El Parlante

Periódico Académico de Divulgación, Ciencia & Tecnología y Opinión de la Realidad Nacional, con óptica universitaria y patriótica.

Reflexión

Mi experiencia con Dostoievski

Hoy seré uno más que se suma a quienes han articulado incontables -e insuficientes- elogios hacia el maestro literario Fiódor Dostoievski. Leí sólo dos obras suyas, pero fueron más que suficientes para que el canon de literatura bella que antes tenía se diluya en la corriente de la magnificente tinta del ruso.

Un compañero había escrito lo mismo hace un tiempo, y hoy le doy la razón. Si antes era de por sí difícil aventurarse a plasmar historias en un papel, con la ilusión de ver tu nombre por encima del título de una obra literaria, luego de leerlo a Dostoievski esos sueños se tornan en pueriles deseos dignos de un soberano ingenuo.

Es que el ruso con sus prosas te muestra todo lo que nunca podrás llegar a ser. Te muestra que la belleza es una musa tímida que sólo se muestra a genios que nacen sólo una vez por generación. Sus prosas te dejan en evidencia, te exponen como lo que eres en realidad: un ser desprovisto de la sensibilidad suficiente para entender a la naturaleza humana, y a la vez un ser empapado y ahogado en la vulgaridad propia del hombre masa que denuncia Ortega y Gasset.

La primera vez que leí a Dostoievski conocí aquel arte supremo que conceptualiza Hans Georg Gadamer, aquel arte capaz de sacudirte, de marcar un antes y un después en tu mediocre vida, un arte que desborda y satura tu óptica, tu sensibilidad del arte.

Y reconociéndome mediocre y desaventurado por el hecho de que jamás en mi vida podría llegara escribir cosas tan sublimes como el ruso, recordé una película: Words (2011), protagonizada por Dennis Quaid y Bradley Cooper, en la que este último actor representa a un joven aspirante a escritor que encuentra el manuscrito de una novela sin firma que lo deslumbra. La obra lo encandila tanto que, así como me pasó con Dostoievski, termina destruyendo todos sus parámetros de buena literatura. Ese golpe de realidad, que cual espejo asimétrico no le reflejó otra cosa más que su mediocridad, lo lleva a reescribir esa novela para sentir esas palabras correr entre sus dedos.

Entonces yo también, en un intento absurdo e inmaduro, quise experimentar lo que se sentiría que surja de tus manos una obra tan sublime como lo es “Noches Blancas”. Así que me pasé varios días transcribiéndola en mi notebook, saboreando cada palabra, cada idea, cada párrafo, cada magistral diálogo, conociendo más a profundidad la soledad, el sufrimiento, la esperanza, e incluso el enamoramiento y la decepción del joven protagonista cuando conoce a la indecisa Nastenka.

Fueron varias noches las que dediqué a esta fútil pero tan interesante experiencia, que me sirvió para entender por qué simplemente ya no existirán escritores como el ruso, y es que ya no existe esa capacidad de observación del entorno, y esa mirada profunda que es capaz de penetrar en el alma de la gente, una habilidad dominada hasta con naturalidad por Dostoievski.

Permítaseme el escepticismo ante la argumentación de que actualmente hay escritores muy buenos. Puede que así sea, pero cuando uno los sopesa (y es imposible no hacerlo) cualquier comparación parece una desvergonzada falta de respeto. Hoy los escritores son gente ciega que escribe sobre la belleza de los paisajes, son gente sorda que escribe sobre la belleza de la melodía. Ya no existe, tal vez, una sintonía entre la palabra escrita y el sentimiento descripto porque puede que se haya perdido esa capacidad de entender a la realidad. Y las razones, para mí, parten de aquella capacidad de observación que hemos sacrificado en nombre de la hiperinformación, puesto que una observación perspicaz y profunda requiere de la capacidad de aburrirse, como diría Byung-Chul Han, lo cual es algo absolutamente imposible cuando no existen espacios para la ausencia de información.

Hasta aquí el lector crítico se preguntará quién soy yo y por qué cometo la osadía de opinar sobre literatura sin tener estudios en Letras o sin haber escrito nada; y mi respuesta es que soy un ignorante que descubre cada día la belleza literaria, y que ha sido atosigado con la magnanimidad de la pluma de Fiódor Dostoievski. Un sonámbulo que ha sido despertado en pleno sueño por la excelencia sobrecogedora del ruso y se siente desorientado ante la realidad que siempre estuvo ahí pero no supo (o no quiso) reconocerla: HABRÁN GRANDES ESCRITORES.

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