Las relaciones contemporáneas, ¿líquidas o positivas?

Las relaciones contemporáneas, ¿líquidas o positivas?

Las relaciones interpersonales, específicamente las amorosas, son últimamente objeto de estudio debido a la coyuntura pandémica, pero también por la neoliberalización, por llamar de alguna manera a la adopción de las lógicas de oferta y demanda en las cuestiones interpersonales, que es tendencia desde la progresiva incursión del “internet de las cosas” en los matices del comportamiento humano.

Foto: izquierdadiario.com.es

Recientemente leí un artículo Diana Aller para el diario El País de España, en la que, bajo el creativo título de “Leche, pan y medio kilo de amor, por favor”, busca explicar cómo se han sometido las relaciones bajo la lógica capitalista”.

En sus postulados, la periodista cita a Zygmunt Baumann y su “Amor Líquido”, y señala que las relaciones interpersonales se caracterizan, cada vez en mayor medida, por una falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser más fugaces y superficiales. Agrega que “buscamos en el trato con nuestros semejantes algo propio del consumismo, a saber, la utilidad y la inmediatez.

Ciertamente, con las distintas plataformas de citas que pululan en internet y que, dicho sea de paso, ganan más a adeptos con el correr de los últimos años, las relaciones se buscan como se busca algún producto de primera necesidad en los, ahora, mercados digitales. Se tiene actualmente una especie de catálogo en el que uno está facultado con el poder de “descartar o aprobar” perfiles ofertados, bajo la lógica del “me gusta”.

En este punto, vale aclarar que la crítica que voy tejiendo no se trata de señalar esta tendencia como algo malo, sino más bien complementar la columna de Aller en la que, en mi perspectiva, quedaron algunos espacios sin llenar.

Pero la cuestión no sólo se reduce a la adaptación de las lógicas de oferta y demanda y de la razón del cliente, eso constituye solo un cariz de la cuestión. Considero que una de las raíces de este fenómeno se encuentra en la positivización de la conducta humana, teniendo en cuenta los postulados ofrecidos por el filósofo Byung-Chul Han, en los que señala que los factores “negativos” de nuestra realidad, tales como la demora, el dolor, la tristeza, el error, la equivocación, la mentira y otros se perciben como “indeseables” a causa de una hedonización de la vida en general, una persecución del placer y un rechazo directo de todo lo que se interponga entre el individuo y su eudemonía ideal.

Otro aderezo a esta dinámica es el cambio de la temporalidad, una reducción del tiempo de vida útil de cualquier cosa para incitar un consumo en serie. Con algo duradero no puede existir un aumento en el consumo, por lo que el tiempo de vida útil debe ser sacrificado para garantizar una producción en serie y para que el consumo se vea ininterrumpido.

Ambas situaciones, tanto la eliminación de la negatividad como la reducción de la temporalidad, también se aplican dentro de las dinámicas relaciones interpersonales, por lo que la tendencia se dirige al cambio continuo. La positivización extrema en las relaciones demanda que, ante la leve presencia de alguna faceta negativa, toda persona se vea obligada a analizar la factibilidad -sí, se habla en términos de factibilidad adrede- de la continuación de la relación. Y no se trata con esto de justificar lo injustificable: la violencia y los malos tratos, sino de que las facetas negativas naturales de toda relación (discusiones, malentendidos, diferencias en la personalidad y el carácter de ambos, gustos diferentes, etc.) no son deseables porque se considera que en “el amor real no hay conflicto posible”. Sólo en la positividad abrumadora y absoluta no existe conflicto.

El conflicto es parte de la naturaleza; la sucesión de los días parte de una lógica de conflicto entre el día y la noche, la supervivencia de las especies parte del conflicto entre especies. La naturaleza encuentra su equilibrio en el caos, tanto en lo negativo como en lo positivo; es decir, todo lo que sea “pacífico”, “ideal”, “ordenado” en términos absolutos, es sintético, artificial, y parte de una narrativa ficticia ideal, que sólo niega lo contrario al hedonismo, a la eudemonía.

Y es esta concepción del “me gusta” absoluto el que repercute en las relaciones porque existe la posibilidad de eliminar lo que cae en la categoría del “no me gusta”. El “no me gusta” es tóxico, se debe huir de él, según rezan los grandes gurúes de la psicología rosa, por nominar de alguna manera a aquellos que comercian con consejos superficiales y huecos dignos de los célebres Camilo y Evaluna. Se orienta al constante cambio por lo igual, porque eliminando las facetas negativas, lo que sucede es la igualación atroz e irreal. Esta psicología basada, de vuelta, sólo en la eudemonía, considera que el bienestar psíquico vendrá de la mano de la eliminación de las negatividades, cuando en realidad, como diría Friedrich Nietzsche, el alma humana agradece su profundidad a la superación pedagógica de los obstáculos, no su eliminación. No es lo mismo superar una adversidad a evitarla, a eliminarla.

Bajo la concepción de este hombre o mujer que busca el amor positivo, es inadmisible todo atisbo de negatividad que no esté orientada al extremo amor sin manchas, por lo que su búsqueda se hace eterna, pasa de una pareja a otra, y a otra, y a otra, buscando algo que nunca encontrará: una pareja ideal. Es que se formula un perfil sacado de fantasías cinematográficas o basado en el continuo perfeccionamiento mercantil que promete que lo sucesivo siempre será, sin excepción, mejor que el predecesor.

Aller reduce la problemática sólo a una especie de secuestro del amor por parte de un capitalismo malvado, y asegura que este sistema sólo cosifica a la mujer y “la convierte oferta y a los hombres como la demanda”, lo que me suena absurdo desde que ella misma confiesa usar Tinder y otras redes similares que tienen una gran participación femenina que casi igual al número de usuarios masculinos en países como España.

No se trata de que el capitalismo haga un ejercicio de persuasión para “buscar el amor” como se busca el pan o la leche, según reza su titular, sino de que las condiciones de una sociedad del rendimiento, que elimina las categorías negativas inherentes de la realidad humana, sirven de materia prima. Esa crisis de libertad y de relacionamiento es la fuente, no el medio, por el que se desenvuelve y se fortifica el sistema que critica.

El ejercicio crítico a realizar no se trata de referir si un género es más beneficiado que otro, porque al sistema actual le importa poco o nada, se trata más bien de comprender en qué medida la positivización absoluta de la vida afecta a la manera en que vivimos y nos relacionamos. El amor positivo es consumo en serie y sostenido, y es incompatible con la estabilidad que se alega al buscarlo.

Quien quiera buscar algo duradero, bien le vendría comprender que existen facetas que hay que tolerar, trabajar, superar, porque la otredad no se rige bajo conceptos ideales. La otredad es un ente por sí mismo y su presencia implica un desafío y hasta la autocrítica. Reconciliarse con lo negativo, comprenderlo en su complejidad… he ahí la cuestión.

Rodolfo Sosa

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