El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Especiales Filosofía Opinión

La Elección y El acto de Fe de Abraham

(Sobre el libro “Temor y Temblor” de Sören Kierkegaard) 

La fe de Abraham es una muestra de las preguntas más profundas que el hombre puede hacerse en cuanto a esta vida. ¿Vale la pena elegir tener fe ante circunstancias que demuestran lo probable de lo absurdo? 

Esto nos demuestra el padre de la fe, porque consideró tal circunstancia una prueba difícil, angustiosa, pero la obediencia Al Supremo lo llevó a realizarlo. Fue entrenado en la confianza desde que partió a Canaán, aún era Abram. “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán benditas todas las familias de la tierra!” 

Esta era la promesa de Dios para Abram a sus setenta y cinco años, sin embargo, las escrituras nos muestran una característica en sus relatos, cuando Dios prometió, también ordenó, y en el versículo uno cuando se dirigió a él le dijo: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra de tu padre”. 

¿Realmente este hombre se habría encontrado con Dios? 

Tengamos en cuenta toda la improbabilidad del éxito de su acción, los viajes que se realizaban en esa época no son como los realizamos en esta era posmoderna. En estos tiempos la multiculturalidad globalizadora es una de las características fijas debido al avance de la tecnología, la migración es la causa del porqué en la “modernidad liquida”, como lo expresa Bauman, la identidad de una cultura se va perdiendo o adquiriendo otras formas, esto se suma como ya mencioné, a la facilidad de las personas de poder trasladarse de un lugar a otro. Las escrituras mencionan: “Abram partió tal como el Señor se lo había ordenado”. 

Inaudita es la vida y llena de sorprendentes cambios, pretendemos sin el análisis correspondiente de lo que es en sí misma, atrapar el viento con nuestros puños. Es ésa la vida, ni siquiera una bocanada de oxígeno es nuestra. No digo, —claro está—, que no tenga sentido y no valga la pena vivirla, por el contario. El amor, la fe y esperanza son grandes motivos por lo que uno desea vivir. 

Me refiero a que el mundo posmoderno va detrás de motivos que no son los correctos, también están las personas que no tienen ninguna intención de que tenga un motivo determinado. Su mayor expresión de la vida es el deseo hiperindividualista de nuestros tiempos. “vive el momento”. 

El sacrificio de Isaac de Caravaggio (1603). Imagen Fuente: Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=136564

Abram fue por más, vivió y conoció el paganismo, la idolatría, tanto que cuando Dios se le apareció comprendió que el hombre más allá de la vida tiene una trascendencia, no obstante, determinada por lo que hacemos en lo que nos toca por vivir. 

No puedo decir lo que pensaba Dios exactamente cuándo lo llamó a salir. Significaba mucho más que “ir”. De hecho podemos notar que durante el viaje que emprendió en cierto momento El Señor le cambia el nombre de Abram a Abraham. “Ya no te llamarás Abram, sino, que de ahora en adelante, tu nombre será Abraham, porque te he confirmado como padre de naciones”. Dios lo había cambiado, cambiar el nombre es cambiar nuestra identidad, todo lo que somos o lo que fuimos queda en el olvido. Pero Dios fue aún más profundo, la propuesta de Dios era inverosímil a toda vista, ¿Padre de naciones?, «pero mi mujer es estéril», pensaba con seguridad, ¿Cómo puede ser tal cosa?

Muchas veces vivimos de tal manera, quizás lo improbable haga al hombre continuar, “irse” hacia adelante. Aunque en el mundo podemos ver tanta maldad e hipocresía. Un niño en África muere cada siete segundos, pasada las veinticuatro horas todo el defensores del Chaco estaría muerto, entonces de dónde nace el deseo simple de vivir, ¿realmente las cosas cambiarían? Podemos ver violaciones, tráfico de drogas, tráfico de órganos, de armas, guerras sin razón por sospechas fundadas o infundadas (todo ello para probar las nuevas armas producidas), frivolidad mediática. La muerte es un negocio y más cuando todos están mirando. Es dura y pesada la realidad ya que el morbo mediático es tal que si no estamos “dentro” probablemente y lo más seguro, nos tildarían de antisociales o “raros”. 

