El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Reflexión

Impulsos desmedidos

Llega fin de mes, es viernes. 

Todo lo que puedas pensar, todo lo que puedas comprar. Es el tiempo indicado para los maniáticos. ¡Es hora de cobrar el sueldo, carajo! Se huele la sangre en el ambiente. 

Es fin de año, o quizás, inicios, mediados, un mes determinado, un fin de semana de fin de mes, algo que pueda importar en un “mundo” sin importancia. Nada conmueve cuando se trata de cobrar dinero. 

Van contando los infames guaraníes, los dólares malditos, la libra que jamás pierde su valor monetario. La baba cae por las comisuras de los labios y forman una especie de espuma que con rapidez es lamida por la lengua que se mueve de aquí para allá, frenéticamente. 

Bien ahí, por fin. Ya era hora. Pero, ¿por qué cuenta tan despacio este pelafustán? ¿Hay algún problema con la paga? No. Solo se cerciora que cada peso que valgo, sea convenientemente remunerado por mi sacrificio. 

Ha dejado atrás familia, amistades, conocidos, tal vez una antigua novia o alguien que en el futuro podrá ser llamada “amor”. Se acicala el vaquero, sus dedos temblorosos se rebuscan en las faltriqueras que yacen vacías desde mediados del mes, pero, ahora, en este momento culminante, la alegría desborda y necesita palidecer por breves instantes, hasta que, por fin, el administrador le entrega ese fajo de billetes de primer mundo, para que nuestro héroe moderno, Pruebonio Díaz, se comporte como un habitante del Tercer Mundo. 

No hay diferencias entre los maniáticos, ni siquiera los desquiciados pueden ser señalados en los hospitales psiquiátricos como puramente distintos, por la cultura o la historia consanguínea. 

En esta vida hay una fase en la que todos por igual, somos al ras del suelo, someras alimañas que se arrastran alocadamente por el dinero contante y sonante. Todo el dinero va a parar al fondo del bolsillo derecho. Es hora de marcharse, los saludos correspondientes, cuando tanto deseo ofuscado por las privaciones debidas a las deudas es completamente destruido, sin inverosímiles al estallar el rudo motivo que mueve a todos los mundos apartes; allí, ¿qué alma puede contenerse ante el imperio del deseo? 

Para Pruebonio era magnífico poder asirse de la esperanza, o al menos, de esa gracia divina que significa hoy en día, volverse sobre sus pasos y decirle al administrador, ¿que puedo hacer con mi dinero que implique un futuro prometedor? No hay miramientos sospechosos, no existe tal dilema que nos haga prevalecer a pesar de la duda. Hay que gastar. Porque la sociedad te lo pide, porque cobrar para no gastar no es vida, es simplemente ilusión, intento fallido de la existencia. Tengo que gastar mi dinero en lo último que me dicta la moda, por todos lados de la calle veo anuncios nuevos con artículos novedosos; cuasi materialmente intemporales, que no sirven para otra cosa que insuflar al ánimo agotado, el descontrol de la adrenalina por suplir nuestro vacío interior, con objetos sin utilidad que son útiles, en la medida que nos ayudan a olvidar el mañana. 

Mostrame anuncio querido, imagen de TV, qué debo hacer con mi sueldo, en qué gastar, quiero estar a la moda y ser parte de la multitud que compra sin comprar, que gasta sin gastar, porque el dinero se inventó para gastarlo, no para guardarlo, porque a mí no me importa el mañana, qué sé yo de inversiones, de medios bursátiles, de compra de terrenos o bienes que me ayuden a mejorar como humano. Yo solo quiero ser parte de la sociedad, en la que sí y solo si, gastas bien, vas a poder alcanzar la verdadera felicidad. 

Necesito esto, aquello, mirá este otro, qué lindo, qué bueno, espectacular, genial. Es asombroso cómo nuestra sociedad de consumo nos muestra la luz al final del túnel del aburrimiento y el tedio, es hora de mostrarle a todos esos otros mundos que me rodean que soy arte y parte de una interacción social que implica espolvorearse el rostro grasiento y sudoroso de la emoción, con el crack del pueblo, los shoppings. Ellos, gigantescos, majestuosos, impropios de mi mundo, se alzan sobre antiguos cementerios de antepasados, son propiamente dicho: Dios. 

Este omnipotente Dios tiene la capacidad de inducirnos a pensar, porque nadie quiere pensar, yo no quiero hacerlo, yo solo quiero gastar, después, podemos pensar todo lo que queramos, pero mientras tanto, mientras olvidemos que el día de mañana está a la vuelta de la esquina, cuanto mejor. 

