Una reflexión sobre la vida desde la otredad…

Una reflexión sobre la vida desde la otredad…

Es increíble cómo cambia la perspectiva de una persona con los años, más aún, en cuanto a puntos de vista se refiere. Alrededor de mi experiencia puedo decir que varias veces me he sentado en cualquier parte donde podía a mirar a la gente, una ocupación favorita para mí, algo sencillo, cuando hay tiempo quién no quiere ver a la vida pasar como si fuera el soplo del viento, y verse a sí misma, siendo parte de ella.

Cuando estaba en el colegio en horas de receso, si no estaba jugando al Voleibol o haciendo otra actividad recreativa, me acomodaba en un banco a mirar a mis compañeros de una forma divertida pero a la vez, seria; trataba de entender sus gesticulaciones, su actitud, su forma de vestir, simplemente los miraba y trataba de entender qué hacían y con el tiempo el agregado de tratar de entender el porqué.

Gursuf, 1914. Konstantín Korovin.

También los profesores, más que nada como cuchicheaban entre ellos, apuntando con una mirada despreciativa a los que ellos consideraban sus peores alumnos y comentando cosas no muy buenas supongo, y de paso, era una de las que estaba siempre en boca de ellos, atentamente “vigilada” por mi actitud muy “extraña” para la edad que tenía.

Con el tiempo, ya trabajaba, tenía mi dinerito y salía con lo que tenía y podía, me daba el lujo de comprarme una sola prenda y luego ir a sentarme en un café sola, miraba la gente pasar y pensaba en mil cosas, pensaba en la vergüenza y arrepentimiento de mis actos, siempre soy muy dura conmigo misma, yo tenía como 18 más o menos; una niña con todo por delante aún, poco más que ocupada en lo que se veía venir. En fin, seguía sin preguntarme cosas, solo miraba el “mundo alrededor”.

Cuando iba a la universidad en ómnibus, no siempre era agradable ¿Qué puede ser agradable en un mundo llamado Paraguay donde todo es negligente y caído en la dejadez consuetudinaria?; tedioso, lento, usualmente era un suplicio por el trafico excesivo, la cantidad de gente apretada llevabada como un ganado y yo entre ellos (algo normal para nuestro trajín diario), más los olores, y ni hablemos del gusto musical de algunos que se convertido en un castigo para los que no comulgamos con sus modas actuales, ruido que atormenta el alma que observa: una ¡ETERNIDAD!

En el balcón, mujeres españolas Leonor y Amparo. 1888—1889. Galería Tretiakov. Konstantín Korovin

Simplemente quería llegar a la facultad y raramente quería llegar temprano, estrictamente para sentarme y tomarme un café con algo dulce, llenarme con eso y tener más tiempo de ocio.

Es muy difícil que uno tenga tiempo de divagar cuando trata de no respirar el sudor ajeno, es más que comprensible, pero a la salida, sí, a la salida, era mi momento de soledad esperada, esa soledad que no la tenía ni en mi casa, ni en mi cuarto, menos en mi trabajo y facultad.

A veces entraba a la clase por inercia, entonces no sentía si era bueno, malo o aburrido, solo entraba a escuchar y a tomar nota de lo que me gustaba. Pero a la vuelta de la facultad, el trayecto era largo, se sentía corto, rápido, ya que a esa hora no había tráfico, además debía caminar nueve cuadras hasta mi casa, así tenía tiempo para mí, podía sentarme donde yo quisiera, era mi momento de hacer lo que se me cantaba, escuchar música y pensar en mis cosas, sin que me llenen de preocupación o desesperación por terminar una carrera lo antes posible o tener que discutir y pelear desde que me levanto hasta que llego a mi casa, que debo trabajar en mi profesión, que no debería quejarme o sentirme abrumada por hacer todo al mismo tiempo, que si mi Madre pudo, yo también, que si ella logró triunfar en tan pocos años y realizar varios logros, yo también debería:

Solitaire of Pantomime, 24″ x 36″, óleo sobre lienzo. Michael Cheval.

¿Por qué debo ponerme en los zapatos de otros y hacer lo mismo que ellos? ¿No puedo hacer como yo quiero a mi ritmo? ¿Acaso debo hacer una carrera universitaria y al mismo tiempo hacerle una carrera al tiempo a la vida? ¡Es imposible! Hay mujeres que tal vez se sientan orgullosas de tener la capacidad de hacer todo al mismo tiempo a diferencia de los hombres, pues yo no.

Entonces llegaban las 10 de la noche, un horario esperado para vos y tus oídos, tus pensamientos. Subís al bus recién salido de la parada como pan caliente, hasta se podría decir “como nuevo”, ya que no hay ningún pasajero, solo vos y tu alegría de no saber qué espacio elegir y automáticamente piensas en qué asiento te sentirás más cómoda y segura; siendo que en realidad todos son iguales y con la misma forma, pero rápidamente pensás: atrás no, porque los borrachos y los vagos se suelen sentar atrás, muy adelante tampoco; porque te chocan los que entran y el chofer te puede hablar de su vida, pero sí un lugar en el medio e individual, si es posible, para no lidiar con el toqueteo de hombros y piernas con un extraño.