No me considero pesimista, sino realista, esta sociedad liquida es especialista en derruir los valores y hacerlos relativos, somos fanáticos del ego y hacer la vista gorda ante situaciones que generen la más mínima incomodidad es la constante de hoy en día. Somos consumistas alienados y tenemos nuestros templos comerciales. Día a día forjamos el culto a nuestro Yo, es todo lo que vale. El mundo es así. Así que me pregunto, ¿Vale aún la pena tener fe de que cambiará nuestro presente de alguna forma hacia algo más humano? Abraham es muestra de ello.

Dios concedió a Abraham el hijo que tanto anhelaba, que Él mismo había prometido, después de tanto viajar con una larga delegación, parar en diferentes momentos en muchos lugares, someterse quizás al atisbo de la incertidumbre de lo que le pudiera pasar, por fin, llegó el día que Sara tuvo un hijo al cual le pusieron el nombre de Isaac. Le brillaban los ojos, estremecidos por el milagro divino, Dios una vez más había mostrado su poder excelso. 

«Desde el punto de vista espiritual todo es posible; más en el mundo finito hay muchas cosas que son imposibles. Pero el caballero hace posible lo imposible encarándolo desde el ángulo del espíritu, lo cual expresa diciendo que renuncia ello. El deseo, ansioso de convertirse en realidad y que había tropezado con la imposibilidad, se ha debilitado en su fuero interno; pero no por eso está perdido u olvidado. A veces el caballero siente los obscuros impulsos del deseo que despierta el recuerdo; a veces él mismo los provoca; pues es demasiado orgulloso para admitir que aquello que fue la substancia de toda su vida haya sido cuestión de un momento efímero. Conserva joven ese amor y a medida que juntos envejecen, va haciéndose más bello. Por el contrario no desea de ningún modo la intervención de lo finito para favorecer el crecimiento de su amor. Desde el instante en que ha efectuado el movimiento, la princesa está perdida para él. No tiene necesidad de esos espasmos nerviosos que la pasión provoca ante la presencia de la amada ni de otros fenómenos parecidos, ni tampoco de perpetuos adioses en el sentido finito, pues posee de ella un recuerdo eterno; sabe muy bien que aquellos amantes tan ansiosos por verse todavía una vez postrera, tienen motivo para mostrar esa ansiedad, y razón en suponer que volverán a verse por la última vez, porque ellos harán todo lo posible para un rápido y mutuo olvido». (1) 

El hijo de la promesa, heredero de ésta, había nacido. Paso el tiempo e Isaac creció y se hizo fuerte, se relacionó con su padre de una manera estrecha hasta que de nuevo lo insólito tocó de nuevo el campamento de Abraham. Dios le ordenó, esta vez sin prometerle nada a cambio, que sacrifique a su hijo. Todo se vino abajo, acaso el mismo Dios que le prometió un hijo para hacerlo padre de las naciones, ¡había mentido! 

Este dios acaso era un perverso que jugaba con la vida de los hombres a su antojo. Lo que más amaba se le era encomendado quitar, pero aun por sus propias manos. Qué situación difícil. Aquel monte del calvario, subido a obediencia ciega. Lo más sorprendente del asunto es que de nuevo obedeció. Sabía de alguna u otra manera a pesar de lo complicado de la petición que Dios le había formulado, tenía un propósito. Las decisiones difíciles generalmente son dolorosas pero mayormente son las más importantes. Había sido entrenado en la fe, en creer al margen de todo y especialmente en obedecer, le cambiaron el nombre, le hicieron humilde, porque no protestó, no alzó su voz al cielo con orgullo, renegando contra tan abrumadora realidad. En el fondo de su espíritu Dios susurraba, cada paso al monte calvario era un recuerdo martillando su interior. 
Trataba de disimular, no queriendo decir a su amado hijo lo que pasaría. Isaac cual hijo sumiso obedece, acepta con resignación y va al matadero. El sería el cordero sacrificado a Dios. El monte Moriah que significa “Visión” en hebreo se convertía de esta forma en el escenario de tan cruenta trama, vería la vida misma yéndose a la totalidad del absurdo. 

La daga está en el cielo a punto de caer y ser parte como instrumento de lo infame. Hasta que un ángel para la mano de Abraham y oye la voz “No pongas tu mano sobre el muchacho”. Dios provee al carnero y se lo ofrece como holocausto. De ignominia a lo sublime. Dios jura por sí mismo que bendecirá a Abraham de una manera grandiosa por no haber desechado su petición e ir aunque parezca ilógico, a obedecer sin chistar, sin protestar, sin dudar. No en vano este hombre es llamado el Padre de Fe. 

