La libertad o el derecho que se mantiene tragando mentiras

La libertad o el derecho que se mantiene tragando mentiras

“I spend so much time believing all the lies to keep the dream alive” (He gastado mucho tiempo creyendo en las mentiras para mantener el sueño con vida) es una de las frases más importantes, a mi criterio, de la canción “Eyes Without a Face” de Billy Idol, y es tal vez la mejor expresión con la que se podría etiquetar a la crisis de libertad de esta época.

Trascendió una entrevista a Yuval Noah Harari, en la que el historiador israelí explica que “la gente más fácil de manipular es la que cree en el libre albedrío”. Aunque suene, para el lector poco avezado, que Harari se manifiesta con tendencias autoritarias, nada está más lejos de lo que en realidad trata de explicar, que es mucho más profundo que superficialidades políticas, y es que el envanecimiento de la libertad no implica un pleno ejercicio de esta, sino, tal vez, todo lo contrario, es la degradación de ese derecho.

En el nombre del ejercicio pleno del libre albedrío y una libertad irrestricta, se fortalecen intereses de terceros quienes utilizan esas tendencias como medio para alcanzar sus objetivos, no siempre en concordancia con lo que desea la masa. Harari, en la entrevista con el medio Página 12 asegura que la creencia en un libre albedrío “es peligrosa porque cultiva la ignorancia sobre nosotros mismos” y nos “ciega a lo sugestionables que somos y a las cosas de las que ni siquiera somos conscientes para dar nuestras decisiones”. Lo que el israelí hace es derrumbar todos los romanticismos proferidos en cuanto la libertad a la asegurar que todo, incluso el proceso más “automático” que consideremos a nivel orgánico, es el producto de procesos algorítmicos naturales y que actualmente incluso se están desarrollando nuevas tecnologías para “dar forma y manipular nuestras elecciones”.

Pero cuando estas cosas resuenan en los oídos de todo aquel que considere al libre albedrío como un don divino o como una característica humana que nos diferencia del resto del reino animal, se profieren argumentos que sugieren que se busca eliminar de la gente “su poder de decisión”, lo cual también es totalmente errado. De hecho, comprender a nivel preciso la forma en que funciona en realidad el comportamiento humano y su noción sobre la libertad, no hace más que derrumbar mitos y relatos que hemos creado para posicionarnos en la cúspide de la naturaleza y autoasignarnos ciertas facultades para hacer del mundo un lugar adaptado a nuestros ideales.

La frase de la canción de Billy Idol puesta al inicio del artículo, es una aproximación a nuestro amor al relato ficticio que ordena nuestra vida y nuestra sociedad. Quien más quien menos, puede llegar a comprender el régimen imaginario autoimpuesto que sirve para estructurar y contener nuestra naturaleza caótica, propia de todo ser vivo del reino animal. Pero no se pretenda suponer que busco degradar al hombre a instancias inferiores, pero sí he de señalar que hemos encontrado la forma, a través de la ficción colectiva, de autoposicionarnos como deidades, como seres especiales en el planeta Tierra y en el universo conocido.

Pero, ¿por qué el libre albedrio, que tan justo y bello suena, sería un problema dentro del contexto actual? Pues, si es que osadamente nos tomamos la atribución de cuestionarla, el libre albedrío, mejor dicho, su ideal ejercicio depende de la capacidad racional de toda persona puesto que, ¿qué es el libre albedrío sino una licencia para hacer cuanto se le ocurra a la persona sin más limitaciones que su propia consciencia?

La problemática parte de que, en épocas actuales en las que filósofos como Byung-Chul Han explican que el sistema actual explota la libertad para beneficios de terceros, el ejercicio de la libertad y el libre albedrio se sugestionan a través de la moda o los hashtags que marcan la agenda de las convulsiones sociales o los hábitos de consumo. Entonces, si una estructura sociodigital funge como brújula que dirige hacia dónde deben estar ejercidos el libre albedrío y la libertad, ¿realmente la gente es libre? ¿De verdad la libertad es un valor autónomo y ejercido meramente por los criterios subjetivos de la gente? Lo dudo.

