La mujer que recolectando flores sustentó a una familia

La mujer que recolectando flores sustentó a una familia

En la década de los setenta, muchos hombres y mujeres trabajaban de manera
independiente, ya sea en el mercado, como albañil, vendiendo menudencias sobre
un burro o artículos por la calle. Esto era difícil ya que dependían de las ganancias
del día para mantener a sus familias, las cuales eran numerosas en su mayoría.
Más complicada aún era la situación de aquellas mujeres que se encontraban solas
y debían ser el sustento de sus hijos. Este era el caso de Felicita González Viuda de
Vega, quien con 34 años y 7 hijos perdió a su esposo, pero supo salir adelante a
pesar de las adversidades, vendiendo flores en el mercado.

Felicita González nació en la ciudad de San Lorenzo, República del Paraguay, en el año
1940, hija de Salvadora Fernández y Gabriel González. En su vida pasó por muchas
tempestades, pero pese a ello nunca bajó los brazos. Se casó en 1968, de joven y a
escondidas, debido a que su madre no la dejaría casarse solo por civil como le propuso
su pareja. Tiburcio Vega se llamaba su esposo, junto con él tuvieron 7 hijos, dos de los
cuales fallecieron. El primero, Carlitos, de pequeño a causa de una enfermedad y la
segunda, Vicenta, ya en su vientre.
A estas tragedias le sucedió la muerte de su marido, en el momento en el que ya
decidieron unirse en santo matrimonio. A mediados de los 70, sus hijos José, Luís,
María Flora, Emigdio y Concepción ya tenían entre 5 a 10 años, por lo que
determinaron organizar su boda en la iglesia. Silveria, su hermana, relata que ya se
encontraban en plena preparación. Felicita incluso ya se había comprado la tela para el
vestido, pero semanas antes a la boda, su esposo fue asesinado.

La familia en Caacupé. Desde la izquierda (sup) Felicita, Gregorio Vega
(suegro) y Tiburcio Vega. En la parte inferior, sus hijos Concepción, José, Luís,
Emigdio y María Flora. Fuente: Fotos familiares.

“Ella se encontraba destrozada” menciona Silveria, pero cuando llegó el ataúd a la casa
y lo vio bastante simple y triste, tomó coraje y lo empezó a envolver con el tul del
vestido antes de que llegara el cuerpo. Su marido se merecía algo mejor. Aunque la
tristeza haya inundado su alma por despedir a su amado, tuvo la fortaleza suficiente para
seguir adelante, entregando como ofrenda a su difunto esposo, el ropaje que llevaría al
altar.
Felicita fue de juzgado en juzgado, pero el crimen nunca fue resuelto, nadie se dignó a
ayudarla a hacer justicia. En los diarios mencionaron, contaba ella, que fue una muerte
natural, pero el finado tenía una herida de bala en el pecho. Hasta hoy, no se conoce la
verdad. Sin embargo, lo que bien sabía Felicita en ese entonces, era que tenía cinco
bocas que alimentar.
Comenzó a trabajar en el mercado Municipal número 2 de Asunción como florista. Con
34 años y 5 hijos se le vino el mundo abajo, pero a pesar de los pesares, contaba con una
gran familia. Con sus 5 hermanos, Silveria, Sindulfo, Pablo, Galo y Dionisio se
ayudaban mutuamente, su madre le dio de herencia un terreno a cada uno y vivían en el
mismo barrio.
Salvadora Fernández, su mamá, era burrera y vendía menudencias, por lo que nunca
faltó alimento para sus hijos. Sus hermanos y su padre cultivaban frutas y verduras, y
uno de ellos se dedicaba especialmente a plantar flores, lo que la ayudaba en su negocio.
Cuando Felicita iba a trabajar, su hermana menor Silveria quien antes la acompañaba,
empezó a quedarse en la casa tras nacer su primer varón.

Su hermana comenta que cuidaba de sus hijos mientras ella iba al mercado. Posterior al
fallecimiento de su esposo Felicita tuvo otros dos niños, Laureano y Antonio, pero por
cosas del destino la relación con el padre de estos no funcionó.
El lugar en el cual creció y en donde también crecieron sus hijos y hermanos, el barrio
San Miguel de San Lorenzo, estaba rodeado de campos verdes en ese entonces. Los
árboles frutales y plantas lo convertían en un paisaje digno de admirar. Además,
contaban con su propia laguna artificial, construida por una olería que se encontraba
cerca, y en donde los niños iban a darse unos chapuzones al atardecer.
Silveria al recordar a Felicita menciona que eran inseparables, se acompañaban y
tendían la mano siempre que la otra necesitase, también las flores las recogían juntas.
“Las agosto poty para adornar la casa, la flor de coco para navidad, las flores de pomelo
para los ramos de novias” relata. Cada siesta, Felicita y Silveria iban al campo a
recolectar flores, con sus hijos detrás de ellas.
Mientras los niños jugaban, las hermanas se lanzaban en busca de las más excéntricas
flores a fin de sorprender a los clientes. Cuando no las encontraban, de igual forma
recolectaban todo lo que serviría, incluso la planta de chirca o “chirca ty”, un yuyo que
anteriormente era utilizado para hacer escobas.
Los más lindos arreglos eran realizados con las plantas y flores que Felicita llevaba al
mercado, lo que compensaba que tanto su hermana como ella terminaran con picaduras
de insectos al regresar del campo. “Volvían con picaduras de abejas que se posaban en
las flores en busca del polen”, cuenta uno de sus hijos.