«Observemos ahora al caballero de la fe en el caso citado. Obra exactamente como el otro: renuncia infinitamente al amor, substancia de su vida; se halla apaciguado en su dolor: entonces llega el prodigio: todavía realiza un movimiento más sorprendente que todo lo anterior; en efecto dice: «Sin embargo, creo que obtendré lo que amo en virtud de lo absurdo, en virtud de mi fe en que todo le es posible a Dios». El absurdo no pertenece a las diferencias comprendidas en el cuadro propio de la razón. No es idéntico a lo inverosímil, a lo inesperado, a lo imprevisto. Desde el momento en que el caballero se resigna, se convence de la imposibilidad según el humano alcance; tal es el resultado del examen racional que tiene la energía de hacer. En cambio, desde el punto de vista de lo infinito la posibilidad subsiste en medio de la resignación; mas esta posesión es al mismo tiempo una renuncia, no siendo sin embargo por eso un absurdo para la razón; porque ésta conserva su derecho a sostener que la cosa es y continúa siendo imposible en el mundo finito donde es soberana. El caballero de la fe también tiene clara conciencia de esta imposibilidad; lo único capaz de salvarlo es lo absurdo, lo que concibe por la fe. Por lo tanto reconoce la imposibilidad, pero al mismo tiempo cree en lo absurdo; porque si supone que posee la fe sin reconocer la imposibilidad, de todo corazón y con toda la pasión de su alma, se engaña a sí mismo y su testimonio es absolutamente inaceptable, ya que no ha alcanzado la resignación infinita. La fe no es, pues, un impulso de orden estético; es de otro orden mucho más elevado, justamente porque presupone la resignación; no es el inmediato instinto del corazón, sino la paradoja de la vida. Cuando así, a despecho de todas las dificultades, una joven conserva la seguridad de que su deseo será complacido, su certeza no es en lo más mínimo la de la fe, a pesar de su cristiana educación y quizás todo un año de catecismo. Está convencida en toda su ingenuidad y en toda su inocencia de niña; su convicción ennoblece también su ser y le otorga una grandeza sobrenatural, si bien puede, cual un taumaturgo, conjurar las fuerzas finitas de la vida e incluso hacer llorar a las piedras, mientras que, por otra parte, puede también en su perplejidad dirigirse tanto a Herodes como a Pilatos y conmover al mundo entero con sus súplicas. Su corteza es muy amable, y de esta jovencita pueden aprenderse muchas cosas, excepto una: el arte de los movimientos; pues su convicción no osa mirar a la imposibilidad de frente, y en el dolor de la resignación». (2) 

Tal situación nos deja tamaña lección, creer hasta el final, aunque parezca todo perdido o todo esté desechado, aunque estés amargado por las lágrimas que inundaron tu boca de tanto llorar, aún vale la pena seguir creyendo que todo cambiará. La fe es una elección, Abraham decidió creer aunque era angustiosa la situación, no se desilusionó ni cayó deprimido aunque fuese terrible lo que le tocaba vivir. 


Søren Kierkegaard en su escritorio, pintura al óleo por Luplau Janssen en 1902.
Imagen Fuente: De Luplau Janssen – http://www.denstoredanske.dk/@api/deki/files/14898/=319004513.501.jpg, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=16949449

La vida puede parecer absurda. Depende de la cosmovisión que uno tenga. El sufrimiento y la maldad son parte de nuestras vidas, a veces nos las merecemos, fallamos y pagamos las consecuencias y otras son producto de la injusticia reinante en este mundo. Pero muchos dirían que porque existe la maldad, Dios no existe. Más bien pienso yo, que porque existe la maldad, Dios existe, primeramente porque no podemos definir lo malo si no existe lo bueno, esto pasaría a ser un parámetro moral objetivo, el bien y el mal son objetivos, todos lo sabemos, todos lo vivimos. Y si existe tanto lo malo como lo bueno, Dios existe. 

Por otra parte, las escrituras muestran que el hombre está irremediablemente caído, somos “malos por naturaleza”, no como dijo Rousseau, que la sociedad nos corrompe, si fuera así viviríamos en una sociedad más justa y la realidad nos muestra lo contrario. Si el hombre es bueno por naturaleza difícilmente cambiaria. 

