Que la lluvia no te «moje»

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En el final de los tiempos nadie gana ni pierde. El resultado final de luchar por vivir, morir o no morir es un gran empate con sabor agridulce. Porque así es la vida. Entonces: ¿Para qué enojarse, para qué preocuparse por el mañana, de qué sirve el estrés? ¿Por qué, no sonreír y dejar de lado la histeria colectiva, el rumor de la peste que impregna negativamente nuestro espíritu?

A pesar de todos los pesares, el ser humano encuentra un mecanismo para salir adelante; sabemos que no existe nada que pueda llenar ese vacío existencial que encontramos cuando todo falta y cuando lo demás estorba.

La muerte que entendemos es apenas una dispersión del orden de las partes, esa pura aniquilación que compromete a las mentes superiores a una reflexión continua, esa «mutación ineludible» solo parece ser una nueva composición de los átomos que conforman nuestro ser y nos convierten en «únicos» pero ya siendo parte del «polvo estelar».

En el final de los tiempos ni culpables ni inocentes tendrán paz porque la paz no existirá, ni el mismo concepto de inocencia o culpabilidad impregnará la asolada tierra con su hedor. No será posible otra realidad porque no existirá nuestro mundo, la propia realidad será un efluvio de algo que quiso ser y no fue. Ni la humanidad ni el mundo. Entonces no habrá ni cielo ni infierno porque ninguno de los dos será posible. Allí, en ese tiempo que ya no tendrá duración el último suspiro será el de la «bacteria», y ni eso.

El dolor más grande que resulta en perder un ser querido o perder los ánimos y la voluntad para seguir luchando son personales, imposibles de ser experimentados por otros que no sean «Yo mismo» o «Tú mismo», si sufres mucho sucede lo siguiente, o se hace tolerable si dura demasiado o mata indiscutiblemente en breve.

Pero ante el hado, la mente debe permanecer pacífica, con la razón siempre de su parte como la mayor herramienta de todas, frente a la extinción completa del ser querido no existe remedio posible, contemplemos sin embargo, que aquello que nos hace falta es el reflejo nada más de lo que abunda y lo que tenemos en demasía, el roce de lo que deseamos con mayor tesón. No deseemos en demasía, no nos apesadumbremos de más.

Quizás, ahora mismo seamos una bacteria, mirada a los ojos del microscopio del universo. Un contrasentido que no debió existir, la molécula improbable que a pesar de ello, apareció y despareció en un «soplo» del tiempo, en la caricia burlona del milagro. Entonces…

¿Por qué no aprovechar el poco tiempo que nos queda para burlarnos de nosotros mismos?

Hay que sonreír a pesar, a la inmensidad del universo ya que no sabemos hasta cuándo podremos hacerlo: resulta hasta chistoso que podamos arrojar una pizca de nuestras lágrimas sobre esa inconmensurabilidad que pinta de colores al universo.

Unos aceptan el reto y son pesimistas y ellos son como la lluvia, yo elijo lo contrario…quedarme debajo del tanque que está a punto de caer, evitando que esa lluvia me moje y me arrastre.

Que la lluvia no te moje, que no te arrastre…

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Gabriel Ojeda

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