La insoportable levedad de la información

La insoportable levedad de la información

De Harari a Byung-Chul Han, la crítica recurrente en torno a la realidad de esta era de la información es su hiperaceleración como sinónimo de eficacia en la pista de las redes sociales. La batalla por la primicia no conoce barreras éticas, salvo honrosas excepciones, porque la fórmula del éxito es disparar a mansalva información y preguntar, cotejar, contrastar después, aunque, obviamente, si alcanza el tiempo.

Para conseguir aumentar la velocidad y el tiempo de aceleración, hay que liberar peso “prescindible”. En Twitter, se dan claros ejemplos porque las reglas del juego están bien definidas: 240 caracteres para comunicar cualquier hecho o idea. Y es aquí donde empieza el proceso de cercenar detalles hasta dejar un mensaje reducido hasta su mínima expresión posible porque se debe asegurar que el mensaje sea lo suficientemente “liviano” para poder ser trasmitido.

Esta levedad no se reduce a los parámetros preestablecidos por algunas plataformas sociales, el propio método de comunicación digital exige hacer ligeras las informaciones teniendo en cuenta que cada vez es menor el tiempo de atención que las personas invierten en la lectura. De hecho, autores como Bruno Patino sostienen que actualmente el tiempo de concentración de la actual generación es solo de 9 segundos (El País, 2020).

Byung-Chul Han sostiene en sus obras que la aceleración de la información no permite “vacíos” en los que uno pueda “demorarse”, es decir, ante la abrumadora cantidad de vertiginosa información, no caben los espacios para la reflexión porque existe una suerte de consumo en serie: pasamos de una información a la siguiente, y a la siguiente, y así ad eternum. Los vacíos de información se llenan con la reflexión y la imaginación, según el filósofo surcoreano.

Entonces ante estos hechos, la levedad en la información pasa a ser la norma a la hora de comunicar, porque los vacíos de información son sinónimo de ineficiencia para la industria de los medios. En algún que otro debate escuché que el periodista “debe tener la capacidad de poder comunicar un hecho al instante”, suponiendo que el análisis es automático, inmediato. Suena ideal, pero en la praxis, la aplicación de esta teoría deriva en fiascos informativos como el reciente caso del, por llamarlo de alguna manera, “Gato de Schrödinger” que falleció por envenenamiento y por ataque de perros al mismo tiempo. Hasta hoy, a pesar del comunicado de quienes les realizaron la autopsia, se duda acerca de este hecho.

Estas situaciones solo generan crisis al oficio y dificulta cada vez más el discernimiento entre noticias veraces y las temidas “fake news” ya que lo vertiginoso de las informaciones amplía enormemente el riesgo de comunicar mal en nombre de una opiácea inmediatez.

«Los periódicos están en crisis, Internet ha entrado con más fuerza. A los periodistas que estamos en Internet nos dicen, desde la prensa escrita y la televisión, que son tiempos de liviandad, de velocidad: lo único que podemos hacer son cosas rápidas para llevar, como comida rápida. Son tiempos en que se acabó el modelo de periodismo de arriba abajo, donde el periodista informado le cuenta a uno cómo es el mundo. Eso se acabó porque la gente puede publicar sus propias opiniones, sus historias» (Saad, 2011).

Sin embargo, así son las reglas de juego del actual ejercicio de la comunicación, es decir, resignarse a la insoportable levedad de la información y limar los hechos hasta su forma más básica, atendiendo a la multiplicidad de puntos de vistas en el hiperespacio digital, el imperativo de la inmediatez y la sobrecogedora amenaza de la posverdad que pisa los talones al oficio. Es comunicar primero sin tener en cuenta si se informa o se desinforma, la primicia es la que manda.

Rodolfo Sosa