«Por la fe no renuncio a nada, al contrario, lo recibo todo y en el sentido atribuido a aquel que posee tanta fe como un grano de mostaza, porque entonces podrá transportar las montañas. Es necesario un valor puramente humano para renunciar a toda la temporalidad con el fin de ganar la eternidad; pero al menos la adquiero, y una vez en la eternidad ya no puedo renunciar a ella sin contradecirme; pero es menester el coraje humilde de la paradoja para asir toda la temporalidad en virtud del absurdo y este coraje es el de la fe. Abraham no renunció a Isaac por la fe; al contrario, lo obtuvo por ella. Él joven rico hubiese podido dar todos sus bienes en virtud de la resignación y luego de esto el caballero de la fe hubiera podido decirle: «recobrarás cada uno de tus centavos en virtud del absurdo, ¿puedes creerlo?» Y este discurso no habría dejado indiferente al joven rico, porque si da sus bienes por estar cansado de ellos es porque su resignación deja mucho que desear». (3) 

Ahora bien, un incrédulo dirá, ¿cómo es que un Dios hace tal petición a su escogido? Si es que existe Dios, él es soberano sobre su creación y él puede decidir lo que se le venga en gana. Esta soberanía también demuestra la omnisciencia de Dios, si es Dios, lo sabe todo, Él ya tenía preparado un cordero el cual, estaba para ser sacrificado. Dios estaba probando el corazón de Abraham para ver si seguía dando todo por Él. 

«La historia de Abraham es interpretada de otra manera. Se celebra la gracia de Dios que otorgó a Isaac por segunda vez; en toda la historia no se ve sino una prueba. Una prueba: es mucho decir y poca cosa; y, con todo, la cosa pasó más rápidamente de lo que se tarda en contarlo. Se monta Pegaso, en un abrir y cerrar de ojos se está sobre Morija, e inmediatamente se ve el cordero; uno olvida que Abraham hizo el camino lentamente al paso de su asno, que tuvo tres días de viaje y que le fue menester algún tiempo para encender el fuego, atar a Isaac y afilar el cuchillo». (4) 

El corazón humano es perverso y nadie lo puede conocer, ni aún muchas veces nosotros mismos. En esta parte del mundo occidental somos muy reacios a aceptar el sufrimiento, la comodidad es sinónimo de progreso, es por esto que ante una mínima dificultad creemos que Dios es el culpable, o que no somos muchas veces responsables de nuestros actos. “¿Por qué a mí?”, se pregunta esa persona. En Oriente dirían, tanto como si fuera musulmán o judío, es la voluntad de Dios. Vemos que los países que más han progresado en este tiempo, como los nórdicos, tienen una alta tasa de suicidio. La cosmovisión de estos lugares se centra sólo en cuestiones materiales, pierden algo y lo han perdido todo. Abraham si perdía a su hijo, no lo perdía todo, le tendría al motor de su vida que es Dios, y seguiría luchando. Por esto es el Padre de la Fe. 

Aunque como humanidad hayamos pasado por guerras tras guerra, holocaustos, genocidios. El horizonte está para seguir caminando hacia un mundo mejor y no creo en un estado utópico, creo más bien que de alguna u otra manera, podemos dar todas nuestras fuerzas para cambiar un poco de lo malo que nos toca vivir, para ser representantes de lo bueno, en el lapsus de la historia que da testimonio de nuestra existencia. Para que la felicidad se haga visible en la sonrisa de una niña hambrienta, la consolación en los ojos del desafortunado, la riqueza del amor en el corazón de un entristecido, el gozo en momentos turbulentos, la paz en los momentos de guerra, creo en ese Dios que me manda a ayudar a los que no tienen ni pueden, que me manda a levantar al caído y a animar al deprimido.

