La literatura paraguaya y el derecho a hablar mal de ella

La literatura paraguaya y el derecho a hablar mal de ella

Alguna vez, César Aira formuló una idea que me interesa: una literatura nacional cobra trascendencia cuando sus lectores tienen derecho a hablar mal de ella. Naturalmente, es probable que Aira haya declarado lo anterior pensando en la literatura argentina, tan cercana y, sin embargo, tan lejana, en sus propias formulaciones creativas, a la literatura paraguaya.

Todos sabemos que las comparaciones resultan torpes e inconvenientes. Sin embargo, algo que siempre me deja pensando es cuán distinto ha sido el proceso de reflexión crítica de la literatura, tanto dentro como fuera del ámbito académico, en Argentina y en Paraguay: dos literaturas separadas por un río.

La evidencia empírica es contundente: en nuestro país, la literatura escrita con fines críticos o reflexivos es prácticamente nula. Al respecto, se han invocado con frecuencia factores como la pobreza estructural de la sociedad, una de cuyas mayores consecuencias es la ignorancia en términos educativos, así como las prácticas de represión y censura de diversos gobiernos autoritarios del siglo XX para con escritores y artistas en general.

Como sea, no pretendo repasar aquí tales consideraciones. Más bien, me interesa pensar en cómo la escasez de crítica literaria, de aproximaciones reflexivas a la literatura paraguaya, puede constituirse en uno de tantos condicionamientos que configuran el desarrollo de la literatura paraguaya como una literatura que carece de referencias de cuál puede haber sido hasta hoy su evolución, sus brújulas, sus caminos, sus horizontes.

Lejos estoy de abogar por la figura del crítico como una especie de juez que dictamina qué podemos entender por “buena literatura”. Nada más subjetivo y personal que el ritual de la propia lectura. Pero, si se me permite aventurar una hipótesis, acaso tan ligera como provocativa, suelo pensar que puede establecerse una relación entre la falta de reflexión sobre la literatura paraguaya y la emergencia, en al menos los últimos treinta años, de fenómenos tales como la deificación de determinados autores que conforman “el canon oficial”.

Por fortuna, la literatura siempre ha tenido más que ver con la predilección de modelos dispares que con la certeza de un solo modelo. Sin embargo, la particularidad del estado actual de la literatura paraguaya es curiosa: existe toda una literatura canónica que, sin embargo, no solo padece de falta de lectores, sino de actores capaces de reflexionar sobre ella en un sentido crítico. Por lo demás, existen también algo así como distintas literaturas periféricas, tan invisibles como poco estudiadas por académicos o sujetos particulares.

Entre las muchas consecuencias que se desprenden de este escenario, la principal es la vigencia de un discurso hegemónico no solo sobre qué es y ha sido la literatura paraguaya, sino sobre qué puede ser. Fuera de la incursión de algunos escritores en una literatura que apunta simple y llanamente al mercado, pese a las innumerables falencias de las editoriales paraguayas en tanto agentes especializados en la producción de libros, cierta hegemonía cultural, ciertos mitos y conceptos reproducidos desde las instituciones oficiales de la cultura, aún rigen la forma en que se formula la literatura a nivel local. Y no solo la literatura, sino fenómenos ligados a ella: certámenes de competencia, ritos de socialización de los escritores para con los lectores, etc.

La verdad es que, a la fecha, pocos son los autores que han podido formular narrativas que renuncien con talento a determinadas convenciones literarias tanto dentro como fuera de sus textos. Es decir, pocos han escrito obras que se animen a dar un salto hacia la diversidad temática o estilística, así como pocos han decidido hacerlo con motivaciones que no sean la de perseguir la celebridad o, lo que es peor, el rédito económico. Más en concreto: pocos han demostrado ser artistas. Siempre que entendamos, por supuesto, a un escritor como un artista. Al fin y al cabo, creo oportuno recordar lo que escribió Theodor Adorno acerca de la deriva del arte tras las vanguardias del siglo XX: “Ya nada referente al arte es evidente, ni en sí mismo, ni en su relación con la totalidad”.

En definitiva, retomando la idea de Aira que cité al comienzo: quizás el problema de la literatura paraguaya, pensada como literatura que no incide de manera significativa en la realidad, sino que permanece atorada en sus propios presupuestos y tradiciones, consista en que sus lectores, sus escasos lectores, aún no han desarrollado la capacidad de hablar mal de ella.

Cave Ogdon

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