En 1864, Fiódor Dostoievski expresa, en su novela “Memorias del subsuelo”, que “la voluntad y la razón estarán ya completamente calculadas” y que “algún día se descubrirán las leyes de nuestro, así llamado, libre albedrío”. El escritor ruso, en un ejercicio de profilaxis ante los escépticos de la época, agrega que no es ninguna broma el hecho de que cuando esas leyes se establezcan como “algo parecido a una tabla matemática”, el hombre termine “deseando conforme a ella”.

Lo que el Dostoievski señala, con una exactitud casi profética, es la forma en que el comportamiento humano se describe en patrones que pueden ser adaptados a unos algoritmos de modo a que su actuar en todo momento es hasta predecible y, con mucha exactitud, calculable. Tal vez en 1864 habrá sido “ciencia ficción” para los lectores de la época, pero hoy día se trata de una realidad cruda y los algoritmos de Facebook, que parecen “leer la mente de la gente”.

Entonces, Dostoievski recrudece su argumento en “Memorias del subsuelo” y cuestiona fuertemente:

«¿Pero qué libre albedrío puede haber aquí, cuando el asunto llega hasta el punto de disponer de una tabla matemática y aritmética, y cuando sólo existe el «dos por dos son cuatro»? Si «dos más dos», también serán cuatro, sin mi libre albedrío. ¿Cómo podría existir un libre albedrío así?».

Por otra parte, negamos absolutamente la posibilidad de que nuestro libre albedrío sea solo una cuento que nos obligamos a creer para no sentirnos esclavos ni inferiores a lo “especial” de la personas con plenitud de derechos que nuestra ficción colectiva estableció. Tragamos constantemente esas ficciones para “mantener el sueño con vida”.

José Ortega y Gasset se refiere a algo similar cuando en “La rebelión de las masas” explica que por lo imposible de conocer directamente la plenitud de lo real, “no tenemos más remedio que construir arbitrariamente una realidad, suponer que las cosas son de una manera”. Pero para el filósofo español “la imaginación es el poder libertador que el hombre tiene”, porque asegura que “un pueblo es capaz de Estado en la medida que sepa imaginar” y de ahí a que “todos los pueblos hayan tenido un límite en su evolución estatal, precisamente el límite impuesto por la naturaleza a su fantasía”.

Pero cuando la libertad y la imaginación se encuentran en el límite del control gracias al desarrollo de los algoritmos y el potencial “hackeo” de la gnosis humana, ¿cómo podría ser en los próximos siglos el ejercicio de ambos si la sugestión algorítmica es casi imperceptible?

Sobre el punto, Harari explica que “la gente debería explorarse a sí misma y entender qué es lo que realmente da forma a sus deseos y decisiones. El israelí señala que es “la única manera de asegurarnos de no convertirnos en marionetas de un dictador o de una computadora superinteligente”.

Harari advierte que, si a través de estos avances tecnológicos, los gobiernos y corporaciones “llegan a conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismo, entonces pueden vendernos lo que quieran, ya sea un producto o un político”.

La libertad no se encuentra en su plenitud y su mejor época, todo lo contrario, se encuentra en momento en el que su ejercicio constituye una crisis y quien considere que tiene la soberanía de su libre albedrío está persiguiendo un espejismo, está construyendo castillos en el aire. No se trata de ver la paja en el ojo ajeno, sino más bien fomentar la reflexión acerca de hasta qué punto somos libres.

Tragar mentiras para mantener el sueño con vida ciertamente haría más llevadera la realidad, pero si los cimientos son puras falsedades, ¿cuánto tiempo pasaría para que nuestro techo de ficciones que nos protege de la realidad se desmorone y ésta nos caiga con todo su peso? Esa es la pregunta clave.

Rodolfo Sosa

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