Rumbo al Shopping Pruebonio se sentía orgulloso de sí mismo, un hombre a carta cabal, hecho y derecho, listo para la aventura de la vida, expectante siquiera se tomó unos segundos antes de entrar en el lupanar que nunca es intervenido, respiró o lo quiso hacer, ya que no tenía ahora tiempo para seguir enfrascado en la duda consigo mismo. Era ahora, o nunca. Por fin entró y observó a otros seres, estos, macabros y sin rostros perceptibles o quizás nublados que acechaban mirándolo a él como si fuera de “otro mundo” o nada más y nada menos, “de otro lado”. 

Pruebonio se notaba, a leguas, no pertenecía a ese lugar. Ni siquiera vestía a la moda, como todos hacen cada vez que visitan el templo de la felicidad. Pruebonio no necesitaba pensar, reflexionar o actuar de manera consciente, el Shopping lo hacía por él. Le indicaba cada paso que daría, cada segundo de su vida pasaba frente a sus ojos desorbitados y casi ensangrentados por lágrimas que a borbotones salpicaban los pisos relucientes, pero, necesariamente, esto, ya no formaba parte de un pensar auténtico, original, serio y digno, o presente, era solamente un recuerdo efímero que como Parca angustiante se posicionaba de su conciencia, como si al fin de cuentas, el sentimiento de culpa ya estuviese prefijado en su mente, antes de realizar la faena para la que había sido electo, como el más apto. 

Parado en silencio, los latidos de su corazón atravesaban todo su ser y se contagiaban por todo el mausoleo del ahorro. 

― ¿Desea un reloj de oro? 

― ¿Puede ser, hay algo mejor?

―Pero por supuesto señor, don comprador, para eso estamos y trabajamos para eso, para dar una satisfacción, aunque irrisoria, plena a nuestros clientes, porque el cliente siempre tiene la razón. Ahora tenemos este último grito de la moda en joyería. Se trata de un gran collar confeccionado con monedas de oro aztecas. 

― ¿Aztecas? 

―Sí señor. Aunque usted no lo crea.

―Eso ha de ser cool, ¿está a la moda?

―Claro. Imagínese cuántos aztecas tuvieron que morir para que usted ahora pueda darse la alegría de comprarlo…

―Me lo llevo. 

En ese momento, Pruebonio se sentía realizado. Comprar una joya resulta una gran inversión, porque pensó en voz alta mientras el vendedor visiblemente alegre le sonreía con picardía: “si es azteca y de oro, ha de ser caro y, por lo tanto, nunca perderá su valor”. 

En eso una voz femenina desde atrás le susurra, a la manera de las frivolidades del fin de semana en estos grandes almacenes de alegrías…

Eso puede ser, pero, recordá que, si los científicos pueden excavar en ese asteroide que pasará cerca de nuestro mundo, el oro no servirá para nada, más que para adornar

¿Y no se trataba justamente de eso la joyería, de adornar, de darle ornato elevado a una existencia lamentable?, piensa Pruebonio.

―No, le respondió la mujer, el oro hace posible la vida en todos los mundos posibles…

―Pero yo nunca pensé que el oro pudiera ser el punto desde el cual se desarrolle “mi mundo”, no el suyo, ni el de los otros, sino el mío propio con luces y sombras…

La conversación necesariamente tenía que incomodar hasta más no poder. En su aventura mágica con las compras, lo que menos quería era encontrar al pesado o la pesada de siempre que tratara de “contenerlo” y que le recomendaste no cometer idioteces, o por ventura, recordarle, que no era un millonario.

Tocó los bolsones. No tenía espacio para maniobrar. Sería una presa fácil de los caballos locos en la intemperie. Ese collar relucía en la cajita y al salir al paseo central del Shopping quiso sentarse en uno de esos sillones creados al gusto y paladar de los que van por allí a pasear o simplemente, a perder el tiempo, todo hecho con madera de primera calidad, in-reforestable. Al llegarse a los pies del sillón pareció que había caminado por años, siglos, milenios, y no pudo sentarse, porque este sillón crecía y crecía hasta alcanzar la inmensidad de la grandeza en lo alto de la montaña de Dios. ¿Qué me pasa?, se dijo a sí mismo. 

