La censura: el fin de la verdad y de los valores occidentales

La censura: el fin de la verdad y de los valores occidentales

Según ideólogos posmodernos y feministas, en un supuesto crimen donde no hay pruebas, la única manera de comprobar si alguien es culpable, es creyendo a la víctima; porque, claramente, no se espera que el culpable confiese. Esto guarda una estrecha similitud con los sucesos Inquisitoriales del siglo XVII, en Salem, Massachusetts, donde existía una especie de teocracia fundada por puritanos que temían a la corrupción moral más que a la muerte. Como consecuencia, sus habitantes crearon una sociedad en que todos vigilaban y juzgaban permanentemente las conductas y expresiones de todos los demás. Dado que el que acusaba al mismo tiempo señalaba encontrarse libre del pecado que denunciaba, en poco tiempo la histeria se encontraba desatada y cientos de personas se verían envueltas en cargos de brujería. O sea, acusar y declararse víctima se convertían directamente en virtudes.

La brujería, por su propia naturaleza, constituye un delito invisible, ¿no es cierto? En consecuencia, ¿quién puede testificar en un caso de brujería? La bruja y su víctima. Nadie más. Ahora bien, no cabe esperar que la bruja reconozca su delito, ¿de acuerdo? Hemos de recurrir por consiguiente a sus víctimas y estas sí que testifican. En cuanto a las brujas, nadie negará que estemos ansiosos de aceptar su confesión. Siendo ese el caso, ¿qué podría aportar un abogado? En otras palabras, aquellos que eran acusados de brujería, es decir, de ser malignos, se encontraban prácticamente condenados por el mero hecho de ser acusados, pues la existencia del delito dependía enteramente de la interpretación de quien denunciaba.

En la Inquisición del siglo XVII también se ejecutó al filósofo y científico Giordano Bruno haciéndolo arder en la hoguera, entre otras razones, por enseñar que los planetas orbitaban el sol, hoy día los neoinquisidores persiguen a académicos y científicos que intentan demostrar asuntos como que el género no es totalmente una construcción social, que la brecha salarial entre hombres y mujeres como producto de la discriminación es un mito, que la narrativa del patriarcado como figura únicamente abusadora de la mujer merece serias dudas, que la genética es uno de los factores que más inciden en la inteligencia, que el Islam es incompatible con occidente, que las potencias coloniales hicieron grandes aportes a sus colonias o que la migración puede tener efectos negativos para la sociedad que la recibe, entre muchos otros temas.

Así, uno de los efectos más perniciosos de la corrección política actual es que al fomentar un ambiente cargado de irracionalismo relativista no solo se hace imposible la comunicación significativa entre posturas divergentes, sino que se destruye la capacidad misma de empatizar con otros de una manera no patológica, pues esta solo puede darse sobre la base de un principio de realidad que trasciende a la mera subjetividad. Sin esa verdad objetiva, todo lo que queda es la sumisión al capricho de una de las partes.

El fin de occidente

La persecución de opiniones políticamente incorrectas tiene su origen, para no hacer extender demasiado este artículo, en la consideración subjetiva de la verdad y de la realidad. Lo que nos lleva a concluir que existen tantas verdades como personas en el mundo o, simplemente, que ya no existe. Pero esto no es nada nuevo, ya desde el siglo pasado autores como Michel Foucault, Jacques Derrida, Jean-François Lyotard entre otros, formularon ataques a los valores occidentales que vinieron con la Ilustración. En similitud con Foucault, con Derrida tenemos que la verdad es inaccesible mediante el lenguaje porque este es creado por quien lo utiliza, y nada cierto fuera de él se puede conocer a través de él. Y como dentro de este lenguaje se crean jerarquías, entonces hay que «deconstruir» el lenguaje, existiendo así tantos significados de palabras como existan personas que las lean.

Estos autores son hoy en extremo influyentes en Europa y Estados Unidos, sus ideas se han instalado en las mejores universidades, en la política, medios de comunicación, radio y en prácticamente todo. Entre los ideólogos más influyentes para la sociedad occidental actual se encuentra Hebert Marcuse. Para Marcuse, las democracias, con su combate en contra del comunismo y otras prácticas, eran tan opresivas como las dictaduras. En consecuencia, la tolerancia no existía más que como disfraz para legitimar un orden establecido que era inherentemente inmoral. Y es que es solo en circunstancias de igualdad total, dice Marcuse, que puede hablarse de verdadera tolerancia, lo cual no es posible en una sociedad de clases, la que puede ser compatible con la «igualdad constitucional», pero nunca con la igualdad real. De este modo, la única tolerancia posible, la «verdadera tolerancia» como la llama, es aquella en que se aceptan solo las opiniones de todos los que están de acuerdo con Marcuse y su diagnóstico según el cual la sociedad burguesa occidental es intrínsecamente opresiva:

«La tolerancia liberadora significaría, por lo tanto, intolerancia con los movimientos de la derecha y tolerancia con los movimientos de la izquierda».

– Hebert Marcuse.

Marcuse mismo defendió el uso de la violencia por parte de minorías que se sienten oprimidas, distinguiendo entre la violencia injustificada, que es la que ejerce el opresor a través de las instituciones de la democracia liberal, y la violencia justificada o reaccionaria, que es la que ejercen los oprimidos en contra de los opresores: «Cuando—los oprimidos— usan la fuerza, no comienzan una nueva cadena de violencia, sino que rompen la establecida.