«La fe es justamente esa paradoja según la cual el Individuo se encuentra como tal por encima de lo general, reglado frente a éste, pero no como subordinado, sino como superior, y siempre de manera tal que —tómese nota— es el Individuo quien, luego de haber estado como tal subordinado a lo general, alcanzar a ser ahora gracias a lo general el Individuo, y como tal superior a éste; de suerte que el Individuo como tal se halla en una relación absoluta con lo absoluto. Esta posición escapa a la mediación, la cual se efectúa siempre en virtud de lo general. Es y permanece siendo siempre una paradoja inaccesible al pensamiento. La fe es esta paradoja; si no (éstas son las consecuencias que ruego al lector tener constantemente presentes en el espíritu, porque sería fastidioso recordarlas en todas partes), si no, jamás ha habido fe porque ella lo ha sido siempre; dicho en otras palabras, Abraham está perdido». (5) 

Este Dios tan grande, que usó la vida de Abraham, como simbolismo de lo que habría de venir, la vida de este hombre que estaba en la palma de sus manos, es la sombra de la historia de Dios. Porque en ese monte donde Abraham quiso sacrificar su hijo, en ese mismo monte, miles de años más tarde Dios entregó a su único hijo Jesucristo, el cordero de Dios, y fue obediente y no protestó, fue a la muerte de la cruz, aunque doliera, fue muerto y crucificado para el perdón de nuestros pecados. ¡Esta es la verdadera historia de Abraham e Isaac! La historia de Jesucristo. La historia de un Dios soberano que es mucho más grande y soberano. Único, omnisciente, sorprendente. Que hace y deshace. Que es dueño de nuestras vidas. El principio y el final. Verdadero y fiel. A Él sea la Gloria. 

«Cuando en el instante decisivo Agamenón, Jefté o Bruto se sobreponen al dolor, cuando han perdido heroicamente el objeto de sus amores y sólo les resta cumplir el sacrificio exterior, ¿habrá en el mundo un alma noble que no derrame lágrimas de compasión por el infortunio de ellos y de admiración por sus hazañas? Más si en el instante decisivo de mostrar el heroísmo con el cual soportan la tristeza, estos tres hombres dejasen caer estas pequeñas palabras: «eso no ocurrirá» ¿quién los comprendería entonces? Y si agregasen a modo de explicación «lo creemos en virtud del absurdo», ¿quién los entendería aún? Porque si el absurdo de sus explicaciones es fácil de notar, no sucede lo mismo con la fe que ellos tienen en este absurdo. . La diferencia que separa al héroe trágico de Abraham salta a la vista. El primero continúa todavía en la esfera moral. Para él toda expresión de lo moral tiene su τέλος en una expresión superior de lo moral; reduce la relación moral entre padre e hijo o entre hija y padre a un sentimiento cuya dialéctica se refiere a la idea de moralidad. Por consiguiente no se trata aquí de una suspensión teleológica de la moral misma. Muy diferente es el caso de Abraham. Por medio de su acto ha franqueado todo el estadio moral; posee más allá un τέλος ante el cual suspende este estadio. Yo tendría sumo interés en saber cómo puede referirse su acción a lo general y cómo puede descubrirse entre su conducta y lo general una relación cualquiera diferente a la de haber franqueado lo general. No actúa para salvar un pueblo ni para defender la idea del Estado, ni tampoco para apaciguar a los dioses irritados. Si pudiera invocarse la ira de la divinidad, esta cólera habría tenido por objeto únicamente a Abraham, cuya conducta es un asunto estrictamente privado, extraño a lo general. Del mismo modo, en tanto que el héroe trágico es grande por su virtud moral, Abraham lo es por una virtud absolutamente personal. En toda su vida la moral no halla expresión más alta que ésta: el padre debe amar a su hijo. De ningún modo puede-ser cuestión de lo moral en el sentido de virtuoso. Si la conducta de Abraham hubiese participado de algún modo en lo general habríase hallado encubierto en Isaac y por así decirlo, oculto en sus flancos; y hubiera gritado entonces por su boca: «no hagas eso, lo aniquilas todo». ¿Por qué lo hace Abraham, entonces? Por amor a Dios tanto cómo, de manera absolutamente idéntica, por amor a sí mismo. Por amor de Dios, porque Dios exige esta prueba de su fe; y por amor de sí mismo, para dar esta prueba. Esta conformidad halla su término adecuado en la palabra que ha designado siempre esta situación: es una prueba, una tentación. Pero ¿qué quiere decir una tentación? De ordinario pretende ella desviar al hombre de su deber; pero aquí la tentación es la misma moral, empeñada en impedirle a Abraham cumplir con la divina voluntad. ¿Qué es entonces el deber? La expresión de la voluntad de Dios”. (6) 

Por esto, puedo decir (a mi humilde parecer) y estoy seguro, que Abraham estaría de acuerdo conmigo. La vida del hombre no tiene sentido sin Dios, y si crees que existe, no tiene sentido si no obedeces. Abraham conoció a Dios. Sabía que en Él aunque todo parezca estúpido o improbable a sus ojos, todo tenía un sentido, el misterio del milagro de la vida. ¿Qué representa Dios? El universo, la ciencia, el todo y lo uno. La búsqueda y el sinfín. Podemos pensarlo como ustedes quieran, yo lo pienso a mi manera. 