Una extraña sensación recorría su cuerpo, sus vellosidades se enfrascaban en un movimiento rotundo de violencia, estaba electrocutándose, el impulso no dejaba de aumentar y allí, entendió que estaba su mirada fija en una nueva casa comercial, se vendían objetos del futuro, esto lo extasió cada vez, más y más, el guerrero semanal, esclavo de un sistema donde el Shopping es el Dios y él, solo un mundo que llenar con la alegría de comprar y el goce que produce sentirse parte de los otros mundos, encajar en un lugar y no salir jamás de allí, allí, solo allí, nunca más, porque eso no es socialmente aceptado, no es cool, no está a la moda, él también quería ser un cheto a la moda y por eso caminó hacia la casa como si fuera un cheto, hasta la mirada cheta se apoderó de él, la necesidad de comprar, gastándose hasta el último billete que cargaba consigo se posesionó de él y lo guiaba ciegamente a su eternidad. 

En la casa de alta gama de electrónica se compró el nuevo Iphone y, por si fuera poco, también el último Samsung Galaxy Triple Pro, aquel que cabía en la palma de la mano y que después de una extraña y enmarañada red de comandos computarizados enviados por la mente del dueño del celular, se convertía en una Tablet desde la cual podías recorrer todos esos mundos ajenos a ti, que están más allá o más acá de lo conocido pero que siguen, sin embargo, embarazandose de compras. Mundos como el de él. Pruebonio estaba en su salsa. Tras salir de este negocio enfrentó el exterior como un valiente, se le estaban acabando los billetes, de un gran fajo que consiguió a duras penas cobrar, tras un mes sin descanso, apenas le sobraban cinco papeles moneda con la misma denominación. 

Pero lo logró, a decir verdad, por unas cuatro horas, que había durado esa gran ilusión, fue feliz, alcanzó la plenitud, el aura de sublimidad, conoció lo bello y renegó de la fealdad del mundo exterior al Shopping, “aquí vivimos felices, no hay dudas, no hay baja autoestima, no hay preocupaciones por el día de mañana, tenemos todo lo que queremos, diversión, comida, puticlubs, cine, teatro y religión en un mismo lugar, con aire acondicionado, acá la muerte, no existe”, pensó para sus adentros encantados. Pero de nuevo estaban palpando algo extraño sus dedos. No había dinero, todo se lo había gastado en su “felicidad”. 

La ansiedad por pertenecer a un grupo, por encajar dentro de una sociedad cada vez más indiferente con los problemas humanos que existen desde tiempos inmemoriales, lo verdaderamente importante para obtener una vida plena y feliz, es dejado de lado por una humanidad cada vez más sumida en la ansiedad. La ansiedad por comprar de todo cuando cobrás tu sueldo, la definición de felicidad de la actualidad, como decía Epicuro: «la fórmula para la felicidad es, buenos amigos, buena comida y bebida y vivir con lo poco, más», quiénes somos cuando nos enfrentamos cara a cara con nuestra deformidad. Hace tantos siglos que se debate, el hombre se re-pregunta e interroga a la esencia humana por qué la existencia se deleita con tan poco, a veces, para obtener el placer y por qué, en otras experiencias, todo lo que se pueda hacer en favor de conseguirlo, es inútil. Desde mi óptica, creo que Epicuro tenía razón en lo que respecta a la amistad, es lo único que podemos elegir en la vida, luego todo, la familia, y la sociedad en la que nacemos, se nos dan de antemano y si queremos huir, en cualquier lugar donde finalmente lleguemos, ya separados de esa sociedad y de nuestra propia familia, de nuevo, tendremos que vérnoslas con el peso genético de las decisiones a tomar, sin que podamos evitar ser sesgados por nuestro pasado. Por eso apelamos al mañana. Porque es una posibilidad infranqueable por el presente, pero también, el presente es mañana porque si no existiéramos en el ahora, que piensa el mañana, ese futuro inaudito, sería imposible. Somos nosotros un mundo aparte que construye su existencia en un presente que evoluciona eternamente hacia el mañana y que, aunque intentemos por todos los medios a nuestro alcance, evocar la fórmula correcta para conseguirlo, se nos escapa, el mañana es un ahora “preterizado” en el presente que piensa, sin el pensamiento que aprehende lo pretérito, este presente que jamás existe, ni siquiera por milisegundos, evoluciona hacia ese mañana, que siempre es una posibilidad, pero nunca, una realidad práctica. Esa posibilidad de mañana no es otra cosa que nuestra propia muerte finiquitada, terminada, por fin, estancada en la materialización de la putrefacción, en la conversión natural de materia y energía en memoria del mundo que presiente lo invisible sin presentirlo, que escarba en el olvido para encontrar una huella plausible en la negrura que poco a poco perece, día a día, segundo a segundo, que nos permite ver claramente lo que nos coloca en ese mañana. 

