La Humanidad, ¿Una civilización cimentada en ficciones?

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La política, la religión, la economía, los países, los derechos humanos, la leyes, y un sinfín de cuestiones más, no son más que pura imaginación colectiva según el historiador israelí Yuval Noah Harari, quien en su libro “De animales a dioses” (2011) sostiene que el Homo Sapiens domina el mundo porque es el único animal capaz de cooperar en masa.

El Homo Sapiens es el único ser vivo que bifurca su realidad en una objetiva (el mundo tal cual es, el mundo percibido por todos los animales) y una intersubjetiva, que es, en pocas palabras, mera imaginación. Una ficción compartida.

De animales a dioses. 2011 Fuente: Amazon

En efecto, la ficción es el eslabón que une a los humanos en grandes sociedades de cooperación orientadas a cumplir un objetivo común, y este es el origen de todo orden sociopolítico y económico actualmente conocido.

Hace 12.000 años, desde la “revolución agrícola”, señalada por el autor, las poblaciones humanas fueron aumentado su demografía exponencialmente en territorios fijos, y con ella la necesidad de establecer órdenes sociopolíticos, sistemas morales, económicos, e incluso normativas de convivencia, tal como lo evidencia el código de Hammurabi, el primer conjunto de leyes del que se tiene registro.

En ese punto cuestiona el historiador cómo es que todo el pueblo babilónico acató estas leyes impulsadas por un “simple hombre”. Y aquí es donde entra una ficción más: la religión. Según la tradición, las leyes del código fueron “dictadas” a Hammurabi por el dios Shamash, la deidad suprema del panteón babilónico.

Y la historia nos da una serie de pruebas de cómo la religión sirvió de herramienta para consolidar el poder político de monarcas en las distintas culturas mundiales, como es el caso de los faraones, emperadores incas, aztecas, en cierta medida con los emperadores romanos, los reyes del medioevo, etc.

Hamurabi recibiendo las leyes de manos de Shamash. Imagen: Wikipedia

Actualmente, las mismas ficciones surgidas en la antigüedad son las que nos siguen rigiendo, pero con actualizaciones de acuerdo con los desarrollos tecnológicos. “Muchos de los impulsores más importantes de la historia son ficciones intersubjetivas: la ley, el dinero, los dioses y las naciones”, menciona Harari.

Yuval Noah Harari. Fuente: El Cultural

Sin embargo, una persona puede pasar toda su vida sin ser consciente –o no querer ser consciente- de que las ficciones rigen su vida, y hasta cierto punto, se toma a las ficciones como una parte “inherente” a la realidad, quizá desconociendo absolutamente su carácter abstracto.

“La mayoría de las personas no quieren aceptar que el orden que rige su vida es imaginario, pero en realidad todas las personas nacen en un orden imaginado preexistente y sus deseos están modelados desde el nacimiento por sus mitos dominantes. Por lo tanto, nuestros deseos personales se convierten en las defensas más importantes del orden imaginado”. (Harari, 2011)

Lo que nos define como “personas”, lo que le da “valor y dignidad” a nuestra vida, los derechos humanos, no son más que productos de nuestra imaginación, de nuestra “realidad intersubjetiva” que hemos creado para autoposicionarnos quizá como la forma de vida “más importante” dentro de este mundo.

Y sí, estimado lector, estas declaraciones son muy polémicas, puesto que golpean con fuerza a nuestras ideas heredadas de la Ilustración, la Revolución Francesa, e incluso nuestra tradición judeocristiana, pero es un interesante ejercicio el reflexionar acerca del componente ficticio de la realidad humana.

Como podemos darnos cuenta, son nuestras necesidades las que orientan nuestra percepción del entorno, y como bien lo exponía el filósofo Friedrich Nietzsche, “no existen hechos, sólo interpretaciones”.

Nietzsche desarrolla esta idea diciendo que “son nuestras necesidades las que interpretan al mundo, nuestros impulsos y sus pros y sus contras. Cada impulso es una especie de ansia de dominio, cada uno tiene su perspectiva, que quisiera imponer como norma a todo los demás impulsos”. (Friedrich Nietzsche. Fragmentos Póstumos 1885-1889)

En el sentido biológico, los seres humanos no somos distintos de las demás especies, pero somos conscientes de nuestra propia existencia, al igual que la finitud de nuestra vida. Somos “El ser que se pregunta por el ser”, como diría Martin Heidegger.

Y a pesar de que en teoría, y gracias a la ciencia, somos conscientes de que biológicamente no somos más especiales que ningún otro ser vivo, tampoco nos agrada la idea de ser animales, como lo refiere el psicólogo Sheldon Solomon.

Sobre ese “desagrado” creamos nuestros principios que nos separan de los animales, utilizando medios como la religión para posicionarnos por sobre “el resto de la creación”, como seres “hechos a imagen y semejanza de Dios”.

Lo que planteo en esta reflexión no es destruir todas las ficciones que establecen el orden que se ha establecido por miles de años, puesto que es consabido que ciertas ficciones como las leyes, la economía y la nacionalidad son importantes para mantener nuestros impulsos “a raya”, pero es importante señalar estas cuestiones que forman parte de nuestra idiosincrasia biológica, si se quiere, que nos define como raza y ha sido, evidentemente, la clave de nuestro éxito en este planeta azul.

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