«Me he preguntado a menudo en qué medida un héroe trágico, en la cumbre del sufrimiento o en el máximo de la acción, debe pronunciar una última réplica. La respuesta, me parece, depende de la esfera vital a la cual pertenece, del grado de importancia intelectual de su vida, de la relación que su sufrimiento o su acción tienen con el espíritu. Es evidente que en el instante de suprema tensión el héroe trágico puede, como cualquiera que tiene el uso de la palabra, decir algo, y quizás a propósito; pero se trata de saber en qué medida le es adecuado pronunciarlo. Si la importancia de la vida reside en un acto externo no tiene nada que decir, y todo lo que diga no es sino vana charla, por lo cual únicamente debilita la impresión que da de sí mismo, cuando el ceremonial trágico le ordena cumplir su tarea en silencio, consista ella en una acción o en un sufrimiento». 
«Para no extenderme más, me contentaré con tomar lo que se presenta. Si Agamenón mismo hubiese levantado el cuchillo sobre Ifigenia en lugar de Calchas se habría rebajado al pronunciar algunas palabras en el instante supremo, porque el sentido de su acción era notorio a todos; el proceso de la piedad, de la compasión, del sentimiento, de las lágrimas, estaba cumplido y por lo demás su vida no mantenía ninguna relación con el espíritu; quiero decir que no era un dueño o un testigo del espíritu. Por el contrario, si la significación de la vida del héroe es de orden espiritual, la falta de una réplica debilitaría la impresión que produce. No tiene necesidad de declamar algunas palabras de circunstancias, una pequeña tirada; la importancia de su réplica surge del hecho que realiza toda su personalidad en el instante decisivo». 
«Este héroe trágico intelectual debe tener y guardar la última palabra, que, por otra parte es buscada muy a menudo de manera cómica. Se exige de él la misma actitud transfigurada que incumbe adoptar a todo héroe trágico, pero además se le exige una frase. Si, por consiguiente, este héroe trágico intelectual llega al punto culminante de un sufrimiento (en la muerte) se convierte entonces con esta última frase en inmortal antes de morir, mientras que, al contrario, el héroe trágico ordinario no llega a serlo sino después de su muerte. Tomemos a Sócrates como ejemplo. Él es un héroe trágico intelectual. Su condena a muerte le es anunciada. En ese instante muere; porque si no se comprende que necesita de toda la fuerza del espíritu para morir y que el héroe trágico siempre muere antes de morir, no se irá manifiestamente lejos en la concepción de vida».
«El reposo en sí es requerido de Sócrates como héroe; pero como héroe trágico intelectual es todavía exigido de él que en ese último instante tenga la fuerza del alma de cumplirse por sí mismo. Por lo tanto no puede, como héroe trágico ordinario, recogerse permaneciendo frente a la muerte, sino que debe efectuar ese movimiento con tanta rapidez que en el mismo instante se halle con su conciencia más allá de esa lucha y se afirme a sí mismo. Si Sócrates se hubiese callado en esta crisis de la muerte habría atenuado el efecto de su vida; habría hecho suponer que la elasticidad de la ironía no era en él una fuerza del universo sino un juego a cuya flexibilidad le era menester recurrir en el instante decisivo en medida inversa para mantenerse patéticamente a su propia altura». 
«Antes de examinar la última palabra de Abraham me es menester acentuar la dificultad en la cual se haya de poder decir alguna cosa. La miseria y la angustia de la paradoja residen, ya se ha mostrado, en el silencio; Abraham no puede hablar Hay pues contradicción en exigirle que lo haga, a menos de desembarazarlo de la paradoja de modo que él la suspenda en el instante postrero, con lo cual cesa de ser Abraham y anula todo lo que precede. Si por ejemplo dijese a Isaac en el momento decisivo: «Es de ti de quien se trata», la frase no sería sino una debilidad. Porque si, de una u otra manera, puede hablar, habría debido hacerlo desde mucho tiempo antes y ahora esta debilidad consiste en una falta de madurez y de recogimiento espirituales que le impide pensar de antemano todo su dolor; se substrae a algo, de suerte que el dolor real resulta más grande que el dolor pensado. En otros términos, una frase tal lo coloca fuera de la paradoja y si desea en realidad hablarle a Isaac le es menester cambiar su estado en crisis; sino no puede decir nada, y si lo hace ni siquiera es un héroe trágico». 
«Con todo, se ha conservado una última palabra de ‘Abraham; y en tanto puedo comprender la paradoja, también puedo comprender la entera presencia de Abraham en ese término. Ante todo no profiere absolutamente nada, de este modo expresa lo que tiene que decir. Su respuesta a Isaac reviste la forma de la ironía, porque siempre es irónico decir algo sin decir, no obstante, nada. Isaac interroga a su padre suponiendo que sabe. Si Abraham hubiese respondido: «Yo no sé nada», hubiese dicho una mentira. Él no puede decir nada, porque no puede expresar lo que sabe. Por consiguiente responde: «Hijo mío, Dios se proveerá a sí propio del cordero para el holocausto». Allí se ve el doble movimiento que se opera en el alma de Abraham tal como se ha mostrado. Si simplemente hubiese renunciado a Isaac sin hacer nada más, habría dicho una mentira, porque sabe que Dios exige a Isaac en sacrificio y que él mismo se encuentra en ese momento dispuesto a sacrificarlo». 
«A cada instante, luego de haber efectuado este movimiento, ha hecho el siguiente, el movimiento de la fe en virtud de lo absurdo. En esta medida, no miente, porque en virtud de lo absurdo es posible que Dios haga cualquier otra cosa. No profiere, pues, ninguna mentira, pero tampoco dice nada, porque habla una lengua extraña. Esto se hace todavía más evidente si meditamos que es Abraham mismo quien debe sacrificar a Isaac. Si la misión hubiese sido diferente, si Dios hubiera condenado a Abraham a conducir a su hijo hasta los montes de Morija para allí abatirlo él mismo con su cólera y tomarlo así en sacrificio, entonces Abraham habría tenido absoluta razón en recurrir al lenguaje enigmático que utiliza, porque en este caso no puede saber lo que acontecerá. Pero Abraham debe obrar por sí mismo en las condiciones en las cuales su misión le ha sido confiada; tiene, pues, que saber en el momento decisivo lo que debe hacer y que, por consiguiente, Isaac debe ser sacrificado». (7) 

