Sociedad técnica, sindicato de Google y la sombra de la irrelevancia humana

Sociedad técnica, sindicato de Google y la sombra de la irrelevancia humana

La sociedad técnica, aquella explicada por Constantin Virgil Gheorghiu a través de su, tal vez, alter ego, Traian Koruga, en su aclamada novela “La hora 25” (1949), es probablemente una de las primeras alusiones a la sociedad del rendimiento sobre la que autores contemporáneos como Byung-Chul Han y Yuval Noah Harari predican en sus filosofías y obras.

Foto: Tekcrispy.com

Para el poeta Traian Koruga, la finalidad de la Sociedad Técnica, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, era la producción. En esta sociedad, el valor del hombre no radicaba en ningún concepto metafísico ni mucho menos filantrópico, sino más bien en su capacidad de producción y fuerza de trabajo. El hombre valía lo que un caballo antes de la revolución del vapor, y sus esfuerzos estaban orientados no a una causa común sino a la optimización de la sociedad técnica, de la aceleración de su economía y poder con respecto a otras sociedades o naciones.

Y en ese sentido, Gheorghiu expone la razón por la que judíos y presos políticos eran esclavizados y obligados a trabajar en campos de concentración durante aquel conflicto. Para Gheorghiu, el antisemitismo tal vez era sólo una excusa para impulsar el motor de la Sociedad Técnica, aquel motor que se energiza con sangre humana y, vale decirlo, a bajo costo. No obstante, la sociedad técnica no se limitaba solamente a la Alemania nazi, sino que estaba presente en ambos bandos. No era sólo una característica exclusiva del fascismo, sino también del comunismo y el liberalismo, pues el motor de estas ideologías también depende del factor humano.

Ciertamente, en épocas como la nuestra, en la que, como dice Yuval Noah Harari, el hombre va perdiendo su valor económico ante el avance arrollador de las llamadas “tecnologías ahorradoras de mano de obra”, evidencia un cambio de paradigma en la sociedad técnica, que amenaza en convertir al hombre en una masa inútil (Harari, 2018). Y esta masa inútil, según Harari, se convertirá en uno de los desafíos de la política de este siglo, puesto que, si la economía era la actividad hecha por el hombre en pro del bienestar del hombre, ahora, ante una economía que trabaja para sí misma y expulsa de su esquema al hombre, no quedaría más que perecer o encontrar la forma de subsistir a la par de un sistema económico autosostenible. Suena a ciencia ficción, lo sé, pero la ciencia ficción hoy día ya no es un simple ejercicio de divagación de algún autor con delirium tremens, sino más bien una suerte de profecía en una era en que lo imposible perdió su acepción debido a los agigantados avances tecnológicos.

Recientemente, el lunes 4 de enero de 2021 para ser más precisos, unos 200 empleados de Google crearon el primer sindicato de la firma (1), hecho celebrado por muchos, pero desde mi óptica se trata de un hito: la última pulsión sindicalista del siglo. La gigantesca empresa Google se destaca por sus avances en la inteligencia artificial, hecho que amenaza la situación laboral de su multitudinaria fuerza laboral puesto que uno no imaginaría que una corporación de tal magnitud quiera estar bajo el clásico adagio que asegura que “en casa de herrero, cuchillo de palo”. Si bien es un hecho positivo la unión de los empleados, esto mostrará al mundo la forma en que el ser humano ha perdido su valor económico porque la fuerza laboral humana ya no es determinante como lo fue entre los siglos XIX y XX, puesto que, ¿de qué forma podría presionar un sindicato si el progreso de Google depende, en mayor porcentaje, de algoritmos que de la fatiga humana? Este hecho figurará en los libros de historia que relatarán la decadencia humana, en aquellos libros que expliquen cómo los humanos pasaron de ser dioses para convertirse en seres inútiles y prescindibles.

Foto: DPL News

Si bien el gremio se enfocará en la lucha contra el acoso sexual por parte de los altos directivos contra los trabajadores, será quizá de lo único que podrá encargarse un sindicato en la era digital, pero no será a largo plazo ni sostenible en el tiempo. ¿Cómo podría subsistir en el tiempo un sindicato si no hay fuerza laboral que pague mensualmente su cuota?

