El Parlante

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Opinión Política Salud

La pésima gestión del Ministerio de Salud Pública ante el Dengue, bacterias y demás yerbas

Desde que el jefe del nuevo gobierno colorado Mario Abdo Benítez subió al poder, una serie de encuentros desastrosos con su destino se dieron, que han terminado por minar su fortuna inicial ya que ha considerado conveniente desde el vamos, confiar el Estado y su desenvolvimiento político a las personas menos preparadas o capaces para afrontar una buena tarea en la administración de la cosa pública y en el asesoramiento del Presidente, cometiendo éste, varios errores garrafales que suponen el momento actual del país.

En este apartado no hablaremos de Mario Abdo pero sí de uno de sus mejores hombres, o de los peores, la ciudadanía en última instancia es la que debe aprobar o desaprobar las funciones del Ministro de Salud, quién ha minimizado la epidemia del Dengue o demostrando una gran cobardía a la hora de reconocer la imprevisión total de su administración.

La Cámara de Senadores declaró el estado de emergencia por la epidemia en todo el país por la incontinencia en la transmisión, el aumento de casos y la posibilidad de destinar mayores recursos a la cartera de Salud para hacer frente al flagelo pero el flamante ministro se mostró contrariado, hasta enojado diríamos, porque el Senado sin “consultarle” declaró el estado de emergencia este jueves pasado.

Lo que el “amarrete” del ministro no entiende, ya que vive en una burbuja de cristal, es que si un país tiene a su Presidente y Primera Dama afectados por la epidemia, quiere decir una sola cosa: la inutilidad de las campañas del Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social ante el posible brote, allá por septiembre del año 2019 y digo inutilidad porque se sabía de “antemano” que el ciudadano común no leería recomendaciones, no escucharía consejos ni miraría en la TV informaciones relacionadas a la cultura de la prevención porque vive el “día a día” sin preocuparse (hasta que le toque) por cuestiones “del futuro” y no del aquí y ahora.

Habida cuenta de este gran detalle excluyente, los del Ministerio de Salud se quedaron “de brazos cruzados”, esperando a que ocurra el brote, para empezar a alertar a la población y posteriormente seguir con ciertas estrategias (si es que las tienen) débiles que no se dedicaron ni dedican, precisamente a contener el brote o de mejorar la cobertura para el diagnóstico en los hospitales públicos, escondiendo los verdaderos datos de la epidemia en todo momento, actuando de manera pseudocientífica y no como deberían activar estas personas con supuestamente altos estudios y preparación superior para ejercer de jefes de una cartera cada día más inoperante, inactiva y completamente inútil.
Hechos singulares que sucedieron en menos de un mes en rimbombantes declaraciones que tienen que ver con lo que venimos diciendo:

Desde el ministerio de Salud se esgrimen argumentos a favor de la no declaración de emergencia nacional porque se “podría considerar como estacional de esta época del año” el aumento de casos de Dengue.

Desde el ministerio de salud se considera que la histeria colectiva por el coronavirus es una alerta muy exagerada ya que el virus ataca a los países de la zona norte del hemisferio que están “en las estaciones invernales” y como nosotros, en Paraguay, del hemisferio sur estamos pasando por el verano, no nos tocará nunca, contraviniendo directamente al discurso del Jefe de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, que considera que esta epidemia que ha surgido en China es una “amenaza muy grave para el resto del mundo”. Sin embargo, oh sorpresa, estamos en Paraguay donde los entendidos consideran que lo que opinan los expertos de la OMS son puros “cuentos chinos”, o, en nuestras jergas paraguayizadas: “todo es bola, todo es mentira”.

Declaraciones poco felices: El ministro de salud considera inaudito y una falta de respeto a su investidura que el Senado aprobase la declaración de emergencia nacional porque no “está de acuerdo”. Conclusión de este exabrupto: Mario Abdo Benítez no tiene idea de a quién creerle, mejor sería que en breve dejase la religión católica por el Pastafarismo. No tiene nada que perder a estas alturas.

Estos desacuerdos en las altas esferas de nuestra política criolla no son más que muestras irrefutables de que esta generación in-trascendida desde la transición como actores de renovación o evolución social positivas, solo son espectadores de los “sucesos naturales” y que se sientan en sus respectivas “cachangas principescas” pagadas con el dinero de los contribuyentes a reírse de la ridiculez del paraguayo común, que gusta por lo visto, de placeres provistos por el brazo largo de la impunidad que “irrumpe” en donde no le da el sol.

Esta actitud masoquista del ciudadano de Paraguay, genera un impacto negativo en todos los ámbitos porque dejamos al arbitrio de los inescrupulosos y poco capacitados, es decir, dejamos en manos de los mediocres la República, dedicados a instaurar, venga quien venga, provenga de donde provenga, creyente del ismo que sea, la dulce, sistemática y ominosa preservación del status quo.

El Ministro actual debería renunciar, con todo su gabinete, una vez que termine la epidemia o mañana mismo, creo que se debería dedicar por sobre todas las cosas, a cualquier cosa, menos a la administración de la cosa pública, de la cual, detalladamente ha demostrado representar a lo más elevado en la cadena evolutiva de este país en materia de incapacidad, verborragia despampanante, inteligencia disminuida y por último, su criminal frialdad a la hora de enfrentar con somera improcedencia los problemas naturales de nuestro país con parsimonia, dejadez, pusilanimidad exasperante y obsecuencia al frente de tan importante Ministerio.

Pero no lo culpemos a él solamente, debemos pensar en el primer párrafo de este editorial y entender que para que todo esto funcione bien o mal depende en última instancia de la cabeza principal del Ejecutivo, el Presidente de la República, quien elige a sus asesores y a los cargos de confianza y después, no cuenta con la suficiente capacidad como para cambiar y rectificar el rumbo, durante la marcha inexorable de la historia contemporánea.

Así señores y señoras, el Dengue o cualquier otra enfermedad a la que se le ocurra de momento, atacarnos, se convierten en el reflejo de los años en que hemos sido negligentes, abandonando en manos de los vástagos de la mediocridad la preparación del Estado, con nula capacidad en la cultura de la prevención.

El Dengue no es una enfermedad, es un flagelo de las pésimas políticas públicas…

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