Dios tiene planes que no podemos imaginarnos, no sabemos lo que pasará, por esto es mejor confiar en el único y verdadero Dios. Quien tiene la historia en sus manos y lo sabe todo. En este Dios prefiero creer, tanto como lo decía Blaise Pascal, total si Dios no existe no hay problema, pero si Dios existe y viviste pensando y actuando como si no, estás en un grave problema. 

La lectura del libro de Kierkegaard es tremenda, debe leerlo quien se considere ser humano, antes que nada, es tanto para el creyente como el no creyente, tanto para el hombre de poca fe como el hombre de fe. Es importante que leamos para instruirnos, es la mayor prueba que podemos legar a las nuevas generaciones. 

Tratar de saber, entender, comprender esta existencia plagada de pruebas y de dudas, no importa en quién pienses, lo importante es que pienses. 

Por Marcelo Agûero

Fuente: 

Sören Kierkegaard, Temor y Temblor. (Segunda edición). Editorial Losada, S. A. Buenos Aires, 1958. Pdf de acceso gratuito en el siguiente link: https://allmyreadingsquotes.files.wordpress.com/2017/01/kierkegaard-s-temor-y-temblor-losada-1958.pdf

Notas
(1) Sören Kierkegaard, Temor y Temblor. (Segunda edición). Editorial Losada, S. A. Buenos Aires, 1958. Pág. 35
(2) Ibid. Págs. 37 y 38
(3) Ibid. Pág. 40
(4) Ibid. Pág. 43
(5) Ibid. Págs. 46 y 47
(6) Ibid. Págs. 49 y 50
(7) Ibid. Págs. 101, 102, 103 y 104

SDG GEDEON

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