Estas interrogantes y eventuales situaciones hacen concluir a Harari que una revolución proletaria no volvería a ocurrir y las “tecnologías ahorradoras de mano de obra” terminarán dándole el tiro de gracia a un sistema ideológico como el comunismo, que en la actualidad sobrevive a duras penas. Tal vez se tendría algo similar al sueño comunista si es que en algún momento los gobiernos deciden ampliar los impuestos a las compañías tecnológicas que quitaron al ser humano su valor económico y a través de eso se pague un subsidio universal, como bien lo plantea el historiador israelí (Harari, 2018). Pero ¿se contentaría el ser humano, cuya historia se trata de la lucha por su libertad, con vivir sin ambición y sin autonomía y con un techo económico? No lo creo.

Pero volviendo a la novela de Gheorghiu, el Padre Koruga, progenitor de Traian Koruga, en uno de sus ilustres debates con su hijo explica que la sociedad técnica tiende a hacer desaparecer la cultura humana, que a su criterio contaba con tres cualidades: “el amor y respeto a la belleza, tomada de los griegos; el amor y el respeto al Derecho, herencia de los romanos; y el amor y el respeto al hombre, adoptado por el cristianismo a pesar de tardías y relativas dificultades”. Para el Padre Koruga, el respeto y el amor al hombre se revocaron de la cultura con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial. En la época de la precisión y eficiencia de las máquinas, el ser humano rindió culto a la tecnología en detrimento de su propia raza. Consideró al hombre como un ser inferior frente a las bondades de las potentes maquinarias de producción y destrucción, lo cual es cierto. Pero la tendencia de desviar el culto al hombre hacia la tecnología no terminó con la caída de Berlín, ni la caída de la Unión Soviética, continuó en Silicon Valley y en este siglo las preocupaciones aumentaron.

Actualmente, la vida humana está “organizada” por los algoritmos de las distintas plataformas tecnológicas. La autonomía depende de lo que el algoritmo recomienda, paradójicamente, ya que la tecnología caló tan profundamente que no existe un solo espacio en donde la tecnología no acompañe a la vida humana. Se me dirá que no tiene nada de malo esa alianza entre la humanidad y la tecnología, y estoy de acuerdo sólo hasta cierto punto. Porque cuando se piensa en esta alianza se debe pensar a profundidad y a largo plazo. ¿Qué pasaría si dependemos absolutamente de la tecnología y en un escenario adverso perdemos por un millar de razones las bondades de ella? No se trata de pensar en fatalismos, sino pensar profilácticamente, no se puede planificar a ciegas ni en términos absolutos como la disponibilidad completa de la tecnología a favor de los humanos cuando su misma existencia pone en riesgo, como mínimo, la estabilidad laboral en una era de la superpoblación.

El miedo a las pestes, a la hambruna y a la guerra continúan generando pesadillas en la psique humana, y sirvió de inspiración para el desarrollo de la tecnología que nació de un instinto de preservación, pero en los últimos siglos se la desarrolla para sustituir al hombre en la ecuación económica en nombre de la rentabilidad y el “ahorro de mano de obra”.

Constanine Virgil Gheorghiu, a través del Padre Koruga ya lanzó la advertencia en 1949, bastaría con asimilar lo que implica la pérdida del horizonte del humanismo o la filantropía, como prefieran llamarlo. La desintegración de los pilares que conforman nuestra cultura antropocentrista es la antesala de desastres de gran envergadura como las guerras pasadas o como la futura irrelevancia humana cuya sombra ya se asoma en el umbral de la puerta que divide nuestra época del futuro.

Notas y bibliografía

1. https://elpais.com/economia/2021-01-05/trabajadores-de-google-se-organizan-en-el-primer-sindicato-creado-en-una-gran-tecnologica.html

2. Harari, Yuval Noah. 21 lecciones para el siglo XXI. 2018

3. Gheorghiu, Constantin Virgil. La hora 25. 1949.

Rodolfo Sosa

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