiones por Erich von Manstein, tenía en su poder El Primer Frente Bielorruso: al colocarlos frente a frente, lograba que compitieran entre sí para ver quién conquistaba primero Berlín.

Tenían todo preparado desde Yalta, llevaban estandartes y muchas banderas de la Unión Soviética, ellos serian los primeros en ondearlas posteriomente, sobre los escombros del sueño truncado de Hitler y su Reich de Mil Años, esa bandera elevada en lo alto del Reichstag es una imagen icónica de la Guerra en el siglo veinte, la propaganda de la “liberación de la ciudad de las manos de los asesinos nazis” a manos del salvador que volvería a “civilizar” a los pocos que pudieran ser testigos del día después de mañana.

El fin de la guerra frente a la Puerta de Brandemburgo (Berlín, 1945). Un cuerpo de un soldado alemán yace frente a la Puerta de Brandemburgo tras la batalla de Berlín. Flickr

Muy poco tiempo después el Führer, que se consideraba a sí mismo como un dios civilizador, del nuevo orden y de la “tercera vía” se suicidaría. Estaba demasiado débil y enfermo para soportar tamaña afrenta a su ego gigantesco que fue minándose a medida que la fortuna se iba poniendo en su contra, como muchos de sus colaboradores.

Hitler aguardaba en el Búnker construido bajo la Cancillería. Su decisión de resistir hasta las últimas consecuencias no fue seguida por casi nadie, solo por los fanáticos (los que no querían defender la ciudad eran colgados en las calles para saber lo que les pasaría a los traidores) de las SS y juventudes hitlerianas que no entendían que luchaban por un fantasma, y por una idea que no fructificada, terminaría por perderse finalmente, en el hondo foso donde el olvido hace crecer las flores del mal, el nacionalsocialismo había sido descuartizado.

Estado de la Puerta de Brandeburgo y el centro de Berlín tras la rendición alemana en junio de 1945.

El comunismo ganó la guerra, el Führer alemán, de origen austriaco no podía permitirse sobrevivir, él había sido el culpable de tanta destrucción, él era el infierno mismo hecho carne que llevó a la humanidad a una de las catástrofes más grandes de la historia y que aún, sigue siendo, en varias partes del mundo, tema tabú, prohibido, so pena de convertirse cualquier historiador o amante de la historia de las dos grandes guerras mundiales en un aliado de cualquiera de los bandos contendientes, pero algo queda de ese 16 de abril del año 1945, y es que a pesar de todo lo que pasó y que llevó a ese estado de cosas, los alemanes demostraron a propios y extraños, que eran los soldados más profesionales del mundo y de la historia, tanto en la defensa como en el ataque, fueron capaces de mostrar una valía inconmensurable y un valor ejemplar, a ellos, a esos perdedores malos, solo los alcanzan en valor y profesionalismo, los norteamericanos, que también fueron actores principales de batallas impresionantes, pero bajo ningún término, cobardes. A pesar de estos dos ejemplos de héroes modernos, los soldados japoneses están más allá del bien y del mal, lo que hicieron durante su extraordinaria defensa de Japón, es singular y causa escalofríos solo recordarlo, como le dicen en Paraguay: «che mopirimba«.

El Reichstag después de ser bombardeado y capturado por los soviéticos.
Alzando una bandera sobre el Reichstag, foto icónica de Yevgueni Jaldéi que muestra a los soviéticos celebrando sobre las ruinas de Berlín.

Este escrito es un homenaje a los ciudadanos de Berlín y a sus soldados que ofrecieron sus vidas por la defensa de su ciudad, porque ellos perdieron la guerra, pero no perdieron su dignidad ante la apisonadora soviética, que cometieron abusos atroces y crímenes de guerra sanguinarios, que nunca fueron juzgados.

2 COMENTARIOS

  1. Buen escrito. Un buen homenaje al pueblo alemán. Siempre se les culpa de todo cuando se aborda la 2da Guerra Mundial, y encuentro bastante ecuánime este relato. Fuerza y adelante a los actores y autores de este espacio académico. Cordiales saludos.

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