Es obvio que si se acepta la lógica de que no se pueden publicar ideas o pensamientos que ofendan a ciertos grupos, entonces no solo los homosexuales tendrán derecho de censurar a todo el que no apruebe la homosexualidad, sino que los creyentes podrían censurar a los profesores ateos cuya visión resulte ofensiva, los ateos a los profesores creyentes, los musulmanes a los judíos y así sucesivamente. Pero eso es en la teoría, acá lo que se ha establecido arbitrariamente es algo peor, las víctimas y los victimarios ya “vienen de fábrica» por decirlo de alguna manera. Los heterosexuales oprimen a los homosexuales, los hombres a las mujeres, los blancos a los negros y así sucesivamente, haciendo imposible los casos contrarios por la discriminación por la pertenencia a un grupo determinado.

Quemando libros

En mayo de 1933 en la Alemania Nazi, estudiantes universitarios bajo las instrucciones del Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, habían cargado más de 20.000 libros en bolsas, camiones y carretillas, pronto se formaron hogueras y los estudiantes lanzaban los ejemplares al fuego de autores que consideraban traidores. Los estudiantes prendían los libros a grito de: «¡Contra la corrupción moral!». Poco a poco, miles y miles de libros fueron consumidos por las llamas. Con persecución de ideas, de censura en universidades, radios y televisión, solo las ideas de las élites gubernamentales tenían cabida en la sociedad.

En la actualidad en Amazon, cientos de libros están siendo retirados de su plataforma por contener “discurso de odio”, entre ellos el libro de Pablo Muñoz Iturrieta titulado “Atrapado en el cuerpo equivocado”. Constituyendo así como una quema de libros actual. Muchos otros textos han sido censurados o atacados de manera similar. Así, por ejemplo, la novela Los cinco de la escritora bestseller mundial Enid Blyton (1897-1968) una saga de veintiún títulos, fue relanzada en español por la editorial Juventud luego de una cuidadosa limpieza de su texto, el que describía a los niños protegiendo a las niñas, a los buenos en general como anglosajones y a los malos como pertenecientes a otras razas. La obra maestra Ulises, de James Joyce (1882-1941), fue publicada por Apple en su edición para iPad removiendo los desnudos que describía, desatando reacciones que obligaron a la empresa a retractarse.

Como lo hacían los Nazis, hoy censuran música, teatro, libros, publicaciones, opiniones, ciencia, programas de radio, palabras específicas, nombres, estatuas y un larguísimo etcétera. Ha alcanzado incluso al que, en teoría, era el hombre más poderoso del mundo: Donald Trump. Y este no fue el punto de partida ni mucho menos, las Big Tech han estado por encima de la ley dominando en una especie de oligopolio el espacio público, dictando lo que se puede o no se puede decir. Digo ‘espacios públicos’ porque hoy, corporaciones como Facebook ya no pueden ser consideradas simplemente como empresas privadas, porque no tienen competencia y constituyen, en su conjunto—con Amazon, Google y Microsoft— el espacio público virtual casi total.

Hoy si no tenés redes sociales no existís, y una empresa no debe tener el poder de desaparecer gente de la esfera pública con esos criterios. Violan la libertad de expresión y deshabilitan el ejercicio político a personas por el mero hecho de no pensar como ellos. Los casos más comunes de censura son por ‘discurso de odio’, que nadie realmente te sabrá responder qué es, pero, según las autoridades londinenses en su página web: «un delito de odio es cuando alguien comete un delito en su contra debido a su discapacidad, identidad de género, raza, orientación sexual, religión o cualquier otra diferencia percibida», aclarando que no tiene por qué incluir la «violencia física». El problema, cuando se niega la libertad de ofender o decir cosas odiosas, es quién define y bajo qué criterios aquello que constituye discurso de odio. Es la elasticidad del significado lo que da riendas sueltas a censuras masivas de opiniones disidentes.

La esperanza

La única manera de contrarrestar esto es volver a abrazar los valores de la Ilustración y de la libertad, que son los que nos han hecho tener la menor tasa de pobreza, una mayor esperanza de vida y el mayor progreso tecnológico y científico en la historia de la humanidad. Lo que esta gente—los posmodernos— ha parecido olvidar es que todo lo que tenemos actualmente es por el sacrificio que muchísima gente tuvo que hacer para avanzar en determinados campos de la ciencia para, así, dar un mayor nivel de vida a todos. Han parecido olvidar que estamos sobre hombros de gigantes. Han despreciado la razón como herramienta para llegar a la verdad.

Esta adoración de lo débil proviene mayormente porque, como el sistema inmunológico, el carácter humano se fortalece a través de malas experiencias, y pretender proteger a los niños y adolescentes de absolutamente todo,—como están haciendo— hace que estos se conviertan cada vez en más débiles psicológicamente. Se puede considerar una consecuencia del nivel de vida acomodado que trae el capitalismo en países en donde estas ideas se han instaurado. La mayoría de ofendiditos son de clase media o alta, que no les ha faltado nada y no valoran nada.

Siendo este un tema que amerita un extensísimo estudio, les recomiendo que lean y se informen sobre lo que está ocurriendo en occidente. Porque, tarde o temprano, la agenda globalista llegará para imponerse en latinoamérica y tendremos que estar preparados.

Bibliografía: Gran parte del contenido de este artículo fue extraído del magnífico libro de Axel Kaiser : «La neoinquisición». El Mercurio, 2020.

Vega Mathias

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