De alguna manera este discurso reconvino las neuronas interconectadas del cerebro de Pruebonio en el santiamén de la sorpresa, en su espera por entrar a la casa de electrodomésticos había fijado su atención en un gran Televisor LED de 500 pulgadas, enormemente absurdo para él que estaba pasando un extracto de un documental sobre la felicidad de Alain de Botton…olvidó rápidamente esta sarta de estupideces, según él pensaba, eran los gurús modernos de la autoayuda y miró la etiqueta de la gran TV: 2500 $. La puta, está barata esta porquería, me la llevaré también para poder ver los domingos a mi querido Cerro Porteño. Pruebonio era el dueño de su mundo y, por lo tanto, ahora pertenecía a la tribu de los “marchantes” de Shoppings. 

De repente un ruido molestoso subía desde su estómago hasta el esófago y a la boca, la salivación amplificaba raudamente, tenía hambre y no tenía, plata; tener y no tener, a la vez, es el mayor atolladero del alma. Se atrincheró hacia un pasillo cercano a los baños. No quería que nadie lo viese así, pero las cámaras de seguridad estaban grabando su metamorfosis. No quería pasar vergüenza, arrepentirse por algo tan nimio. Él no era un cobarde. Pero a pesar de estos pensamientos y la certeza, el hambre que lo invadía le impedía, justamente, pensar con “normalidad” a la manera de esos otros mundos que lo rodeaban.

De repente la felicidad ya no era un sentimiento vivido de manera categórica, sino solo recuerdo, pasmoso y eufórico recuerdo que cuando trataba de revivirlo, solo obtenía de respuesta el enojoso y pichado grito desaforado de sus entrañas hambrientas. ¿Qué hacer? 

Pruebonio Díaz intentó esconderse, pero su grito era escuchado por todos los otros mundos fuera de él, de ser un ciudadano ejemplar que gasta lo poco que tiene en el Shopping sin pensarlo, porque otros lo hacen por ti, ahora convertido en un criminal aborrecible, en un asesino de masas, sociópata que era el terror de los niños que felices ahuyentaban estas visiones jugando en la casa LEGO, qué antisocial de mierda, decían las voces de esos mundos que ahora dejaban ver sus rostros, inicuos y terribles que apuntaban sus miradas hacia él, muchos en tono de burla, otros, más severos le miraban con odio y resentimiento. Pruebonio poco a poco era anarquista consumado, alguien que no podía ni debía pertenecer a la sociedad perfecta, la única posible, la del Dios Shopping. 

De repente, Pruebonio no se contuvo y empezó a llorar como un niño cuando lo destetan de su madre, encogido, frente a esos gigantes desconocidos que antes le eran favorables y ahora, arrepentido, iba hundiéndose en las baldosas relucientes del lugar, no eran ellos los gigantes, naturalmente era él solamente una abeja obrera más que estaba cumpliendo con su labor en la vida, contribuir a la entropía del mundo, de su mundo, aumentando la fascinación de los otros mundos que te han dicho qué hacer, qué pensar, qué decir, cómo actuar o hasta reaccionar, ante el enfrentamiento directo con tu propia corpulenta mortificación. 

―Pruebonio. Pruebonio. Pruebonio te digo…

De repente esa voz repetida, era su nombre el que en voz alta retumbaba en la sala. El administrador le dijo de nuevo. Pruebonio, ¿estás bien?, ¿qué te pasa?

―Jefe, no sé. Nada. 

―Parecés preocupado. 

―Es que estaba pensando jefe…

―En qué, si se puede saber, ¿verdad?

Pruebonio se puso firme, entendió que el dinero estaba sobre el mostrador desde hace varios segundos sin que él haya realizado ningún movimiento para suponer cobrarlo y guardarlo, efectivamente. 

― ¿Qué me preguntaste jefe?

―Que, si en qué estabas pensando, creí que te habías vuelto loco…o que te iba a dar un ataque…

Pruebonio contó los billetes, y mientras se los guardaba de manera ritual en su billetera le respondió sin mirarlo directamente al jefe administrador, pero mirándose a sí mismo en lo profundo de su alma atormentada…

―En el día de mañana jefe, en el día de mañana…

«Personal Shopper» de Steven Wilson, comenzó a escucharse en la radio…

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