Gente observando ‘The Observer’ en la National Gallery de Londres. Foto: José Manuel Ríos Valiente. Nokton Magazine.

Como decía, la ida un suplicio, pero la vuelta, un crucero turístico, podía asomar mi cabeza por la ventana y ver la gente pasar, si están sentadas en las veredas, o viendo a un hombre con el pelo mojado que posiblemente sea albañil y se haya bañado dentro de la construcción donde trabaja y a la salida sale a comer un choripán con una cervecita bien ganada en un copetincito de la una esquina, algún cuidacoche jadeando y mostrando el pañuelo con el brazo arriba para que la gente estacione en su lugar, algún universitario/a con ropa de oficina que la tiene puesta desde las 6 AM,  los chicos con corbatas y mocasines y las chicas con faldas tubo  y tacones esperando su colectivo mientras miran el Celular, escuchan música o esperan en grupo, otros con ropa casual y mochila fumando un cigarrillo en la parada o la señora recién salida del supermercado sujetando dos bolsas en cada brazo o el señor con los brazos entrelazados y la mirada fija y tajante en el camino por donde debe llegar su ómnibus con la espera de que eso apresure la llegada de su transporte o el novio que va hasta el lugar donde se encuentra su novia y él le espera para ir juntos a la parada así ella no va sola o el grupo de tipejos grandes tomando unas latitas en la esquina de un negocio cerrado dejando todas sus basuras en la vereda.

Me hago un mapa de cada una de sus vidas y qué harán al llegar a sus casas en retrospectiva, (ahora, luego de algunos años esto parece como un relato de una vida larga y segura, pero todo ocurre tan rápido que no nos fijamos en las pequeñeces), cómo se compone su trajinar —tal vez algo parecido al mío—, si la mujer joven y oficinista ya tiene hijos, su hija estará con la abuela o la señora de las bolsas de supermercado, tal vez tenga un marido inútil que no la acompaña y ella llegará a su casa y estarán esperando a que llegue para hacer la cena o el novio que acompaña a la novia a la parada, tal vez él sale más temprano de su trabajo por eso puede acompañarla o el grupo de tipejos grandes y adultos tomando un lunes en la esquina mientras todos van a sus casas a descansar después de un día largo, me pregunto ¿estos hombres grandes que tienen tiempo de tomar será que trabajan para comprarse esas latas aunque estén a dos mil? Creo que, al ver algunas vidas desde la ventana del colectivo, siento que puedo conocerlas un poco por sus gestos, sus miradas, su ropa, en el horario en el que están afuera de sus casas, no son tan predecibles a veces.

Vergvoktre. Arbor Mutabilis. Artista ruso-

¿Será que alguien puede ponerse en mis zapatos y entender que mi éxito simplemente se limita a nada, que eso es éxito para mí? ¿Que no me importa ser reconocida? ¿Que no me importa enumerar mis logros? Que quiero vivir para hacer cosas, no hacer cosas para sobrevivir y demostrar. ¿Que no me quiero llenar de actividades y alardear como una perfecta imbécil de que “no tengo tiempo, tengo muchas cosas que hacer”? “¿Y vos qué haces de tu vida?” ¡Pues!, pienso que deberían repasar toda la existencia que pudieron aprovechar, por hacer tanto y no tener tiempo para nada.

¿Que no tengo miedo a quedarme sola, aunque me refrieguen mil veces que me quedaré sola si no cambio ciertos hábitos? ¿Qué no me importa apartarme de gente que ya no me suma más en nada? ¿Qué en serio conozco mis debilidades y mis errores, que yo más que nadie se castiga mil veces por ellos y con arrepentimientos, lo reconozco, pero no me importa, ya que disfruto de mí misma a pesar de todo?

Nocturno, 24″ x 20″, óleo sobre lienzo. Michael Cheval.

Simplemente no me pueden dejar en paz.

Es inevitable luchar con mi mente, es pesada, me recuerda muchas cosas, pero me es estimulante hacerme esas preguntas en el trayecto de camino a casa, aprieto un botón y reinicio nuevamente cuando llego a destino, soy otra persona y todos los días vuelvo a empezar como si fuese el principio. Las reflexiones son a mi parecer, excelentes preámbulos para una transformación interior posterior, desde una otredad significativa.

Creo que ésa es la razón más que valedera para seguir luchando, a pesar de los demás, y a pesar, de mí misma.

Alexia Diarte

Un comentario en «Una reflexión sobre la vida desde la otredad…»

  1. Mira que no me gusta leer ….pero dije esta soy yo….. y subí arriba para saber quien escribía … decirte que la cuestión es hacer lo que se quiere no lo que se debe….el resto sobra porque miras a los lados y siempre te tienes a ti misma ! Me encanta la soledad!!!!! Aunque confieso que tengo muchos amigos pero saben que cuando me alejo no acercarse .Tu cuñada.

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