Mercado Municipal Nro 2, años 70, Felicita sonriendo. Fuente: Fotos familiares.

Su hija María Flora, comenta que cuando eran pequeños, el día a día de Felicita se se
basaba en ser madre, esposa, y además trabajadora. Pero, tras quedarse sola, se convirtió
en una madre que era el único sustento de sus hijos. Envió a todos ellos a la escuela,
aunque ella solo había llegado hasta el 3er grado de primaria, reconocía la importancia
del estudio.
“Comenzaba preparándonos para ir a la escuela mientras ella se alistaba para el trabajo,
juntaba sus flores un día antes en un canasto e iba caminando hasta la parada del
colectivo para llegar a las 8 de la mañana a la ciudad de Asunción… Al llegar
nuevamente a casa el trabajo no terminaba, se ponía a lavar ropas, juntar sus flores de
vuelta, como así también las frutas y verduras de la huerta para alimentarnos a todos. Al
final del día nos bañaba y acostaba a dormir, por lo que terminaba muy cansada.”
menciona María Flora.
Por sus muchos quehaceres diarios, sus hijos afirman que una madre muy cariñosa no
era, pero que su amor lo demostraba a su manera, con el sacrificio diario. Todo ese
cariño más bien lo manifestó hacia sus nietos, a tres de ellos crió mientras los padres de
estos trabajaban y estudiaban.
Era una abuela amorosa, con sus 60 años los atendía, los llevaba a la escuela, los bañaba
y cocinaba y por sobre todo, les enseñaba como a sus hijos, a ser mejores personas cada
día. Tuvo un total de 18 nietos y unos 10 biznietos, con quienes compartió durante su
vida.

Una joven Felicita junto a su marido y sus hijos Luis y José. Fuente: Fotos familiares.

Su hija, además recuerda que en los años 90 su madre dejó el mercado para dedicarse a
la crianza de sus nietos, y también en esos tiempos, comenzó su importante labor
eclesiástica. La comisión vecinal del barrio empezó a organizarse para la construcción
de una capilla, la antes utilizada se construyó a mediados de los años 40 y ya se
necesitaba un nuevo lugar de oración.

“Un día, un sacerdote llamado Antonino, ofreció en préstamo el dinero para la compra
de un terreno. Unos 50 millones (que para esa época era bastante), a fin de tener un
lugar para el templo, esta suma le fue devuelta mediante actividades como rifas y
polladas.”, relata.
Cuando se adquirió el terreno, la comisión pro templo construyó un galpón de chapas de
eternit, debajo del cual durante muchos años se realizó la santa misa. Posteriormente
compraron otro, en el cual a día de hoy está ubicada la Capilla de San Roque, refugio de
muchos creyentes. Felicita además de integrar este grupo, fue miembro de la Legión de
María durante más de 30 años.
Como legionaria, realizaba visita a los enfermos y ayudaba a los que más necesitaban
con alimentos, y por sobre todo, oraba por todos y cada uno. Muchos la conocen en el
barrio, ya que además de haber sido una de las más antiguas pobladoras, rezaba el
rosario en los novenarios por el alma de los muertos.

Durante su vejez, sus cabellos eran ya de un blanco brillante. De tez blanca, con unas
arrugas que marcaban su paso por la vida y unos ojos que se aclararon con el tiempo.
Para ese entonces su mirada era melancólica a diferencia de esos tiempos alegres en que
cuidaba a sus nietos. Se debió principalmente a la pérdida de uno de sus hijos dos años
atrás, desde ese entonces ella no volvió a ser la misma persona.
Su hijo Luís enfermó de niño y ella lo cargó durante muchos años hasta la ciudad de Itá
a fin de encomendarlo a San Blás para su sanación. Murió por otras causas a la edad de
55 años, y aunque ella ocultase su pesar, ya nunca pudo sonreír de la misma manera.
Cuando recordaba a su hijo, se reflejaba en sus ojos un profundo dolor en el alma.
Todavía con algunos sueños pero ya sin deber nada a la vida, Felicita González falleció
un 30 de diciembre del 2020 a la edad de 80 años, a causa de una neumonía. A lo largo
de su vida vio crecer a todos sus hijos, conoció a sus nietos y biznietos, y con orgullo

decía “Vendiendo flores en el mercado, cobrando a veces 20.000 guaraníes o menos,
crié a cada uno de mis hijos.”


Fue una mujer con una vida llena de vaivenes, pero pese a ello siempre supo
demostrar que aunque la vida sea algo injusta con uno, hay que ser agradecido por haber
vivido y no solo lamentarse por cada desgracia. Hay que tratar de ser siempre la mejor
versión de uno mismo.

Camila Vega

Estudiante de Periodismo en la Universidad del Norte. Escritora y lectora, amante de la música. Colaboradora en el Periódico Académico El Parlante.

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